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lunes, 16 de abril de 2012

Los vecinos de Rorschach.

Carlos.
Soy escritor, bueno, eso es lo que digo. Realmente trabajo en un matadero. No es un mal trabajo, solo tienes que ignorar el olor, la sangre, las articulaciones agarrotadas por el frío.

Me metí un poco por casualidad, uno más de los trabajos basura que te permiten vivir al día y recoger algo de experiencia Bukowskiana. Llevo ya más de cinco años. Al principio me reía de mis compañeros más talluditos. Ahora, tal y como están las cosas, ni siquiera me planteo la posibilidad de irme. No llegué a terminar la carrera de filología y lo que me ofrecen ahí afuera son trabajos de teleoperador, lo más bajo de la escala, o vendedor.

Pero no me gusta hablar, no consigo nunca encontrar las palabras adecuadas a tiempo, como si mi cerebro fuera a una velocidad distinta. Quise convencer a mi mujer para que no me abandonase, pero las palabras no fluyeron, luego sí, de noche, frente al ordenador, páginas y páginas repletas de ellas. Pero en ese momento, cuando me lo dijo, cuando estaba haciendo las maletas, cuando me anunció que dormiría en casa de sus padres y que su hermana pasaría a recoger el resto de sus cosas, ahí, nada. Ni una sola.

Tampoco hablo demasiado con la gente del trabajo, solo lugares comunes, fútbol, chanzas. Con mi padre -todos los domingos quedamos para comer- sucede algo parecido. Mis amigos ya se han acostumbrado a mi carácter, me dejan por imposible, como un voto en blanco que se suma en las discusiones a la mayoría simple. A veces tengo la sensación de que mis palabras se suicidan antes de llegar a mi garganta.

Ahora, de madrugada, la casa reverbera con los recuerdos de tiempos mejores. Una bonita frase. Pero es falsa, es la soledad quien habla. No estaba enamorado de mi esposa. Podría contar una historia sórdida, digna del mejor telefilme de televisión, en ella nos amamos locamente, se queda embarazada, perdemos al niño en un accidente y me sumerjo en una espiral decadente de alcohol y drogas. Pero no, el fracaso real es vulgar, son pequeños detalles amontonándose. Es el tiempo, como marca de agua de ceniza gris, quien te señala la cuota vacía de logros, quien te provoca la sensación de estancamiento y desconcierto.
No, no amaba a Erika, al menos como ella necesitaba. Ella a mí sí, de esa forma extraña que tienen las mujeres de amar los imposibles, a quienes no las merecen.
Hasta que aparece otra persona, armada simplemente con una palabra amable y una sonrisa de ojos verdes, que se percata cuando cambias de peinado, que te invita a tomar una copa después del trabajo si te nota más triste lo habitual, o que simplemente te pregunta cómo estás. Son gestos sencillos, pero que se olvidan muchas veces en la rutina de la convivencia. Luego todo cobra entidad, sentido, se empieza a hablar de amor, de hijos. Y el ciclo comienza de nuevo hasta que todo se vuelve a ir a la mierda. O quizás no, quizás está vez sea la definitiva y, como los viejecitos de Up, terminen juntos, canosos y arrugados, aunque solo sea en un álbum de fotografías.

¿Qué podría reprocharle? Mi vida se resume en ir al trabajo, volver -al menos una parte de mí-, comprar unas botellas de cerveza y fumar algo de hachís. Y luego, ya de noche, antes de acostarme, esperar. Esperar a que lleguen las palabras adecuadas, nada inmortal, ya perdí ese barco. Solo palabras que me indiquen la salida de emergencia, un atajo que me libere durante unas horas del principal problema de mi vida: YO.

