lunes, 14 de mayo de 2012

La vida está sobrevalorada.

Psiquiatra: Vamos a hablar en esta sesión de lo que sucedió aquel día Erik.
Erik: No recuerdo sentirme distinto, solo la tenue sensación de infelicidad de siempre. Quizás no había sido un buen día, no había podido desayunar, un taxi me había manchado el pantalón al pasar, no sé, las típicas cosas que te ponen de mal humor y hacen que el día se alargue, que la inercia te consuma. Es curioso, siempre pensé que de alguna manera estamos preparados para las grandes desgracias, ya sabe, un divorcio, un despido. Las peligrosas son las otras, las pequeñas, las que se van solapando unas encima de otras, poco a poco, milímetro a milímetro. Pero no recuerdo nada grave, ningún desencadenante.
Psiquiatra: Sin embargo esa noche fue cuando comenzó todo.
Erik: Sí, recuerdo que me sentía muy cansado, tenía problemas de insomnio, me pasaba las noches mirando el reloj digital, viendo como los números iban cambiando. Lo había probado todo pero seguía sin poder conciliar el sueño. Y bueno, ocurrió, tenía esa cuchilla en la mano y corté, un pequeño corte transversal, como los que hacía antes. Recuerdo como me salpicó la sangre, ese dolor antiguo, leve primero y luego intenso en la siguiente palpitación. Fue un instante congelado. Y entonces la vi, a Emilie. No había cambiado, sus ojos de cuervo, su pelo largo. Lánguida, esbelta, etérea, hermosa. Me hablaba sin mover los labios, sus palabras atravesaban el aire sin llegarme del todo, como una brisa en el infierno, un eco estancado, el sonido de una caricia.
Psiquiatra: Antes de hablar de Emilie vamos a comenzar por el principio, ¿Cuándo empezaste a cortarte para, según tus propias palabras, sentirte vivo?
Erik: Ya hemos hablado de eso, fue en la adolescencia, ¿nunca ha sentido la necesidad de tocar fondo? Todo se derrumba lentamente a tu alrededor, pero siempre hay dos o tres asideros, ¿cómo sería cortarlos, enterrarte entre sus escombros? Fantaseaba con esas ideas, mi pulsión tendía más al dolor que al placer.
Psiquiatra: Lo hacías antes de conocer a Emilie.
Erik: Si, creía tener razones, pero supongo que siempre hay razones. La conocí de una forma muy particular. Era un día de mucho calor, estábamos en la biblioteca, ella leyendo alguno de esos escritores rusos tan deprimentes, llevaba un jersey negro de cuello alto y el pelo recogido. Supongo que yo había ido a devolver un libro sobre vampiros o alguna idiotez. Lo importante es que justo cuando me iba me abordó y me invitó a tomar algo en la cafetería. Antes de eso no habíamos cruzado ni una sola palabra, no existíamos el uno el otro. Pero así era ella, siempre se dejaba guiar por sus impulsos. Un par de semanas después tuve la confianza suficiente para enseñarle mis cortes. Ella me sonrío. Solo eso. Luego supe el motivo.
Psiquiatra: ¿Cuánto tiempo estuvisteis juntos hasta que…?
Erik: Casi un año, hasta finales del verano siguiente. Nos poseía una sensación de inmortalidad, de pasión irreverente contra el mundo. A veces notaba, mientras acariciaba sus muslos, alguna cicatriz nueva. Yo había dejado de hacerlo porque me sentía, no sé, ¿completo? Tenía miedo de preguntar, de saber, el motivo por el cual ella no dejaba de hacerlo. Y era tan hermosa, no solo por esa mirada celeste que te inundaba sin poder evitarlo, eran otros rasgos que no había apreciado nunca en las demás. Escuchaba a mis compañeros cosificar a sus novias, referirse a ellas como su agujero, su coño era simplemente un trofeo, una fuente de placer. Pero Emilie, si sabías mirar, si te fijabas, transpiraba sensualidad en todos sus movimientos, en la forma de recogerse el pelo o modular su voz, pero lo hacía sin vulgaridad, sin pretender utilizarlo como arma. Y luego, en la intimidad, se regalaba sin límites, sin tabúes, su cuerpo era como un ejército hereje, amoral e inclemente que se derrotaba a sí mismo en cada orgasmo, como un punto de eterno retorno, de búsqueda infinita de algo que necesitaba pero no sabía precisar.
Psiquiatra: ¿Cómo fue vuestra última noche?
Erik: Todo empezó como un fin de semana normal, sus padres volvían a dejarla sola y me invitó a su casa. Notaba que estaba más alterada que de costumbre, fumando compulsivamente un cigarro tras otro, sin querer beber nada, sin apenas hablar, con aquel disco de The Cure sonando como un mantra una y otra vez. Sus padres habían iniciado los trámites de divorcio, pero ella me había asegurado que no le estaba afectando. Recuerdo pasar esas últimas horas en su habitación, encerrados con las persianas bajadas, fumando, bebiendo, recuerdo mirarla a través del humo estancando como si fuera Oliveira y ella pura literatura, un matiz de vida que entintaba mis contornos solo con su presencia.
