El problema cuando
empiezas a escribir a las cinco de la mañana es que nada tiene sentido. Leí en
alguna parte que lo más importante para captar la atención del potencial lector
es una frase inicial, un hallazgo narrativo. Como esas películas de acción en las
que suceden muchas cosas en formato tráiler durante los primeros veinte
minutos; desgraciadamente luego, una vez evitada la huida del espectador, baja
la intensidad y solo queda esperar un final que nunca termina de sorprender por
la falta de talento –o de libertad creativa- generalizada.
Y aquí estoy, frente al
teclado, intentado actualizar un blog moribundo, emulando a ese mesías de
pacotilla que caminaba sobre las aguas mientras pienso en Virginia Wolf y
Ophelia, esperando el fusilamiento con los ojos cerrados, como Lorca, como
tantos otros, ratas, enjambres, que vomitaban su amor a la literatura frente al
paredón o la hoguera. Pero no hay resultado, y resentido utilizo mis venas como
látigos de violín para marcar las semanas de encierro en las paredes de unas
entradas que mancillan su recuerdo, su pasión, su necesidad de palabras. Puto
decadente.
Al caso. Cuando salí del
trabajo aquella mujer me estaba esperando, era emocionante, ya sabéis, ese
primer encuentro envuelto en el lujo del misterio, la idolatría de la
distancia, de las palabras preñadas de deseo y anonimato. Era atractiva,
incluso sabía leer y escribir, la melodía de sus tacones era una buena manera
de salir del infierno en el que había malgastado la semana. Naturalmente me confundía
con otro, alguien diferente, más pasional, elocuente, emocionante, un líder que
hacía de sus palabras autos de fe.
Fuimos a mi casa, y nada
más llegar saqué una botella y comencé a beber. Estaba nervioso, las relaciones
humanas me dan miedo, me producen ansiedad, Grenouille iba por el camino
adecuado. Empecé a decir idioteces pero ella reía, con esa risa femenina,
indefinible por definición, que no sabes si es real u obedece a un plan maquiavélico
de control mental. Empecé a soltar frases sin sentido: “los necios son una legión de putas que contagian la enfermedad venérea de
la idiotez sin que tengan la necesidad de penetrarte”. Ironizaba por la
forma de presentar al asesino de Connecticut, ¿no tenía Facebook? coño, eso era
casi un logro, solo faltaba decir que no veía la televisión o que no le
gustaban los deportes. Éramos tan limitados, siempre buscando la explicación
simple, la anécdota, intentando encajar las piezas del puzzle de forma rudimentaria con tal de evitar pensar por nosotros
mismos, de ver el collage, el telar por detrás. Aunque claro, ¿quién tiene tiempo
para eso cuando vivimos en un país donde nos sentimos satisfechos sino buscamos
comida en los contenedores…?
Pero bueno, el tema -no
quiero divagar- es que ella era
perfecta en su ficción y ansiaba que rodase en su coño una película de fuegos
artificiales, que salpicase su boca con la majestuosa banda sonora de mi
eyaculación.
Pero la terrible realidad
es que pasamos de actores principales de una obra inédita de Sade a
espectadores/victimas del más cruel de los desengaños: GATILLAZO.
Joder, eso es terrible, ¿no?
Ella se fue airada, decepcionada, llena de palabras feas vomitadas por un coño
escarchado y deteriorado por la falta de uso. Intenté intuir mi respuesta
emocional, ¿debería preocuparme por mi falta de hombría y virilidad? ¿No somos,
a fin de cuentas, enormes y sonrosados genitales? Ahora ya no era nada, carne
eviscerada, estiércol maloliente henchido de melodrama, una sombra suspirando
por la imagen desenfocada de una navaja sobre mi cuello.
Alcé con gesto nihilista
el vaso lleno de amargo vino barato y lo volqué con resentimiento por mi
garganta, ¿quizás este era el precio de mi alcoholismo, de mi falta de
autoestima y arrojo?
Con la diligencia de un
autómata saqué al monstruo púrpura y empecé a masturbarme. Aquello creció y
creció rápidamente y de forma descontrolada. No podía comprenderlo. Puse un par
de vídeos de dudosa procedencia y tras unos minutos de fricción eyaculé como un
colegial. Desgraciadamente la descarga de inmisericorde amor voló por encima del
monitor y cayó sobre el ordenador, se deslizó sobre las rendijas de ventilación
e hizo que el procesador colapsase. Un pequeño hilo de humo blanquecino sirvió de antesala al estertor tecnológico. Sin embargo
el milagro seguía sobresaliendo por encima de mis calzoncillos: Urotsukidōji seguía duro
y con ganas de más. Quizás el alcohol no fuera el problema.