Enrique.
Mis primeras relaciones sexuales fueron bastante normales, los toqueteos habituales por encima de la ropa y luego, progresivamente, alguna felación –más dolorosa que placentera-, pasando por el típico polvo adolescente en el asiento de atrás de mi coche, donde todo solía ser corto e incómodo, hasta el final fastuoso del hotel, que se veía mermado por la rigidez y nerviosismo de la novia del momento. Por eso, cuando conocí a Susana, era jodidamente inexperto. Me la encontré en una fiesta en un local a la que no había sido invitada, de hecho no conocía a nadie. Según me confesó se había colado porque no tenía ningún plan aquella noche y pensó que nadie lo iba a notar. Fue un flechazo, tenía algo que me enloqueció nada más verla. Por eso, cuando quisieron echarla, intercedí por ella. Esa fue la excusa. Del resto de la noche no recuerdo gran cosa, solo sé que terminamos en un hostal follando y las agujetas que recibimos con una sonrisa al día siguiente.

Siempre recordaré sus felaciones, eran brutales, mi polla desaparecía en su boca como en un hermoso truco de prestidigitador, me follaba con la lengua mientras sus manos me acariciaban dentro y fuera con una sabiduría incontestable. Era algo increíble, intenso, me corría de forma tan salvaje sobre su cuerpo incandescente que creía morirme. No tenía tabús de ninguna clase, le gusta el sexo anal, le excitaba quitarse las bragas en cualquier local y que la acariciase delante de todos, era terriblemente morbosa, necesitaba llevar siempre la ropa más provocativa que pudiera encontrar, necesitaba que la poseyera en cualquier situación, como si dejarme su marca en el cuello o en la espalda fuera una prueba de la fe en nuestro amor.
No obstante discutíamos a menudo, la decía que se denigraba con esa actitud, que tenía que cambiar, que me estaba dejando en evidencia. Pero el problema era mío, era un imbécil inseguro, católico para más inri, ella, simplemente, era demasiado para mí.
La ruptura era inevitable. Es curioso, no recuerdo el motivo que desencadenó las palabras finales, llenas de gritos e insultos, no podría ser de otro modo, pero si el estúpido sentimiento de alivio que sentí cuando todo terminó. Nunca podría imaginar que, una década después, todavía seguiría sintiendo nostalgia por esos meses que pasé junto a ella.

Ahora estoy felizmente casado, mi pareja duerme, una chica católica, dulce, discreta, la madre de mis futuros hijos. Sin discusión. Pero una puta frígida en la cama. Ni siquiera me deja darle por el culo. Por eso, en noches como esta, me dedico a masturbarme viendo videos en el ordenador en vez de quedarme junto a ella en la cama.
Al principio buscaba vídeos sórdidos de jovencitas, con un parecido inconsciente a Susana. Luego mis preferencias fueron cambiando, inclinándose hacía videos de transexuales. Hay películas con un guión bastante destacable: un matrimonio contrata los servicios de uno de ellos, esté aparece y enseguida trascurren las escenas, la esposa saca una caja de juguetes llena de consoladores, arneses, mordazas. Mi escena favorita es cuando el transexual, con unos pechos gigantescos, empieza a sodomizar al marido mientras su esposa le chupa la polla.

A veces me siento extraño, sucio, con ganas de borrar todo este material del disco duro. Pero sé que solo es un poso religioso, dura poco, no me puedo engañar a mí mismo. MI esposa ya no me excita, casi resulta un trabajo follármela a pesar de lo mucho que se cuida, yendo al gimnasio, manteniendo ese cuerpo escultural que tanto envidian los demás.
Me gustaría compartir mis filias con una mujer, que me permitiera follarme su boca, agarrarle del pelo con brutalidad mientras empujo hasta el fondo de su garganta, sentir las contracciones de su arcada mientras la llamo puta. Que me follase con un consolador, que me obligara a lamer mi semen del suelo, o de sus botas.

Últimamente ojeo la sección de contactos del ABC. Cada vez es más tentador, a fin de cuentas, solo se vive una vez.

Andrés.
No creo en la causalidad, al menos como explicación literal para todo. No creo que mi incapacidad social, el hecho de haberme abandonado tanto hasta rozar la obesidad mórbida, solo sea causa de que una chica en el colegio me llamara gordo, o que hubiera un grupito de indeseables que me hiciera la vida imposible. Claro que eso te marca, te hace más inseguro, suspicaz, con más necesidad de ser aceptado. Pero puedes luchar contra ello. El hecho de ser una persona de carácter débil no debería convertirse en una excusa sempiterna en tu conversación.