Lo siguiente que recuerdo es estar en su coche mientras ella conducía con las ventanillas abiertas a mucha velocidad, recuerdo golpearme la cabeza cuando hizo ese giro brutal y se puso a conducir en sentido contrario. Estaba acostumbrado a sus locuras, pero no fue hasta que nos cegó los faros el primer coche cuando empecé a asustarme de verdad. Nos esquivó en el último momento. Se me pasó la borrachera de golpe. Se reía, recuerdo esa risa desquiciada, sus manos soldadas al volante mientras aumentaba la velocidad. Estábamos forcejeando cuando sentí la vibración del segundo coche pasando a escasos centímetros del nuestro aturdiéndonos con su claxon. Zigzagueábamos, era cuestión de tiempo, quería sacarla del coche, la golpeaba iluminado por otras luces que se acercaban dispuestas a ungirnos en dolor. Conseguí pisar el freno, derrapamos sin control y tuvimos la suerte de salirnos de la carretera sin volcar. Imagina la situación: estaba histérico, llorando y gritando a la vez. Salí arrastrándome del coche y vomité. Cuando me recuperé fui a por ella. Seguía dentro, con las manos todavía sobre el volante. Estaba a punto de sacarla cuando giró la cabeza y me miró: no había nada en esa mirada, era como si me hubiera borrado, como si nos hubiera borrado a todos. No pude aguantar más y me fui de allí. Todavía temblaba cuando llegué a casa.
Psiquiatra: …
Erik: Lo sé, lo sé, era una locura, pero no era eso realmente lo que me importaba, lo que me reconcomía era que me había hecho sentir como un fraude, como si no hubiera estado a la altura de, no sé, sus jodidas expectativas. La abandoné, no quise volver a verla. Era finales de verano y aproveché para irme con unos familiares a la costa. No contesté ninguna de sus llamadas ni mensajes. La dejé sola. Cuando a las dos semanas volví ya era demasiado tarde. No había dejado ni siquiera una nota. Fue su madre quien la encontró en la bañera. Quise ir al entierro pero no me dejaron. Me sentía terriblemente culpable, podría haber marcado una diferencia, podría haberme quedado o pedir ayuda. Pero no hice nada, simplemente le di la espalda y hui.
Psiquiatra: ¿Pensaste alguna vez en el suicidio, en volver a cortarte?
Erik: Lo hubiera hecho, estaba destrozado, la única forma de sobrevivir fue anestesiarme, dejar atrás cualquier cosa que pudiera recordármela. Y durante un tiempo creí que lo había conseguido: fui a la universidad, conocí a otras chicas, me mantenía siempre en movimiento, ocupado, sonriente, sin tiempo para pensar. Me volví un alcohólico social. Pero en algún momento todo empezó a deshilacharse, a dejar de tener importancia, me resultaba cada vez más incómodo relacionarme, hasta que terminé recabando en un trabajo en horario de noche y dejé de moverme.
Psiquiatra: ¿Tu familia no se dio cuenta de nada?
Erik: Padres separados, me dejaban vivir en casa de mi abuela si cumplía los deberes sociales una o dos veces al mes. Recuerdo vivir ajeno a la realidad, pasar semanas enteras sin hablar con nadie, sin coger el teléfono ni abrir la puerta, solo trabajar de noche, dormir de día, beber, leer. Quedarme tendido en la cama durante horas pensando en los monstruos que habitaban al otro lado del papel pintado de la pared.
Psiquiatra: Continua…
Erik: No sé cuánto tiempo estuve viviendo así, pero en algún momento conseguí reconciliarme conmigo mismo. Cambié al turno de día y volví al redil. Ahora lo comprendía, había intentado olvidar a Emilie pero era en vano, tendría que vivir con ello. Empecé a hacer las cosas de forma correcta. La ropa adecuada, las opiniones correctas, los sueños correctos, ¿las mujeres? Por lo general me resultaban una caza estúpida, la mayoría presas del delirio social, deseando bregar contigo la primera noche pero esforzándose por urdir sutilezas y crear momentos artificiales. Ninguna mujer que conocía era consciente del paso del tiempo, utilizaban el carpe diem parafraseando diálogos de películas que en el fondo no entendían, nunca pensaban en la muerte, para ellas era un concepto prohibido, lejano, depresivo, incluso vejatorio en una conversación normal. Actuaban como si fueran inmortales, como si el amor lo fuera, como si su salud, su vida, estuviera grabada en granito para siempre. Por eso cuando enfermaban o descubrían a su marido siendo sodomizado por un compañero de gimnasio, el mundo perdía sentido -¿y mi inmortalidad?-, gritaban al cielo con el puño en alto. Pero todo pasaba y volvían a refugiarse de nuevo en los bancos, en sus centros comerciales, comprando sueños a plazos, embaucadas en la seguridad de un anuncio de compresas…
Psiquiatra: Creo que ya ha sido suficiente por hoy, mañana volveremos sobre lo mismo, quiero que hagas memoria sobre esa noche y todo lo que pasó después, ¿de acuerdo?

