jueves, 1 de diciembre de 2011

El tricornio y el consolador.

Me llamo Mauricio y soy policía desde hace más de veinte años, un hombre con mayúsculas, con los cojones como el toro de Osborne. Si hay que meter una paliza, ya sea dentro o fuera de casa, soy el ejemplo a seguir. Mi mujer, ese animal de compañía que encharca las bragas al pensar en su alcaldesa Ana Botella, es sobre el papel mi pareja perfecta, lubricando su coño a mi antojo. Convivimos sin que las cosas terminen de funcionar.

Supongo que el único momento de pasión de su vida fue con su amante, es una lástima que este desapareciera de repente y todas sus entelequias se vieran frustradas. La pobre envió durante varios años cartas de amor no correspondidas hasta que finalmente, resentida, se resignó a mi verga y a mis lunas de hiel. Nunca sabrá que su Romeo, después de la paliza que le metimos en comisaría y las dos noches que pasó con un par de violadores en el calabozo, tenía sobradas razones para desaparecer y nunca atreverse a contestar sus misivas. A veces leo alguna de ellas y me sobrecojo ante esa exultante fantasía que hace presa de las mujeres:

“(…) Ganar o perder lo que me humedece es el riesgo. Siento el clítoris tembloroso solo con recordar tu voz. Esa voz penetrante, grave, borracha de vino y ansiedades que me penetraba hasta lo más hondo. Soy un premio ya conquistado antes de que me bajes las bragas. Te recuerdo marcando el camino con tu saliva, arrodillado, haciéndome arder. Tu lengua agujereándome mientras tu nariz rozaba mi clítoris febril y enfermo de tamaño. Esa música de fondo como si quisieras adoctrinarme mientras te suplicaba, te imploraba, que me la metieras, que me follases, necesitando que me compensaras todo el tiempo pedido. Sentirte caliente, duro, entrando en mí, saborear el sabor de tu semen en un solo latido, sin sentido y sin final mientras bebemos de nuestros orgasmos. Te amo y te amaré siempre, nos conocimos con un beso de despedida, nunca te olvidaré”

Qué bonito.

De todas formas he descubierto que lo que realmente me gusta no es follarme a mi esposa en la misma posición aburrida del misionero con el Cara Al Sol de fondo. No. Lo que realmente me gusta es que me sodomicen, que me den por el culo. Pero no un puto homosexual, mierda, ojalá mueran todos de alguna enfermedad más perfeccionada. Solo me dejo sodomizar por una mujer. Podría ahorrar dinero y pedírselo a su esposa, pero en plena menopausia eso erosionaría la poca lucidez que le queda. Por eso recurro a Carla.

Carla es majísima, una puta de alto postín, todo artificial: tetas, culo, labios…me gusta sus preliminares cuando empieza a chuparme los huevos y va bajando. Cuando me penetra con su consolador me humaniza, casi consigue por unos instantes que desaparezca esa necesidad de violencia que me provocan esos putos perroflautas de Sol. Si tuviera algo de poder acabaría con todos esos gilipollas, esos anarquistas okupas de mierda que ralentizan el buen devenir de ese maravilloso país: España. Y que me dices de Cataluña…cada vez que veo las noticias se me revuelve el estómago con todos esos independentistas, antipatriotas de mierda, exigiendo derechos. Si pudiera me follaría a todas esas putas afrancesas y les obligaría a chuparme el cimbrel en condiciones y en castellano. Me quedo con las fachillas de Madrid: prepotentes, un poco idiotas, pero acostumbradas a bajarse las bragas cuando es necesario.

A veces pienso en chupar una polla mientras Carla me sodomiza, son extrañezas pasajeras, fruto del stress del trabajo. No soy un jodido gay, no tengo necesidad de ir al psiquiatra a medicarme. Solo tengo curiosidad. Por eso compré aquellas revistas, con escenas de perros pasándolo bien. Se lo propuse a Carla pero no era su campo. Me puso en contacto con Sandra.

Sandra si lo hace, ella tiene su propio perro, es hermoso ver como se la folla Marcus, su pastor alemán, con ese enorme falo. He pensado mucho en ello: lo que me excita es la sumisión, la denigración de la mujer, me gusta cuando Marcus se corre y la llena con esa enorme cantidad de semen y ella tiene que permanecer quieta porque el glande del perro está totalmente inflamado y tiene que seguir dentro de ella durante unos minutos hasta que por fin puede sacarla sin hacerse daño. Me gusta ver como se la folla brutalmente mientras me la chupa. Una mera esclava…menos que eso: un simple animal.
Pero Sandra disfruta con ello, le gustan las emociones fuertes, desgraciadamente se rompió la magia al darme cuenta de ello.

