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lunes, 6 de mayo de 2013

Capítulo 27 – La Fiesta (Mario)

Aún no he terminado de vestirme cuando Alicia llega a mi casa. Le invito a que suba y le sirvo una copa de vino. Lleva una chaqueta de algodón negro con hebillas frontales y lazada. Hago un gesto. Con un suspiro entreabre la tela: está exultante, top imitando un corsé negro, falda escasísima, botas altas, esposas a modo de cinturón. Yo no me he molestado demasiado, pantalón de cuero, camisa negra de escarola… lo importante es el collar con cadena que llevo en el cuello y que marca mi condición de sumiso. Tengo sentimientos encontrados, pero es la mejor forma de pasar inadvertido.

Alicia: Estoy nerviosa…
Mario: No te preocupes, no esperes ver parejas follando, fisting, lluvia dorada... Todo es mucho más elegante, como un local normal pero con más de un cuarto oscuro. Quédate arriba, en la zona de baile, yo me encargaré de bajar abajo, a la mazmorra.
Alicia: ¿Mazmorra? (suspiro) Prefiero no conocer más detalles. Cojamos un taxi, no quiero estar con esta ropa en la calle más tiempo del necesario.

Una lástima, está tremendamente atractiva. Miguel es un hombre con suerte. Cogemos ese taxi. Nada más llegar vemos a Natalia en la puerta. Está vibrante, una autentica dominatrix. Todavía ejerce influencia sobre mí, no creo que eso desaparezca nunca. Nos da unos pases y entramos. Deciden ir juntas y buscar algún conocido de Ana en la planta de arriba.

Miro a mí alrededor y sonrío, quizás sean reminiscencias de mi etapa gótica adolescente pero me encanta la estética BDSM, resulta perturbador ver a tantas mujeres desbrozando su rol de sumisión o dominación con unas botas altas, un uniforme, llevando solo ropa interior por exigencia de su Amo. Imagino el sonido del azote, como se humedecen ante el dolor posesivo de la fusta o el látigo pequeño recorriendo su cuerpo, azotando piernas, pechos, sexo, consiguiendo que lleguen al orgasmo sólo con eso. Esa clase de poder me fascina.

Suspiro. Concéntrate. Bajo las escaleras, voy a la zona de juegos, al jardín de tortura como les gusta llamarlo aquí. Abro la puerta que da al interior. Sí… ese olor a cuero, sudor, sexo, almizcle, lo echaba de menos. Es pronto pero ya hay varios grupos divirtiéndose, esclavas cedidas a otros Amos, la cera caliente cayendo sobre sus cuerpos, sus pezones atrapados por unas pinzas con cadena. Avanzo lentamente contaminando la mirada, enfebrecido, queriendo unirme. Alicia me manda un whatsApp escandalizada: arriba están haciendo una subasta con varias chicas. Le respondo que es un juego normal, ellas también disfrutan, todo está consensuado. Me responde con un emoticón de perplejidad.

Una joven Domina me mira con arrogancia mientras practica trampling con su sumiso, clavándole sus tacones rojos en la entrepierna y el estómago. Un juego intenso. Supongo que estar rodeado de este atrezzo de cruces de San Andrés, jaulas y látigos provoca que resulte más fácil dejarte llevar. Al fondo dos dominantes someten a su desnuda sumisa. Antes la han exhibido por todo el local con un cepo en el cuello y las manos. Dejan su culo expuesto sobre una especie de potro moderno o silla de spanking y empiezan a azotarla con fuerza. Pequeños gritos. Piel encarnada.

El pitido del móvil me saca del sopor: Alicia ha encontrado a Ana. Subo lo más rápido que puedo. Cuando llego han apagado las luces, en un pequeño escenario están cubriendo con cuerdas y nudos a una chica: van a alzarla, una performance de bondage de suspensión. Las cuerdas son de algodón, teñidas de un rojo agrio. Hace juego con la pintura que cubre su cuerpo, cicatrices, lágrimas de sangre que recorren su cara, sus pechos y se pierden entre los muslos. Reconozco a la mujer: Ana.

Alicia se pone a mi lado, de momento no podemos hacer nada. Terminan los nudos: profesionales, clásica posición hogtied, aseguran la cintura y el torso con manos y pies y la alzan desde un solo punto. Poleas. Música de fondo, ¿Carmina Burana? Flashes. Sube un metro, dos… Se alza por encima de todos nosotros, el pelo cubriéndole la cara, las manos a la espalda, las piernas formando un ángulo recto, su cuerpo convertido en arte. La música in crescendo, gira en el aire y se pone boca abajo. Abre los ojos y me mira fijamente, a mí, como si fuera consiente de mi presencia desde que entré en la sala. Sonríe. La música nos cabalga. Su cuerpo sigue girando. Hay varios focos iluminándola. Estamos todos extasiados. Hasta Alicia está impactada por la belleza del momento. De pronto la música se agrieta, los focos se apagan, sólo queda uno a ras de suelo golpeándola con una intensa luz roja, iluminando el maquillaje visceral de su rostro mientras gira cada vez más deprisa. Pasan unos segundos y va poco a poco apagándose. Fin. Murmullos. Alicia intenta acercarse al escenario. Se encienden las luces de improviso cegándonos: no hay nadie en el escenario. Es imposible, no hay ninguna salida, ni siquiera una ventana. La gente sale de su aturdimiento y empieza a aplaudir.

Alicia: Joder, ¿dónde está?

Natalia habla con el responsable de la fiesta. Se muestra hermético: Ana le envió unos vídeos con la performance para participar. Aparte de eso no sabe nada de ella. Es como un fantasma de la red que aparece en cualquier evento europeo, participa y luego desaparece. Alicia está desquiciada. Justo cuando empieza a subir el tono de la conversación recibe una llamada de Miguel.

Alicia: No es un buen momento, Ana ha estado aquí y nadie quiere ayudarnos…
Miguel: No importa. Acabo de hablar con la policía: han retirado los cargos. Ana se presentó esta mañana en comisaria y tiene una coartada solida. Habló desde allí con sus padres, locuaz y alegre al parecer. Estamos fuera. Ya no hay caso. 

