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domingo, 23 de junio de 2013

De cerca no parezco tan alto, quizás más roto, más ávido de. Pero tus piernas alcanzaron conmigo la postura impronunciable del viento.

El pájaro sobrevuela el poema moribundo
estertor de versos que besan al poeta en la boca
y lo dejan sollozando, de rodillas.

Y el sexo sin alma, desahogo banal y culpable
desgarra su carne, borra las huellas de tinta helada
acaba con el temblor de su herida.

Porque la poesía no son mariposas danzando en un mar de cristal
son uróboros carcomiendo la razón
ratas royendo los bordes aguados de la memoria.

Y aunque la princesa –puta- se arrodilla y abre su boca
nada sucede
porque el silencio es el amante de la nada
y la Muerte sigue siendo una flor de papel
de tiempo
de escarcha
de pus, desarraigo y otoño.

Por eso el poeta, tetrapléjico de amor
con la sabiduría que le ofrenda la soledad
intuye que sólo el gesto puede romper la arquitectura de la nada
que caer es la forma más sencilla de volar
cuando no hay esquinas por las que escaparse
y que solo ella
que pinta sus sueños con tizas de colores con sabor a primavera
puede romper ese nudo de silencio.

Pero yo no soy poeta
y a veces echo de menos dormir
en el cuarto de invitados de los sueños de otros.

Y podría terminar diciendo
que la resaca de la vida es la literatura
pero eso sería sobrevalorar la vida
esa puta que ni siquiera se maquilla cuando viene a verme.

Vocal by Madrugada on Grooveshark

miércoles, 6 de febrero de 2013

Escribir es caminar en círculos dentro de uno mismo.

No tenemos necesidad de otros mundos, solo de espejos
pero algunos son entelequias inicuas y agrietadas
y buscamos su reflejo solo porque aceptamos el amor que creemos merecer
aunque sea inadecuado, frío y sucio
aunque solo sea una sombra de luz entre las sabanas.
Y luego, cuando bajamos las escaleras cubiertos de sangre
nadie, nadie, nos puede ayudar
y lo que es peor
la mayoría ni siquiera se percata de ello.

***
Treinta y cinco años, y parece que los mejores días ya se han ido
polvo y ceniza, con algunos pequeños rescoldos las noches de borrachera
la vida, una eterna resaca que fusila
con sus cartas marcadas
todos nuestros sueños.
¿vivir es esquivarlos
cómo si fueran charcos de amor mentiroso?
ven aquí, déjame amarte, quiero demostrarte que no.

***
Escribir se asemeja
a caminar en círculos dentro de uno mismo
acosado por esas grandes preguntas
que a veces llevan a una segunda botella
y otras a una soga en la viga.

Pero seguiré esperando
con la esperanza de que la belleza de tus tacones
suba por mi escalera una noche
Nick Drake de fondo, tu copa de vino manchada de carmín
y así encontrar de pronto todas las respuestas
como un neón de felicidad
dentro de mi cama.

***
Intento olvidar tu nombre, tu voz, tu locura
tus orgasmos, tu risa, tus pechos, tu coño
tus palabras llenas de promesas, tus ojos miel
la forma en que te tocabas el pelo cuando te ponía nerviosa.

Solo fue una mirada que duró demasiado
un fino hilo de felicidad rompiéndose.

Ya solo nos queda observar
como cae lentamente
la nieve en la habitación
mientras el deseo desnudo se estanca.

Ya solo nos queda
dejar que el teclado
siga haciendo el trabajo sucio
antes del punto y final.

Azul y Gris by Mürfila on Grooveshark

lunes, 17 de diciembre de 2012

La tercera botella es pedirte que vengas a vivir conmigo y que follemos todos los días.

El problema cuando empiezas a escribir a las cinco de la mañana es que nada tiene sentido. Leí en alguna parte que lo más importante para captar la atención del potencial lector es una frase inicial, un hallazgo narrativo. Como esas películas de acción en las que suceden muchas cosas en formato tráiler durante los primeros veinte minutos; desgraciadamente luego, una vez evitada la huida del espectador, baja la intensidad y solo queda esperar un final que nunca termina de sorprender por la falta de talento –o de libertad creativa- generalizada.