(…)

Emilie: ¿Has conseguido algún progreso?
Psiquiatra: De momento nada, todavía no ha sido capaz de asumir que se ha suicidado y está muerto.
Emilie: Todo es culpa mía, deseaba tanto volver a estar con él que aparecí demasiado pronto.
Psiquiatra: Vamos a mantenerle aislado, ya sabes lo peligroso que es cuando un alma no asume su muerte, se vuelven locos y provocan todo tipo de catástrofes.

Point mort by Yann Tiersen on Grooveshark

miércoles, 9 de mayo de 2012

Confidencias Nocturnas.

Han pasado casi dos años. Nos reímos al pensarlo, tanto tiempo y parece que fue ayer cuando aún vivíamos juntos. Te he invitado a cenar, algo informal, ni siquiera celebramos tu cumpleaños el año pasado. Tú apenas bebes, lo justo para un brindis, pero yo ataco la botella con cierta desesperación. Miro a mi alrededor mientras enlazas banalidades, hay otra pareja en el restaurante con un niño, nunca quise niños, menos mal, hubiera sido otro error que añadir a nuestra lista. Te veo más guapa, joven, mucho más delgada, parece que te ha sentado bien estar lejos de mí. Te noto feliz, te pregunto por tu actual pareja, llevas varios meses con él, pero te muestras esquiva, excesivamente discreta. Quizás ya no quieras compartir esa parcela de tu vida conmigo, o temes que me ponga sarcástico.

Estrechas tu mirada inquisidora, supongo que me ves más calvo y ojeroso, la ropa negra y la barba me hace aparentar más edad, siempre me lo has dicho. Relleno nuestras copas.

Me das la gran noticia: te has quedado en paro. No pareces demasiado preocupada, es curioso, te recordaba siempre nerviosa por cualquier cambio, da la impresión de que has madurado, como si hubieras conseguido encontrar tu equilibro. Me alegra, pero no sé expresarlo, me pierdo en divagaciones, en un largo discurso de esos que siempre odiaste sobre la inutilidad de vivir en España, lleno de datos económicos y demasiado espeso para ser útil.