Entonces, obviando todas
las promesas lúcidas y coherentes, volví a pensar en ti, en aquella época,
cuando tu coño era una mazmorra y mi polla su rehén, en como asentías a
cualquier depravación, como si tu cuerpo, auspiciado por la sodomía y las
fantasías de violación, estuviera soliviantado por el eco de un clítoris
desaprovechado. Y siempre estaba esa noche, cuando saliste al balcón desnuda,
con la mitad de los dedos desapareciendo dentro de ti, y me sonreíste, como si
el fin del mundo estuviera sobrevolando el alfeizar de tu mente y solo esperaras por mí.
Quizás mi polla solo supiera reaccionar ante tu cuerpo, tu voz, tu sonrisa, tu existencia al otro lado, quizás se había enamorado sin
avisarme y mi cerebro de patán, encharcado por tus flujos, me dejaba impotente,
como si esa fuera la única forma de decirte: “te
quiero”.
Una extraña corriente de aire frío recorre mi espalda y me hace temblar. Quizás sea un fantasma. O tu ausencia clamando victoria. Aun te sigo
esperando, cada noche, durante cinco segundos, en el lado inhóspito de mi cama.
Tengo un corazón de
viento, por eso llevo piedras en los bolsillos,
para anclarme a la tierra
y a tu sombra,
para completar el puzzle
de cristales rotos,
para acuchillar los muros con
mi poesía,
para besar a los arboles y
compartir sus secretos,
para hablarles del color
de tus ojos,
de tu cuerpo desnudo,
cual pájaro aterido,
y de mis miedos de virgen
apocada,
o puta enamorada.
Y los monstruos de dientes
afilados siguen ahí,
debajo de la cama, en el
precipicio de mi mente.
Y yo quiero volar,
desvestir con saliva el cinismo de tu voz,
cabalgar con mordiscos
todas tus noches de insomnio,
y saciar mi hambre en ti, mientras robamos rosas del jardín de la Muerte.
*
Después de observar su
obra Dios vomita ante el espejo y llora. El llanto reverbera en el mundo. Los
ateos fornican sin escuchar su reclamo, pero las monjas y los clérigos, con los
dientes amoratados de ira, le atacan sin piedad, le golpean, clavan cruces
afiladas en sus ojos, le desmembran y arrojan sus piernas y brazos a la hoguera de donde brota un humo azul verdoso. La sangre tiñe de crepúsculo el cielo y, por
la noche, su despojo alimenta a los perros. Finalmente, después de eones de agonía,
muere cubierto de gusanos y moscas, un barrizal de mierda y libertad que gotea
sobre nosotros durante el otoño e inspira obras inmortales.
*
Teníamos en la infancia el
corazón lleno de plumas,
el unicornio nos esperaba
tras la puerta de niebla,
debajo de las mantas
siempre había ventanas a otros mundos,
donde la muerte no existía
y todos sabían volar.
¿Cuándo quedó todo atrás,
olvidado, cercenado?
¿Cuándo dejaste de mirar al cielo,
entumecido por la tiranía del reloj, de su tic-tac inmisericorde?
Leire No sé exactamente cuando
la conocí, en mi recuerdo siempre estamos juntas, Eliza y yo. Dos niñas rubias,
ella con los ojos ligeramente más grises que azules. Siempre hablando, soñando,
desentrañando poco a poco los mitos de la adolescencia. Era tan sumamente
importante que nos gustasen los mismos discos, que nos emocionásemos con los
mismos libros, las mismas películas. Nos encerrábamos con trece años en su
habitación, pintada de negro y añil, tardes enteras con The Cure, David Bowie,
Velvet Underground de fondo mientras leíamos juntas a Silvia Plath, a Morrison,
Verlaine, Baudelaire…a cualquiera que nos pudiera inspirar, sin saber realmente
que queríamos conseguir con eso. Nos creíamos invencibles paseando por El
Retiro pensando en voz alta, eludiendo el calor pegajoso de nuestra ciudad. Fue
cerca de allí, en una tienda cualquiera, donde compramos la grabadora y una
cinta. Y empezamos a grabar en esa única cinta pequeños mensajes, secretos,
confesiones, anhelos, que nos regalábamos por turnos cada noche como gesto de
despedida. Pensamientos fungibles, efímeros, sepultados, solapados por otros
una y otra vez. Así trascurrió ese verano, que sería sin saberlo, el último que
íbamos a compartir juntas.