Y aquí estoy, frente al teclado, intentado actualizar un blog moribundo, emulando a ese mesías de pacotilla que caminaba sobre las aguas mientras pienso en Virginia Wolf y Ophelia, esperando el fusilamiento con los ojos cerrados, como Lorca, como tantos otros, ratas, enjambres, que vomitaban su amor a la literatura frente al paredón o la hoguera. Pero no hay resultado, y resentido utilizo mis venas como látigos de violín para marcar las semanas de encierro en las paredes de unas entradas que mancillan su recuerdo, su pasión, su necesidad de palabras. Puto decadente.

Al caso. Cuando salí del trabajo aquella mujer me estaba esperando, era emocionante, ya sabéis, ese primer encuentro envuelto en el lujo del misterio, la idolatría de la distancia, de las palabras preñadas de deseo y anonimato. Era atractiva, incluso sabía leer y escribir, la melodía de sus tacones era una buena manera de salir del infierno en el que había malgastado la semana. Naturalmente me confundía con otro, alguien diferente, más pasional, elocuente, emocionante, un líder que hacía de sus palabras autos de fe.

Fuimos a mi casa, y nada más llegar saqué una botella y comencé a beber. Estaba nervioso, las relaciones humanas me dan miedo, me producen ansiedad, Grenouille iba por el camino adecuado. Empecé a decir idioteces pero ella reía, con esa risa femenina, indefinible por definición, que no sabes si es real u obedece a un plan maquiavélico de control mental. Empecé a soltar frases sin sentido: “los necios son una legión de putas que contagian la enfermedad venérea de la idiotez sin que tengan la necesidad de penetrarte”. Ironizaba por la forma de presentar al asesino de Connecticut, ¿no tenía Facebook? coño, eso era casi un logro, solo faltaba decir que no veía la televisión o que no le gustaban los deportes. Éramos tan limitados, siempre buscando la explicación simple, la anécdota, intentando encajar las piezas del puzzle de forma rudimentaria con tal de evitar pensar por nosotros mismos, de ver el collage, el telar por detrás. Aunque claro, ¿quién tiene tiempo para eso cuando vivimos en un país donde nos sentimos satisfechos sino buscamos comida en los contenedores…?

Pero bueno, el tema -no quiero divagar- es que ella era perfecta en su ficción y ansiaba que rodase en su coño una película de fuegos artificiales, que salpicase su boca con la majestuosa banda sonora de mi eyaculación.

Pero la terrible realidad es que pasamos de actores principales de una obra inédita de Sade a espectadores/victimas del más cruel de los desengaños: GATILLAZO.

Joder, eso es terrible, ¿no? Ella se fue airada, decepcionada, llena de palabras feas vomitadas por un coño escarchado y deteriorado por la falta de uso. Intenté intuir mi respuesta emocional, ¿debería preocuparme por mi falta de hombría y virilidad? ¿No somos, a fin de cuentas, enormes y sonrosados genitales? Ahora ya no era nada, carne eviscerada, estiércol maloliente henchido de melodrama, una sombra suspirando por la imagen desenfocada de una navaja sobre mi cuello.

Alcé con gesto nihilista el vaso lleno de amargo vino barato y lo volqué con resentimiento por mi garganta, ¿quizás este era el precio de mi alcoholismo, de mi falta de autoestima y arrojo?

Con la diligencia de un autómata saqué al monstruo púrpura y empecé a masturbarme. Aquello creció y creció rápidamente y de forma descontrolada. No podía comprenderlo. Puse un par de vídeos de dudosa procedencia y tras unos minutos de fricción eyaculé como un colegial. Desgraciadamente la descarga de inmisericorde amor voló por encima del monitor y cayó sobre el ordenador, se deslizó sobre las rendijas de ventilación e hizo que el procesador colapsase. Un pequeño hilo de humo blanquecino sirvió de antesala al estertor tecnológico. Sin embargo el milagro seguía sobresaliendo por encima de mis calzoncillos: Urotsukidōji seguía duro y con ganas de más. Quizás el alcohol no fuera el problema.