En cualquier caso soy consciente de mi problema, sé que estoy obsesionado con los videojuegos, que dedicar todo mi tiempo libre a ellos no es sano. Pero no pienso dejar de hacerlo. No creo que esta adicción me esté impidiendo vivir, al revés, es lo único que me hace levantarme por las mañanas, que cubre los días con una pátina de ilusión.
A fin de cuentas el resto de mi vida es un erial, nunca tuve figura paterna, ni amigos, solo me muestro sociable a través de espacios de la red anónimos, como foros o chats. Tampoco he sido mitómano, nadie ha conseguido despertar mi admiración, excepto, claro está, mi querido Daigo.

Aún sigo viviendo con mi madre, una mujer ya muy mayor, y trabajo en el Cash Converters, un trabajo abominable en tiempos de crisis. Llevo ya siete años allí de dependiente, nunca han confiado en mí para puestos de mayor responsabilidad. Lo prefiero así, un túnel sin salida en el que gastar ocho horas a jornada partida antes de volver al ensueño de mis juegos. Estoy acostumbrado a no conseguir ni siquiera una pequeña victoria, a no destacar, mis sueños, cuando los tuve, se han convirtieron en papel mojado, en llamadas a números que ya no existen.

Pero a pesar de vivir resignado, de pasar todo mi ocio delante de un monitor, solo, tampoco me engaño sobre el paso del tiempo, sobre mi legado, porque, ¿qué esperan los demás cuando hablan de legado? ¿Arte? ¿Hijos? ¿Una rúbrica en los archivos de una empresa donde se lista beneficios, nóminas y clientes? ¿Las estrías en el corazón o en la vagina de una mujer? ¿Fama? ¿Redención? Solo somos recuerdos, datos mil veces repetidos como un eco flatulento, empeñados en lograr un record Guinness, un significado, cuando solo somos hormigas sin derechos, efímeras en nuestras pequeñas recreaciones de orden, incapaces de entender que no existe nada inmortal.

Obsesionarse con algo toda la vida te convierte, al final, en una persona desgraciada, tengas éxito o no, entiendo mi pérdida al convertir mi potencialidad en algo tan estéril. Pero soy tan feliz en mi escapismo, agotando cada juego, terminando su reto y buscando el siguiente. Es tan hermoso estar concentrado en la partida, sin que nada importe a tu alrededor… ni el trabajo, ni la soledad, ni el mañana. Me convierto en un artista y, a pesar de mi falta de talento o la complejidad del objetivo, siempre tengo una nueva oportunidad para intentarlo, para conseguirlo, para hacerlo bien esta vez. Enfoco mi realidad en este mundo sin frustraciones en donde siento, de alguna manera, que aún soy capaz de ganar.

Carmen.
Últimamente siempre estoy cachonda. Tengo treinta y uno, quizás se trate de un reverdecimiento sexual, al menos antes, cuando tenía pareja, no me sentía así. Supongo que he tenido mala suerte, serán tópicos, pero lo más dulces y cariñosos son los que, en mi caso, peor me comían el coño. Siempre besándome como si fuera de cristal, sin una pizca de pasión. Maldita sea. Sí, es cierto, luego mis compañías fueron a peor pero, ¿qué podía hacer, arruinarme la diversión? De acuerdo, me pase con la cocaína, salía demasiado por la noche. Luego, cuando me detectaron las arritmias, lo dejé, y el bajón anímico fue tan fuerte que me provocó una depresión. Y luego vinieron los antidepresivos y los puñeteros kilos de más que no hay manera de quitarse. Pero aun soy mona, no como antes, soy más mayor pero….bah, ¿Dónde está mi consolador? Aquí. Bien. ¡Qué gusto! No es una polla, pero mira, ahora es lo único que tengo, y encima con lubricante sabor naranja. Maravilloso.
Sí, todavía soy atractiva, sé cómo hacer gozar a un hombre. Sé cómo hay que mirar, las palabras adecuadas, los gestos. Son tan básicos los pobres. Receptiva pero sin excederse, un toque de frágil timidez, como si necesitara ser salvada pero sin que puedan agobiarse, lo justo para que quieran echarte un polvo y no huir a la media hora.