Fin capítulo 27.

II. Fortune plango vulnera (Fortuna Imperatrix Mundi) by Carmina Burana on Grooveshark

miércoles, 10 de abril de 2013

Capítulo 2 - BDSM (Mario)

El correo electrónico era de Erika, una chica que había conocido hacía más de
doce años a través de internet. Eran tiempos divertidos, bajando por primera vez un mp3 del Napster, comunicándonos con gente que a veces ni siquiera vivía en España. Tenía algo de milagroso el funcionamiento de las mailing list: escribías algo y al instante ese texto estaba en el correo de cien, doscientas personas. Ahora miramos al pasado con displicencia, la tecnología nos ha acostumbrado a los cambios bruscos, vemos el papel de las cartas como algo anacrónico.
Con Erika me unió la obsesión por Anne Rice y la literatura en general. Ella escribía muy bien, relatos sobre cónclaves de vampiros, la obsesión sobre la muerte y la sangre. Iba a un par de locales góticos en Barcelona, fue ella la que me animó a través de largas cartas a escuchar determinados grupos de doom metal. El caso es que tenía una relación con un chaval de Madrid. En aquel momento todo aquello de las relaciones a distancia me parecía muy estúpido y me reía abiertamente de todas aquellas gestas para mantener la pasión a través de llamadas de teléfono y te quieros susurrados en mails y cartas.

Cuando me dijo que se había decidido a venir a ver a su novio le dije que no quería verla, que precisamente ese fin de semana estaría ocupado. Ella no lo entendía, discutimos. Pero claro, ¿cómo reconocer que esa amistad de apenas tres meses estaba ribeteada por una intensa atracción? Una semana después vino a Madrid sin que lo hubiéramos arreglado. Lo que sucedió después fue lamentable: su apacible y romántico novio se la llevó a un hostal de Chueca, la tiró sobre la cama y la desvirgó brutalmente. Luego se lavó y se largó a su casa dejándola tirada. Una puta venganza calculada por haberle hecho esperar casi un año para verse. Nunca tuvo la empatía necesaria para entender a Erika, pensaba que estaba jugando con él, pero lo que sucedía es que estaba asustada, era demasiado frágil.

Ella me llamó, pero no quise cogerle el teléfono, me la imaginaba buscando algo de tiempo para tomarse un café conmigo después de disfrutar del sexo con su novio, todavía con el rubor en las mejillas, y me subía una nausea. La dejé sola.
Es una historia jodida. En otras circunstancias esa preciosa chica de veinte años, voz cautivadora y literatura tortuosa habría tenido una época desesperanzadora, con lágrimas, coqueteos con la anorexia, volcándose en la estética gótica más brutal. Pero mi bella Erika no. Ella volvió a Barcelona ese mismo día, sonrío a sus padres, a su hermana y actuó de forma sosegada y tranquila. Luego ese mismo fin de semana mientras todos dormían se levanto de madrugada, mandó un par de mails y se suicidó tomando un bote de pastillas.

Uno de esos mails fue para mí, me contaba como se sentía, lo que había salido mal, como había tomado las precauciones necesarias para que nadie entrase en la habitación. Una carta de suicidio llena de detalles espeluznantes que leí unas horas más tarde, pasadas las doce del mediodía, cuando ya era demasiado tarde para hacer nada. Una carta que he seguido leyendo durante los últimos doce años, grabada ya en mi memoria todas las palabras llenas de cariño y refinada venganza que la componían.
Y ahora recibo esto desde la misma dirección de correo, con la misma expresión de despedida, el mismo color rojo en cursiva, a la misma hora que aquel mail:

Hola Mario,
Vuelvo a Madrid. Me gustaría verte esta vez. Te quiero devolver el libro que me dejaste. Ya está todo olvidado.
Ven a buscarme, llegaré a las once de la mañana a la estación de autobuses. No he cambiado nada, estoy seguro de que me reconocerás.

Un beso y hasta siempre mi querido F.

Podría ser su hermana pero, ¿por qué ahora? ¿Qué sentido tiene? Y además, lo del libro… eso es imposible que lo leyera en nuestros mails, era una broma telefónica, no había ningún libro. Me estoy volviendo loco. ¿El exnovio, al que di esa paliza de muerte? No, tampoco tiene sentido.

(…)

Estación de autobuses. Diez y media de la mañana. No he podido dormir. Sé que es una puta broma sin sentido. Pero tenía que venir. Intenté contestar al mail pero la cuenta se desactivó justo después de mandar ese único correo. He buscado por internet pero no hay ningún registro, no se había usado hasta ahora. Sigo andando de forma paranoide de un lado para otro. Tengo la garganta estriada. Necesito una copa.
El autobús llega, andén dieciocho, es el único que viene de Barcelona en las próximas dos horas. Empieza a bajar gente. El corazón me pega un vuelco cuando veo a alguien muy parecido a ella. No, se besa con un gañán pelirrojo. Ah, las estaciones de autobuses siempre transpirando amor. Encuentros, despedidas, pero siempre pasión, lágrimas, intensidad. Merece la pena sufrir durante un par de meses una relación a distancia, se acumula tanta necesidad de contacto físico que el reencuentro sexual es brutal, la carne es violada, penetrada, sometida, acosada hasta el último gramo de violencia y voluntad.
Divago sin sentido, me duele la cabeza. El último pasajero recoge su equipaje. Bien. Alguien ha demostrado que soy un autentico gilipollas. Suena el móvil: un mensaje, sin remitente: “Esto es solo el principio”

Miro a mi alrededor: el show de Truman ha comenzado. Genial. Alguien quiere joderme, una puta novedad, normalmente la gente se deshace de mi recuerdo como si se tratara del gesto automático de tirar una bolsa de basura al contenedor. Tranquilízate. A fin de cuentas esto lo hace más fácil, hay pocas personas que sepan este detalle de mi pasado, de hecho solo hay tres. Hago una llamada.