Entonces, obviando todas las promesas lúcidas y coherentes, volví a pensar en ti, en aquella época, cuando tu coño era una mazmorra y mi polla su rehén, en como asentías a cualquier depravación, como si tu cuerpo, auspiciado por la sodomía y las fantasías de violación, estuviera soliviantado por el eco de un clítoris desaprovechado. Y siempre estaba esa noche, cuando saliste al balcón desnuda, con la mitad de los dedos desapareciendo dentro de ti, y me sonreíste, como si el fin del mundo estuviera sobrevolando el alfeizar de tu mente y solo esperaras por mí.

Quizás mi polla solo supiera reaccionar ante tu cuerpo, tu voz, tu sonrisa, tu existencia al otro lado, quizás se había enamorado sin avisarme y mi cerebro de patán, encharcado por tus flujos, me dejaba impotente, como si esa fuera la única forma de decirte: “te quiero”.

Una extraña corriente de aire frío recorre mi espalda y me hace temblar. Quizás sea un fantasma. O tu ausencia clamando victoria. Aun te sigo esperando, cada noche, durante cinco segundos, en el lado inhóspito de mi cama.

Ven. Sácame de aquí.

Promesas Que No Valen Nada by Iván Ferreiro on Grooveshark

miércoles, 17 de octubre de 2012

Fragmentos De Un Cuaderno Manchado De Vino

Tengo un corazón de viento, por eso llevo piedras en los bolsillos,
para anclarme a la tierra y a tu sombra,
para completar el puzzle de cristales rotos,
para acuchillar los muros con mi poesía,
para besar a los arboles y compartir sus secretos,
para hablarles del color de tus ojos,
de tu cuerpo desnudo, cual pájaro aterido,
y de mis miedos de virgen apocada,
o puta enamorada.

Y los monstruos de dientes afilados siguen ahí,
debajo de la cama, en el precipicio de mi mente.
Y yo quiero volar, desvestir con saliva el cinismo de tu voz,
cabalgar con mordiscos todas tus noches de insomnio,
y saciar mi hambre en ti, mientras robamos rosas del jardín de la Muerte.

*
Después de observar su obra Dios vomita ante el espejo y llora. El llanto reverbera en el mundo. Los ateos fornican sin escuchar su reclamo, pero las monjas y los clérigos, con los dientes amoratados de ira, le atacan sin piedad, le golpean, clavan cruces afiladas en sus ojos, le desmembran y arrojan sus piernas y brazos a la hoguera de donde brota un humo azul verdoso. La sangre tiñe de crepúsculo el cielo y, por la noche, su despojo alimenta a los perros. Finalmente, después de eones de agonía, muere cubierto de gusanos y moscas, un barrizal de mierda y libertad que gotea sobre nosotros durante el otoño e inspira obras inmortales.

*
Teníamos en la infancia el corazón lleno de plumas,
el unicornio nos esperaba tras la puerta de niebla,
debajo de las mantas siempre había ventanas a otros mundos,
donde la muerte no existía y todos sabían volar.

¿Cuándo quedó todo atrás, olvidado, cercenado?
¿Cuándo dejaste de mirar al cielo, entumecido por la tiranía del reloj, de su tic-tac inmisericorde?

Space Dementia by Muse on Grooveshark

sábado, 21 de abril de 2012

Los Vecinos de Rorschach Strike Back

Leire

No sé exactamente cuando la conocí, en mi recuerdo siempre estamos juntas, Eliza y yo. Dos niñas rubias, ella con los ojos ligeramente más grises que azules. Siempre hablando, soñando, desentrañando poco a poco los mitos de la adolescencia. Era tan sumamente importante que nos gustasen los mismos discos, que nos emocionásemos con los mismos libros, las mismas películas. Nos encerrábamos con trece años en su habitación, pintada de negro y añil, tardes enteras con The Cure, David Bowie, Velvet Underground de fondo mientras leíamos juntas a Silvia Plath, a Morrison, Verlaine, Baudelaire…a cualquiera que nos pudiera inspirar, sin saber realmente que queríamos conseguir con eso. Nos creíamos invencibles paseando por El Retiro pensando en voz alta, eludiendo el calor pegajoso de nuestra ciudad. Fue cerca de allí, en una tienda cualquiera, donde compramos la grabadora y una cinta. Y empezamos a grabar en esa única cinta pequeños mensajes, secretos, confesiones, anhelos, que nos regalábamos por turnos cada noche como gesto de despedida. Pensamientos fungibles, efímeros, sepultados, solapados por otros una y otra vez. Así trascurrió ese verano, que sería sin saberlo, el último que íbamos a compartir juntas.