¿Somos mejores en la
adolescencia? A veces nos olvidamos de vivir, ¿te imaginas ahora, con treinta
años, teniendo esa clase de confianza con otra persona? No, imposible, ni
siquiera en esos primeros seis meses de pasión y sexo cuando inicias una relación
sentimental llegas a crear ese vínculo de confianza, ni siquiera cuando tienes
tu propia familia.
El sonido de su voz,
diluida por la grabación, no pierde un ápice de ternura mientras va desgajando confidencias.
El sol desplaza lentamente su luz por las cortinas sumiendo el salón en un
ambiente melancólico. Qué extraño encontrar la cinta precisamente hoy, justo
cuando lo único que deseo es dejar atrás el pasado.
Quizás ese pensamiento
traiciona el embrujo, se escucha un clic,
la última palabra reverbera en el aire, la cinta ha terminado. Eliza
siempre decía que las cosas más interesantes se le ocurrían después, media hora
era muy poco, y siempre le producía una inmensa tristeza dejar todas esas ideas
huérfanas, perdidas irremisiblemente ya, en el precipicio de su memoria. Yo trataba
de consolarla “Tenemos mucho tiempo, no hay prisa”-le decía. Pero ahora me doy
cuenta que no, que nunca hay tiempo. Nunca.
Me encantaría devolverte
ahora tu cinta. Contarte que hace mucho tiempo que no hago el amor con Enrique,
que la última vez fingí el orgasmo. Confesarte que no era la primera vez que lo
hacía, que seguramente tiene una aventura con Carmen, la vecina del cuarto. Que
me tendría que importar mucho más, pero que me siento entumecida, incapaz de
reconocerme en el espejo. Que me siento muy sola, angustiada, con un miedo
terrible a los cambios, a la vida…al divorcio.
Me gustaría decirte que te
echo muchísimo de menos, que sé que me dirías que la vida sigue, que todo tiene
remedio, que tampoco ha sido tan doloroso hacer las maletas. Gracias a eso he
encontrado tu cinta. Que coja ese taxi que he pedido y vuelva con mis padres,
que allí estaré segura. Pero ya sabes, nunca he podido…nunca he sabido decir
adiós.
Llaman a la entrada. Es el
taxista. Miro la cinta y la grabadora. No quiero llorar. Aquí no. Me levanto, cojo la maleta y abro la puerta.
Casimiro
Casimiro está obsesionado
con su vecina Carmen, es idiota y no conoce a su padre. Un buen bosquejo para
empezar. Casimiro apaga la música. Después de llevar varias semanas escuchando
la voz enfermiza de Nattramn, está convencido de que es su nuevo mesías. Era el
cantante de Silencer -una
banda de depressive black metal-, que se mutilaba con un cuchillo en la sala de
grabación, despedazándose los dedos de las manos, y que aparece en las fotos
del disco ensangrentado, con las manos vendadas y dos patas de cerdo
sobresaliendo de sus muñones, Cree que todo eso es la prueba de su sacrificio,
del mensaje que quería hacer llegar a la humanidad. Casimiro cree que es uno de
los elegidos para entender ese mensaje, hace caso omiso al hecho de que
Nattramn estuviera loco, de que casi matara a una niña con un hacha. Pero
Casimiro también necesita esperanza, necesita creer que tiene algo que le puede
hacer especial, aunque sea una gilipollez.
Casimiro también está
obsesionado con el sexo, pero la única técnica de seducción que ha desarrollado
durante sus años de juventud es regatear con las putas el precio de la media
hora. Ahora lleva varios meses sin acudir a estos establecimientos, quizás por
una mala experiencia, no lo sabemos. Sea cual sea el motivo ahora su vida
sexual se basa en ver videos en páginas de sexo extremo. Lo cual es algo bueno,
porque si su odio no fuera sublimado hacía su polla, Casimiro tendría en estos momentos
un detonador con un bonito botón rojo en el centro y estaría en disposición de hacer
explotar el edificio entero. Y el vecino del cuarto no estaría muy contento con
eso.
