Soy escritor, bueno, eso es lo que digo. Realmente trabajo en un matadero. No es un mal trabajo, solo tienes que ignorar el olor, la sangre, las articulaciones agarrotadas por el frío.
Me metí un poco por casualidad, uno más de los trabajos basura que te permiten vivir al día y recoger algo de experiencia Bukowskiana. Llevo ya más de cinco años. Al principio me reía de mis compañeros más talluditos. Ahora, tal y como están las cosas, ni siquiera me planteo la posibilidad de irme. No llegué a terminar la carrera de filología y lo que me ofrecen ahí afuera son trabajos de teleoperador, lo más bajo de la escala, o vendedor.
Pero no me gusta hablar, no consigo nunca encontrar las palabras adecuadas a tiempo, como si mi cerebro fuera a una velocidad distinta. Quise convencer a mi mujer para que no me abandonase, pero las palabras no fluyeron, luego sí, de noche, frente al ordenador, páginas y páginas repletas de ellas. Pero en ese momento, cuando me lo dijo, cuando estaba haciendo las maletas, cuando me anunció que dormiría en casa de sus padres y que su hermana pasaría a recoger el resto de sus cosas, ahí, nada. Ni una sola.
Tampoco hablo demasiado con la gente del trabajo, solo lugares comunes, fútbol, chanzas. Con mi padre -todos los domingos quedamos para comer- sucede algo parecido. Mis amigos ya se han acostumbrado a mi carácter, me dejan por imposible, como un voto en blanco que se suma en las discusiones a la mayoría simple. A veces tengo la sensación de que mis palabras se suicidan antes de llegar a mi garganta.
Ahora, de madrugada, la casa reverbera con los recuerdos
de tiempos mejores. Una bonita frase. Pero es falsa, es la soledad quien habla.
No estaba enamorado de mi esposa. Podría contar una historia sórdida, digna del
mejor telefilme de televisión, en ella nos amamos locamente, se queda
embarazada, perdemos al niño en un accidente y me sumerjo en una espiral
decadente de alcohol y drogas. Pero no, el fracaso real es vulgar, son pequeños
detalles amontonándose. Es el tiempo, como marca de agua de ceniza gris, quien
te señala la cuota vacía de logros, quien te provoca la sensación de
estancamiento y desconcierto.
No, no amaba a Erika, al menos como ella necesitaba. Ella
a mí sí, de esa forma extraña que tienen las mujeres de amar los imposibles, a
quienes no las merecen.
Hasta que aparece otra persona, armada simplemente con una
palabra amable y una sonrisa de ojos verdes, que se percata cuando cambias de
peinado, que te invita a tomar una copa después del trabajo si te nota más
triste lo habitual, o que simplemente te pregunta cómo estás. Son gestos
sencillos, pero que se olvidan muchas veces en la rutina de la convivencia.
Luego todo cobra entidad, sentido, se empieza a hablar de amor, de hijos. Y el
ciclo comienza de nuevo hasta que todo se vuelve a ir a la mierda. O quizás no,
quizás está vez sea la definitiva y, como los viejecitos de Up, terminen juntos, canosos y
arrugados, aunque solo sea en un álbum de fotografías.
¿Qué podría reprocharle? Mi vida se resume en ir al
trabajo, volver -al menos una parte de mí-, comprar unas botellas de cerveza y
fumar algo de hachís. Y luego, ya de noche, antes de acostarme, esperar.
Esperar a que lleguen las palabras adecuadas, nada inmortal, ya perdí ese
barco. Solo palabras que me indiquen la salida de emergencia, un atajo que me libere
durante unas horas del principal problema de mi vida: YO.
Enrique.