¿Somos mejores en la adolescencia? A veces nos olvidamos de vivir, ¿te imaginas ahora, con treinta años, teniendo esa clase de confianza con otra persona? No, imposible, ni siquiera en esos primeros seis meses de pasión y sexo cuando inicias una relación sentimental llegas a crear ese vínculo de confianza, ni siquiera cuando tienes tu propia familia.
El sonido de su voz, diluida por la grabación, no pierde un ápice de ternura mientras va desgajando confidencias. El sol desplaza lentamente su luz por las cortinas sumiendo el salón en un ambiente melancólico. Qué extraño encontrar la cinta precisamente hoy, justo cuando lo único que deseo es dejar atrás el pasado.

Quizás ese pensamiento traiciona el embrujo, se escucha un clic, la última palabra reverbera en el aire, la cinta ha terminado. Eliza siempre decía que las cosas más interesantes se le ocurrían después, media hora era muy poco, y siempre le producía una inmensa tristeza dejar todas esas ideas huérfanas, perdidas irremisiblemente ya, en el precipicio de su memoria. Yo trataba de consolarla “Tenemos mucho tiempo, no hay prisa”-le decía. Pero ahora me doy cuenta que no, que nunca hay tiempo. Nunca.

Me encantaría devolverte ahora tu cinta. Contarte que hace mucho tiempo que no hago el amor con Enrique, que la última vez fingí el orgasmo. Confesarte que no era la primera vez que lo hacía, que seguramente tiene una aventura con Carmen, la vecina del cuarto. Que me tendría que importar mucho más, pero que me siento entumecida, incapaz de reconocerme en el espejo. Que me siento muy sola, angustiada, con un miedo terrible a los cambios, a la vida…al divorcio.

Me gustaría decirte que te echo muchísimo de menos, que sé que me dirías que la vida sigue, que todo tiene remedio, que tampoco ha sido tan doloroso hacer las maletas. Gracias a eso he encontrado tu cinta. Que coja ese taxi que he pedido y vuelva con mis padres, que allí estaré segura. Pero ya sabes, nunca he podido…nunca he sabido decir adiós.

Llaman a la entrada. Es el taxista. Miro la cinta y la grabadora. No quiero llorar. Aquí no. Me levanto, cojo la maleta y abro la puerta.

Casimiro

Casimiro está obsesionado con su vecina Carmen, es idiota y no conoce a su padre. Un buen bosquejo para empezar. Casimiro apaga la música. Después de llevar varias semanas escuchando la voz enfermiza de Nattramn, está convencido de que es su nuevo mesías. Era el cantante de Silencer -una banda de depressive black metal-, que se mutilaba con un cuchillo en la sala de grabación, despedazándose los dedos de las manos, y que aparece en las fotos del disco ensangrentado, con las manos vendadas y dos patas de cerdo sobresaliendo de sus muñones, Cree que todo eso es la prueba de su sacrificio, del mensaje que quería hacer llegar a la humanidad. Casimiro cree que es uno de los elegidos para entender ese mensaje, hace caso omiso al hecho de que Nattramn estuviera loco, de que casi matara a una niña con un hacha. Pero Casimiro también necesita esperanza, necesita creer que tiene algo que le puede hacer especial, aunque sea una gilipollez.

Casimiro también está obsesionado con el sexo, pero la única técnica de seducción que ha desarrollado durante sus años de juventud es regatear con las putas el precio de la media hora. Ahora lleva varios meses sin acudir a estos establecimientos, quizás por una mala experiencia, no lo sabemos. Sea cual sea el motivo ahora su vida sexual se basa en ver videos en páginas de sexo extremo. Lo cual es algo bueno, porque si su odio no fuera sublimado hacía su polla, Casimiro tendría en estos momentos un detonador con un bonito botón rojo en el centro y estaría en disposición de hacer explotar el edificio entero. Y el vecino del cuarto no estaría muy contento con eso.

