los días
(como olas que nunca te aburren)
conservaban un cierto encanto
de descubrimiento
personal.
Estábamos en mi casa
(el humo del hachís inundándolo todo)
Manolo se metió unas rayas
de coca
sobre mi libro de Kierkegaard
(nunca lo terminé de leer)
le pusimos “Réquiem por un
sueño”
y casi nos morimos de risa.
En otra habitación una pareja discutía
(The End, como un amanecer, sonaba de fondo)
y aunque a nadie le
importaba demasiado
todos prestábamos
muchísima atención.
Salimos de allí en busca de más.
y conocimos a una chica
(¿qué será de ella?)
tenía una risa estriada
un complejo entrañable
y un novio alemán al que veía
una vez al mes.
una vez al mes.
Y yo solo quería correrme
sin complicaciones
ni mensajes de amor.
Pero no, no me atreví.
¿Acaso importaba?
Me sentía atrapado
como una rata de
laboratorio.
A veces ni siquiera sabía
si realmente lo estaba pasando bien.
Me conformaba con gritar un poco
contra la balaustrada de la
nada
mientras esquivaba al cocodrilo hambriento
y su taciturno tic-tac.
mientras esquivaba al cocodrilo hambriento
y su taciturno tic-tac.
Han pasado diez años
pero sigo esperando el milagro junto a Leonard Cohen
tímido, frágil, quizás estúpido
con muchos recuerdos
pocas hazañas
y algunos números de teléfono
a los que molestar de madrugada.
Quizás no me haya ido tan mal después de todo
aunque a fin de cuentas
soy yo quien elige aquí el final
no la vida.
Algo bueno tenía que tener, por fin, la puta literatura.
pero sigo esperando el milagro junto a Leonard Cohen
tímido, frágil, quizás estúpido
con muchos recuerdos
pocas hazañas
y algunos números de teléfono
a los que molestar de madrugada.
Quizás no me haya ido tan mal después de todo
aunque a fin de cuentas
soy yo quien elige aquí el final
no la vida.
Algo bueno tenía que tener, por fin, la puta literatura.