Mis primeras relaciones sexuales fueron bastante
normales, los toqueteos habituales por encima de la ropa y luego,
progresivamente, alguna felación –más dolorosa que placentera-, pasando por el
típico polvo adolescente en el asiento de atrás de mi coche, donde todo solía
ser corto e incómodo, hasta el final fastuoso del hotel, que se veía mermado
por la rigidez y nerviosismo de la novia del momento. Por eso, cuando conocí a
Susana, era jodidamente inexperto. Me la encontré en una fiesta en un local a
la que no había sido invitada, de hecho no conocía a nadie. Según me confesó se
había colado porque no tenía ningún plan aquella noche y pensó que nadie lo iba
a notar. Fue un flechazo, tenía algo que me enloqueció nada más verla. Por eso,
cuando quisieron echarla, intercedí por ella. Esa fue la excusa. Del resto de
la noche no recuerdo gran cosa, solo sé que terminamos en un hostal follando y
las agujetas que recibimos con una sonrisa al día siguiente.
Siempre recordaré sus felaciones, eran brutales, mi polla
desaparecía en su boca como en un hermoso truco de prestidigitador, me follaba
con la lengua mientras sus manos me acariciaban dentro y fuera con una sabiduría
incontestable. Era algo increíble, intenso, me corría de forma tan salvaje sobre
su cuerpo incandescente que creía morirme. No tenía tabús de ninguna clase, le
gusta el sexo anal, le excitaba quitarse las bragas en cualquier local y que la
acariciase delante de todos, era terriblemente morbosa, necesitaba llevar
siempre la ropa más provocativa que pudiera encontrar, necesitaba que la
poseyera en cualquier situación, como si dejarme su marca en el cuello o en la
espalda fuera una prueba de la fe en nuestro amor.
No obstante discutíamos a menudo, la decía que se
denigraba con esa actitud, que tenía que cambiar, que me estaba dejando en
evidencia. Pero el problema era mío, era un imbécil inseguro, católico para más
inri, ella, simplemente, era demasiado para mí.
La ruptura era inevitable. Es curioso, no recuerdo el
motivo que desencadenó las palabras finales, llenas de gritos e insultos, no
podría ser de otro modo, pero si el estúpido sentimiento de alivio que sentí
cuando todo terminó. Nunca podría imaginar que, una década después, todavía
seguiría sintiendo nostalgia por esos meses que pasé junto a ella.
Ahora estoy felizmente casado, mi pareja duerme, una
chica católica, dulce, discreta, la madre de mis futuros hijos. Sin discusión.
Pero una puta frígida en la cama. Ni siquiera me deja darle por el culo. Por
eso, en noches como esta, me dedico a masturbarme viendo videos en el ordenador
en vez de quedarme junto a ella en la cama.
Al principio buscaba vídeos sórdidos de jovencitas, con
un parecido inconsciente a Susana. Luego mis preferencias fueron cambiando, inclinándose
hacía videos de transexuales. Hay películas con un guión bastante destacable:
un matrimonio contrata los servicios de uno de ellos, esté aparece y enseguida
trascurren las escenas, la esposa saca una caja de juguetes llena de consoladores,
arneses, mordazas. Mi escena favorita es cuando el transexual, con unos pechos
gigantescos, empieza a sodomizar al marido mientras su esposa le chupa la
polla.
A veces me siento extraño, sucio, con ganas de borrar
todo este material del disco duro. Pero sé que solo es un poso religioso, dura
poco, no me puedo engañar a mí mismo. MI esposa ya no me excita, casi resulta
un trabajo follármela a pesar de lo mucho que se cuida, yendo al gimnasio,
manteniendo ese cuerpo escultural que tanto envidian los demás.
Me gustaría compartir mis filias con una mujer, que me permitiera
follarme su boca, agarrarle del pelo con brutalidad mientras empujo hasta el
fondo de su garganta, sentir las contracciones de su arcada mientras la llamo
puta. Que me follase con un consolador, que me obligara a lamer mi semen del
suelo, o de sus botas.
Últimamente ojeo la sección de contactos del ABC. Cada
vez es más tentador, a fin de cuentas, solo se vive una vez.
Andrés.