(…)

Llego a casa de Natalia unas horas después. Llamo. Me hace esperar unos minutos. Cuando abre la puerta intento controlar mi reacción: lleva el conjunto usual de cuero y botas altas, el atrezzo de dominatrix que la hace tan jodidamente hermosa. Me dice que he interrumpido su sesión y que ahora tendré que participar. Quiere jugar, es ella quien me ha indicado la hora exacta a la que podía venir. No importa, me esperaba algo así, supongo que también me echa de menos. Entramos en su casa, la sigo dócilmente aunque conozco el camino hasta su habitación de juegos.

No es Carlos, debe de haber cambiado otra vez de sumiso, le tiene atado con unas cadenas de las argollas que cuelgan del techo, totalmente desnudo excepto por una mascara con mordaza que le cubre la cabeza. Parece que está bien enseñado porque no hace ningún ruido al verme entrar. Me acomodo, nunca lo admitiría pero entrar aquí me produce una punzada de nostalgia.
Le desabrocha la cremallera de la boca, con una floritura coge la fusta de la pared y le empieza a golpear con ella. Duro. Por todo el cuerpo. Ensañándose en las zonas más sensibles como los testículos, los pezones. Le aprieta con dureza los cojones entre sus manos mientras le insulta. Él no se queja, solo afirma con la cabeza. Es una buena Ama, le tiene muy bien educado.

Me mira de soslayo. Está presumiendo. Se acerca al armario de juego y saca un arnés que tiene incorporado un dildo bastante grande. Se lo coloca, lo embadurna con un aceite lubricante y sin más preparativos se lo empieza a meter. Esta vez grita por el dolor. Natalia le coge del pelo y tira hacía atrás. Le besa. Joder. Cariñosa. Eso es nuevo. Pero a la vez le sigue empalando un poco más. Siento una mezcla de repulsión y excitación, a fin de cuentas hace tiempo era yo quien estaba ahí atado disfrutando del mismo trato.

Le sigue sodomizando durante lo que se me antoja un tiempo eterno. El tipo va relajando sus gritos hasta que al final solo son unos gemidos entrecortados.
Natalia: ¿Te quieres correr mi sucio perro?
Sumiso: Sí Ama, por favor, déjame correrme.
Natalia: Has gritado demasiado, me has hecho quedar mal ante mi invitado.
Sumiso: (gime débilmente) Lo siento mi Ama, lo siento.
Ella hace desaparecer la totalidad del dildo en su interior. Echa un poco de lubricante en su mano y le empieza a masturbar
Natalia: Ah, mi pequeña puta, suplícame que te siga sodomizando.
Sumiso: Por favor, por favor, dame por el culo, soy tu puta.
Natalia: ¡Mas alto perra!
Sumiso: ¡Soy tu puta, soy tu puta!
Empieza a aumentar el ritmo, más y más fuerte. El sumiso por fin se corre gimiendo como un cerdo amancebándose en el barro. Natalia le suelta las cadenas, y él se tira a sus pies.
Natalia: Sucia mascota, limpia con tu lengua lo que has ensuciado. Hoy no mereces un plato, lámelo directamente del suelo

Maravillosa estampa. Cuando termina sale de la habitación a cuatro patas. Ni siquiera me ha mirado.

Mario: Vaya, veo que tu nuevo sumiso está a la altura de tus expectativas.
Natalia: (Enarca una ceja) ¿nuevo sumiso? No. este no es Isaac. Es solo un cliente. Me paga bastante bien por una hora de mi tiempo. Bueno, ¿qué quieres? Pensaba que ya no querías saber nada de mí.
Mario: Es ridículo de contar. Alguien que me conoce muy bien está intentando joderme. Todo resulta un poco inquietante. Tendrás que perdonarme, no he dormido nada, ahora al verte me doy cuenta que es una estupidez, tú nunca serías capaz de…
Natalia: Podrías haber inventado una excusa más verosímil para venir a verme. Si, te noto nervioso, ¿necesitas un poco de desahogo? No te cobraría esta sesión…
Clava en mí sus ojos azules, implacables, sin un atisbo de emoción, pero expectantes. Siento la urgencia, sí, en el fondo me gustaría estar aquí de nuevo, tumbarme en el suelo y agachar la cabeza en espera de sus ordenes, olvidarme de todo, volver a ser suyo y dejar las preocupaciones, las decisiones. Simplemente dejarme llevar por su castigo, por su placer. Ella sonríe conoce mis reacciones…
Mario: Eres la mejor, y lo sabes. Y sí, quería verte de nuevo, contemplar de nuevo esos ciervos azules que naufragan en tus ojos. Pero todo sigue igual, necesito las dos cosas, necesito este mundo –y muevo la mano alrededor de la habitación-, pero también algo más, algo cálido que tú nunca has tenido, algo que sirva de contraste.
Natalia: Bah, tonterías. Idioteces. Acuéstate conmigo. Vuelve.

Suena un portazo, el cliente se ha ido según lo estipulado sin volver a la mazmorra. Estamos solos.

Fin del capítulo 2.


You're Early by 2:54 on Grooveshark

lunes, 1 de abril de 2013

Tercera Colaboración.

Entro en la habitación, el aire me revela tu presencia a pesar de la oscuridad, es inconfundible ese olor a sexo, colonia barata y vino. Vengo decidida a dejarte hacer lo que quieras, pero antes de que pueda tensar mis rodillas tus manos me sujetan las muñecas a la espalda, siento el chasquido de unas esposas sobre ellas. Están acolchadas, pero aun así sé que no debo resistirme demasiado porque dejan marcas. Marcas… ya estoy excitada.

El peso de tu cuerpo me aplasta contra la puerta, me obligas a separar las piernas, todo es provocativo, notas como me humedezco y sonríes con suficiencia, aún no has pronunciado una sola palabra. Tus dedos apartan mis bragas con dureza, resbalas en mi interior: me siento abierta, expuesta, cosificada, una oquedad que llenas. Cierro los ojos, sigues arrasando mi sexo, golpeando rítmicamente mi clítoris. Me vuelves loca, me corro de forma brutal tras dos semanas de obligado celibato por tu orden expresa. Escucho tu voz por primera vez, al oído, casi un susurro, aliento preñado de prohibidas intenciones, mi nombre como un regalo dulce y oscuro. Locura. Quiero ser tu puta. Pido. Suplico.