Necesito una imagen mental. Quizás mi vecino, el casado. Seguro que le gusta la marcha, tiene ojos de pervertido, le he pillado mirándome el escote más de una vez. No sé qué coño hace con esa mujer tan estirada, siempre mirándome con desdén, como si no tuviera derecho a compartir el mismo aire que ella. Puta.
Tampoco hay mucho donde elegir, el gordito del segundo piso que vive con su madre es entrañable, pero excita mi libido tanto como un osito de peluche. Peor con Carlos, tan encantador, tan bohemio, y la tiene tan pequeña que apenas sentía nada cuando se movía. Fue todo tan decepcionante que solo quería que se fuera de mi casa cuanto antes.
El que resulta prometedor es el tipo del cuarto, no le suelo ver demasiado, siempre llega de madrugada. Es feo, para qué engañarnos, pero me da morbo. Quizás sea por su pinta de intelectual, siempre ensimismado, pero a su vez con ese desaliño sórdido, como de estar de vueltas de todo, como si estuviera por encima de todas las cuestiones importantes. Y esa música que pone de madrugada. En las juntas de vecinos todo el mundo se queja, pero al final nadie se atreve a decirle nada directamente.

Me humedece pensar en él. Estoy a punto de correrme pero quiero alargarlo. Dejo el consolador anal y me paso un dedo entre los labios, abriéndome un poco. Primero un dedo, luego dos. Me gusta rozarme el clítoris suavemente y luego con fuerza. Ojala tuviera una mujer entre mis piernas comiéndome el coño de nuevo. Estoy desaprovechada, ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Haciendo un curso tras otro, sin razón de ser. Podría irme a Chile, estar aquí es deprimente, España es una tierra sin oportunidades. Joder, que polvo más triste, envidio a los hombres, una falda airada por el viento, un video de golfas, y ya les tienes salivando, con la polla enhiesta como monos en el zoo, incapaces de pensar en nada más. Desconectados de la realidad. Yo soy incapaz de dejar de pensar en otras cosas, ni siquiera cuando me duele al meterme tres dedos de golpe.

Me concentro en tu polla, me la imagino enorme, venosa, hinchada, caliente, roja, ligeramente ladeada a un lado, vibrando por la excitación, con unos enormes cojones a juego. Me imagino metiéndomela en la boca para ensalivarla, esforzándome por encharcar esa inmensa masa de carne. Recreo como me pones de espaldas contra la pared, me apartas las bragas y me la metes sin compasión. Sí, como animales, necesito un animal dentro de mí, necesito pasión, palabras sucias follándose mi cerebro, tus dedos en mi boca mientras con la otra mano me aprietas las tetas hasta hacerme daño. Necesito que me llames puta porque no puedes evitar correrte, necesito sentir que quieres echarme otro polvo después, que me utilizas, que te mutilas dentro de mí y que, justo cuando me corro, sabes regresar con los pedazos mezclados de mi alma y mentirme diciéndome que me amas.

Orgasmo. Fundido en negro, ¿qué mejor final?

In Der Palästra by Sopor Aeternus & The Ensemble Of Shadows on Grooveshark

miércoles, 27 de abril de 2011

Agarrarte el pene con romanticismo, ¿te haces una idea de lo que te necesito sin amarte? Sí, siempre me enamoro de las mujeres que no me corresponden, ¿no lo sabías?

Juguemos a un juego, de esos de niños solitarios y llenos de miedo. Enamorémonos. Me emocionaré cuando te vea frente a la ventana mientras el destino conspira a nuestras espaldas.

Ayúdame a crear este jardín de juegos. Pero no vengas a buscarme, déjame en mi madriguera, ahí, en lo más profundo, déjame salir sólo de noche, cuando el silencio nos abraza sin esfuerzo, cuando podemos jugar al escondite sin que nadie nos interrumpa ni nos reconozca. Dos solitarios, compartiendo un mundo interior desconocido incluso para ellos, un lenguaje inventado de niños que habían olvidado ya.