No creo en la causalidad, al menos como explicación
literal para todo. No creo que mi incapacidad social, el hecho de haberme
abandonado tanto hasta rozar la obesidad mórbida, solo sea causa de que una
chica en el colegio me llamara gordo, o que hubiera un grupito de indeseables
que me hiciera la vida imposible. Claro que eso te marca, te hace más inseguro,
suspicaz, con más necesidad de ser aceptado. Pero puedes luchar contra ello. El
hecho de ser una persona de carácter débil no debería convertirse en una excusa
sempiterna en tu conversación.
En cualquier caso soy consciente de mi problema, sé que
estoy obsesionado con los videojuegos, que dedicar todo mi tiempo libre a ellos
no es sano. Pero no pienso dejar de hacerlo. No creo que esta adicción me esté
impidiendo vivir, al revés, es lo único que me hace levantarme por las mañanas,
que cubre los días con una pátina de ilusión.
A fin de cuentas el resto de mi vida es un erial, nunca
tuve figura paterna, ni amigos, solo me muestro sociable a través de espacios
de la red anónimos, como foros o chats. Tampoco he sido mitómano, nadie ha conseguido
despertar mi admiración, excepto, claro está, mi querido Daigo.
Aún sigo viviendo con mi madre, una mujer ya muy mayor, y
trabajo en el Cash Converters, un trabajo abominable en tiempos de crisis.
Llevo ya siete años allí de dependiente, nunca han confiado en mí para puestos
de mayor responsabilidad. Lo prefiero así, un túnel sin salida en el que gastar
ocho horas a jornada partida antes de volver al ensueño de mis juegos. Estoy
acostumbrado a no conseguir ni siquiera una pequeña victoria, a no destacar,
mis sueños, cuando los tuve, se han convirtieron en papel mojado, en llamadas a
números que ya no existen.
Pero a pesar de vivir resignado, de pasar todo mi ocio
delante de un monitor, solo, tampoco me engaño sobre el paso del tiempo, sobre
mi legado, porque, ¿qué esperan los demás cuando hablan de legado? ¿Arte? ¿Hijos? ¿Una rúbrica en los archivos de una empresa
donde se lista beneficios, nóminas y clientes? ¿Las estrías en el corazón o en
la vagina de una mujer? ¿Fama? ¿Redención? Solo somos recuerdos, datos mil
veces repetidos como un eco flatulento, empeñados en lograr un record Guinness,
un significado, cuando solo somos hormigas sin derechos, efímeras en nuestras
pequeñas recreaciones de orden, incapaces de entender que no existe nada
inmortal.
Obsesionarse con algo toda la vida te convierte, al
final, en una persona desgraciada, tengas éxito o no, entiendo mi pérdida al
convertir mi potencialidad en algo tan estéril. Pero soy tan feliz en mi
escapismo, agotando cada juego, terminando su reto y buscando el siguiente. Es
tan hermoso estar concentrado en la partida, sin que nada importe a tu
alrededor… ni el trabajo, ni la soledad, ni el mañana. Me convierto en un
artista y, a pesar de mi falta de talento o la complejidad del objetivo, siempre
tengo una nueva oportunidad para intentarlo, para conseguirlo, para hacerlo
bien esta vez. Enfoco mi realidad en este mundo sin frustraciones en donde
siento, de alguna manera, que aún soy capaz de ganar.
Carmen.
Últimamente siempre estoy cachonda. Tengo treinta y uno,
quizás se trate de un reverdecimiento sexual, al menos antes, cuando tenía
pareja, no me sentía así. Supongo que he tenido mala suerte, serán tópicos,
pero lo más dulces y cariñosos son los que, en mi caso, peor me comían el coño.
Siempre besándome como si fuera de cristal, sin una pizca de pasión. Maldita
sea. Sí, es cierto, luego mis compañías fueron a peor pero, ¿qué podía hacer,
arruinarme la diversión? De acuerdo, me pase con la cocaína, salía demasiado
por la noche. Luego, cuando me detectaron las arritmias, lo dejé, y el bajón
anímico fue tan fuerte que me provocó una depresión. Y luego vinieron los
antidepresivos y los puñeteros kilos de más que no hay manera de quitarse. Pero
aun soy mona, no como antes, soy más mayor pero….bah, ¿Dónde está mi consolador?
