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lunes, 1 de abril de 2013

Tercera Colaboración.

Entro en la habitación, el aire me revela tu presencia a pesar de la oscuridad, es inconfundible ese olor a sexo, colonia barata y vino. Vengo decidida a dejarte hacer lo que quieras, pero antes de que pueda tensar mis rodillas tus manos me sujetan las muñecas a la espalda, siento el chasquido de unas esposas sobre ellas. Están acolchadas, pero aun así sé que no debo resistirme demasiado porque dejan marcas. Marcas… ya estoy excitada.

El peso de tu cuerpo me aplasta contra la puerta, me obligas a separar las piernas, todo es provocativo, notas como me humedezco y sonríes con suficiencia, aún no has pronunciado una sola palabra. Tus dedos apartan mis bragas con dureza, resbalas en mi interior: me siento abierta, expuesta, cosificada, una oquedad que llenas. Cierro los ojos, sigues arrasando mi sexo, golpeando rítmicamente mi clítoris. Me vuelves loca, me corro de forma brutal tras dos semanas de obligado celibato por tu orden expresa. Escucho tu voz por primera vez, al oído, casi un susurro, aliento preñado de prohibidas intenciones, mi nombre como un regalo dulce y oscuro. Locura. Quiero ser tu puta. Pido. Suplico.

Me subes el vestido, tus manos recorren todo mi cuerpo, tus dedos son pequeñas tenazas que pellizcan y estiran mis pezones, dolor que es placer. Me tiras de espaldas sobre la cama. No te veo. Escucho un ruido, rebuscas en un armario. Te acercas. Silencio. De pronto el golpe. Duro. Seco. No puedo evitar gritar. Me tiras del pelo y me haces mirarte a los ojos, trago saliva: entiendo tu advertencia. Vuelves a golpearme con la fusta de cuero. Me muerdo los labios. Otra vez. Otra. La piel me arde. Otra vez. Joder. De alguna forma extraña me gusta. Otra. Otra. Luego siento tu caricia. La piel irritada lo agradece. Suelto un suspiro, intento girar la cabeza y mirarte pero no me lo permites. De pronto me la metes de una sola embestida. Vuelvo a gritar. No te agrada. Me presionas la cabeza contra la cama y pones tu pie desnudo a mi altura: lo empiezo a lamer mientras me la sigues metiendo con brutalidad.

El tiempo se dilata. Las sesiones pueden durar horas. Estoy a punto de decir la palabra de seguridad. Pero no, quiero saber hasta donde puedo llegar. Sin embargo eres el Amo adecuado, sensible a las reacciones de mi cuerpo, quizás conoces mis límites mejor que yo. Me das la vuelta, acomodas mi cabeza encima de un par de almohadas, quieres que te vea, que goce el momento, otra forma de deliciosa tortura. Primero me llenas de ósculos los muslos, el ombligo, me saboreas lentamente, y luego vas separando mi sexo con la lengua, penetrándome levemente, hasta que ya por fin empiezas a follarme con ella.

Sé que vas a parar en cuanto esté a punto de llegar, pero me sorprendes y ordenas que me corra: yo estallo, me convulsiono, orgasmo incontrolado que me recorre entera, que me obliga a doblar las piernas y arquearme con la respiración entrecortada. Cierro los ojos, todo gira, me siento desecha, extenuada. Escucho el clic de las esposas, relajo los brazos alrededor de mi cintura. Un par de minutos después te escucho ducharte. Y solo puedo pensar: que cabrón…que delicioso cabrón…

Unfinished Sympathy by Massive Attack on Grooveshark

martes, 26 de marzo de 2013

Desprendes un carisma poco usual, supongo que es por tu métrica de trapecio. Y porque tienes pinta de follar bien, claro.

Quizás seamos (en)seres sin misterio
diluyéndonos en una celda de publicidad
como el sonido de un tractor en el cementerio.
La lluvia continúa cayendo, danza existencial delicada y ajena
enjambre de emociones escarificadas.
Necesito sobrevivir a los imponderables una noche más
enciendo una cerilla y la luna se vuelve verde absenta.


Eres mi nueva sumisa: charlas viciosas, sentimientos como sutiles dédalos sin salida, faldas sin ropa interior que esconden el secreto del eterno retorno, carnicería de rojos sobre una piel demasiado blanca todavía. Bésame con tu carmín extenuado, despellejemos tu ropa por el suelo, huyamos juntos: ¿sabes volar?