Alguno me preguntareis, ¿Qué
es lo que odia Casimiro que le convierte en un peligro potencial? Pues realmente
son pocas cosas: Odia a Rajoy y sus ministros, esas inmundas hienas, por
quitarnos nuestros derechos sociales. Odia al Rey y a esta monarquía de
pacotilla y se caga literalmente en sus disculpas vacías. Odia las homilías de
Juan Antonio Reig Pla, y por extensión a la iglesia y todo lo que representaba.
Odia el futbol, los derbis, a toda esa gente que le mira extrañada y argumenta
que es un deporte complejo que no entiende y por eso le aburre. Odia hasta la
extenuación a Angela Merkel. Odia a su muñeca hinchable –la que tiene una foto
de Carmen su vecina, pegada a la cara-, por ser tan difícil de limpiar. Odia a
Toby, un perro que aparece en varias películas que ha comprado por internet,
por tener una vida sexual más plena que él y poseer un pene más grande. Odia su
trabajo, y las cosas normales que todo el mundo odia. Y además también se odia
a sí mismo, cosa también muy habitual.
Pero esta noche Casimiro
está contento. Ha conocido a una mujer por internet, viene a comerle la polla,
con fruición. En un principio pensó que poner un anunció tan zafio en esas páginas
de contacto que visita no daría ningún resultado. Pero la vida ha tenido a bien
de recompensarle por tantas indignidades. A los dos días Irene, que es como se
llama la mujer, se puso en contacto con él. Le envió algunas fotos y es una
belleza. Tiene una voz sensual y una boca terriblemente excitante. Todo fue muy
rápido. Ella insistió sobre si estaba seguro “Joder, ¡Pues claro!” ella se
quedó callada un momento, y le pidió la dirección. Le dijo que necesitaría
hacer algunos preparativos e incluso atarle. A Casimiro casi se le revienta una
vena del cuello “Joder, ¿Por qué no se le había ocurrido hacer algo así antes?”
Casimiro está nervioso, es
casi la hora, incluso se ha duchado y todo, quiere estar presentable al menos
el primer día. Llaman a la puerta, es puntual. La vida le sonríe.
(Lo que no
sabe es que Irene va a hacer desaparecer sus problemas literalmente, para ella
“comerse su pene” no es un eufemismo)
Fernando
Fernando revisa el correo.
Tiene otra carta de amor, papel rosado, tinta azul. La lee mientras sube en el
ascensor, entre el desdén y el rictus amargo.
Estuve luchando toda la noche contra tu
recuerdo
Una carnicería de rojos sobre una piel
demasiado blanca
Metáfora de una palidez suicida llena de
cicatrices recientes
Mi sexo ávido abriéndose como una llaga
Carmín extenuante sobre una boca
hambrienta de amor
Mezclando vino, pastillas y melancolía, mezcolanza
amarga
Que encharca, circunda de humedad, mis
pensamientos
Autobuses llenos de subnormales haciendo
los coros a una canción de amor
No escribo sobre ti, sino en ti,
mientras tu desnudo esmalta mis insomnios.
Hazme tuya, o mátame, pero termina con
mi agonía.
Está firmada por ella. Es curioso. O no. La deja sobre la
mesa, con un gesto similar a aplastar una colilla en el cenicero. Se lleva una
mano al estómago. Sale de la habitación.
Un rato después vuelve a
entrar, se sujeta los pantalones desabrochados, barre ansioso la habitación con
la mirada. De pronto se fija en la carta, la coge con una sonrisa y vuelve a
salir de escena.
Un minuto después suena la
cadena del baño.
El amor sigue siendo la
respuesta a todo.
Vecino del
Cuarto
Todo está rodeado de
mierda, maloliente y atascada. Intentas tirar de la cadena una y otra vez pero
solo consigues chapotear con los pies desnudos en charcos infectados mientras
los vecinos se quejan de sus goteras de materia fecal. En algún momento del
camino, mientras parpadeabas, te has convertido en una Etiqueta, en un Trabajo,
en un Número, en una Nómina, en una Nada sin nombre propio. Lo peor es que no
pretendes ser otra cosa, quizás antes, hace años, eras diferente, un ser
humano, pero ahora lo has olvidado, ni siquiera lo sabes, aceptas tu etiqueta,
eso es lo que eres AHORA, eso es lo importante. No justifica nada, claro. Pero da
igual, no quiero jugar, por eso me gusta corto, por eso no se me pone dura con
las cosas adecuadas, o con las mujeres adecuadas. Puede provocar cierta alarma,
como señalar el traje invisible del emperador, pero es cierto, lo reconozco,
sólo veo un mar de mierda, gente a mi alrededor nadando feliz, haciendo
filigranas mientras la basura inunda su boca sonriente. Sí, algunos flotan como
boyas, peces muertos hinchados y marrones. Pero nadie los echa de menos, ni a
ellos, ni al cielo. Nunca miran arriba.