Es una conexión impropia del escaso tiempo compartido. Son mecidos por la magia mientras se rozan disimuladamente con la calidez de sus voces y se ilusionan.

Empieza a clarear la realidad, no da tiempo a más.
                      Adiós…
                                  Adiós...
Cada uno vuelve a su vida, continúan –o retroceden. Sólo se acordarán en sueños de lo cerca que estuvieron de conseguirlo.

Ne me quitte pas by Jacques Brel on Grooveshark

lunes, 14 de marzo de 2011

Mariposas Asesinas.

...enfadarse con el amor es como enfadarse por tener las muelas del juicio o apéndice. Un poco de solipsismo. La naturaleza simplemente ha buscado la mejor manera de empujarnos unos contra otros. Si nos disgusta esta mentira aprendida, este cortejo irreal, ¿Por qué seguimos escuchando las mismas canciones una y otra vez entre suspiros de nostalgia? 

Si, al final solo se trata de follar naturalmente, es una obviedad. Pero también creo que hay gente que con su sensibilidad puede convertir cualquier gesto vulgar en algo sublime, romántico, elegante, dotarlo de entidad propia. Se puede pensar que es una impostura, algo caduco, artificioso –como los modales en la mesa por otra parte, dado que solo se trata de alimentarnos-. O también conciliar que es una forma de sublimar el deseo sexual y adaptarlo a nuestra forma de sentir, a la empatía que nos produce nuestro entorno.
Naturalmente esto no está al alcance de todos, y no se puede hacer solo. Los dos tienen que haberse emocionado con Amelie -ejemplo personal-.

Recuerdo aquel día que volvía en metro al amanecer, totalmente borracho. Aún tenía en mis ojos lisiados tu veneno, sabías que prohibir despertaba mi deseo; intentaba convencerte, mientras me acariciabas con tu sonrisa, que lo mejor no era llegar a la meta sino follar durante toda la carrera. Moría un poco en cada intento infructuoso. No quería ir al cine solo, no estaba preparado para construir una vida en soledad. Cerré los ojos. Era Elmer Battes dibujando tus pies con mi cámara, era el maestro, el flagelador en este enorme club de perdedores, esquivando la casquería humana con talento. Cuando los volví a abrir, inmerso en un viaje temporal, estaba de nuevo en tu parada y habían pasado dos horas. Pensé en bajar e intentarlo de nuevo.

Hay seres transparentes en todas partes, como ese carroza sin barbilla, con su cubata en la mano, apoyado en la pared de la discoteca, solo, sin amigos, esperando a la nada rodeado de gente que no repara en su presencia, con esa sonrisa de compromiso -la misma que usarías en un museo Kitsch-. Ver al adolescente bordeando el coma etílico, tirado en el suelo, mientras sus amigos hacían fotos y se reían resultó ser menos doloroso para mi sensibilidad.

Carmen me enseño su habitación, inmediatamente me di cuenta de que algo iba mal: un enorme crucifico presidía la habitación. Uno de esos enormes Cristos llenos de sangre y heridas hiperrealistas en su tortura. La cama tenía la apariencia de haber acogido las bajas pasiones, no ya de los padres, sino de los abuelos. Cuando empezamos el magreo solo tenía en la cabeza la imagen del Cristo cayendo sobre mí, castigándome por semejante afrenta, las posibilidades de que fuera mi sangre y no la del virgo de Carmen las que mancharan esas sabanas se centuplicaban en mi cabeza. Baste decir que no puede hacerlo y que tampoco volví a intentarlo: nunca me gustaron los tríos.

Desear es esencialmente sufrir, como vivir es deseo, la vida es en esencia dolor. Hacía girar el vino de mi copa, embarrado en estos pensamientos optimistas. Fuiste la no-historia más importante de mi nostalgia. Como una canción que nunca dejas terminar, porque solo te gusta el principio. Como esos créditos que esconden un final diferente pero que estropean toda la película. Como esa última llamada en la que sobra que contestes y me dejes hablar. Como la segunda parte de una novela donde te explican todo y los protagonistas acaban juntos. Como un mail donde eres sincera cuando a mí me mientes a la cara. Siempre entiendo mis motivos, lo triste siempre tiene más contenido que continente.