La noche estalla, tu pelo juega sobre mi vientre desnudo mientras rodeas el glande con tu lengua y te la metes en la boca cerrando los labios despacio, muy despacio. Arqueo el cuello para poder disfrutar del espectáculo: tu cabeza meciéndose sobre mí, tus labios llegando a la base de mi polla, atravesándote. Siento las contracciones de tu garganta en pequeñas ondas de placer y calor. Tu dedo ensalivado provoca primero la sorpresa y luego el placer incólume. Aumentas el ritmo más y más, me miras excitada. Hay una certeza de amor en tus ojos, de juego peligroso.

Cuando estoy a punto de correrme me empujas y te pones sobre mí, derramándote sobre mí boca. Te fusilo con mi aliento de mármol, mi lengua te embiste mientras masturbo en círculos tu clítoris con el pulgar. Orgasmo casi simultáneo, perverso en su sencillez, mi nombre muere en tus labios. Te echas a mi lado, nos besamos, flujos en armonía. Sigues caliente, yo también, pero ahora necesito una copa.

Te observo de pie como ronroneas impaciente. Hay una coreografía vital de quietismo en morse en esa mirada febril que me dedicas. Me sorprende tu sola presencia. Estoy acostumbrado a mujeres cobardes, impotentes más allá de una pantalla y un teclado, jodidas musas que al final acaban con un gañan sin imaginación. Pobres ingenuas, ¿creen de verdad que encontrarán a un amante que las folle alternando ternura y dureza visceral? Espero que no terminen mirando la lámpara del techo esperando que todo acabe rápido, porque será entonces cuando no podrán evitar recordar que había alguien que solo con su voz y las palabras adecuadas las llevaba al orgasmo en pocos minutos. Así son las decisiones. La jodida vida siempre nos ladra en los tobillos para recordarnos nuestra resaca de idioteces.

Me pongo un condón, me siento extrañamente feliz. Espero que ninguno de los dos estropee algo tan bonito enamorándose.

Point mort by Yann Tiersen on Grooveshark

jueves, 21 de febrero de 2013

Ophelia (IV)

No hay una gran explicación, un día te levantas y algo te empuja hacía él, quizás crees que el amor salva -un concepto anticuado-, o quizás sea la necesidad de cariño y la soledad; en cualquier caso has encontrado un significado –químico- a la inercia de tus días. La lucidez se escapa, y tu dañada mente cubre con la obsesión de un tiempo infinito el altar de su licenciosa carne.

No puedes huir a pesar del daño prospectivo, aunque ya le ves alejándose como un sueño, el fatalismo encogiéndote el estómago.

Pero así funcionan las cosas, no suele haber permutación de roles, el amor es una cacofonía con sus propias reglas, el objeto de deseo se aburre de su carga y el amante de su maldición; como decía Nietzsche: “Sin crueldad no hay fiesta”, nos metemos en el fango de esa lucha famélica con una sonrisa obtusa, pensando que quizás la felicidad no es un sentimiento, solo el recuerdo de su antesala.

Y entonces me deprimo -el coro de cuervos sigue golpeando el abismo de mi cerebro.
¡Ven ángel de amor! te espero aquí, con las persianas bajadas, el silencio frío y desangelado, hecha un ovillo de desnudez, un círculo de carne abierto e indefenso. Haz que el amor sea dolorosamente real, ahógame en este lecho de cenizas lleno de miedo, destroza todos mis espejos muertos, no me ames con palabras, ámame con tu fricción vocacional.

**
Masturbándome en el baño con la luz apagada

¡Viólame!
¡Fuérzame!
¡Abusa de mi cuerpo¡
                                  [Solo soy una puta
                                                        con el clítoris inflamado]
Sodomízame con violencia
golpea mis pechos
redúceme a carne
hazme sentir
algo
no quiero romanticismos
                                  [¿Qué es eso?]
además, ¿no ves que estoy muerta?
toca mis manos heladas
                                  [Sueño a veces que se caen
                                                                   como cenizas de escarcha]
agarra mi cuello
déjame vislumbrar el final en tus manos
sigue hasta que mi carne se libere
del yugo de mi conciencia
unos breves momentos de
desasimiento
antes del orgasmo.

Luego
cuando mi coño llore
tu baba blanca
déjame sola.
                                 [Y no olvides tirar de la cadena
                                                                       antes de irte]

Sweet Child o' Mine by Guns N' Roses on Grooveshark

lunes, 17 de diciembre de 2012

La tercera botella es pedirte que vengas a vivir conmigo y que follemos todos los días.