Alguno me preguntareis, ¿Qué es lo que odia Casimiro que le convierte en un peligro potencial? Pues realmente son pocas cosas: Odia a Rajoy y sus ministros, esas inmundas hienas, por quitarnos nuestros derechos sociales. Odia al Rey y a esta monarquía de pacotilla y se caga literalmente en sus disculpas vacías. Odia las homilías de Juan Antonio Reig Pla, y por extensión a la iglesia y todo lo que representaba. Odia el futbol, los derbis, a toda esa gente que le mira extrañada y argumenta que es un deporte complejo que no entiende y por eso le aburre. Odia hasta la extenuación a Angela Merkel. Odia a su muñeca hinchable –la que tiene una foto de Carmen su vecina, pegada a la cara-, por ser tan difícil de limpiar. Odia a Toby, un perro que aparece en varias películas que ha comprado por internet, por tener una vida sexual más plena que él y poseer un pene más grande. Odia su trabajo, y las cosas normales que todo el mundo odia. Y además también se odia a sí mismo, cosa también muy habitual.

Pero esta noche Casimiro está contento. Ha conocido a una mujer por internet, viene a comerle la polla, con fruición. En un principio pensó que poner un anunció tan zafio en esas páginas de contacto que visita no daría ningún resultado. Pero la vida ha tenido a bien de recompensarle por tantas indignidades. A los dos días Irene, que es como se llama la mujer, se puso en contacto con él. Le envió algunas fotos y es una belleza. Tiene una voz sensual y una boca terriblemente excitante. Todo fue muy rápido. Ella insistió sobre si estaba seguro “Joder, ¡Pues claro!” ella se quedó callada un momento, y le pidió la dirección. Le dijo que necesitaría hacer algunos preparativos e incluso atarle. A Casimiro casi se le revienta una vena del cuello “Joder, ¿Por qué no se le había ocurrido hacer algo así antes?”

Casimiro está nervioso, es casi la hora, incluso se ha duchado y todo, quiere estar presentable al menos el primer día. Llaman a la puerta, es puntual. La vida le sonríe.

(Lo que no sabe es que Irene va a hacer desaparecer sus problemas literalmente, para ella “comerse su pene” no es un eufemismo)

Fernando

Fernando revisa el correo. Tiene otra carta de amor, papel rosado, tinta azul. La lee mientras sube en el ascensor, entre el desdén y el rictus amargo.

Estuve luchando toda la noche contra tu recuerdo
Una carnicería de rojos sobre una piel demasiado blanca
Metáfora de una palidez suicida llena de cicatrices recientes
Mi sexo ávido abriéndose como una llaga
Carmín extenuante sobre una boca hambrienta de amor
Mezclando vino, pastillas y melancolía, mezcolanza amarga
Que encharca, circunda de humedad, mis pensamientos
Lluvia encapotada, lluvia tendenciosa, lluvia enajenante
El sexo es subsuelo, como mi fotografía con un precio de rebajas
Acumulando descripciones, disecciones, en un altar de vulgaridad y belleza
Acumulando cartas, mensajes, pensamientos, grabaciones, sangre
Autobuses llenos de subnormales haciendo los coros a una canción de amor
No escribo sobre ti, sino en ti, mientras tu desnudo esmalta mis insomnios.
Hazme tuya, o mátame, pero termina con mi agonía.

Está firmada por ella. Es curioso. O no. La deja sobre la mesa, con un gesto similar a aplastar una colilla en el cenicero. Se lleva una mano al estómago. Sale de la habitación.
Un rato después vuelve a entrar, se sujeta los pantalones desabrochados, barre ansioso la habitación con la mirada. De pronto se fija en la carta, la coge con una sonrisa y vuelve a salir de escena.

Un minuto después suena la cadena del baño.
El amor sigue siendo la respuesta a todo.

Vecino del Cuarto

Todo está rodeado de mierda, maloliente y atascada. Intentas tirar de la cadena una y otra vez pero solo consigues chapotear con los pies desnudos en charcos infectados mientras los vecinos se quejan de sus goteras de materia fecal. En algún momento del camino, mientras parpadeabas, te has convertido en una Etiqueta, en un Trabajo, en un Número, en una Nómina, en una Nada sin nombre propio. Lo peor es que no pretendes ser otra cosa, quizás antes, hace años, eras diferente, un ser humano, pero ahora lo has olvidado, ni siquiera lo sabes, aceptas tu etiqueta, eso es lo que eres AHORA, eso es lo importante. No justifica nada, claro. Pero da igual, no quiero jugar, por eso me gusta corto, por eso no se me pone dura con las cosas adecuadas, o con las mujeres adecuadas.