Todo tiene su reverso sórdido,
como ese gesto galante de regalar un ramo de flores en genuflexión, cuando el
termino ramera deviene de la Edad
Media, cuando las prostitutas colocaban un ramo
de flores en el balcón o en la puerta de su casa para atraer a sus clientes.
Carver tenía sus caballos
en la niebla, sus pequeñas islas de borrachos. Me gustan sus relatos, no hay
golpes, en un minimalismo contenido, sin ira, pero con esa sensación de desazón orbitando siempre. Observas sus labios
moverse, pero no quieres que te alcancen sus palabras, por eso le das la
espalda lentamente reconociendo con ese gesto el fin de todo. Y piensas en
zapatos que crecen mientras desayunas champán a las tres de la tarde. Y
recuerdas que la infelicidad empezó aquella noche en que la amaste demasiado y
se quedó embarazada. Porque el destino no existe, solo son hechos sucesivos que
intentas ordenar con un sentido, impulsos y errores ahogándose en el vacío.
***
No hay que tomarse muy en
serio al vecino del cuarto, con esas frases ampulosas donde se queja de su
incoherencia mientras se hace cortes en el antebrazo para poder sentir algo que le saque de su aturdimiento.
Hablando de morir solo, de vino y cosquillas de sangre resbalando por sus
dedos.
La soledad, ¿Quién no se
siente solo a fin de cuentas? No es excusa. Le digo a veces: “sal, pequeño pájaro azul”
Pero solo se atreve a hacerlo de madrugada, ocultándose entre metaforas de
idiotas derrotados, entre amor con mayúsculas y besos de papel con minúsculas.
Y la vida sigue mientras se pierde entre esos desiertos de encrucijadas miopes.
Y me confiesa que solo pide que le amen en cada caricia y poder sentir lo mismo.
Y luego, más tarde, enfrentarse junto a ella a esa cosa insulsa llamada vida y transformarla
en algo esplendido y lleno de matices.
Pero para ello, ella
tendría que existir primero -me dice-, y no sirve de nada que la sueñe, que la
piense, o que, simplemente, la necesite.
Hay algo pudriéndose en mi cabeza, un zumbido
inmisericorde. Es una resaca de las jodidas, de las que abren los diques de la
depresión, es ahora cuando más nostalgia siento de compañía femenina. Pero en
vez de eso solo tengo soledad. Y resentimiento. No busco salvación en la
poesía, soy un monstruo sin dignidad, me dejo llevar por el asco hurgando en la
basura. Es eso o la navaja.
Enciendo el ordenador e introduzco la película que he
comprado por internet. Material ilegal, material que conlleva denuncias y condena
social. Material que viola las filias normales y va más allá. Un suicidio de la
sensibilidad orquestada a golpe de cadera y ultraviolencia. No soy nuevo en
esto, naturalmente, he sido coleccionista durante años del hardcore alemán más
brutal, también de las tristes depravaciones japonesas con jovencitas. Pero esto
es diferente, esta película supone el cenit, la degradación del espectador
cómplice, el no retorno. Estoy tan excitado como un chaval de catorce años ante
su primer coño.
Me bajo los pantalones y me pongo a ello. Todo comienza. Es mejor de lo que
esperaba, hay muchos gritos desde el principio. Ralentizo mi mano, no quiero
acabar demasiado pronto.
Recuerdo a esa chica de la Fnac del viernes, hablando de
poesía y de libros. No sé si estaba
flirteando, soy un zoquete para las señales femeninas. Debería de haberle dado
mi número de teléfono para tenerlo claro. El rechazo digo. La no
intencionalidad. Lo peor de la vida son las incógnitas, el conocimiento no te
hace más feliz, pero si tiendes a vivir en el pasado ayuda un poco. Le di la dirección
del blog sin decirle que era mío. Torpezas concatenadas.