El problema cuando empiezas a escribir a las cinco de la mañana es que nada tiene sentido. Leí en alguna parte que lo más importante para captar la atención del potencial lector es una frase inicial, un hallazgo narrativo. Como esas películas de acción en las que suceden muchas cosas en formato tráiler durante los primeros veinte minutos; desgraciadamente luego, una vez evitada la huida del espectador, baja la intensidad y solo queda esperar un final que nunca termina de sorprender por la falta de talento –o de libertad creativa- generalizada.

Y aquí estoy, frente al teclado, intentado actualizar un blog moribundo, emulando a ese mesías de pacotilla que caminaba sobre las aguas mientras pienso en Virginia Wolf y Ophelia, esperando el fusilamiento con los ojos cerrados, como Lorca, como tantos otros, ratas, enjambres, que vomitaban su amor a la literatura frente al paredón o la hoguera. Pero no hay resultado, y resentido utilizo mis venas como látigos de violín para marcar las semanas de encierro en las paredes de unas entradas que mancillan su recuerdo, su pasión, su necesidad de palabras. Puto decadente.

Al caso. Cuando salí del trabajo aquella mujer me estaba esperando, era emocionante, ya sabéis, ese primer encuentro envuelto en el lujo del misterio, la idolatría de la distancia, de las palabras preñadas de deseo y anonimato. Era atractiva, incluso sabía leer y escribir, la melodía de sus tacones era una buena manera de salir del infierno en el que había malgastado la semana. Naturalmente me confundía con otro, alguien diferente, más pasional, elocuente, emocionante, un líder que hacía de sus palabras autos de fe.

Fuimos a mi casa, y nada más llegar saqué una botella y comencé a beber. Estaba nervioso, las relaciones humanas me dan miedo, me producen ansiedad, Grenouille iba por el camino adecuado. Empecé a decir idioteces pero ella reía, con esa risa femenina, indefinible por definición, que no sabes si es real u obedece a un plan maquiavélico de control mental. Empecé a soltar frases sin sentido: “los necios son una legión de putas que contagian la enfermedad venérea de la idiotez sin que tengan la necesidad de penetrarte”. Ironizaba por la forma de presentar al asesino de Connecticut, ¿no tenía Facebook? coño, eso era casi un logro, solo faltaba decir que no veía la televisión o que no le gustaban los deportes. Éramos tan limitados, siempre buscando la explicación simple, la anécdota, intentando encajar las piezas del puzzle de forma rudimentaria con tal de evitar pensar por nosotros mismos, de ver el collage, el telar por detrás. Aunque claro, ¿quién tiene tiempo para eso cuando vivimos en un país donde nos sentimos satisfechos sino buscamos comida en los contenedores…?

Pero bueno, el tema -no quiero divagar- es que ella era perfecta en su ficción y ansiaba que rodase en su coño una película de fuegos artificiales, que salpicase su boca con la majestuosa banda sonora de mi eyaculación.

Pero la terrible realidad es que pasamos de actores principales de una obra inédita de Sade a espectadores/victimas del más cruel de los desengaños: GATILLAZO.

Joder, eso es terrible, ¿no? Ella se fue airada, decepcionada, llena de palabras feas vomitadas por un coño escarchado y deteriorado por la falta de uso. Intenté intuir mi respuesta emocional, ¿debería preocuparme por mi falta de hombría y virilidad? ¿No somos, a fin de cuentas, enormes y sonrosados genitales? Ahora ya no era nada, carne eviscerada, estiércol maloliente henchido de melodrama, una sombra suspirando por la imagen desenfocada de una navaja sobre mi cuello.

Alcé con gesto nihilista el vaso lleno de amargo vino barato y lo volqué con resentimiento por mi garganta, ¿quizás este era el precio de mi alcoholismo, de mi falta de autoestima y arrojo?

Con la diligencia de un autómata saqué al monstruo púrpura y empecé a masturbarme. Aquello creció y creció rápidamente y de forma descontrolada. No podía comprenderlo. Puse un par de vídeos de dudosa procedencia y tras unos minutos de fricción eyaculé como un colegial. Desgraciadamente la descarga de inmisericorde amor voló por encima del monitor y cayó sobre el ordenador, se deslizó sobre las rendijas de ventilación e hizo que el procesador colapsase. Un pequeño hilo de humo blanquecino sirvió de antesala al estertor tecnológico. Sin embargo el milagro seguía sobresaliendo por encima de mis calzoncillos: Urotsukidōji seguía duro y con ganas de más. Quizás el alcohol no fuera el problema.