Quizá sea un poco misógino, quizá debería dar un poco de libertad a mi hija. Pero cuando vi ese condón no pude evitar darle una ostia, aún es muy joven para follar, para vestir con esa ropa de puta. Joder, solo pido un poco de respeto en mi propia casa. ¿Qué coño es eso de que necesito controlar mi ira? Alguna vez rompo algo y tengo que tomar medidas disciplinarias para mantener el orden, pero eso no es motivo para encerrarse en su habitación y poner esa puta música tan deprimente.
Cuando nos vino a ver ese asistente social del colegio diciendo esas tonterías de que la niña no comía, me reí y empecé a limpiar mi arma reglamentaría H&K -rutina habitual en las sobremesas familiares-, ¿estamos locos? Mi hija es delgada porque es su constitución, la veo comer todos los días, joder, en mi casa siempre hay comida, para eso me mato a trabajar. Menudo gilipollas. Que no me lo cruce cuando voy de servicio porque no sale de comisaria.

Al final encontré a Regina, adicta al caballo, pobrecita, es duro para ella a sus treinta y cuatro aparentar veinte años más y ver como su hija le hace la competencia en la esquina de enfrente. He intentado hacer un trio con las dos pero no quieren. Es cuestión de tiempo. De momento me conformo con el servicio gratuito que me ofrenda -previa amenaza- en el asiento de atrás de mi coche. Me gusta su boca, ahogarla con mi enorme polla llena de postulas –a saber el motivo…- y ver como se derraman sus lágrimas de rimen, como se retuerce cuando mis pequeños soldaditos pasan por su garganta. Este es el puto paraíso: violar la boca de una puta. Soy ateo, no puedo aspirar a más.

Ahora sin embargo estoy de mala ostia: han ingresado a mi hija. Dicen que pesa menos de cuarenta kilos, el médico me lo recalca con tono desaprobador, como si tuviera la culpa. Mi mujer llora desconsolada. La tienen entubada, con quince años. Bueno, está claro que necesito liberar tensiones.

Vuelvo con Esther, me gusta hablar con ella. Es una mujer grandota, tetas caídas, pocos dientes, conserva ese talante vetusto de pueblo, esa risa sincera a pesar del aliento perpetuo a semen rancio. Esta ajada, cuando miras a sus ojos vislumbras una puerta entornada llamada esperanza, que va cerrándose irremisiblemente sin ni siquiera la protesta de un portazo.
Me cuenta sus experiencias, hoy la han pagado por comer la mierda de un tío y dejar que le vomiten encima. Más tarde se lo ha encontrado en el supermercado con su mujer y su hija pequeña. La felicidad de un matrimonio se basa en volcar el vómito reprimido en ella, a veces literalmente.
Sabe que tengo potencial para el sadismo, para romper los límites de la degradación establecida. Pero es complicado, ya ha tenido sexo con animales, películas de bondage, violaciones, reconstrucción de colon. Incluso su falta de dientes mejora las felaciones. Ha hecho de la miseria sexual, de la barbarie, su razón para vivir, su forma de definirse como individuo. Me mira inquisitiva, esperanzada, pero ¿Qué puedo ofrecerle yo cuando golpearla es un simple preliminar, un bostezo existencial, cuándo ha hecho del castigo sexual una rutina?

No se me pone dura y seguimos hablando. Me enseña fotos de un antiguo novio de su juventud, me habla del pueblo, de su familia, de su primer aborto, me dice que nunca la quisieron, que la prostitución es como la guerra: una excusa para mostrarte como realmente eres, un animal. Dice que bebe demasiado, que su madre murió el año pasado y no se atrevió a ir al entierro. Le hubiera gustado llevar una vida normal y ser madre. Mierda, casi me enternece, no podré volver aquí. Sería como escupir en un pozo seco. Me despido.