Ahora me hablas de tus planes para este año, en donde quieres trabajar y cómo quieres aprovechar el tiempo. Asiento y sigo llenando las copas, esta vez en silencio. Me doy cuenta de que no tenemos tiempo para pensar. Y cuando tenemos tiempo libre sentimos la necesidad de distraernos, como si existir fuera justificar nuestro ocio con alguna actividad, con llenar nuestro muro del Facebook con mensajes, fotos desde el móvil, siempre conectados a Internet. No sabemos disfrutar de nuestra soledad, tumbarnos y pensar, recreándonos en los recuerdos. Es demasiado cansado, como leer más de diez libros al año, como seguir una partida de ajedrez con demasiadas posibilidades contra un contrincante en forma de reloj de arena.

Miramos a nuestros abuelos, con esas relaciones sempiternas, entendiendo la autorrealización como concepto familiar, marcados por una mansedumbre que fluye entre la lealtad y la infelicidad y disparamos en dirección contraria, Tiempo-Jugada, Elección-Fornicio-Abandono, intentando eludir el eje de la verdad, ese punto medio, como si guardar un luto excesivo por una relación te convirtiera en un masoquista incapaz de seguir adelante con dignidad. No aprendemos, deglutimos nuestras raciones individuales sin apenas saborear, hasta que por suerte en ese ensayo y error -o quizás más bien por cansancio-, nos sentamos a contemplar el cuadro, e inesperadamente alguien se sienta a nuestro lado creando un canal de empatía, porque los dos, y esto es lo más importante, hemos hecho una pausa para recrearnos en su belleza. Es como releer un buen libro, la historia no cambia, pero tú cambias al disfrutarlo mejor.

Te miro con atención mientras atacas el segundo plato. Sí, fuiste mezquina, egoísta, mentirosa por omisión, ciclotímica, neurótica, pero siempre fuiste Ella: la que me cuidaba, la que me hizo los mejores regalos de cumpleaños, quien me acompañaba al teatro o me enviaba ofertas de trabajo a diario, la que me influyó con sus sueños de tener un hogar con biblioteca, la que me daba un beso antes de irse al trabajo o me abrazaba dormida en la cama, la que le gustaba ir a los parques a leer y dar de comer a los patos, la que siempre me enviaba un mail con ternuras, esa misántropa precoz que le gustaba hacer cosas solo conmigo, la que siempre venía con la idea de alguna nueva actividad o un viaje, la que me hizo aquella foto en la cumbre de la montaña, la que siempre estaba riendo y me llevó al concierto de Héroes, la que le gustaba cenar comida china mientras veíamos películas los sábados por la noche, la que pensaba que los hombres éramos unos inútiles y odiaba pedirme ayuda, la que desconfiaba de mí después de siete años y me hizo cambiar el contrato de alquiler. Así eras y posiblemente, en parte, sigas siendo.

¿Cuándo fue nuestro punto de ruptura, cuando dejé de quererte? ¿Cómo llegué a la situación de volver a casa del trabajo y que tu sola presencia me molestase, a pesar de que hubieras hecho la cena con todo tu amor, a pesar de mostrarte lo más atenta posible? ¿Cómo llegamos a dejar de tener confidencias, sexo, a que solo hubiera enfrentamientos, como un compañero de trabajo del que no puedes deshacerte, como se llegan a olvidar todos los detalles de ternura, a quedarte solo con el rencor, el resentimiento, como te vuelves una mala persona, alguien mezquino, desagradable, chapucero, capaz de gritarte por una nimiedad en tu cumpleaños?

Recuerdo situaciones dolorosas, de decepción total, de vergüenza ajena con salidas de tono y perdidas de respeto absolutas. Cosas que intentábamos olvidar pero que nos reconcomían en la garganta impidiéndonos respirar. Y todas las pequeñas cenas, los caprichos, los momentos de ternura, como un extraño reflejo del pasado, nunca parecían inclinar la balanza a nuestro favor.
Pero todo empezó por trabajar juntos, éramos demasiado diferentes, y el hecho de que fueras mi jefa provocó que necesitara sentirme por encima de ti en lo demás, competitividad. Vivir juntos no mejoró las cosas. Hay relaciones que se fortalecen ante la adversidad, en otras se crean dependencias tóxicas. Pero también es cierto que teníamos muchas cosas en común, pasábamos todo el día juntos y nunca nos aburríamos embarcados siempre en planes absurdos pero divertidos. Y si no teníamos dinero simplemente cogíamos la bicicleta y nos recorríamos toda la ciudad, o nos íbamos a la playa a disfrutarla como turistas. Pero siempre con esa dualidad, una cena maravillosa, todo un día magnifico que se estropeaba en una discusión estúpida que ninguno de los dos llegaba nunca a saber porque se producía. Siempre con la sensación de disfrutar de las cosas con el tic-tac de una salida de tono que mandase las buenas intenciones a la mierda.

