El problema cuando
empiezas a escribir a las cinco de la mañana es que nada tiene sentido. Leí en
alguna parte que lo más importante para captar la atención del potencial lector
es una frase inicial, un hallazgo narrativo. Como esas películas de acción en las
que suceden muchas cosas en formato tráiler durante los primeros veinte
minutos; desgraciadamente luego, una vez evitada la huida del espectador, baja
la intensidad y solo queda esperar un final que nunca termina de sorprender por
la falta de talento –o de libertad creativa- generalizada.
Y aquí estoy, frente al
teclado, intentado actualizar un blog moribundo, emulando a ese mesías de
pacotilla que caminaba sobre las aguas mientras pienso en Virginia Wolf y
Ophelia, esperando el fusilamiento con los ojos cerrados, como Lorca, como
tantos otros, ratas, enjambres, que vomitaban su amor a la literatura frente al
paredón o la hoguera. Pero no hay resultado, y resentido utilizo mis venas como
látigos de violín para marcar las semanas de encierro en las paredes de unas
entradas que mancillan su recuerdo, su pasión, su necesidad de palabras. Puto
decadente.
Al caso. Cuando salí del
trabajo aquella mujer me estaba esperando, era emocionante, ya sabéis, ese
primer encuentro envuelto en el lujo del misterio, la idolatría de la
distancia, de las palabras preñadas de deseo y anonimato. Era atractiva,
incluso sabía leer y escribir, la melodía de sus tacones era una buena manera
de salir del infierno en el que había malgastado la semana. Naturalmente me confundía
con otro, alguien diferente, más pasional, elocuente, emocionante, un líder que
hacía de sus palabras autos de fe.
Fuimos a mi casa, y nada
más llegar saqué una botella y comencé a beber. Estaba nervioso, las relaciones
humanas me dan miedo, me producen ansiedad, Grenouille iba por el camino
adecuado. Empecé a decir idioteces pero ella reía, con esa risa femenina,
indefinible por definición, que no sabes si es real u obedece a un plan maquiavélico
de control mental. Empecé a soltar frases sin sentido: “los necios son una legión de putas que contagian la enfermedad venérea de
la idiotez sin que tengan la necesidad de penetrarte”. Ironizaba por la
forma de presentar al asesino de Connecticut, ¿no tenía Facebook? coño, eso era
casi un logro, solo faltaba decir que no veía la televisión o que no le
gustaban los deportes. Éramos tan limitados, siempre buscando la explicación
simple, la anécdota, intentando encajar las piezas del puzzle de forma rudimentaria con tal de evitar pensar por nosotros
mismos, de ver el collage, el telar por detrás. Aunque claro, ¿quién tiene tiempo
para eso cuando vivimos en un país donde nos sentimos satisfechos sino buscamos
comida en los contenedores…?
Pero bueno, el tema -no
quiero divagar- es que ella era
perfecta en su ficción y ansiaba que rodase en su coño una película de fuegos
artificiales, que salpicase su boca con la majestuosa banda sonora de mi
eyaculación.
Pero la terrible realidad
es que pasamos de actores principales de una obra inédita de Sade a
espectadores/victimas del más cruel de los desengaños: GATILLAZO.
Joder, eso es terrible, ¿no?
Ella se fue airada, decepcionada, llena de palabras feas vomitadas por un coño
escarchado y deteriorado por la falta de uso. Intenté intuir mi respuesta
emocional, ¿debería preocuparme por mi falta de hombría y virilidad? ¿No somos,
a fin de cuentas, enormes y sonrosados genitales? Ahora ya no era nada, carne
eviscerada, estiércol maloliente henchido de melodrama, una sombra suspirando
por la imagen desenfocada de una navaja sobre mi cuello.
Alcé con gesto nihilista
el vaso lleno de amargo vino barato y lo volqué con resentimiento por mi
garganta, ¿quizás este era el precio de mi alcoholismo, de mi falta de
autoestima y arrojo?
Con la diligencia de un
autómata saqué al monstruo púrpura y empecé a masturbarme. Aquello creció y
creció rápidamente y de forma descontrolada. No podía comprenderlo. Puse un par
de vídeos de dudosa procedencia y tras unos minutos de fricción eyaculé como un
colegial. Desgraciadamente la descarga de inmisericorde amor voló por encima del
monitor y cayó sobre el ordenador, se deslizó sobre las rendijas de ventilación
e hizo que el procesador colapsase. Un pequeño hilo de humo blanquecino sirvió de antesala al estertor tecnológico. Sin embargo
el milagro seguía sobresaliendo por encima de mis calzoncillos: Urotsukidōji seguía duro
y con ganas de más. Quizás el alcohol no fuera el problema.
Entonces, obviando todas
las promesas lúcidas y coherentes, volví a pensar en ti, en aquella época,
cuando tu coño era una mazmorra y mi polla su rehén, en como asentías a
cualquier depravación, como si tu cuerpo, auspiciado por la sodomía y las
fantasías de violación, estuviera soliviantado por el eco de un clítoris
desaprovechado. Y siempre estaba esa noche, cuando saliste al balcón desnuda,
con la mitad de los dedos desapareciendo dentro de ti, y me sonreíste, como si
el fin del mundo estuviera sobrevolando el alfeizar de tu mente y solo esperaras por mí.
Quizás mi polla solo supiera reaccionar ante tu cuerpo, tu voz, tu sonrisa, tu existencia al otro lado, quizás se había enamorado sin
avisarme y mi cerebro de patán, encharcado por tus flujos, me dejaba impotente,
como si esa fuera la única forma de decirte: “te
quiero”.
Una extraña corriente de aire frío recorre mi espalda y me hace temblar. Quizás sea un fantasma. O tu ausencia clamando victoria. Aun te sigo
esperando, cada noche, durante cinco segundos, en el lado inhóspito de mi cama.