La película manda. Salen más secundarios, animales
incluso. El campo. Bajo un poco más el volumen, mi polla no tiene dudas, pero
mi mente todavía está intentando procesar la información, saturada por las
imágenes. Tantas posibilidades en cuerpos tan limitados. Hay cosas que no sabía
que podían hacerse, creo que eso deja secuelas, esa chica no podrá volver a
tener sexo normal en su vida. Me doy cuenta que yo tampoco, llevo ya demasiado
tiempo en soledad con esta depravación haciéndose un hueco en mi neurastenia.
El sexo normal me aburre, la imagen de una mujer empapando mis sábanas con sus
flujos me resulta aburrida, vulgar incluso, no me provoca ni una débil
palpitación. Estoy acostumbrado a las atrocidades, a la cosificación, dentro de
poco mi única vida sexual dependerá de prostitutas transexuales o del turismo
sexual.
Pero necesito huir de esta soledad, necesito desconectar
de alguna manera, necesito dar un sentido a algo. Me doy asco, pero como el
alacrán que odia su alacranidad pero la necesita para acabar consigo mismo,
debo utilizar el asco para eyacular asco, para sobrevivir un días más. Para
levantarme, ducharme, vestirme, comer, lavarme los dientes, trabajar. Eludiendo
el poco sentido de todo esto. El poco no: la absoluta falta de sentido.
Hay un cambio de escenario, carnicería, cadenas,
argollas, fustas, el rollo snuff movie tiende al infinito. Y esa chica es menor
y no parece que haya firmado ningún contrato, simplemente esta aterrorizada. Y
esa sangre es real. Mierda, me podrían detener por eso. Sigo moviendo
frenéticamente la mano.
Ahora se suceden escenas de temática transexual
fetichista. Dejan a alguien moribundo en un rincón ahogándose en su vomito después
de una larguísima escena de garganta profunda. No consigo correrme. La resaca
se transforma en migraña, debería de salir de esta habitación. Pero ahora lo
irreal es lo otro, lo que está afuera. Me empiezo a asustar, hay demasiado material
homosexual implícito y es ahí donde mi polla no flaquea, donde tengo que
reducir mi ímpetu. Justo cuando empiezo a creer que soy gay aparece una nínfula
con coletas y dos enormes perros centuplicando mi excitación. De acuerdo, no
hay problema, solo estoy terriblemente enfermo.
Hay demasiados preliminares con los perros, pero quiero
ver la escena entera. Descanso un poco. No voy a ir a trabajar. No quiero ver a
nadie, no quiero permanecer, solo quiero desasirme de mí mismo. Algo tintinea
al lado de mi pie. Una puta botella de vino blanco. Me agacho y bebo un trago
justo cuando una de las nínfulas es sodomizada. Bien. Algo de sincronismo. La
película manda.
Dejando aparte el sexo, la relación se mantiene como una
forma de masturbación ególatra. Uno se refleja en los ojos de la otra persona,
existe en ese reflejo, en la réplica, en sus palabras que te definen aunque
sean insultos. Te aíslas en esa isla sin soledad sintiendo que existes porque
alguien te personaliza dentro de la masa pronunciando tu nombre con cariño. Esa
es la sensación que al final se echa de menos, no irse a Londres, no es Gary
Cooper haciendo lo correcto, no es una letra de Extremoduro. El virus del
romanticismo es el que se encarga de dar fecha de caducidad a este espejismo
sutil.
Sigo masturbándome pero ahora tengo miedo a correrme, las
escenas son cada vez más violentas y el orgasmo marcará mi próxima filia
sexual. La película está dividida de forma episódica y aunque al principio no
encontraba el nexo, parece que es el viaje delirante de una de las
protagonistas, la única que va sobreviviendo a cada escena. En las primeras
secuencias era una niña, y ahora ya es toda una mujer que mira a la cámara con
unos ojos verdes eternos y desafiantes. Hay una sensación Proustiana de recreación
de un puzzle que luego te dará una imagen totalmente diferente a la suma de sus
piezas. Le he quitado totalmente el sonido, pero tiene subtítulos y no puedo
evitar leer su nombre alguna vez. Es el nombre que odio y que se repite en mi
entorno continuamente, otra prueba de determinismo. Hay mujeres que deberían de
presentarse con ese nombre. “Hola soy (…) y vengo a joderte la vida” y tú,
antes de terminar la frase, ya estarías asumiendo el sufrimiento de los próximos
seis meses. O lo que durase.