Aquí. Bien. ¡Qué gusto! No es una polla, pero mira, ahora es lo único que
tengo, y encima con lubricante sabor naranja. Maravilloso.
Sí, todavía soy atractiva, sé cómo hacer gozar a un
hombre. Sé cómo hay que mirar, las palabras adecuadas, los gestos. Son tan
básicos los pobres. Receptiva pero sin excederse, un toque de frágil timidez,
como si necesitara ser salvada pero sin que puedan agobiarse, lo justo para que
quieran echarte un polvo y no huir a la media hora.
Necesito una imagen mental. Quizás mi vecino, el casado. Seguro
que le gusta la marcha, tiene ojos de pervertido, le he pillado mirándome el
escote más de una vez. No sé qué coño hace con esa mujer tan estirada, siempre
mirándome con desdén, como si no tuviera derecho a compartir el mismo aire que
ella. Puta.
Tampoco hay mucho donde elegir, el gordito del segundo
piso que vive con su madre es entrañable, pero excita mi libido tanto como un
osito de peluche. Peor con Carlos, tan encantador, tan bohemio, y la tiene tan
pequeña que apenas sentía nada cuando se movía. Fue todo tan decepcionante que
solo quería que se fuera de mi casa cuanto antes.
El que resulta prometedor es el tipo del cuarto, no le
suelo ver demasiado, siempre llega de madrugada. Es feo, para qué engañarnos,
pero me da morbo. Quizás sea por su pinta de intelectual, siempre ensimismado,
pero a su vez con ese desaliño sórdido, como de estar de vueltas de todo, como
si estuviera por encima de todas las cuestiones importantes. Y esa música que
pone de madrugada. En las juntas de vecinos todo el mundo se queja, pero al
final nadie se atreve a decirle nada directamente.
Me humedece pensar en él. Estoy a punto de correrme pero
quiero alargarlo. Dejo el consolador anal y me paso un dedo entre los labios,
abriéndome un poco. Primero un dedo, luego dos. Me gusta rozarme el clítoris suavemente
y luego con fuerza. Ojala tuviera una mujer entre mis piernas comiéndome el
coño de nuevo. Estoy desaprovechada, ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Haciendo
un curso tras otro, sin razón de ser. Podría irme a Chile, estar aquí es
deprimente, España es una tierra sin oportunidades. Joder, que polvo más triste,
envidio a los hombres, una falda airada por el viento, un video de golfas, y ya
les tienes salivando, con la polla enhiesta como monos en el zoo, incapaces de
pensar en nada más. Desconectados de la realidad. Yo soy incapaz de dejar de
pensar en otras cosas, ni siquiera cuando me duele al meterme tres dedos de
golpe.
Me concentro en tu
polla, me la imagino enorme, venosa, hinchada, caliente, roja, ligeramente
ladeada a un lado, vibrando por la excitación, con unos enormes cojones a
juego. Me imagino metiéndomela en la boca para ensalivarla, esforzándome por
encharcar esa inmensa masa de carne. Recreo como me pones de espaldas contra la
pared, me apartas las bragas y me la metes sin compasión. Sí, como animales,
necesito un animal dentro de mí, necesito pasión, palabras sucias follándose mi
cerebro, tus dedos en mi boca mientras con la otra mano me aprietas las tetas
hasta hacerme daño. Necesito que me llames puta porque no puedes evitar correrte,
necesito sentir que quieres echarme otro polvo después, que me utilizas, que te
mutilas dentro de mí y que, justo cuando me corro, sabes regresar con los
pedazos mezclados de mi alma y mentirme diciéndome que me amas.
Orgasmo. Fundido en negro, ¿qué mejor final?