Ya es de noche, Madrid está podrida por dentro. No me gustan las drogas, Franco no se drogaba, pero la noche es larga. Voy al poblado de siempre, nadie se percata, la policía es clientela fija. Me meto un par de rayas. La cocaína en vez de hacerme hablar me pone introspectivo. La imagen de mi hija en el hospital, con ese tubo en la boca, mirándome con odio cuando fui a verla… Joder, me he follado a yonquis de su edad con más ganas de vivir que ella. Me siento un monstruo.
Me meto otra raya, que extraño es este impulso que nos empuja a seguir a pesar de todo. Bebo un trago de la petaca. Me gusta conducir borracho con la sirena a toda leche, me encantaría ir a Sol o cualquier otro sitio, y en medio de una manifestación romper la cabeza a algún perroflauta, sino fuera por las denuncias, por esta mierda de democracia de pacotilla…

Es curioso donde me ha llevado la vida con cuarenta y cuatro años. Yo quería ser dentista, pero en algún momento se torció todo. Quizá no luché lo suficiente, o quizá me dejé llevar por las circunstancias del momento, adaptándome para sobrevivir. Genio o genocida, al final lo único importante es el presente. Saco la nota de suicidio de aquella yonqui a la que encontramos muerta hace unos días:

“Explicar el suicidio en una nota es una incoherencia, normalmente es un simple arrebato, la cuerda, el puente, el gas, la pistola. Nadie da explicaciones de porque Mozart acabó en una fosa común, de porque si tienes un gatillazo siento que la culpa es mía, de porque elegimos no elegir y no abrir la puerta al superyó. Sé que hay gente que me quiere…pero no me comprenden, y si no eres capaz de comprenderme no puedes aceptarme. No sabes porque lloro cuando estoy sola, y por eso me siento sola en tu compañía. Ya ni siquiera me siento viva con la música, cuando escribo, cuando me masturbo…lo siento. Y te pido perdón porque sé que es cosa mía, mi percepción, mi forma de enfocar las cosas, sé que no hay razón para quejarme, que no tengo perspectiva…pero no puedo evitar sentirme así. Simplemente sobrevivo. Podría ir al psicólogo, pero es como la fe ¿de qué serviría a un ateo? Me enamoro sin pensar, de ojos gastados, sin brillo, que tienen miedo a los espejos, coleccionistas de llamadas perdidas, de mails sin respuesta, a rebufo de la funeraria. Así soy yo: complicada, caótica, inservible, de las que se apoyan en la barra de algún bar, inmutable a invitaciones sórdidas o canciones de amor porque esperan que la ginebra haga efecto para volver a aquel verano donde sonaba esa canción y Él, por fin, me sacaba a bailar. La vida, como siempre, tenía otros planes. Pero no quiero enmarcar ese viejo neón estropeado de la nostalgia…solo pienso en la nieve…blanca, pura, apocalíptica, un réquiem de luz que lo inunda todo sin dejar ninguna pista al enemigo. Y dejas tus huellas, esperanzada en ese simple legado, mientras caminas ignorante hacia el Sol que hará desaparecer todo detrás de ti. Pero conozco esa verdad, noto el frio tras el cristal del segundero que marca la marcha fúnebre, y aunque hay cierta ternura contenida en este epigrama separado por comas, no espero que mis palabras sean un gran acontecimiento, todo es tan fugaz como los ojos verdes de ese conductor de autobús que, sin interés, flirtea conmigo. Ya siento el cansancio, el veneno circulando por mis venas, actuando, desatando ese instinto atávico de supervivencia. Subo el volumen, rechazo la llamada, no hay nada por lo que merezca la pena resistir…”

Llamo a Silvia, le digo que tengo coca y caballo. Llego a su cuarto, está sembrado de fotos suyas antes y después de la operación: antes era Silvio y tenía polla. Ahora tiene una vagina de juguete. Lo bueno es que te la puedes follar sin condón. Le gusta poner la música muy alta, creo que lo hace para joderme. Día equivocado. La ato como siempre y empiezo a follármela sin preliminares, me gusta el tacto de esta vagina de mentira, de virgen incapaz de lubricar. Le duele y mi empatía me empuja a meterle sus bragas en la boca y aumentar el ritmo. No consigo correrme y entonces saco la porra y empiezo a golpear esa cara que tanta cirugía y hormonas ha necesitado. No destrozo nada hermoso, solo una patética mentira.

La sangre me salpica, es divertido, excitante, intercalo mis crueles penetraciones con golpes en sus pechos de porcelana, en su rostro amorfo ya por las lesiones. Le arranco un pezón para devolverle la conciencia. Necesito que siga despierta, sus bragas están rojas de sangre y sufre espasmos. Me rio, la vida tiene sentido: golpear, penetrar, matar. Soy un puto psicópata. Y sí: al final somos los únicos supervivientes. Vivís en un mundo de horror. Welcome

¡Qué sonrisa tan rara! by Extremoduro on Grooveshark

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Sísifo, Prometeo y Rorschach.