Puede provocar cierta alarma, como señalar el traje invisible del emperador, pero es cierto, lo reconozco, sólo veo un mar de mierda, gente a mi alrededor nadando feliz, haciendo filigranas mientras la basura inunda su boca sonriente. Sí, algunos flotan como boyas, peces muertos hinchados y marrones. Pero nadie los echa de menos, ni a ellos, ni al cielo. Nunca miran arriba.

Todo tiene su reverso sórdido, como ese gesto galante de regalar un ramo de flores en genuflexión, cuando el termino ramera deviene de la Edad Media, cuando las prostitutas colocaban un ramo de flores en el balcón o en la puerta de su casa para atraer a sus clientes.

Carver tenía sus caballos en la niebla, sus pequeñas islas de borrachos. Me gustan sus relatos, no hay golpes, en un minimalismo contenido, sin ira, pero con esa sensación de desazón orbitando siempre. Observas sus labios moverse, pero no quieres que te alcancen sus palabras, por eso le das la espalda lentamente reconociendo con ese gesto el fin de todo. Y piensas en zapatos que crecen mientras desayunas champán a las tres de la tarde. Y recuerdas que la infelicidad empezó aquella noche en que la amaste demasiado y se quedó embarazada. Porque el destino no existe, solo son hechos sucesivos que intentas ordenar con un sentido, impulsos y errores ahogándose en el vacío.

***
No hay que tomarse muy en serio al vecino del cuarto, con esas frases ampulosas donde se queja de su incoherencia mientras se hace cortes en el antebrazo para poder sentir algo que le saque de su aturdimiento. Hablando de morir solo, de vino y cosquillas de sangre resbalando por sus dedos.

La soledad, ¿Quién no se siente solo a fin de cuentas? No es excusa. Le digo a veces: “sal, pequeño pájaro azul” Pero solo se atreve a hacerlo de madrugada, ocultándose entre metaforas de idiotas derrotados, entre amor con mayúsculas y besos de papel con minúsculas. Y la vida sigue mientras se pierde entre esos desiertos de encrucijadas miopes. Y me confiesa que solo pide que le amen en cada caricia y poder sentir lo mismo. Y luego, más tarde, enfrentarse junto a ella a esa cosa insulsa llamada vida y transformarla en algo esplendido y lleno de matices.

Pero para ello, ella tendría que existir primero -me dice-, y no sirve de nada que la sueñe, que la piense, o que, simplemente, la necesite.

Dogs by Juli4ns Pink Floyd on Grooveshark

lunes, 9 de enero de 2012

Me hago solos en tu honor y no siento nada.

Hay algo pudriéndose en mi cabeza, un zumbido inmisericorde. Es una resaca de las jodidas, de las que abren los diques de la depresión, es ahora cuando más nostalgia siento de compañía femenina. Pero en vez de eso solo tengo soledad. Y resentimiento. No busco salvación en la poesía, soy un monstruo sin dignidad, me dejo llevar por el asco hurgando en la basura. Es eso o la navaja.

Enciendo el ordenador e introduzco la película que he comprado por internet. Material ilegal, material que conlleva denuncias y condena social. Material que viola las filias normales y va más allá. Un suicidio de la sensibilidad orquestada a golpe de cadera y ultraviolencia. No soy nuevo en esto, naturalmente, he sido coleccionista durante años del hardcore alemán más brutal, también de las tristes depravaciones japonesas con jovencitas. Pero esto es diferente, esta película supone el cenit, la degradación del espectador cómplice, el no retorno. Estoy tan excitado como un chaval de catorce años ante su primer coño.

Me bajo los pantalones y me pongo a ello. Todo comienza. Es mejor de lo que esperaba, hay muchos gritos desde el principio. Ralentizo mi mano, no quiero acabar demasiado pronto.

Recuerdo a esa chica de la Fnac del viernes, hablando de poesía  y de libros. No sé si estaba flirteando, soy un zoquete para las señales femeninas. Debería de haberle dado mi número de teléfono para tenerlo claro. El rechazo digo. La no intencionalidad. Lo peor de la vida son las incógnitas, el conocimiento no te hace más feliz, pero si tiendes a vivir en el pasado ayuda un poco. Le di la dirección del blog sin decirle que era mío. Torpezas concatenadas.

