Supongo que el único momento de pasión de su vida fue con su amante, es una lástima que este desapareciera de repente y todas sus entelequias se vieran frustradas. La pobre envió durante varios años cartas de amor no correspondidas hasta que finalmente, resentida, se resignó a mi verga y a mis lunas de hiel. Nunca sabrá que su Romeo, después de la paliza que le metimos en comisaría y las dos noches que pasó con un par de violadores en el calabozo, tenía sobradas razones para desaparecer y nunca atreverse a contestar sus misivas. A veces leo alguna de ellas y me sobrecojo ante esa exultante fantasía que hace presa de las mujeres:
“(…) Ganar o perder lo que
me humedece es el riesgo. Siento el clítoris tembloroso solo con recordar tu
voz. Esa voz penetrante, grave, borracha de vino y ansiedades que me penetraba
hasta lo más hondo. Soy un premio ya conquistado antes de que me bajes las
bragas. Te recuerdo marcando el camino con tu saliva, arrodillado, haciéndome
arder. Tu lengua agujereándome mientras tu nariz rozaba mi clítoris febril y
enfermo de tamaño. Esa música de fondo como si quisieras adoctrinarme mientras
te suplicaba, te imploraba, que me la metieras, que me follases, necesitando
que me compensaras todo el tiempo pedido. Sentirte caliente, duro, entrando en
mí, saborear el sabor de tu semen en un solo latido, sin sentido y sin final
mientras bebemos de nuestros orgasmos. Te amo y te amaré siempre, nos conocimos
con un beso de despedida, nunca te olvidaré”
Qué
bonito.
De
todas formas he descubierto que lo que realmente me gusta no es follarme a mi
esposa en la misma posición aburrida del misionero con el Cara Al Sol de fondo. No. Lo que realmente me gusta es que me
sodomicen, que me den por el culo. Pero no un puto homosexual, mierda, ojalá
mueran todos de alguna enfermedad más perfeccionada. Solo me dejo sodomizar por
una mujer. Podría ahorrar dinero y pedírselo a su esposa, pero en plena
menopausia eso erosionaría la poca lucidez que le queda. Por eso recurro a
Carla.
Carla
es majísima, una puta de alto postín, todo artificial: tetas, culo, labios…me
gusta sus preliminares cuando empieza a chuparme los huevos y va bajando.
Cuando me penetra con su consolador me humaniza, casi consigue por unos instantes que desaparezca esa necesidad de violencia que me provocan esos putos perroflautas de
Sol. Si tuviera algo de poder acabaría con todos esos gilipollas, esos
anarquistas okupas de mierda que ralentizan el buen devenir de ese maravilloso
país: España. Y que me dices de Cataluña…cada vez que veo las noticias se me
revuelve el estómago con todos esos independentistas, antipatriotas de mierda,
exigiendo derechos. Si pudiera me follaría a todas esas putas afrancesas y les
obligaría a chuparme el cimbrel en condiciones y en castellano. Me quedo con las
fachillas de Madrid: prepotentes, un poco idiotas, pero acostumbradas a bajarse
las bragas cuando es necesario.
A
veces pienso en chupar una polla mientras Carla me sodomiza, son extrañezas
pasajeras, fruto del stress del trabajo. No soy un jodido gay, no tengo
necesidad de ir al psiquiatra a medicarme. Solo tengo curiosidad. Por eso
compré aquellas revistas, con escenas de perros pasándolo bien. Se lo propuse a
Carla pero no era su campo. Me puso en contacto con Sandra.
Sandra
si lo hace, ella tiene su propio perro, es hermoso ver como se la folla Marcus,
su pastor alemán, con ese enorme falo. He pensado mucho en ello: lo que me
excita es la sumisión, la denigración de la mujer, me gusta cuando Marcus se
corre y la llena con esa enorme cantidad de semen y ella tiene que permanecer
quieta porque el glande del perro está totalmente inflamado y tiene que seguir
dentro de ella durante unos minutos hasta que por fin puede sacarla sin hacerse
daño. Me gusta ver como se la folla brutalmente mientras me la chupa. Una mera
esclava…menos que eso: un simple animal.
Pero
Sandra disfruta con ello, le gustan las emociones fuertes, desgraciadamente se
rompió la magia al darme cuenta de ello.