Entonces, obviando todas las promesas lúcidas y coherentes, volví a pensar en ti, en aquella época, cuando tu coño era una mazmorra y mi polla su rehén, en como asentías a cualquier depravación, como si tu cuerpo, auspiciado por la sodomía y las fantasías de violación, estuviera soliviantado por el eco de un clítoris desaprovechado. Y siempre estaba esa noche, cuando saliste al balcón desnuda, con la mitad de los dedos desapareciendo dentro de ti, y me sonreíste, como si el fin del mundo estuviera sobrevolando el alfeizar de tu mente y solo esperaras por mí.

Quizás mi polla solo supiera reaccionar ante tu cuerpo, tu voz, tu sonrisa, tu existencia al otro lado, quizás se había enamorado sin avisarme y mi cerebro de patán, encharcado por tus flujos, me dejaba impotente, como si esa fuera la única forma de decirte: “te quiero”.

Una extraña corriente de aire frío recorre mi espalda y me hace temblar. Quizás sea un fantasma. O tu ausencia clamando victoria. Aun te sigo esperando, cada noche, durante cinco segundos, en el lado inhóspito de mi cama.

Ven. Sácame de aquí.

Promesas Que No Valen Nada by Iván Ferreiro on Grooveshark

lunes, 12 de marzo de 2012

Dios es una negra lesbiana de 200 kilos con una sola pierna.

Hola a todos, me presento: me llamo Sumi. Antes de nada agradecerle a Rorschach que me haya dado la oportunidad de utilizar su blog para encontrar a mi futuro Amo. Siempre he sentido esta necesidad de sumisión, de buscar el placer en el dolor. Desde el primigenio azote al nacer, pasando por esos dibujos animados donde aparecía la heroína atada, o gatos y coyotes sufriendo las más diversas torturas en manos de sus némesis, recuperándose y yendo a por más, para mí todo eso fue una epifanía sexual.

Ahora, con el clítoris ya maduro, busco mi Shangri-La en una relación 24/7 con un amo poderoso, que tenga saldo en el móvil, paciencia y televisión por cable.

Mi vida es complacer y ser buena. Lo juro. Jamás, jamás, me portaré mal. He aprendido mucho de mis errores…sé que no debo morder con tanta fuerza en el cuello, porque luego acabo limpiando la habitación llena de sangre y nadie me ayuda, se quedan ahí tirados, inmóviles, mirándome con ojos vidriosos.
Pero a lo que íbamos, siempre diré Sí a todos tus órdenes: dormida, con mordaza, debajo del agua, en medio de las arcadas que provoca tu pene horadándome la garganta…
Sé que querrás atarme y te juro que no me resistiré. Te aconsejo que comiences por las piernas porque a veces mi rebeldía, en un intento pueril de menoscabar tu sacrosanta autoridad, me empuja a golpear tus testículos con mis zapatos de tacón de aguja.

Los azotes, ¡claro!, aunque recuerdo a un Amo que acabo con la fusta introducida totalmente en su ano. En el hospital no paraban de hacerle fotos. No sé qué fue de él, desapareció de la ciudad. A veces se me olvida la palabra de seguridad, pero no te preocupes, mientras tú te acuerdes de la tuya no pasará nada grave.
Sé que también, mi querido Amo, querrás disfrutar de tus ínfulas de artista dibujando con cera preciosos dibujos sobre mi espalda y mi culo. Intentaré, te lo prometo, no volcarla accidentalmente sobre tu cara como me ha sucedido en otras ocasiones. De todas formas aquel Amo estaba muy atractivo con esas quemaduras en la cara.
Tendré cuidado con mis dientes cuando tenga tu precioso pene en la boca. En serio, no sé qué paso la última vez, quizá un ataque epiléptico, sino hubiera seguido masticando quizá hubiéramos podido salvar la relación. Una tragedia.