Llevas un rato mirándome callada. Me disculpo. Me sonríes cariñosamente y me preguntas como estoy.
Te respondo que nadie se salva solo, que me siento así por las noches y por eso bebo más de la cuenta. Que cada vez me siento más cansado, más ajeno a la realidad, que pienso mucho en el pasado, pero no con nostalgia, sino con cariño, que a veces he pensado en llamarte, solo para hablar de alguna película, alguna serie o libro que me haya llamado la atención, pero que no sé cómo hacerlo. Porque todo cambia, ni a mejor ni a peor, solo cambia, y a veces esos cambios deshilachan las relaciones, las deshacen y ya no sabes cómo completar el puzzle de nuevo, que piezas mejor dejar atrás y que otras debes de añadir para, al menos, tener una imagen que nos guste a los dos.

Pero no te digo nada de eso. Te respondo que bien, disfrutando de la soltería, alguna aventurilla sin importancia, de esas que luego despachas con un sms de cortesía. Que la vida me sonríe y que... bueno... que quizás sea mejor terminar ya con el vino y pedir la cuenta.

Spaceman by Babylon Zoo on Grooveshark

lunes, 7 de mayo de 2012

Hoy he aprendido a masturbarme y a suicidarme, y no por ese orden.

Aby Warburg, un hombre que a los trece años le ofreció a su hermano menor cederle su derecho de primogenitura sobre la fortuna y el negocio familiares a cambio de que le pagase de por vida las facturas de sus libros. A los cuarenta y cinco años poseía una biblioteca personal de más de quince mil volúmenes, ¿hizo un buen trato?
La vida es así, llena de maravillosas decisiones, aunque desde la atalaya del fondo de mi vaso solo vislumbro tristeza. Podría recurrir a esa frase de nuestro hemofílico favorito-Lo siento; no volverá a ocurrir.” para justificar mi propia decadencia. Pero calculo que solo me resta una hora y media para divagar antes de morir mientras la música, esa visión onírica del mundo soslayada por las matemáticas, me exilia de todas esas peticiones anónimas que no sé ignorar ni obedecer.

A veces das una bofetada mientras la habitación huele a sexo. La cara de Jack Lemmon al final de la película, la angustia del fracaso vital mientras la solución está a escasos metros iluminándote con su neón. Como leer “Histoire d'O” siendo virgen, como evocar un viaje sin atreverte a coger el metro, como lubricar tu relación con veladas de estúpido quietismo ante el televisor. Esa halitosis existencial, de finitud y mediocridad, donde Catherine Earnshaw no existe, donde solo eres la mierda cantante y danzante resignada. Porque me he resignado a no tenerte, a la soledad, a no ser bueno para nadie, a que tus manos no me aten a la cama ni me acaricien, a no dejar huella en ti, a no sentir de nuevo nostalgia por tu cuerpo desnudo. Solo quiero ser el Extranjero de Camus, o de Houellebecq, un bucle de recuerdos en blanco y negro, un perfect day, como aquel último gemido entrecortado al penetrarte, obviando el rencor, la decepción, la otredad, amortiguando las palabras de odio, ¿cómo te sentiste cuando se cayó tu sonrisa y no tuve interés en recogerla? Hoy he visto una de nuestras películas.

Los aniversarios, por tanto, suelen ser contraproducentes, bosquejos de sombras chinescas sobre el tejado de la memoria. Cicatrices en el almanaque donde tu perfecta Bovary te secuestra con su ausencia y no puedes evitar recordar sus mohines de niña caprichosa, su pelo corto sin tirabuzones, su adagio de portazos. Aunque todo desfallece, tarde o temprano, y finalmente tu pene cae fláccido supurando amistad y no sientes esos escalofríos en la espalda que te impulsaban a poner todo tu mundo a sus pies.