Quizá
sea un poco misógino, quizá debería dar un poco de libertad a mi hija. Pero cuando
vi ese condón no pude evitar darle una ostia, aún es muy joven para follar,
para vestir con esa ropa de puta. Joder, solo pido un poco de respeto en mi
propia casa. ¿Qué coño es eso de que necesito controlar mi ira? Alguna vez
rompo algo y tengo que tomar medidas disciplinarias para mantener el orden,
pero eso no es motivo para encerrarse en su habitación y poner esa puta música tan
deprimente.
Cuando
nos vino a ver ese asistente social del colegio diciendo esas tonterías de que
la niña no comía, me reí y empecé a limpiar mi arma reglamentaría H&K -rutina habitual en las sobremesas familiares-, ¿estamos locos? Mi hija es delgada
porque es su constitución, la veo comer todos los días, joder, en mi casa siempre
hay comida, para eso me mato a trabajar. Menudo gilipollas. Que no me lo cruce cuando voy de servicio porque
no sale de comisaria.
Al
final encontré a Regina, adicta al caballo, pobrecita, es duro para ella a sus treinta
y cuatro aparentar veinte años más y ver como su hija le hace la competencia en
la esquina de enfrente. He intentado hacer un trio con las dos pero no quieren.
Es cuestión de tiempo. De momento me conformo con el servicio gratuito que me ofrenda -previa amenaza- en el asiento de atrás de mi coche. Me gusta su boca, ahogarla con mi enorme polla llena de
postulas –a saber el motivo…- y ver como se derraman sus lágrimas de rimen,
como se retuerce cuando mis pequeños soldaditos pasan por su garganta. Este es
el puto paraíso: violar la boca de una puta. Soy ateo, no puedo aspirar a más.
Ahora
sin embargo estoy de mala ostia: han ingresado a mi hija. Dicen que pesa menos
de cuarenta kilos, el médico me lo recalca con tono desaprobador, como si
tuviera la culpa. Mi mujer llora desconsolada. La tienen entubada, con quince
años. Bueno, está claro que necesito liberar tensiones.
Vuelvo
con Esther, me gusta hablar con ella. Es una mujer grandota, tetas caídas,
pocos dientes, conserva ese talante vetusto de pueblo, esa risa sincera a pesar
del aliento perpetuo a semen rancio. Esta ajada, cuando miras a sus ojos
vislumbras una puerta entornada llamada esperanza, que va cerrándose
irremisiblemente sin ni siquiera la protesta de un portazo.
Me
cuenta sus experiencias, hoy la han pagado por comer la mierda de un tío y
dejar que le vomiten encima. Más tarde se lo ha encontrado en el supermercado
con su mujer y su hija pequeña. La felicidad de un matrimonio se basa en volcar
el vómito reprimido en ella, a veces literalmente.
Sabe
que tengo potencial para el sadismo, para romper los límites de la degradación
establecida. Pero es complicado, ya ha tenido sexo con animales, películas de
bondage, violaciones, reconstrucción de colon. Incluso su falta de dientes
mejora las felaciones. Ha hecho de la miseria sexual, de la barbarie, su razón
para vivir, su forma de definirse como individuo. Me mira inquisitiva,
esperanzada, pero ¿Qué puedo ofrecerle yo cuando golpearla es un simple
preliminar, un bostezo existencial, cuándo ha hecho del castigo sexual una
rutina?
No se
me pone dura y seguimos hablando. Me enseña fotos de un antiguo novio de su
juventud, me habla del pueblo, de su familia, de su primer aborto, me dice que
nunca la quisieron, que la prostitución es como la guerra: una excusa para
mostrarte como realmente eres, un animal. Dice que bebe demasiado, que su madre
murió el año pasado y no se atrevió a ir al entierro. Le hubiera gustado llevar
una vida normal y ser madre. Mierda, casi me enternece, no podré volver aquí.
Sería como escupir en un pozo seco. Me despido.
Ya es
de noche, Madrid está podrida por dentro. No me gustan las drogas, Franco no se
drogaba, pero la noche es larga. Voy al poblado de siempre, nadie se percata, la
policía es clientela fija. Me meto un par de rayas. La cocaína en vez de hacerme
hablar me pone introspectivo. La imagen de mi hija en el hospital, con ese tubo
en la boca, mirándome con odio cuando fui a verla… Joder, me he follado a
yonquis de su edad con más ganas de vivir que ella. Me siento un monstruo.