Me subes el vestido, tus manos recorren todo mi cuerpo, tus dedos son pequeñas tenazas que pellizcan y estiran mis pezones, dolor que es placer. Me tiras de espaldas sobre la cama. No te veo. Escucho un ruido, rebuscas en un armario. Te acercas. Silencio. De pronto el golpe. Duro. Seco. No puedo evitar gritar. Me tiras del pelo y me haces mirarte a los ojos, trago saliva: entiendo tu advertencia. Vuelves a golpearme con la fusta de cuero. Me muerdo los labios. Otra vez. Otra. La piel me arde. Otra vez. Joder. De alguna forma extraña me gusta. Otra. Otra. Luego siento tu caricia. La piel irritada lo agradece. Suelto un suspiro, intento girar la cabeza y mirarte pero no me lo permites. De pronto me la metes de una sola embestida. Vuelvo a gritar. No te agrada. Me presionas la cabeza contra la cama y pones tu pie desnudo a mi altura: lo empiezo a lamer mientras me la sigues metiendo con brutalidad.

El tiempo se dilata. Las sesiones pueden durar horas. Estoy a punto de decir la palabra de seguridad. Pero no, quiero saber hasta donde puedo llegar. Sin embargo eres el Amo adecuado, sensible a las reacciones de mi cuerpo, quizás conoces mis límites mejor que yo. Me das la vuelta, acomodas mi cabeza encima de un par de almohadas, quieres que te vea, que goce el momento, otra forma de deliciosa tortura. Primero me llenas de ósculos los muslos, el ombligo, me saboreas lentamente, y luego vas separando mi sexo con la lengua, penetrándome levemente, hasta que ya por fin empiezas a follarme con ella.

Sé que vas a parar en cuanto esté a punto de llegar, pero me sorprendes y ordenas que me corra: yo estallo, me convulsiono, orgasmo incontrolado que me recorre entera, que me obliga a doblar las piernas y arquearme con la respiración entrecortada. Cierro los ojos, todo gira, me siento desecha, extenuada. Escucho el clic de las esposas, relajo los brazos alrededor de mi cintura. Un par de minutos después te escucho ducharte. Y solo puedo pensar: que cabrón…que delicioso cabrón…

Unfinished Sympathy by Massive Attack on Grooveshark

jueves, 22 de noviembre de 2012

Hay ciertas noches en que el mar solo tiene sentido si me veo reflejado en tus ojos.

Dios se masturba como un mandril en el zoo
haciendo caer su tristeza estéril sobre nuestras cabezas
como mierda de paloma
blanca y sucia.

Me gustaría huir lejos de aquí, donde no me golpee el silencio
donde mis sueños no se derramen sobre el asfalto
como hojas de otoño barridas por el viento de madrugada
pisoteadas por todos esos que caminan durante el día
ignorantes
de una cárcel a otra.

Pero ella es mía.
Ella que solo es un trozo de carne sometida
ella la puta
la princesa
la virgen sucia y casquivana
la que escoge el atrezzo y sabe abrirse de piernas
de la forma adecuada en cada momento.

Su coño una sonrisa, siempre dispuesta y mojada para mí.

Pero sin darme cuenta
el autentico esclavo soy yo
adicto a esa coreografía de sumisión
cada azote es un te quiero sincero
pero impuesto por ella.

Mi Ama. Mi amor.

Born to Die by Lana Del Rey on Grooveshark

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Una cuestión de perspectiva.

Le ordeno que se desnude. De rodillas. Sobre la cama. Separa las piernas. Ábrete. Mi mano es una fusta. Golpes moderados. Marca roja sobre sus nalgas. Expuesto. Humillado. Su polla dura, enhiesta. Habla sin permiso. Indisciplinado. Mi pie en su cabeza, hundiéndole contra el colchón. Pide perdón. Empieza a chuparlo.

Le observo excitada. Empiezo a acariciarme el clítoris, miles de terminaciones nerviosas, hinchado, húmedo, mientras me follo su boca con el pie. Es suficiente. Le ordeno ponerse en posición de nuevo. Empiezo a acariciarle. Primero un dedo. Poco a poco. Dentro. Fuera. Gime. Empiezo con el segundo. Un poco más rápido. Bien. Buen perro. Es el momento. Doble dildo, con arnés. Casi iguales. Me lo introduzco lentamente. Ajusto las correas. Lubrico su parte. Me mira asustado. Queja. Azote. Empiezo a presionar. Gime. Dolor. Me aferro a su cintura para hundírselo. Grita. No paro. No puedo. El placer es demasiado intenso. El dildo atraviesa mi coño con cada nueva embestida. Me muevo como si fuera un hombre follándose a una puta, ajeno a todo excepto su placer. Él sigue gimiendo de dolor pero empieza a moverse a mi ritmo.

El consolador está casi entero dentro de él. Acelero. Me corro. No me cuesta nada, me encanta poseerlo así. Le ordeno darse la vuelta. Se tumba boca arriba y se sujeta las piernas en alto. Me coloco encima de él. Sigo metiéndosela, mi cara pegada a la suya, diciéndole obscenidades. Ya no se queja. A la pequeña zorra le empieza a gustar. Aumento el ritmo, se la clavo con fuerza mientras le miro a los ojos. Su polla se balancea de un lado a otro. Sé que quiere tocarse pero no le he dado permiso. Se la cojo, empiezo a masturbarle. No tarda mucho en correrse, con fuerza, manchándose todo el pecho. Me embadurno los dedos y le obligo a chuparlos, a limpiarme.

Y en ese momento, mientras se la saco lentamente del culo, al observar su mueca al tragárselo, vuelvo a correrme.

Little Faith by The National on Grooveshark

martes, 24 de abril de 2012

Dios existía, sí, en serio, pero murió practicando la asfixia erótica con la mujer equivocada. Una amiga mía por cierto.