La migraña está alcanzando cotas desconocidas de dolor,
cada vez me cuesta más concentrarme en las imágenes. El vino blanco ya solo es
un recuerdo y una nausea sube y baja por mi garganta. No puedo moverme, estoy atrapado
delante del ordenador, en esta habitación a oscuras. Quiero salir, pero la
película manda. El teléfono no para de sonar. Seguramente del trabajo. Un
retazo en mi memoria me avisa de que hace meses que me despidieron. Pero lo
ignoro. Estoy seguro de que son ellos,
a pesar de ese desconchón en la pared que hice cuando lance el móvil contra la
pared y lo destrocé. La película manda. Ahora la protagonista, frisando los
treinta, está siendo violada violentamente mientras una cola de hombres de
enormes falos espera su turno. Ella ríe, llora, gime. Mi pene está en carne
viva, como su vulva, en algún momento he debido de eyacular sangre, pero no
paro, ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
Recuerdo la última vez que fui feliz, estaba en Santiago
de Compostela, por la noche de fiesta, habíamos comprado un gramo, en el coche
sonaba Radiohead, el álbum de siempre. La noche se abría de piernas para nosotros,
me sentía joven, trabajo, planes, una casa. Solo quería divertirme, la risa
estallaba en mi cara sin excusas. Íbamos con Manolo, nos reíamos de sus
historias de drogas, justificando su uso en su misma existencia natural. Fuimos
a un prostíbulo, cambiamos drogas por cuerpos. De pronto, serían las tres de la
mañana, me sentí terriblemente solo. Llamé a esa chica. Ella me cogió el teléfono.
Llevábamos cuatro años sin hablar. Y me sonrió con su voz. No necesitaba más. Quizá
debí coger el coche en ese momento, hacer un viaje de seis horas y meterme en
su cama. Y decirle que no, que todo era mentira, que lo empezaba a sospechar,
que me salvara, sobre todo de mí mismo. Pero no hice nada. No sucedió nada.
Madrid siguió sin banda sonora y después de dos silencios colgué.
Siento como si la habitación palpitase, es algo extraño, como
si me rodease un dolor ajeno, difuminado. Pero la sed es auténtica, propia, una
sed horrible de desierto. No puedo moverme, la película manda. Esta escena me
suena, ¿ha vuelto a empezar? Unos
enanos deformes están follándose a la protagonista, ahora embarazada. ¿Quién
será el padre? Cada vez está más avejentada, ¿Cuánto tiempo llevo encerrado aquí? Parece su biografía. Rompe aguas pero la
escena continua. Una voz en off subtitulada reflexiona sobre la crucifixión del
tiempo. La horrible sensación de no haber aprovechado tu vida cuando, ya mayor,
no te quedan esperanzas, solo recuerdos. Alguien replica que siempre sentiremos
eso, que cualquier decisión es una limitación en sí misma, que son crisis existenciales
irremisibles. El niño recién nacido cae
en un charco de semen, sangre y vísceras. Al final la locura es no saber,
no arriesgarte, no haberte declarado, no agotar las cosas hasta el final, no
dejarte llevar alguna vez por los impulsos. Ella siempre lo hacía, victima
implacable de sus caprichos egoístas, pero vivir es sufrir, ¿Qué importaban los
demás, quemándose lentamente en su intensidad?
Llega el final de la película, como un déjà vu. Estoy
deshidratado, tiritando, el olor a vómito y suciedad noquea la atmosfera. No
importa, la película manda.
Ahí está el cuerpo de ella, en la cama, sola. ¿Qué debe
sentir ahora, cree que su vida ha merecido la pena, cree que el simple
ejercicio del placer da sentido a algo? Sabe que se muere, como el protagonista
de Muerte en Venecia. Sigue siendo hermosa -las cicatrices pueden ser hermosas-, nada ha conseguido mancillarla. Suena la música perfecta, como un poema de Poe.
Me colapsa la tristeza, el tiempo pierde continuidad y se
resume en su imagen congelada en la pantalla. Pero ya es demasiado tarde para
la reconciliación, el asco sigue dentro de mí.
Aparecen los créditos y, casi como un acto de
misericordia, el fundido en negro de mi muerte.