Me
meto otra raya, que extraño es este impulso que nos empuja a seguir a pesar de
todo. Bebo un trago de la petaca. Me gusta conducir borracho con la sirena a
toda leche, me encantaría ir a Sol o cualquier otro sitio, y en medio de una
manifestación romper la cabeza a algún perroflauta, sino fuera por las
denuncias, por esta mierda de democracia de pacotilla…
Es
curioso donde me ha llevado la vida con cuarenta y cuatro años. Yo quería ser
dentista, pero en algún momento se torció todo. Quizá no luché lo suficiente, o
quizá me dejé llevar por las circunstancias del momento, adaptándome para
sobrevivir. Genio o genocida, al final lo único importante es el presente. Saco
la nota de suicidio de aquella yonqui a la que encontramos muerta hace unos días:
“Explicar el suicidio en una nota
es una incoherencia, normalmente es un simple arrebato, la cuerda, el puente,
el gas, la pistola. Nadie da explicaciones de porque Mozart acabó en una fosa
común, de porque si tienes un gatillazo siento que la culpa es mía, de porque
elegimos no elegir y no abrir la puerta al superyó. Sé que hay gente que me
quiere…pero no me comprenden, y si no eres capaz de comprenderme no puedes
aceptarme. No sabes porque lloro cuando estoy sola, y por eso me siento sola en
tu compañía. Ya ni siquiera me siento viva con la música, cuando escribo, cuando
me masturbo…lo siento. Y te pido perdón porque sé que es cosa mía, mi
percepción, mi forma de enfocar las cosas, sé que no hay razón para quejarme,
que no tengo perspectiva…pero no puedo evitar sentirme así. Simplemente
sobrevivo. Podría ir al psicólogo, pero es como la fe ¿de qué serviría a un
ateo? Me enamoro sin pensar, de ojos gastados, sin brillo, que tienen miedo a
los espejos, coleccionistas de llamadas perdidas, de mails sin respuesta, a
rebufo de la funeraria. Así soy yo: complicada, caótica, inservible, de las que
se apoyan en la barra de algún bar, inmutable a invitaciones sórdidas o canciones
de amor porque esperan que la ginebra haga efecto para volver a aquel verano
donde sonaba esa canción y Él, por fin, me sacaba a bailar. La vida, como
siempre, tenía otros planes. Pero no quiero enmarcar ese viejo neón estropeado de
la nostalgia…solo pienso en la nieve…blanca, pura, apocalíptica, un réquiem de
luz que lo inunda todo sin dejar ninguna pista al enemigo. Y dejas tus huellas,
esperanzada en ese simple legado, mientras caminas ignorante hacia el Sol que
hará desaparecer todo detrás de ti. Pero conozco esa verdad, noto el frio tras
el cristal del segundero que marca la marcha fúnebre, y aunque hay cierta
ternura contenida en este epigrama separado por comas, no espero que mis
palabras sean un gran acontecimiento, todo es tan fugaz como los ojos verdes de
ese conductor de autobús que, sin interés, flirtea conmigo. Ya siento el
cansancio, el veneno circulando por mis venas, actuando, desatando ese instinto
atávico de supervivencia. Subo el volumen, rechazo la llamada, no hay nada por
lo que merezca la pena resistir…”
Llamo
a Silvia, le digo que tengo coca y caballo. Llego a su cuarto, está sembrado de
fotos suyas antes y después de la operación: antes era Silvio y tenía polla.
Ahora tiene una vagina de juguete. Lo bueno es que te la puedes follar sin
condón. Le gusta poner la música muy alta, creo que lo hace para joderme. Día
equivocado. La ato como siempre y empiezo a follármela sin preliminares, me
gusta el tacto de esta vagina de mentira, de virgen incapaz de lubricar. Le
duele y mi empatía me empuja a meterle sus bragas en la boca y aumentar el
ritmo. No consigo correrme y entonces saco la porra y empiezo a golpear esa cara
que tanta cirugía y hormonas ha necesitado. No destrozo nada hermoso, solo una
patética mentira.
La
sangre me salpica, es divertido, excitante, intercalo mis crueles penetraciones
con golpes en sus pechos de porcelana, en su rostro amorfo ya por las lesiones.
Le arranco un pezón para devolverle la conciencia. Necesito que siga despierta,
sus bragas están rojas de sangre y sufre espasmos. Me rio, la vida tiene
sentido: golpear, penetrar, matar. Soy un puto psicópata. Y sí: al final somos
los únicos supervivientes. Vivís en un mundo de horror. Welcome