Mañana es una entelequia, una ficción, lo que importa es el deseo, la pulsión presente. Lástima que no sea una noche de sábado donde todo es posible, es un martes de esos que sales a la calle mirando atrás por si alguien deja alguna ventana iluminada como faro para el camino de vuelta.
Voy al cajero para que escupa el dinero de mi última nomina mientras pienso en muertos de hemeroteca donde la belleza se confunde con la verdad.

Me gusta cerrar bares, esas farmacias del alma donde combates toda tu soledad, rodeado de hombres átonos por el reflejo del fondo de su vaso, el tiempo detenido, sin origen, esperando hasta que la madrugada les embosque y haga desaparecer el pequeño misterio de su existencia. Pero hay trincheras llenas de gente como nosotros esperando a llenar el puesto vacío en la barra sin preguntas ni consignas.

Otra noche desesperada, de las que tienes el filo de la navaja apuntando a tus errores como las manecillas del reloj. Es tan absurdo buscar el alumbrado de la vida en los ósculos de las putas o de las doncellas, es más fácil invitar a una ronda a los parroquianos. Necesito gastar mi dinero. Lo que haga falta para olvidar esa nota olvidada en mi camisa, esa caligrafía que pensaba había olvidado, ese cariñoso apelativo que utilizaba conmigo.

Salgo fuera, nadie se da cuenta. Es agradable pasear de noche cuando la resaca aún no existe. Debe de ser más de la una y hace bastante frío. Observo a un par de vagabundos con sus ropas de abrigo agujereadas y sus cartones, alguno no superará esta noche. Me acerco a un viejo que rebusca en la papelera su cena. De pronto un timbre exagerado estropea el ensueño, el viejo me mira atemorizado. Saco el móvil un poco abochornado. Si es Ella tengo que colgar, me lo prometí. No, no es ella, de hecho no sé quién coño es. Lo apago. Cada día que pasa sin llamarme es una pequeña puñalada a mi autoestima.

Recuerdo –error- uno de nuestros últimos polvos, como te rompí las bragas, como había algo de rabia, pocos preliminares, sin romanticismo extemporáneo, penetrándote con fuerza, sexo vertical mientras tu coño se desbordaba. Gritabas, gemías, me utilizabas, me tirabas del pelo y cambiabas de postura. En algún momento nos miramos a los ojos como pidiendo perdón, como si supiéramos que ya no era posible dar más de sí y sin palabras nos mecimos en el sonido de tu piel contra mi piel.
Un mes después te llamé. Suelo ser orgulloso pero te llamé. Sin ningún plan, siguiendo un impulso al que no quiero dar nombre. Y tú, fría, desapasionada, casi anónima. Mierda, fue horrible sentir esa voz.

Fuiste tú quien me preguntaba por Bukowski, yo te relataba como se paseaba por habitaciones de hotel barato alcoholizado y en calzoncillos gritando que era un genio pero que solo lo sabía él, como se dedicaba a follar con putas y a enamorarse de ellas, como conseguía aguantar noches como esta.
Te decía: “dels teus pits neixen poemes”  y tú contestabas “Je vous aimerai jusqu'à ma mort. Je vais essayer de ne pas mourir trop tôt. C'est tout, ce que j'ai à faire.”
Todo era tan mágico cuando me corría en tu boca y te insultaba quedamente.

Salgo y veo en una marquesina a dos jóvenes, quizá demasiado, ilusionados con la mentira. Me alegro, es una fiebre que todos debemos de superar. Se cogen de la mano, se miran sin años de decepciones a sus espaldas, con confianza, hay sueños todavía intactos detrás de esa mirada. Él se acerca un poco más a ella en un gesto de protección cuando paso por delante, roles primigenios. Bonito. Luego todo se echará a perder y ella recuperará el tiempo chupando una polla de media a la semana. En un par de meses hasta el olor habrá desaparecido de su mente, las historias primerizas en la gran ciudad no suelen funcionar. Pero dejemos que disfruten de ese primer momento al mirar debajo de sus ropas, cuando ella sienta ese sabor almizcle y el dolor y el placer se conjuguen a la par. Todo tiene su proceso.

