una idea perfecta
que no adaptamos, solo imitamos. No hay madurez ni control, son ellos quienes se adhieren a nosotros.
Como un hijo ilegitimo que te acusa con tus mismos ojos. ¿Sucede lo mismo con
las despedidas? ¿Son solo un puñado de palabras, gestos, tópicos forzados,
destinados con su melodrama a arañar nuestra memoria más tiempo del
aconsejable?
No lo sé. Aún recuerdo la última, meses de convivencia
intentando no discutir, tímidos intentos de llevarnos bien. Luego su precipitación
al querer mudarse. Pero no fue ahí, con la puerta cerrándose y el fundido en
negro cuando nos despedimos. fue antes. Cuando me mintió, cuando me miró a los
ojos y me mintió. Él, que se consideraba el adalid de la honestidad por encima
de cualquier convencionalismo. Y fue innecesario. Había leído sus correos.
Cualquier oportunidad se perdió ahí. Dejó de existir como ideal. Solo sentía
ese extraño y jodido apego que dan los años. Una pueril excusa. Y resultaba todo
tan mezquino. Él me lo parecía. Haciéndome creer que quería hacer lo correcto
cuando simplemente se sentía culpable. Pero no le culpo. Hay que aprovechar las
oportunidades. Y nos separamos. Pero la despedida fue antes, meses atrás,
cuando deslizó sus mentiras, sin tensiones, tumbados en la cama.
Y ahora estoy aquí, con otro como él, en esta pequeña
habitación de motel, como un sueño opaco, sórdido, con su cama, sus sabanas mal
dobladas rozando por un lado la moqueta, el verde mortecino de las paredes desconchadas,
esa mesita de noche con una pequeña lámpara que ilumina más la suciedad.
Sonrío, una sonrisa masoquista.
Cuando sale del baño estoy de espaldas sentada sobre la
cama, mirando la puerta. Noto como se quita los zapatos, los pantalones. Como
deja el reloj encima de la mesilla, un poco de sombra. Su aliento me acaricia
brevemente la espalda, me tumba sobra la cama y me despoja de identidad. No hay
palabras, no hay necesidad, ya es un juego orquestado.
Me desnuda a su manera, con brutalidad, sin dulzura, sin
tocarme apenas con las yemas. Da igual, la lencería nueva cae al suelo, el
maquillaje se borra de un guantazo.
Aleteo entre mis sentidos, cosificada, paralizada, con
los ojos brillantes. Me abre de piernas y me palpa. Me arranca las bragas, me
hace suya antes de empezar. Se pone a horcajas sobre mí, me agarra del pelo y
me empuja hasta que la tengo dentro de mi boca. Jugueteo con la lengua, noto
como crece, su presión aumenta y me bombea en la boca, disfruto de esta extraña
asfixia. Pero controla los tiempos. La saca, pego una bocanada de aire y me la
vuelve a meter brutalmente. Me mareo pero sigo succionado, me golpea con los
cojones la barbilla mientras con la otra mano me agarra del cuello. Seguimos
así varios minutos, a veces la saca y me golpea con su erección, con su polla
en la cara. Me hace daño, son pequeñas bofetadas, y en agradecimiento le chupo
los cojones con fruición, le lamo entero y pido más.
Se cansa pronto, estoy demasiado sumisa, no grito. Me agarra
y me pone de espaldas, con la espalda arqueada. Mi cuerpo está seco y me
empieza a insultar, repito sus palabras en primera persona mientras me folla
con el pulgar -demasiado rápido-, y me restriega el clítoris con el resto de la
mano. Su lengua mordisquea mi culo, me lubrica. ¿Qué le habrá dicho a su mujer? ¿Una reunión de negocios con un nuevo
socio? ¿Tendrá ella un amante que la deje satisfecha?
Todo sigue lo marcado, me sodomiza, me agarra con saña
los pechos. Pienso en las horas de gimnasio, en las cremas reafirmantes, los
rayos uva, la bicicleta estática, las horas de peluquería, la depilación láser,
todo concentrado en unos azotes con la mano abierta. Veo las estrellas,
reacciono con el gemido y la mirada de soslayo adecuada. ¿Sigo encontrando placer en ese dolor, en sus marcas...?
Me voltea, se pone encima, ¿me mira? No, ni siquiera eso.
Está enfrascando su ego, bombeando una y otra vez, con precisión pero sin
alma, meros bosquejos. Mira el reloj. No me tendría que afectar. Empiezo con
los gemidos un poco alterados de costumbre. Quiero que se sienta como un macho
alfa, que sienta que ha merecido la pena el esfuerzo. Otra vez el reloj.
Prefiero cerrar los ojos. En el fondo, da igual. Su pene, todo él, es como el recuerdo de una película
que te hizo llorar, o reír en el pasado, y que luego, al volver a verla, no te
produce ninguna sensación. Y te rebelas ante ese hecho, insistes... ¿por qué no
sigue emocionándome cómo antes?
Aumento los gemidos y grito un poquito mordiéndome el
labio. Que idiota, que sobreactuado. Él la saca y siento la huella caliente de
su semen sobre mi cara, sobre mis pechos. Ya. Ya está. No quiero abrir los
ojos, no quiero verle. Siento como su calor se aleja de mí. Tengo ganas de
llorar, porque en el fondo todo es ridículo. Todo es mentira. Su voz, sus
gestos de prestado, su mano rozándome ligeramente la muñeca acercándome unos
pañuelos. Noto la puerta del baño cerrarse, la ducha. Y sigo aquí quieta,
empapada en su sudor, en su semen, encharcada o seca da igual, insatisfecha,
triste, sola, sucia.
Despedirse duele. Es amargo. La liturgia de los gestos nos
permite banalizarlo un poco.
Podría abrir los ojos, sentir el semen deslizándose por mi
cara, por mis pechos, sacar la pequeña pistola de mi bolso, entrar en la ducha
y acabar con todo esto de una vez.
O simplemente levantarme, escapar de la inercia de las
mentiras. Vestirme. Salir. Olvidar.