Me llamo Casimiro y he sobrevivido. Al menos la parte más importante y emotiva de mí anatomía: mi pene. Todavía enhiesto, supurando pus y sangre por las últimas heridas, maloliente e hinchado, pero deslumbrante con sus ocho centímetros de potencial viril.

Sólo quería vivir una pequeña historia de amor. El anuncio podría resultar algo zafio, pero solo pretendía dilucidar entre la superficie de mentes retrogradas alguna con ganas de desvelar filias y cicatrices al unísono. Pero la tal Irene resultó un fraude. De primeras se llamaba Primitiva, ¿quién cojones pone un nombre así a su hija? ¿Era una crueldad, o quizás preveían un destino desagradable a ese feto de meretriz y quisieron allanarle el camino eligiendo ya su nombre profesional?

Primitiva. Joder. Y luego no era una feladora vocacional, simplemente tenía hambre. Tuve que matarla, naturalmente.
La música aumentaba su volumen alzándose sobre nosotros, rápida, violenta, agresiva, obligándonos a intercambiar fluidos con dolor, como auténticos cenobitas, a encharcarme con la sangre de esa boca violada, a romper esos dientes afilados mientras anillaba sus pezones con los míos, a penetrar sus oquedades, no las viejas, las nuevas que abría con mi cuchillo en su costado, en sus mejillas. El dolor me volvía loco -el ajeno y el propio-, el réquiem que sonaba en mi cabeza alcanzaba el crescendo mientras intentaba lobotomizarla con mi polla, follarme literalmente su masa encefálica.

Estaba sumergido en estas ocupaciones cuando aporrearon la puerta. Era la policía. Dos tipos duros, también sin cerebro, como es menester para el cargo. Les dije que solo estábamos jugando, que podría bajar la música, pero que tenía derecho a hacerla gritar todo lo que quisiera. Uno de ellos, en un gesto reflejo, tocó ligeramente la culata de su pistola y me sonrió. Sí, es genial vivir en un estado fascista, la violencia nos une sin remordimientos, es como hablar de futbol, o del PP en Madrid. En otras circunstancias hubieran entrado y me hubieran ayudado, pero tenían que meter una paliza a algún inmigrante o simplemente toquetear a alguna niña que estuviera de botellón. Basado en hechos reales. Se van y sigo con la matanza. Casi siento tener que acabar. Introduzco los pedazos útiles de su cuerpo en el congelador y meto los restantes en bolsas de basura. Dejo una firma de sangre en el techo, soy un artista.

Reflexiono. El anuncio me ha traído algo inesperado, la red está llena de locura, de fijaciones, filias, frustraciones, de gente pidiendo cosas que repudia por el día, cuando intentan no quedarse dormidos en la torre de vigilancia de su campo de concentración. Amo a las mujeres que saben chupar una polla, que saben masturbarla en sus pechos, con sus pequeñas y débiles manos. Nosotros nunca aprenderemos a comerles un coño. Pobres. Pobre. Pobres. Me masturbo demasiado, demasiada presión en mi mano, demasiado ritmo sin lubricante, demasiados videos sórdidos enquistándose. Solo disfruto cuando violo el culo de alguna puta sin preliminares. Ya ni siquiera me gustan las vaginas. Solo me atrae la cosificación, pechos de cirugía, caras desdibujadas por el carmín y el maquillaje roto, la posesión brutal que termina en un squirting que me salpica, borrando cualquier rastro de hipocresía en nuestra animalidad. Te susurro obscenidades al oído, mi pequeña zorra, mientras te la meto. No busques más, te duele y te gusta, y la canción romántica que suena de fondo son tus gritos pidiendo más.

Voy a la ducha. Debería de revisar esas heridas, pero no tengo dinero. España está en recesión, la ultraderecha avanza en Francia. Somos mejores, sin duda, ¿tienes dinero? Perfecto, Papa Estado cuidará de ti. Lo mereces. ¿No tienes? Haznos un favor a todos: Muérete, estás bloqueando el avance del Estado del Bienestar de la Clase Alta. Tú no tienes derecho a una educación decente, a una sanidad universal, debes mantenerte estúpido, seguir con un trabajo basura el resto de tu patética existencia.

Varias generaciones degradadas a huir del país o a comer mierda. Aunque a muchos se les ha enseñado desde pequeños a saborearla y a pedir más y más. Incluso dan las gracias por su ración diaria. Mayoría absoluta, once millones de personas. No estamos hablando de tópicos, de tus vecinos escuchando el Cara al sol los fines de semana, de ancianos jugando a la petanca y hablando de la guerra civil, ¿quizás hablamos de analfabetos sin ideas propias que votan como quien va al supermercado? Tal vez el problema sea mucho más profundo, una especie de masoquismo ideológico, un maniqueísmo que te impulsa a ir en contra de tus propios intereses.

Casimiro necesita olvidar. Escribir sobre sexo es aburrido, todo el mundo ha follado, chupado, mamado, ha perdido el control en algún momento, ha acometido indignidades, fuera y dentro, en callejones sórdidos y en camas de hotel de cinco estrellas, ¿Qué más podemos añadir?
Casimiro llama a Irene –no sabemos realmente como se llama, todas para él tienen el mismo nombre-, se lubrican por teléfono, charlas viciosas sobre jugar al medievo con su coño. Irene coge el coche y se presenta en su portal. Le avisa que baje, se meten en el ascensor y empiezan a magrearse. Ella no lleva ropa interior pero ha traído su caja de juguetes. El ascensor se cierra pero no sube. Se besan, se muerden, se lastiman con palabras malsonantes mezcladas con declaraciones de amor eterno. Irene le obliga a tumbarse en el frío suelo metálico. Ahí le golpea, le humilla, le hunde con violencia el tacón de sus botas. Luego le obliga a chuparlo. Saca un dildo doble, lo ensaliva y, con un movimiento brusco, se lo mete en el coño. Se muerde el labio y sonríe. Empieza a follarse a Casimiro con el otro extremo. Gritos. Dolor. Orgasmo. Todo termina. Hay un destello de amor entre ellos, pero han sido tan dañados que solo saben expresarlo justo antes de correrse. La puerta del ascensor se abre e Irene vuelve al coche.