Prometo dejar el tema de las reliquias, no sé, leía tanto sobre idealizar al Amo, reverenciarle como un Dios, que construí un altar en el dormitorio con sus fotos y un trocito pequeño de su cuerpo. Luego me di cuenta que necesita un altar en todas partes, en la cocina, el coche, el trabajo, el bolso, el…
No sé porque lloraba tanto, Él debía de estar en todas partes, ser omnisciente, no tengo la culpa si hubiera tantos altares y tan poca carne disponible.
(Entre nosotros no creo que fuera tan buen Amo…)

Rorschach me comenta que ahora, con la crisis, hay muchas sumisas en paro, que debería de hacer hincapié en mi currículo.
Mi nombre es Sumisa Para Siempre, pero tú, mi futuro Amo, me puedes llamar Sumi.
Soy pequeña y manejable, no como demasiado y tampoco gasto mucha luz. Vivo donde quieras, dado que mi ciudad eres tú. He sido educada en los mejores internados del Opus, a los que debo mis filias más brutales.
Experiencia:

MI primer Amo importante fue a distancia. Todo muy bonito hasta que nos vimos en persona. Sus mentiras siempre estaban unidas al número quince: quince años más viejo de lo que me había dicho, quince centímetros menos de altura –era más bajo que yo- y, además, una niña de quince años con su pareja vainilla. También quince centímetros menos de pene cuando se lo rebane en nuestra pasional despedida en los baños de la estación de autobuses, a quince minutos de lárgame para siempre de su puta ciudad.

Luego tuve un Amo romántico. Le pedía que me sodomizase, que me tirara del pelo mientras me insultaba y me escupía a la cara. Pero él simplemente colocaba la fusta en un florero con flores resecas y se ponía a escuchar la banda sonora de Amélie. A veces me preparaba una cena romántica y yo, para romper la rutina, me masturbaba con las velas. Pero él reaccionaba indignado, echándose las manos a la cabeza y encerrándose en su habitación. Aquello no podía funcionar. La única vez que se me humedeció el coño fue cuando, accidentalmente, quemé su biblioteca y alzando su voz meliflua casi me pega. Pero nada más. Lo abandoné ahí, entre cenizas.
Tuve una crisis de penes y conseguí una Ama. He de reconocer que nadie me ha comido el coño mejor que Ella. No sé qué sucedió: un día amaneció ahogada en su bañera.
Mi último Amo fue el de las reliquias. Con él afine mis idiomas, domino el francés y el griego profundamente.
También sirvo de mesa y puedo gatear y chupar a la vez.

Es una lástima que el señor Rorschach este siempre borracho lloriqueando por sus ex, puse una cámara en su ducha y bueno, entre nosotras, tiene una buena fusta entre las piernas. Pero nada, esto es lo que hay. Si alguno se decide solo tiene que mandar un mail aquí reportando su edad, población, experiencia y juguetes más usados.
Estoy deseando encontrar un buen Amo y poder demostrarle lo especial que soy…

Furor uterino. Os espero.

Puta desagradecida by Bunbury on Grooveshark

miércoles, 22 de febrero de 2012

En realidad, el amo es el esclavo de la esclava, pues depende de que ésta acepte someterse a los servicios que lo excitan.

Siempre hay un germen en cada gesto, como un algo primigenio, como 
una idea perfecta que no adaptamos, solo imitamos. No hay madurez ni control, son ellos quienes se adhieren a nosotros. Como un hijo ilegitimo que te acusa con tus mismos ojos. ¿Sucede lo mismo con las despedidas? ¿Son solo un puñado de palabras, gestos, tópicos forzados, destinados con su melodrama a arañar nuestra memoria más tiempo del aconsejable?

No lo sé. Aún recuerdo la última, meses de convivencia intentando no discutir, tímidos intentos de llevarnos bien. Luego su precipitación al querer mudarse. Pero no fue ahí, con la puerta cerrándose y el fundido en negro cuando nos despedimos. fue antes. Cuando me mintió, cuando me miró a los ojos y me mintió. Él, que se consideraba el adalid de la honestidad por encima de cualquier convencionalismo. Y fue innecesario. Había leído sus correos. Cualquier oportunidad se perdió ahí. Dejó de existir como ideal. Solo sentía ese extraño y jodido apego que dan los años. Una pueril excusa. Y resultaba todo tan mezquino. Él me lo parecía. Haciéndome creer que quería hacer lo correcto cuando simplemente se sentía culpable. Pero no le culpo. Hay que aprovechar las oportunidades. Y nos separamos. Pero la despedida fue antes, meses atrás, cuando deslizó sus mentiras, sin tensiones, tumbados en la cama.