Me alejo. No quiero volver a casa. Solo necesito un poco más de alcohol para superar esta noche. Cojo un taxi, tengo que ir a Madrid, alejarme de este puto pueblo del extrarradio. Voy a Segundo Jazz, hay una jam sessión y el camarero me cae simpático. El típico lugar donde llevas a una mujer: un ambiente encantador, música a la altura. Luego te la follas y ella descubre años después que ni siquiera te gusta el jazz. Para compensar tanto cinismo siempre voy solo.

Atravieso el umbral. Pido mi Absolut Vodka. Intento disfrutar. Pido un segundo. Pasa el tiempo. Antes del tercero la angustia se abre paso. Salgo a la calle, demasiada emoción, demasiada nada en mi interior. Afloran recuerdos asociados a pensamientos de esos que los psiquiatras no aconsejan. “No estuve a la altura” se convierte en un mantra, “cobarde” “fracasado” se añaden en diversas tonalidades de desprecio autocompasivo. Empiezo a boquear, joder… ¿un puto ataque de ansiedad? Empieza a llover, necesito mojarme, necesito revocarme en el barro, me tiro al suelo en medio de la calle.

Alguien se acerca, un impermeable azul, como un trocito de cielo bajo la lluvia me obliga a mirar al frente. ¿Mi salvadora? ¿El destino conspirando? Aturdido, intento incorporarme.
No. Es un transexual, una lumi. Buenas tetas y buena nuez. Me ayuda a levantarme y con una voz sugerente me propone chupármela en un portal por quince euros. Me va a comer los huevos con fruición. Seguro que sabe chuparla mejor que ninguna mujer que haya conocido. Me toca la cara y su aliento me devuelve a la realidad. Le pido disculpas y sigo adelante.
Me he dejado el abrigo en el local. Me da la impresión que todo el mundo se gira a mirarme y decido largarme definitivamente de allí.

El viento se cuela entre los rotos de mi gabán, las mujeres sacan música del asfalto con sus carreras. En Madrid ya es navidad, con todos esos adornos y Papa Noel en los balcones, pero sigue siendo oscura, un enorme almacén abandonado. Sigo mojándome, no sé dónde ir. Tampoco literalmente. Me pongo algo de música, David Lynch…me gusta esta. Son las tres de la madrugada y de pronto una china se convierte en un oasis bajo la lluvia: tres botes de cerveza. Casi la abrazo. Me cruzo con un gato, pequeño, aterido y hambriento. Intento cogerlo, pero no hay cebo. Se mete debajo de un coche… ¿otra víctima más esta noche?

De alguna forma consigo llegar a casa, pongo la estufa y me derrumbo en la cama. Estoy calado y empiezo a tiritar. Aparece de nuevo Él, la imagen de lo que pude haber sido, un Superyó altivo que me mira con desprecio. No dice nada, pero escucho su voz dentro de mi cabeza preguntando “¿por qué?”

Joder, no necesito estas mierdas. Necesito pornografía, la masturbación es una forma eficaz de terminar el día. Empiezo a machacármela, pienso en algunas, en otras y al final en todas. Pero se mezclan las fantasías con los recuerdos. No hay manera. Me deprimo. Cojo el mando y pongo música. Satie, revolquémonos en el declive.
Recuerdo a Manolo, como se ponía en la calle a tocar la guitarra, como llevaba siempre una pequeña libreta donde iba apuntando estrofas, palabras, ¿Dónde se fue toda esa energía, cómo conserva la gente normal esa ambición para levantarse por las mañanas y continuar hacinados en su rutina?

Nos comportamos como si la vida se redujera a esquivar los sueños que antes eran todo, como si ahora fueran charcos profundos que pudieran tragarte por completo. Y cuanto más hábil te vuelves al saltarlos más fácil te resulta olvidarte de ti mismo.
Sísifo, dentro de la mitología griega, hizo enfadar a los dioses. Como castigo, fue condenado a perder la vista y empujar perpetuamente un peñasco gigante montaña arriba hasta la cima, sólo para que volviese a caer rodando hasta el valle, y así indefinidamente.
Es un ejemplo de la completa inutilidad de la vida. Pero Camus no promovía el quietismo o la pasividad ante el absurdo, nos obligaba a aceptarlo como la menos mala de las alternativas –un salto de fe religioso sería la otra- siguiendo adelante en un eterno enfrentamiento. Quizá Sísifo experimenta una breve libertad mientras el peñasco termina de caer y puede disfrutar en la cima unos breves instantes.