Despierto al día siguiente, casi es de noche. Hoy tengo que trabajar. Vibraciones de dolor llenan la estancia. Escancio un poco de vodka sobre zumo de naranja caducado. Es casi la única motivación para despertarme. Huele a muerte, esquivo el cuerpo putrefacto de Irene colgado de la viga del salón. Salgo. Me cruzo en el ascensor con el tipo del gabán, el vecino del cuarto. No me disgusta, al menos no parece que le guste comer mierda como al resto.

Llego a la reunión de alcohólicos anónimos totalmente ido. Me he tomado dos copas más en un bar, no creo que el chicle esté disimulando mucho mi aliento. Me siento al final del todo, junto a otro tipo. Me mira de soslayo, empieza a sudar y se pasa la lengua por la boca. Nota el olor a bebida, la exudo, pero debe de pensar que lo está imaginando. Le tiemblan las manos. Me encanta hacer esto. Somos alcohólicos para siempre, venimos a estas reuniones, a veces por compromiso, o por rutina, pero normalmente motivado porque notamos que vamos a caer de nuevo. Este es de los últimos, soñando con el sabor del alcohol, parándose un instante en cada bar, en cada pequeño colmado con ofertas de bebida en su escaparate.

Me pongo a escuchar. Ahora está hablando Irene –otra-, lleva nueve meses sin beber, dentro de poco le dejaran ver a su hija y está muy emocionada, dice que no lo habría conseguido sin estas reuniones. La gente aplaude. Realmente me gustaría que todo le fuera bien, su historia con el alcohol es el menor de sus problemas. Una de las veces que vine la convencí para ir a mi casa y allí nos emborrachamos. Si, de acuerdo, vengo aquí a ligar, me gusta más que los bares, ¿algún problema? Todo fluía, pero cuando me bajé los pantalones, me miro desilusionada y dijo que solo podíamos ser amigos. Tiene un fetiche con las pollas grandes, es algo visceral que no puede evitar, necesita sentirse empalada, como si tuviera un hueco, un vacío en su interior, que solo pudiera llenar con una enorme y sonrosada polla. Me molestó bastante, pero es buena chica, me hizo una felación de nivel meretriz triple A, y los meandros de la violencia fueron atajados. Eso sucedió hace tres meses. Hemos quedado alguna vez más, pero fue hace dos semanas, en medio de la típica borrachera melancólica, cuando me confesó que todo era culpa de su padre. Estuvo abusando de ella desde los seis hasta los trece años. Todo finalizó con un extraño accidente doméstico -que no se llegó a investigar- que lo dejó eunuco y medio loco. Desde entonces se encuentra ingresado en un hospital psiquiátrico, sin ninguna mejoría aparente. Pero aunque se creía que Irene había superado todo ese infierno sin mostrar secuelas, la imagen de aquella polla –enorme para una niña de seis-, avanzando hacia ella por las noches, se grabó a fuego, y solo consigue excitarse con alguien que tenga un badajo de unas medidas considerables.

Salgo un momento de la sala, doy un lingotazo a mi petaca. "El alcohol es como el amor. El primer beso es mágico, el segundo es íntimo, el tercero es rutina. Después desnudas a la chica." Al volver me cruzo en el pasillo con Irene, me guiña un ojo mientras juguetea con la ficha dorada del nueve en medio, símbolo del tiempo de abstinencia, que acaba de recibir. Me siento y sigo escuchando a los demás. Mi compañero de fila ha dejado de temblar, está más calmado, empiezo a tener curiosidad, ¿Cuál será su historia? No le había visto antes, o quizás no me había fijado porque nunca se ha acercado al estrado a hablar, cosa normal, la gente busca escuchar, una tregua en su propia historia. Alzo la vista, el estrado ahora está vacío, mudo, expectante. Noto como se levanta, vaya, los deseos se hacen realidad. Pero al pasar delante de mí se echa la mano al bolsillo, me tira su ficha, y desaparece por la puerta. Mierda, un brindis por otra recuperación milagrosa.

Tengo sed. Voy al baño de mujeres. Me miro al espejo, no sé si es la luz, pero veo mi cara cenicienta, los dientes parecen a punto de derrumbarse sobre mis encías. Entra Irene –otra- Es una gorda enorme, de esas que no sabes si tienen un problema de tiroides o demasiado tiempo libre para comer. La pillo por detrás y la empotro contra la pared. Empieza a gritar y le doy un par de tortazos, noto como en el segundo su nariz cede. Intento metérsela entre esos pliegues inmensos de carne. No consigo discernir si estoy dentro o fuera. Grita. La obligo a arrodillarse, vierto lo que queda de petaca sobre mi polla y la obligo a mamármela. Ella me sonríe. ¡Oh, sí! Otro juego, somos animales, ¿recordáis? Ella solo se excita si finjo una violación, ¿el enfermo soy yo? No, nadie, todo nace del aburrimiento. Le escupo en la boca y grito cuatro obscenidades. Me agarra la polla con fruición pero enseguida me canso y la sodomizo. Noto algo húmedo, parece que no he sido el primero de la noche. No debería, pero eso me encabrona. La agarro por el cuello y le obligo a meter la cabeza en el retrete, a lamer su interior. Se pone a lloriquear pero sé que la gusta. Justo antes de correrme pienso en la escena de la película “Lunas De Hiel”, cuando Oscar se arrastra invalido por el suelo mientras Mimi habla por teléfono despreocupada, y tiro de la cadena. No ha estado mal después de todo.

Acudo a mi trabajo. Son las dos de la madrugada. Hay un vacío en mi memoria en este punto. Lo siguiente que recuerdo es el sonido de la cara de mi jefe ensangrentada siendo reestructurada por mis puños. Todo el mundo observa sin hacer nada, un par de personas aplauden pero la mayoría sigue cogiendo llamadas, quizás no esté pasando nada importante. Sigo durante un rato, la sangre salpica mi camisa. Por fin alguien me coge por la espalda y me intenta calmar. Solo se me ocurre sonreír y enseñar los dientes. Al final deciden despedirme, no por lo que ha sucedido, todo el mundo cree que se ha hecho justicia, sino porque han descubierto mi lista negra en la impresora: un listado con los clientes más groseros que atendía y que, en mis ratos libres, me encargaba de dar de baja o utilizar sus datos bancarios para compras online.