Lucha De Gigantes by Love Of Lesbian Y Zahara on Grooveshark

lunes, 21 de febrero de 2011

Después del Big Bang Dios se quedo parapléjico y un poco idiota, pero al menos tiene la decencia de no dejarme comentarios en el blog.

Todo el mundo busca amor. Las chicas atractivas afrontan la situación con una tristeza incómoda porque saben que hay más hombres dispuestos a hacerlas daño, intuyen que todo deja algún tipo de huella y será una carga muy pesada. Al final encuentran un envoltorio de promesas. Pero duele y ensucia; terminan pagando demasiado por ello. Mientras tanto, siguen enviando cartas larguísimas sin dirección ni destinatario. Ella me dijo que escribía como si llevara años sin echar un polvo. Le contesté que coleccionaba condones rotos y puzles que nunca lograba terminar porque siempre faltaba alguna pieza. Como un esquizoide que pierde continuamente las discusiones con sus amigos imaginarios. Aburrida y asustada cerró la puerta dejándome fuera. Mi cicatriz de escombros empezó a reírse en mi pecho. Suelen quererme más antes de conocerme, como susurros de luz rompiendo las sombras. Volví a mi habitación pensando que me hubiera gustado vencerte, acariciarte con mis pestañas, convertir tu desnudez en una llana vocación para mis manos. Pero ahora me sentía desgraciado de un millón de formas distintas, como si hubiera desperdiciado el pase de gol. Tuve un pensamiento de lucidez suicida, baje a la calle, cogí el coche y conduje sin descanso hasta el mar. Era lo único que podía salvarme.

viernes, 11 de febrero de 2011

"¿No los odias?, ¿esos silencios incómodos? ¿Por qué necesitamos decir algo para rellenarlos? Es por eso que sabes que has encontrado a alguien especial. Puedes estar callado durante un puto minuto y disfrutar del silencio."

El otro día recordé dos cartas, una que si me enviaste y la otra que se quedo adherida a tu diario en forma de confidencia personal. La primera la leí delante de ti con agradable vanidad, la segunda con odio reseco en soledad y a escondidas. En la primera decías que me querías, entendías la liturgia de mi vida y te alegrabas de haber encontrado el amor conmigo. En la segunda carta reconocías tus mentiras, tu simulacro, tu egoísmo, tu obsesión por alguien que no era yo.
En todo lo que ha sido alguna vez divertido o luminoso empieza la putrefacción cuando lo has manchado con tu felicidad. La música ayuda demasiado bien porque es la melancolía quien impone el ritmo de las canciones.
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Me gustaría follarte para que pudieras repetir y repetir y repetir todo eso que piensas de mí y en ese momento intentar creérmelo para poder soportarme un día más.
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Me interesaba estar contigo, nos reíamos mucho juntos, por eso te invite a una copa. No se porque surgió la conversación, pero de pronto fue como abrir una esclusa: el sexo, y principalmente lo maravilloso que fue con tu ex. A todas horas me decías, todos los días, enfermos, cansados, daba igual. Era algo realmente increíble. Me sentí intimidado, no supe reconocerlo. No quise pedir una última cerveza y te acompañe a casa. Nos dimos dos besos en tu portal y prometí llamarte. Me despediste con aquella extraña mirada en los ojos. No volvimos a vernos.
Años más tarde me enteré que cuando salíais de la cama erais la pareja más infeliz del mundo.
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Siento la derrota, la decepción cuando te miro a los ojos y me doy cuenta de que no me estas escuchando, que le estas recordando, abonando su recuerdo una y otra vez. Entiendo que no me quieras dar una oportunidad pero, ¿Y a ti misma? Sin embargo luego voy al bar, fumo un paquete entero de cigarrillos después de cinco años sin sentir necesidad, bebo un vodka con una amiga, luego otro. La beso. Me responde. Me siento enamorado. Sin embargo es mentira, y hago lo mismo que tu. Es absurdo. Es la verdad.
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¿Cómo se llama cuando prefieres sobrevivir emborronando una página en blanco con mierda de color azul, cuando todo te es ajeno y gris? Me gusta mecer tu recuerdo, follarte con mis incoherencias, me gusta ponerte triste, me gusta manipularte con mis historias de amor, me gusta que creas que pienso en ti por las noches, me gusta hacerte protagonista de esa otra vida, la que vivo entre letras, líneas y párrafos, a la vista de todos, aunque el espectáculo solo sea para ti.