Recuerdo cuando tenía la respuesta a todas las grandes preguntas, aquí, a mi lado, en el sonido de tu respiración, dentro de esa mirada que sigue perdurando en las cenizas de todo lo demás.

Good Day Today by David Lynch on Grooveshark

miércoles, 23 de noviembre de 2011

La literatura es ofrendar memoria.

Hay rupturas sentimentales que tienen la potestad de marcar tus gustos musicales, pero no solo eso, también de provocar secuelas: escuchas ciertas canciones y un nudo en el estómago te escupe la realidad a la cara, sí idiota, ¿Cómo te atreves a dudarlo? Sigues enamorado.

Me desperté con una terrible resaca, ¿era jueves, invierno, de noche? No quería recordar nada, ni donde estaba, ni quien era, solo volver a la inconsciencia. Pero el dolor lacerante de mi cabeza discutiendo de igual a igual con el que provenía de mi pie derecho me obligó a incorporarme.
Me miré en el espejo del cuarto de baño: Mierda. Un cubilete de carne lleno de mierda. Pero a fin de cuentas alguien con cuenta corriente, nómina y medio gramo de cocaína todavía en el bolsillo. Sí, esa era la idea. Ahora una llamada al trabajo. Una mezcla de excusas entre gastroenteritis y el entierro de un familiar lejano y a dormir.

Un toque, dos, tres…una familiar voz de tono uniforme me da los buenos días y me insta amablemente a que diga algo. Y es ahí, en ese momento, cuando me doy cuenta de que estoy completamente mudo. Cuelgo. Bueno, quizás lo de ayer fue excesivo. Farmacia, antibióticos y totalmente rehabilitado en dos días.

Eso fue hace más de dos años.

Al principio parecía una broma de mal gusto, fui a médicos, especialistas. Nadie encontraba explicación. Seis meses después, con un despido de exigua indemnización debajo del brazo, me desviaron a la consulta de psiquiatría. Año y medio de terapia y seguía igual. Incomunicado.

Mis ahorros estaban empezando a peligrar, me había mudado a una habitación con vistas a un bonito patio interior donde vislumbraba bragas xl de sabroso encaje y vecinas derrotadas por la cotidianidad. Llevaba una vida más tranquila, sin mucha compañía, exceptuando visitas extemporáneas de amigos con los que compartía televisión y notitas ya creadas que señalaba con el dedo –el pragmatismo de la comunicación llevado al estadio supremo-, nadie de mi entorno sabía de mi problema, con simples asentimientos podía seguir compartiendo ascensor con mis vecinos, confidencias con cajeros de supermercados, tenderos o simples funcionarios. Incluso podía seguir manteniendo las mismas conversaciones telefónicas con mi familia.

Con las mujeres noté cierto éxito al principio, pensaba que mi extraña mudez convergía en un misterio que las atraía, pero al final comprendí que lo único que les interesaba era tener a alguien que les escuchase sin interrupciones. O quizás entendía mal sus intenciones y querían curar la ausencia de palabras de su príncipe encantado con muchas palabras. Peroratas inmensas.

Lo curioso es que cuando empezaba a interesarme con alguna, cuando creía que la cosa podría funcionar, lo fastidiaba todo hablando en sueños, casi a gritos. Ellas se despertaban enfadadas, sintiéndose víctimas de una gran estafa. Naturalmente todas reaccionaban de forma madura: arrojándome cualquier objeto macizo y puntiagudo que tuvieran a mano mientras me gritaban obscenidades que en otro momento me hubieran puesto cachondo.

Pero como iba diciendo mis pequeñas aventurillas me dejaban insatisfecho, me sentía solo y sí: tenía miedo de quedarme mudo para siempre. O sea que, con cierta sensación de apremio, decidí investigar por internet. Lo primero que encontré fueron varios blogs de gente que le sucedía lo mismo que a mí. Es lo que tiene este medio, cualquier inadaptado puede encontrar su pequeño oasis social. En mi caso personas con problemas psicosomáticos extravagantes. Entré en unos de los grupos. Había casos divertidos como Manuel: era pintor, y se quedó ciego cuando descubrió a su mujer con otro hombre. Vaya, pensaréis, si  todo el mundo fuera tan sensible estaríamos viviendo un “Ensayo sobre la ceguera”, pero hay un detalle más: ella le estaba chupando la polla a su perro, un pastor alemán. Joder, un puto trio.