***
Mario se mete otra raya. Le deja traspuesto, como si derramara el alma sobre el libro de ilustraciones de Klimt y fuera eso lo que estuviera esnifando. Normalmente la cocaína te pone frenético, te hace huir de los espacios cerrados. Pero Mario, ese estúpido desertor de la humanidad, se aposenta en el sillón desbordando con asincronía los marasmos de su interior.
Mario: Hoy una puta me ha sodomizado con un par de dedos. De forma imprevista, mientras me la chupaba, sin ni siquiera pedirme permiso. Pero lo peor, lo más inquietante, es que me he corrido de forma bestial.
Casimiro: Mierda.
Mario: Me duele el culo, me han arrebatado mi virginidad. Pero ahora, en vez de sentirme resentido, no sé, me siento más próximo a ellas, más mujer, como si pudiera entenderlas mucho mejor después de esto.
Casimiro: Mierda.
Mario: Sé que es un pigmento emocional muy fino, pero necesitaba compartirlo. Y ahora permíteme hacer un último brindis: por el suicidio.
Casimiro: Mierda.
Mario: Exacto amigo mío. Me he tomado medio bote de antidepresivos hace más de media hora, ha pasado el tiempo suficiente para saber que no voy a vomitar. La mezcla con alcohol me matará en una hora.
Casimiro: Mierda.
Mario: Joder, sí, lo siento. Pero soy demasiado sensible para la situación política de este país, tienes que comprenderme. Ya he hecho los preparativos convenientes, he enviado a mi ex una grabación de voz con mis últimos momentos de placer en solitario. ¿Te acuerdas del hada que llevaba tatuada? Me hubiera gustado verla de nuevo y que por algún azar crepuscular me diera un abrazo. También he repartido biblias y libros de autoayuda ente la gente que odio.
Casimiro: Mierda…
Mario: Recuerdo aquella carta que me envió describiendo uno de nuestros últimos polvos…

“Tengo los pechos calientes, ebrios. Me besas como si fueras una mariposa flotando a mí alrededor. Suena esa canción y no entiendo porque. Estoy nerviosa. Me llamas puta, no es la primera vez, pero me haces temblar. Me quito despacio la ropa, separo las piernas para que me veas, el pelo se desborda sobre mi cara, sonrío con cara de niña viciosa. Me toco, me acaricio, te muestro las ganas de tenerte dentro. Ojala estuvieras conmigo mañana y no solo esta noche. Pero no quiero pensar en ello, solo quiero pensar en tu polla, inmensa, llamándome. Me cuelgo de tu cuello, te beso, te muerdo, como si estuviera ensayando un juego donde los sentimientos ya han perdido de antemano. Te cabalgo, me duele, quizás ha sido demasiado rápido, pero se me antoja una mezcla perfecta de placer y dolor. Grito un poco, mi mirada tiene algo de gata en celo. Te araño, te quejas y me agarras de las muñecas. Me gusta dejarte marcas, una forma de poseerte. Noto tu mirada, no puedes aguantar más, soy idiota pero me dejo llevar, tus dedos friccionan mi clítoris, eres un cabrón tramposo, el orgasmo se alarga, ya no importa nada. Me miras con esa sonrisa, me levanto y te meto en mi boca. Tan roja, tan caliente, succionando mis propios flujos, respirándote. Noto como te tensas, tus testículos golpeando mi barbilla mientras los aprieto con rabia, exprimiéndolos, ¿Te gusta cabrón? Me coges como respuesta de las coletas, trenzadas para la ocasión, y me follas la boca como a una vulgar meretriz, deslizo la mano hacía abajo para llenar todos mis agujeros, me excita que me cosifiques, a la mierda los feminismos, me gusta que me poseas de la forma más ruda, ya no sé correrme de otra forma. Te vacías violentamente y me lo trago todo, te enseño la boca para que lo compruebes pero ya estás mirando a otro lado. No importa, me tumbo a tu lado, sé que todo esto es efímero, pero acurrucada junto a ti, escuchando como tu corazón se va poco a poco recuperando, es cuando me siento mejor. No suspires, no sonrías, solo quédate ahí, con los ojos cerrados, y descansa.”