Ella me confundió con otra persona by Nacho Vegas on Grooveshark

viernes, 7 de enero de 2011

“Por un puto polvo no pierdo horas de sueño” Rorschach no supo que contestar.

Escribir es masturbación, no es trascendental, al menos que creas que el placer solitario lo es, y si es así entramos en el peligroso mundo de la petulancia y la idiotez. Asumamos con humildad nuestra vulgaridad, escribir nos hace bien, dado que en noches como esta es la única sublimación aceptable. Escribir nos da libertad, no nos deja encadenarnos en roles como Rorschach, hace que la ardua tarea de explicar una sensación o un sentimiento merezca la pena porque te permite empatizar con serenidad de animo.

Y eso es lo que busco, templar mis sentimientos. Todo me empieza a afectar, como si no pudiera seguir siendo frío y analítico. Como si ahora todo tuviese mucha importancia: las palabras, los actos, los sentimientos. Como si ya no pudiera estar solo, yo, que siempre he querido seguir estando solo en compañía. No sé que cambio se ha producido en mi, cambio que se lleva incubando desde noviembre, pero no me esta haciendo feliz. Espero que pase.

Pasando a otros temas hoy he leído un blog que me ha producido de nuevo esa sensación. Es el tipo de blog que me recuerda la forma que teníamos de expresarnos a través de Internet en tiempos pretéritos, alejados de modas y notoriedad, esa forma de sincerarte simplemente cogiendo el procesador de textos e intentando sacar la basura de tu alma.

El resumen ideológico del autor era desahogarse sobre una de las causas mas común del mal de amores que acarrea no pocas noches en vela, ojeras y rostros macilentos: la Indiferencia, o esa otra variante no menos molesta: la desaparición sorpresiva. Es en definitiva una maldición para algunos espíritus soñadores y con ínfulas de cuento de hadas. La razón es evidente, dejando aparte que es el peor maltrato para la autoestima, este tipo de personas recurrirán a dos terribles rutinas para salvaguardar su ego.

La primera será justificarlo todo. Serán capaces de defender/disculpar cualquier acto cobarde, cualquier ausencia, pasaran por alto las mínimas reglas de cortesía exigibles a su antiguo partenaire. Para este acto que se prolongara debido a la obsesión y que provocara que la dignidad y el orgullo desaparezcan como por arte de magia tenemos la segunda rutina, el combustible para toda esta locura: la idealización. De pronto los recuerdos de esos meses, o el periodo de tiempo más o menos largo que durase nuestro romance, se modifican, se endulzan, se engrandecen. De pronto las discusiones, las diferencias, las decepciones, las piezas que no encajan desaparecen y solo se ve un Dios entre los hombres que nos bendijo con su breve presencia y que un golpe del destino nos lo ha arrebatado cruel e injustamente. Pero tranquilos, porque la energía que nunca usamos para dirigir nuestra vida la gastaremos para luchar por él/ella porque nosotros merecemos ser felices y mas ahora que hemos tocado la perfección, que hemos saboreado la felicidad imperecedera.

Nadie desea sufrir gratuitamente, simplemente coincide con momentos de debilidad, de desconcierto existencial o emocional en los que no sabemos equilibrar nuestra individualidad. Nos hacemos dependientes. De algo que no existe, de algo que no nos merece. Por ello hay que amputar sin pudor y llenar el hueco con uno mismo. El tiempo te ayudara a saber cuando puedes descubrir la herida y mirarla a la cara.

No hay mucho más que añadir a este manido texto.