Vuelvo a casa. Tengo un mes de paro, dos cadáveres y tres botellas vacías. Descuelgo a Irene de la viga, el hedor es nauseabundo, el cuerpo lleva descomponiéndose varios días. Pero es ella, Mi Irene, la única. Pongo la banda sonora de Blade Runner. Beso su cuerpo putrefacto. Me gusta su sabor, se me empieza a poner dura. En serio, Irene, te lo juro, nunca más, nunca, volveré a confundir tu nombre en la cama, por favor, perdóname. Me tumbo a su lado y la penetro. Algo cruje dentro de ella cuando empujo demasiado fuerte. Esto es amor.

Latin America by Holy Fuck on Grooveshark

martes, 6 de marzo de 2012

No nos dejemos engañar, Cristo fue el primer masoquista, deseaba sufrir, la crucifixión. Seguro que se le puso dura en la cruz.

Sigo aquí, atada, esperándole. A veces me pregunto porque soy sumisa, que es lo que provoca esta pulsión, porque necesito tener un Amo para sentirme completa; no es solo un rol, hay algo más en mi interior, como una vocación que limita y concreta mi forma de sentir, de vivir. En una doble penetración, cuando te corres, ¿Qué polla te enamora?

Siento el calor de su semen en el cuello, collar de perlas, es así como lo llaman, reciclando su recuerdo, deslizándose por mis pechos. La sesión suele acaba así…

Pero empieza conmigo, postrada a sus pies, suplicando seguir siendo usada, humillada, azotada, anillada, amordazada…Me tumbo de espaldas a él, desnuda, acariciando el collar que llevo, símbolo de entrega y propiedad, mientras él elige con cuidado los juguetes perversos que va a usar conmigo.
Soy su puta, su cómplice, su Perra.

Cuerdas y caricias. Espero asustada, excitada, cediendo el control. La fusta hace su trabajo. Fuerte. Hilillos de saliva resbalan por mi mordaza, esta bola roja que abrazan mis labios. Otro latigazo, el ciclo sigue. Hace un cruzado con las cuerdas sobre mis pechos, ajustando los nudos, tensando, aprisionando los pezones, la carne entre mis piernas. Inmovilizada. Ciega. Indefensa.
La fusta provoca crepúsculos sobre mi piel. Algo helado recorre lentamente mi clítoris. Mi cuerpo se tensa. Espinas de Sumisa, laureles de Amo.

Me quita la mordaza. Recoge con su polla toda la saliva que boqueo y me la introduce en la boca. Me folla la boca. Asfixia erótica. No hay palabra de seguridad, no hay límite para mi entrega. Me retuerce los pezones, me la saca y me besa brutalmente. Me quita la venda. Me siento bella, viciosa, la hermosura gotea entre mis piernas.
Un pequeño bofetón. Sonrío. Otro. Estamos progresando. Soy suya. Sometida, esclava, disfrutando con ello.
Le noto dentro de mí, no puedo hablar ni quejarme, son las reglas de la sesión.
Me folla como una máquina, rápido, duro, su polla entra y sale con violencia, me pellizca el clítoris. Dolor. Placer. Ahogo mis gemidos, me muerdo los labios hasta que siento la sangre. Me corro.

La saca y me la mete por el culo. No puedo evitarlo y pego un chillido. Mi Amo se enfada. Me da un par de azotes con la mano abierta. Lagrimas saladas pero dulces recorren mi rostro. Me sigue sodomizando sin apenas preparación. Dolor, y sin embargo un indefinible Placer. Coge un dildo y me ordena que lo chupe. Luego me lo introduce en la vagina. Me hace llegar al límite, noto la fina y delgada capa de piel y carne que separa los dos orificios a punto de romperse. No puedo contenerme y grito cuando me vuelvo a correr. Mi Amo me sigue usando y después de un par de embestidas noto como se corre dentro de mí.

Soy feliz si mi Amo está satisfecho. Pero hay una sombra en su mirada. Me quita las cuerdas y me advierte que esto no ha terminado. Pone la cadena a mi collar y me lleva, arrastrándome detrás de él, hacía el salón. Me dice que me he portado mal, que tiene demasiada paciencia conmigo, que va a exhibirme a otros Amos. Pone la webcam. Delante hay un hombre, no me inspira nada. Mi Amo delega. El Otro me obliga a abrirme ante él. Estoy irritada pero obedezco. Me meto el puño como me pide, le enseño los hematomas de mis pechos, todo cosas vulgares y aburridas, hay demasiada frialdad. Miro a mi Amo suplicante hasta que él, por fin, decide que es suficiente y corta la transmisión.

Sigue con la sesión, me ata a la cama, abriéndome las piernas al límite. Coge la fusta y golpea mi sexo, la esclavitud del escozor, la humillación de esta perra que no es capaz de controlar su deseo. Solo Él, mi Dueño, es capaz de llevarme a este estado, se acuclilla entre mis piernas y lame mi clítoris a la vez que lo pincha con una tira de chinchetas, las sensaciones contradictorias de aspereza, dolor y placer me mojan como una perra en celo y me corro otra vez gritando su nombre.

Me abandona y sale de casa. No sé cuándo volverá. Me siento dolorida, agarrotada en esta piel quemada, dilatada hasta la extenuación. Pero sé que es por mí bien, me está adiestrando, domando mi mente, ahondando en la satisfacción que siento al complacerlo, al convertirme en una mejor esclava. Consiguiendo que el placer que los dos sentimos en mi sufrimiento, con mi humillación, sea cada vez mejor. Le debo tanto…

Escucho sus pasos en la entrada. Ha vuelto. Mi Dueño. Mi Dios.

Too Drunk to Fuck by Nouvelle Vague on Grooveshark

miércoles, 22 de febrero de 2012

En realidad, el amo es el esclavo de la esclava, pues depende de que ésta acepte someterse a los servicios que lo excitan.