La película manda. Salen más secundarios, animales incluso. El campo. Bajo un poco más el volumen, mi polla no tiene dudas, pero mi mente todavía está intentando procesar la información, saturada por las imágenes. Tantas posibilidades en cuerpos tan limitados. Hay cosas que no sabía que podían hacerse, creo que eso deja secuelas, esa chica no podrá volver a tener sexo normal en su vida. Me doy cuenta que yo tampoco, llevo ya demasiado tiempo en soledad con esta depravación haciéndose un hueco en mi neurastenia. El sexo normal me aburre, la imagen de una mujer empapando mis sábanas con sus flujos me resulta aburrida, vulgar incluso, no me provoca ni una débil palpitación. Estoy acostumbrado a las atrocidades, a la cosificación, dentro de poco mi única vida sexual dependerá de prostitutas transexuales o del turismo sexual.

Pero necesito huir de esta soledad, necesito desconectar de alguna manera, necesito dar un sentido a algo. Me doy asco, pero como el alacrán que odia su alacranidad pero la necesita para acabar consigo mismo, debo utilizar el asco para eyacular asco, para sobrevivir un días más. Para levantarme, ducharme, vestirme, comer, lavarme los dientes, trabajar. Eludiendo el poco sentido de todo esto. El poco no: la absoluta falta de sentido.

Hay un cambio de escenario, carnicería, cadenas, argollas, fustas, el rollo snuff movie tiende al infinito. Y esa chica es menor y no parece que haya firmado ningún contrato, simplemente esta aterrorizada. Y esa sangre es real. Mierda, me podrían detener por eso. Sigo moviendo frenéticamente la mano.

Ahora se suceden escenas de temática transexual fetichista. Dejan a alguien moribundo en un rincón ahogándose en su vomito después de una larguísima escena de garganta profunda. No consigo correrme. La resaca se transforma en migraña, debería de salir de esta habitación. Pero ahora lo irreal es lo otro, lo que está afuera. Me empiezo a asustar, hay demasiado material homosexual implícito y es ahí donde mi polla no flaquea, donde tengo que reducir mi ímpetu. Justo cuando empiezo a creer que soy gay aparece una nínfula con coletas y dos enormes perros centuplicando mi excitación. De acuerdo, no hay problema, solo estoy terriblemente enfermo.

Hay demasiados preliminares con los perros, pero quiero ver la escena entera. Descanso un poco. No voy a ir a trabajar. No quiero ver a nadie, no quiero permanecer, solo quiero desasirme de mí mismo. Algo tintinea al lado de mi pie. Una puta botella de vino blanco. Me agacho y bebo un trago justo cuando una de las nínfulas es sodomizada. Bien. Algo de sincronismo. La película manda.

Dejando aparte el sexo, la relación se mantiene como una forma de masturbación ególatra. Uno se refleja en los ojos de la otra persona, existe en ese reflejo, en la réplica, en sus palabras que te definen aunque sean insultos. Te aíslas en esa isla sin soledad sintiendo que existes porque alguien te personaliza dentro de la masa pronunciando tu nombre con cariño. Esa es la sensación que al final se echa de menos, no irse a Londres, no es Gary Cooper haciendo lo correcto, no es una letra de Extremoduro. El virus del romanticismo es el que se encarga de dar fecha de caducidad a este espejismo sutil.

Sigo masturbándome pero ahora tengo miedo a correrme, las escenas son cada vez más violentas y el orgasmo marcará mi próxima filia sexual. La película está dividida de forma episódica y aunque al principio no encontraba el nexo, parece que es el viaje delirante de una de las protagonistas, la única que va sobreviviendo a cada escena. En las primeras secuencias era una niña, y ahora ya es toda una mujer que mira a la cámara con unos ojos verdes eternos y desafiantes. Hay una sensación Proustiana de recreación de un puzzle que luego te dará una imagen totalmente diferente a la suma de sus piezas. Le he quitado totalmente el sonido, pero tiene subtítulos y no puedo evitar leer su nombre alguna vez. Es el nombre que odio y que se repite en mi entorno continuamente, otra prueba de determinismo. Hay mujeres que deberían de presentarse con ese nombre. “Hola soy (…) y vengo a joderte la vida” y tú, antes de terminar la frase, ya estarías asumiendo el sufrimiento de los próximos seis meses. O lo que durase.