Y ahí estábamos todos, gente normal que de pronto pierde el sentido del gusto, el del tacto –jodiendo sus relaciones sexuales-, gente que de pronto se volvía daltónica o sinestésica. Unos putos freaks en una torre de Babel virtual. El caso es que ahí conocí a mi querida sordomuda. La primera vez que chateamos cayó sobre mí esa vieja fantasía en la que la libre verborrea sexual campaba a sus anchas sin que ningún mohín ni rencilla posterior pudiera dosificarla. Vamos, patente de corso para decir cualquier burrada que se me antojase en la cama, y yo –en confianza- soy muy proclive a ello.

Solo habíamos hablado a través de chats, la única forma posible de hacerlo dado que ninguno habíamos aprendido a leer los labios y teníamos escasos conocimientos del lenguaje de signos. Desde el principio su historia me resulto extraña. Primero me dijo que había sufrido abusos en la infancia, que enterró esos recuerdos y tuvo una adolescencia bastante promiscua, de las que vas probando de todo y a todos. Y finalmente, en algún momento entre la decimoquinta relación tortuosa y la siguiente, el cerrojo saltó y recordó todo. Pero sonaba demasiado a cuartada. Y claro, ese misterio me embriagaba porque, ¿Qué podría querer ocultar que fuese peor que eso? En el caso de que no fuera todo una paranoia mía claro, cosa que a estas alturas del relato era lo más posible.

Hice ímprobos esfuerzos y al final la convencí para quedar en persona. Era magnifica, no por ser excesivamente guapa, sino por compartir algunos de esos rasgos que normalmente no emocionan, labios demasiado finos, palidez, una apariencia aniñada sin apenas voluptuosidad, pero que al final te van fascinando precisamente por marcar una diferencia con lo que estás acostumbrado a admirar.

Vimos juntos El Piano en versión original. Todos tenemos nuestros fetiches que reverberan desde el pasado consumiendo parte del presente. Eso pensé cuando puso justamente la pista número diecinueve de la banda sonora de Amelie. Me emocioné. Ella, sin saber el motivo exacto, me atravesó con esos ojos oscuros como muros de abismo, con intensidad, acariciándome la cara, quizá para sentir la vibración de mis lágrimas. Y ahí, los dos, en ese silencio acuoso, nos besamos.

Y el sexo era tan intenso como su mirada, era todo y nada, siempre y nunca, sin medias tintas. La muerte y la sorpresa. Una eterna luna de miel en la esclavitud de su cuerpo, un cuerpo donde ahora me perdía buscando ese placer que nunca es inocuo.

Siempre hay dos finales:

En el primero los dos se encuentran y se separan. No hay más insolencia que una mentira cuando se ha compartido a dos voces algo tan sincero. No se puede mantener, los fluidos se secan y solo quedan dos islas sin horizonte, con la misma soledad en la mirada, y con el mismo miedo.

En el segundo esas voces se hacen materia, uno de los dos, o quizá los dos a la vez, dicen las palabras que mueven el mundo, esas palabras que convierten a alguien anónimo en ÉL o ELLA. Esas palabras que detienen el presente en una epifanía de trascendencia y que abren el embozo del dolor y del placer más intenso: Te quiero.

The Promise by Michael Nyman on Grooveshark

domingo, 20 de noviembre de 2011

Algo más que simplemente existir...

Me llamo Cordelia, tengo treinta y dos años y mi hurón ha muerto.

Es curioso cómo funcionan las asociaciones de ideas, recuerdo ahora como perdí la virginidad, como me atenazó en ese momento el mismo sentimiento de vacío, de insensibilidad. Tenía veinticinco años y quizás por miedo o más bien por orgullo, porque la persona que quería no tenía ni siquiera interés en mí, esperé. Hasta que apareció otro, otra relación turbulenta. Pero esta vez cedí, me acerqué a su casa y me folló. Sin velas, sin demasiado cariño, simplemente me puso encima de la cama a cuatro patas, me bajó las bragas y me folló. Y luego, con aire displicente, me pidió que me fuera.

Hay lágrimas que nunca caen, no por una tregua mal entendida, sino porque el dolor queda encapsulado dentro de ti. Sentía que me lo merecía, que en el fondo era lo correcto. Quitar importancia a los hechos. Y claro: seguí con él. Yo le escupía algún te quiero, y él me follaba mirando el reloj.