Y ahora estoy aquí, con otro como él, en esta pequeña habitación de motel, como un sueño opaco, sórdido, con su cama, sus sabanas mal dobladas rozando por un lado la moqueta, el verde mortecino de las paredes desconchadas, esa mesita de noche con una pequeña lámpara que ilumina más la suciedad. Sonrío, una sonrisa masoquista.
Cuando sale del baño estoy de espaldas sentada sobre la cama, mirando la puerta. Noto como se quita los zapatos, los pantalones. Como deja el reloj encima de la mesilla, un poco de sombra. Su aliento me acaricia brevemente la espalda, me tumba sobra la cama y me despoja de identidad. No hay palabras, no hay necesidad, ya es un juego orquestado.

Me desnuda a su manera, con brutalidad, sin dulzura, sin tocarme apenas con las yemas. Da igual, la lencería nueva cae al suelo, el maquillaje se borra de un guantazo.
Aleteo entre mis sentidos, cosificada, paralizada, con los ojos brillantes. Me abre de piernas y me palpa. Me arranca las bragas, me hace suya antes de empezar. Se pone a horcajas sobre mí, me agarra del pelo y me empuja hasta que la tengo dentro de mi boca. Jugueteo con la lengua, noto como crece, su presión aumenta y me bombea en la boca, disfruto de esta extraña asfixia. Pero controla los tiempos. La saca, pego una bocanada de aire y me la vuelve a meter brutalmente. Me mareo pero sigo succionado, me golpea con los cojones la barbilla mientras con la otra mano me agarra del cuello. Seguimos así varios minutos, a veces la saca y me golpea con su erección, con su polla en la cara. Me hace daño, son pequeñas bofetadas, y en agradecimiento le chupo los cojones con fruición, le lamo entero y pido más.

Se cansa pronto, estoy demasiado sumisa, no grito. Me agarra y me pone de espaldas, con la espalda arqueada. Mi cuerpo está seco y me empieza a insultar, repito sus palabras en primera persona mientras me folla con el pulgar -demasiado rápido-, y me restriega el clítoris con el resto de la mano. Su lengua mordisquea mi culo, me lubrica. ¿Qué le habrá dicho a su mujer? ¿Una reunión de negocios con un nuevo socio? ¿Tendrá ella un amante que la deje satisfecha?

Todo sigue lo marcado, me sodomiza, me agarra con saña los pechos. Pienso en las horas de gimnasio, en las cremas reafirmantes, los rayos uva, la bicicleta estática, las horas de peluquería, la depilación láser, todo concentrado en unos azotes con la mano abierta. Veo las estrellas, reacciono con el gemido y la mirada de soslayo adecuada. ¿Sigo encontrando placer en ese dolor, en sus marcas...?

Me voltea, se pone encima, ¿me mira? No, ni siquiera eso. Está enfrascando su ego, bombeando una y otra vez, con precisión pero sin alma, meros bosquejos. Mira el reloj. No me tendría que afectar. Empiezo con los gemidos un poco alterados de costumbre. Quiero que se sienta como un macho alfa, que sienta que ha merecido la pena el esfuerzo. Otra vez el reloj. Prefiero cerrar los ojos. En el fondo, da igual. Su pene, todo él, es como el recuerdo de una película que te hizo llorar, o reír en el pasado, y que luego, al volver a verla, no te produce ninguna sensación. Y te rebelas ante ese hecho, insistes... ¿por qué no sigue emocionándome cómo antes?

Aumento los gemidos y grito un poquito mordiéndome el labio. Que idiota, que sobreactuado. Él la saca y siento la huella caliente de su semen sobre mi cara, sobre mis pechos. Ya. Ya está. No quiero abrir los ojos, no quiero verle. Siento como su calor se aleja de mí. Tengo ganas de llorar, porque en el fondo todo es ridículo. Todo es mentira. Su voz, sus gestos de prestado, su mano rozándome ligeramente la muñeca acercándome unos pañuelos. Noto la puerta del baño cerrarse, la ducha. Y sigo aquí quieta, empapada en su sudor, en su semen, encharcada o seca da igual, insatisfecha, triste, sola, sucia.

Despedirse duele. Es amargo. La liturgia de los gestos nos permite banalizarlo un poco.

Podría abrir los ojos, sentir el semen deslizándose por mi cara, por mis pechos, sacar la pequeña pistola de mi bolso, entrar en la ducha y acabar con todo esto de una vez.
O simplemente levantarme, escapar de la inercia de las mentiras. Vestirme. Salir. Olvidar.

A New High by Marionette on Grooveshark