Siempre hay un germen en cada gesto, como un algo primigenio, como 
una idea perfecta que no adaptamos, solo imitamos. No hay madurez ni control, son ellos quienes se adhieren a nosotros. Como un hijo ilegitimo que te acusa con tus mismos ojos. ¿Sucede lo mismo con las despedidas? ¿Son solo un puñado de palabras, gestos, tópicos forzados, destinados con su melodrama a arañar nuestra memoria más tiempo del aconsejable?

No lo sé. Aún recuerdo la última, meses de convivencia intentando no discutir, tímidos intentos de llevarnos bien. Luego su precipitación al querer mudarse. Pero no fue ahí, con la puerta cerrándose y el fundido en negro cuando nos despedimos. fue antes. Cuando me mintió, cuando me miró a los ojos y me mintió. Él, que se consideraba el adalid de la honestidad por encima de cualquier convencionalismo. Y fue innecesario. Había leído sus correos. Cualquier oportunidad se perdió ahí. Dejó de existir como ideal. Solo sentía ese extraño y jodido apego que dan los años. Una pueril excusa. Y resultaba todo tan mezquino. Él me lo parecía. Haciéndome creer que quería hacer lo correcto cuando simplemente se sentía culpable. Pero no le culpo. Hay que aprovechar las oportunidades. Y nos separamos. Pero la despedida fue antes, meses atrás, cuando deslizó sus mentiras, sin tensiones, tumbados en la cama.

Y ahora estoy aquí, con otro como él, en esta pequeña habitación de motel, como un sueño opaco, sórdido, con su cama, sus sabanas mal dobladas rozando por un lado la moqueta, el verde mortecino de las paredes desconchadas, esa mesita de noche con una pequeña lámpara que ilumina más la suciedad. Sonrío, una sonrisa masoquista.
Cuando sale del baño estoy de espaldas sentada sobre la cama, mirando la puerta. Noto como se quita los zapatos, los pantalones. Como deja el reloj encima de la mesilla, un poco de sombra. Su aliento me acaricia brevemente la espalda, me tumba sobra la cama y me despoja de identidad. No hay palabras, no hay necesidad, ya es un juego orquestado.

Me desnuda a su manera, con brutalidad, sin dulzura, sin tocarme apenas con las yemas. Da igual, la lencería nueva cae al suelo, el maquillaje se borra de un guantazo.
Aleteo entre mis sentidos, cosificada, paralizada, con los ojos brillantes. Me abre de piernas y me palpa. Me arranca las bragas, me hace suya antes de empezar. Se pone a horcajas sobre mí, me agarra del pelo y me empuja hasta que la tengo dentro de mi boca. Jugueteo con la lengua, noto como crece, su presión aumenta y me bombea en la boca, disfruto de esta extraña asfixia. Pero controla los tiempos. La saca, pego una bocanada de aire y me la vuelve a meter brutalmente. Me mareo pero sigo succionado, me golpea con los cojones la barbilla mientras con la otra mano me agarra del cuello. Seguimos así varios minutos, a veces la saca y me golpea con su erección, con su polla en la cara. Me hace daño, son pequeñas bofetadas, y en agradecimiento le chupo los cojones con fruición, le lamo entero y pido más.

Se cansa pronto, estoy demasiado sumisa, no grito. Me agarra y me pone de espaldas, con la espalda arqueada. Mi cuerpo está seco y me empieza a insultar, repito sus palabras en primera persona mientras me folla con el pulgar -demasiado rápido-, y me restriega el clítoris con el resto de la mano. Su lengua mordisquea mi culo, me lubrica. ¿Qué le habrá dicho a su mujer? ¿Una reunión de negocios con un nuevo socio? ¿Tendrá ella un amante que la deje satisfecha?

Todo sigue lo marcado, me sodomiza, me agarra con saña los pechos. Pienso en las horas de gimnasio, en las cremas reafirmantes, los rayos uva, la bicicleta estática, las horas de peluquería, la depilación láser, todo concentrado en unos azotes con la mano abierta. Veo las estrellas, reacciono con el gemido y la mirada de soslayo adecuada. ¿Sigo encontrando placer en ese dolor, en sus marcas...?

Me voltea, se pone encima, ¿me mira? No, ni siquiera eso. Está enfrascando su ego, bombeando una y otra vez, con precisión pero sin alma, meros bosquejos. Mira el reloj. No me tendría que afectar. Empiezo con los gemidos un poco alterados de costumbre. Quiero que se sienta como un macho alfa, que sienta que ha merecido la pena el esfuerzo. Otra vez el reloj. Prefiero cerrar los ojos. En el fondo, da igual. Su pene, todo él, es como el recuerdo de una película que te hizo llorar, o reír en el pasado, y que luego, al volver a verla, no te produce ninguna sensación. Y te rebelas ante ese hecho, insistes... ¿por qué no sigue emocionándome cómo antes?

Aumento los gemidos y grito un poquito mordiéndome el labio. Que idiota, que sobreactuado. Él la saca y siento la huella caliente de su semen sobre mi cara, sobre mis pechos. Ya. Ya está. No quiero abrir los ojos, no quiero verle. Siento como su calor se aleja de mí. Tengo ganas de llorar, porque en el fondo todo es ridículo. Todo es mentira. Su voz, sus gestos de prestado, su mano rozándome ligeramente la muñeca acercándome unos pañuelos. Noto la puerta del baño cerrarse, la ducha. Y sigo aquí quieta, empapada en su sudor, en su semen, encharcada o seca da igual, insatisfecha, triste, sola, sucia.

Despedirse duele. Es amargo. La liturgia de los gestos nos permite banalizarlo un poco.

Podría abrir los ojos, sentir el semen deslizándose por mi cara, por mis pechos, sacar la pequeña pistola de mi bolso, entrar en la ducha y acabar con todo esto de una vez.
O simplemente levantarme, escapar de la inercia de las mentiras. Vestirme. Salir. Olvidar.

A New High by Marionette on Grooveshark