Cuando le dejé, después de año y medio, todavía extraviada en esa mezcla de obsesión y dependencia que es el amor, ya empecé a darme cuenta que algo dentro de mí no iba bien. Pero aún me sentía joven: me mudé de provincia, compré una casa, intenté moverme entre el escarceo sexual y la mentira.

Y ahora, mientras sollozo estúpidamente por este animal inútil, fétido, que se parapetaba detrás de su jaula sin apenas prestarme atención, me doy cuenta de lo sola que estoy. Pienso en llamar a alguien, pero es de madrugada. Me intento convencer que simplemente es una crisis ridícula, que tengo que mantener mi impostura de mujer dura y descastada, pero en el fondo sé que no tengo a nadie, ni siquiera mi familia, a la que tenga el valor de despertar. Me ahogo en este piso, tengo una bola de bilis y angustia florando en el estómago. Me asusto. Cojo el teléfono y marco ocho dígitos, mis dedos revolotean sobre el noveno y al final cuelgo.

Me conecto a internet, leo algunos blogs. Echo de menos al tal Rorschach, hace tiempo que no escribe nada, una vez superas su grandilocuencia infantil tiene algún destello escabroso que humedece mi alma. Le dejo otro mensaje. Sería gracioso vivir cerca y ni siquiera saberlo.

No puedo seguir en casa, cojo al hurón del congelador, tenemos que salir de aquí los dos. Se me ocurre subir a la azotea y arrojarlo desde allí. O quizás arrojarme yo misma. Vivo en una tregua permanente con este sentimiento, a veces me pienso subida a la cornisa, cerrando los ojos, mi mente haciendo un amago extraño superponiendo estampas de un futuro que prefiero no vivir. Y un instante después cayendo. Sin sonido.

Salgo y llamo al ascensor. Mierda, otra vez: no funciona. Vivo en un quinto, podría subir los otros siete pisos andando. Resoplo. Empiezo a subir escaleras. A pesar de las horas puedo vislumbrar algo de vida tras las puertas de mis vecinos, les escucho gritar, gemir –o su apocope en forma de golpecitos contra la pared-, un bebe llorando, teletienda en el televisor, videojuegos de guerra. Tan sola y tan acompañada. Por fin llego hasta la puerta azul metálica que da paso al tejado. Esta entreabierta, genial, seguro que mi imagen en camisón con un cadáver congelado en las manos causa furor en las reuniones de vecinos.

Suspiro -debo de suspirar más de cien veces al día-, y empujo la puerta. Sólo hay una persona, ni siquiera le conozco, cosa por otra parte normal. Es un tipo alto, delgado, con pinta de intelectual desaliñado. No parece peligroso, más bien indefenso ahí plantado, fumando un cigarro mientras mira a lontananza. Se gira sorprendido, supongo que él tampoco quería compañía

 (…)

Esta amaneciendo, Me siento feliz. Ha sido una noche inolvidable. Intensa. Más intensa que cualquier cosa que haya sentido hasta entonces. No puede haber sido una simple casualidad que el ascensor dejase de funcionar y él decidiera salir a la azotea a respirar, que nos hayamos encontrado precisamente ahora. No puede ser casualidad que hayamos derretido esa fina e indistinguible capa de hielo que nos recubre en apenas unas horas de confidencias y abrazos. Le miro y es como vivir un presente superlativo en el que todo se detiene y cobra entidad, contorno. Ni siquiera se ha dado cuenta del efecto que me ha causado, de cómo me ha conquistado sin apenas esfuerzo, con esa mezcla de fragilidad y fatalismo que tanto me conmueve.

Quiero hacer las cosas despacio, me despido con un travieso beso en la comisura de sus labios y una sonrisa. Me giro antes de traspasar la puerta metálica y una punzada de decepción me traspasa cuando veo que se ha dado la vuelta y ya no me mira.
Da igual, soy feliz. Es él. Sin duda. Bajo los escalones de tres en tres, paso delante de mi puerta y decido que voy a comprar el desayuno fuera, sonrío al recordar el final del pobre hurón entre la elegía humorística y el panegírico. Llego exhausta al vestíbulo. Me paro un instante delante del portal del edificio, sin salir. Cierro los ojos. Me pienso. De pronto ese golpe brutal, un sonido de aplastamiento. Se escuchan gritos y veo pasar a varias personas corriendo como sombras. Dejo de respirar. 
A la vez, detrás, algo hace contacto y el ascensor empieza a funcionar.

La vida sigue girando.

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