La migraña está alcanzando cotas desconocidas de dolor, cada vez me cuesta más concentrarme en las imágenes. El vino blanco ya solo es un recuerdo y una nausea sube y baja por mi garganta. No puedo moverme, estoy atrapado delante del ordenador, en esta habitación a oscuras. Quiero salir, pero la película manda. El teléfono no para de sonar. Seguramente del trabajo. Un retazo en mi memoria me avisa de que hace meses que me despidieron. Pero lo ignoro. Estoy seguro de que son ellos, a pesar de ese desconchón en la pared que hice cuando lance el móvil contra la pared y lo destrocé. La película manda. Ahora la protagonista, frisando los treinta, está siendo violada violentamente mientras una cola de hombres de enormes falos espera su turno. Ella ríe, llora, gime. Mi pene está en carne viva, como su vulva, en algún momento he debido de eyacular sangre, pero no paro, ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

Recuerdo la última vez que fui feliz, estaba en Santiago de Compostela, por la noche de fiesta, habíamos comprado un gramo, en el coche sonaba Radiohead, el álbum de siempre. La noche se abría de piernas para nosotros, me sentía joven, trabajo, planes, una casa. Solo quería divertirme, la risa estallaba en mi cara sin excusas. Íbamos con Manolo, nos reíamos de sus historias de drogas, justificando su uso en su misma existencia natural. Fuimos a un prostíbulo, cambiamos drogas por cuerpos. De pronto, serían las tres de la mañana, me sentí terriblemente solo. Llamé a esa chica. Ella me cogió el teléfono. Llevábamos cuatro años sin hablar. Y me sonrió con su voz. No necesitaba más. Quizá debí coger el coche en ese momento, hacer un viaje de seis horas y meterme en su cama. Y decirle que no, que todo era mentira, que lo empezaba a sospechar, que me salvara, sobre todo de mí mismo. Pero no hice nada. No sucedió nada. Madrid siguió sin banda sonora y después de dos silencios colgué.

Siento como si la habitación palpitase, es algo extraño, como si me rodease un dolor ajeno, difuminado. Pero la sed es auténtica, propia, una sed horrible de desierto. No puedo moverme, la película manda. Esta escena me suena, ¿ha vuelto a empezar? Unos enanos deformes están follándose a la protagonista, ahora embarazada. ¿Quién será el padre? Cada vez está más avejentada, ¿Cuánto tiempo llevo encerrado aquí?  Parece su biografía. Rompe aguas pero la escena continua. Una voz en off subtitulada reflexiona sobre la crucifixión del tiempo. La horrible sensación de no haber aprovechado tu vida cuando, ya mayor, no te quedan esperanzas, solo recuerdos. Alguien replica que siempre sentiremos eso, que cualquier decisión es una limitación en sí misma, que son crisis existenciales irremisibles. El niño recién nacido cae en un charco de semen, sangre y vísceras. Al final la locura es no saber, no arriesgarte, no haberte declarado, no agotar las cosas hasta el final, no dejarte llevar alguna vez por los impulsos. Ella siempre lo hacía, victima implacable de sus caprichos egoístas, pero vivir es sufrir, ¿Qué importaban los demás, quemándose lentamente en su intensidad?

Llega el final de la película, como un déjà vu. Estoy deshidratado, tiritando, el olor a vómito y suciedad noquea la atmosfera. No importa, la película manda.
Ahí está el cuerpo de ella, en la cama, sola. ¿Qué debe sentir ahora, cree que su vida ha merecido la pena, cree que el simple ejercicio del placer da sentido a algo? Sabe que se muere, como el protagonista de Muerte en Venecia.  Sigue siendo hermosa -las cicatrices pueden ser hermosas-, nada ha conseguido mancillarla. Suena la música perfecta, como un poema de Poe.

Me colapsa la tristeza, el tiempo pierde continuidad y se resume en su imagen congelada en la pantalla. Pero ya es demasiado tarde para la reconciliación, el asco sigue dentro de mí.

Aparecen los créditos y, casi como un acto de misericordia, el fundido en negro de mi muerte.

A Real Hero by College feat Electric Youth on Grooveshark