Casimiro se larga, demasiado alcohol, demasiada droga. No me ha tomado en serio. Ya ha pasado media hora, empiezo a notar el cansancio, pero morir sin terminar la segunda botella sería un sacrilegio. Un importante traspié en una biografía nihilista repleta ya de demasiados fracasos. Otro problema es la sempiterna erección. Se mantienen post mortem, imaginaos la cara del forense. Es una lástima que no haya mujeres cerca, soy el mejor cunnilingus de todo Madrid.
Pero así suceden las cosas, la banca gana, ¿qué mezcolanza de mierda, mis meritorios bastardos, puedo publicar antes de la nada, como rubricar el sinestésico estertor?

Podría vivir otras vidas en las que colecciono vello púbico con el sudor blanco del incendio del libertinaje, mientras Morrison sigue deslizándose en su bañera de París, sombras de héroes que reconfortan cuando la náusea palpita en las muñecas y todo se cubre de ruido y heces.

Pero todo termina aquí, con mis labios curtidos de silencio deshaciéndose con el rocío de tu nombre, desarropando todos los abrazos mientras mis zapatos se llenan de sangre y vosotros, crueles clientes, apagáis el monitor sin mirar atrás.

Chicago (Con Vetusta Morla) by Christina Rosenvinge on Grooveshark

miércoles, 2 de mayo de 2012

El vecino del Quinto.

Soy el vecino del quinto. Onofre, un parasito social que colecciona botellas. Tengo episodios de leve violencia, como hace un momento, amenazando al chino de mi barrio, exigiéndole bebida a pesar de ser más de las doce. Pero es divertido escribir sobre la hermosa futilidad de la nada mientras los antibióticos intentan combinarse de forma malsana con el alcohol. Sé que puedo sobrevivir como indigente porque en mi casa, carente de calefacción central, padezco los cambios de temperatura con las mismas consecuencias para mi salud que si durmiera en la calle. Quizás, de forma inconsciente, intento evitar los compromisos sociales de mañana. La resaca es una puta conocida a la que no suelo guardo rencor.

Vaso vacío. Vaso lleno. Hay una cierta relación entre escribir y beber. No es imprescindible. Tampoco la música. Pero para los decadentes es un atrezzo vital, como las palomitas en el cine. Y además, lo más importante es el presente puro, la aparición inmisericorde de letras sobre la pantalla, luego, cuando el cansancio nos agarrote, cuando nuestra musa adicta a la absenta y al bondage nos abandone ante la falta de creatividad, siempre podremos optar por borrar nuestro rastro virtual, una solución menos radical que pintar la pared de masa encefálica inútil.

Hoy he visto, o mejor dicho, he punteado, que es una forma de abreviar películas convirtiéndolas en montajes propios con los mejores momentos, “Atrapado en el tiempo” o “Groundhog Day” película atemporal y asumo que conocida por todos. Es curioso el cambio de comportamiento de Bill Murray: es un dios, tiene la inmortalidad, puede hacer lo que quiera, pero se siente vacío, no puede substraerse de la desesperación y se intenta suicidar. Luego, en el último tercio de película, cuando ve que esta solución tampoco es viable -y motivado por esas reminiscencias Frank Capra y por el entorno de comedia romántica-, abandona su mezquindad inicial y empieza a desarrollar una ética de la virtud aristotélica, a autorrealizarse e intentar ayudar a todo el mundo.
Como curiosidad en los extras se menciona que está repitiendo el mismo día durante diez años. Joder. Diez años.

Vaso vacío. Vaso lleno. A veces también hay relación entre la escritura y el sexo. Una foto. Tu foto. Tus pechos. Un calambre entre mis piernas. Mi mano. Mi polla. Amor, o lujuria, quizás repetir viejos errores. O solo amarte de forma aséptica durante cinco minutos de intensa y profunda nostalgia. Y luego apagarte. Como un interruptor. Como la pantalla del ordenador. Y aniquilar así todas las ansiedades. ¿Sabes que en el guión original del “Episode VI: Return of the Jedi” Han Solo muere, los Ewoks no existen, Luke se convierte en un vengador trágico y no hay final feliz? La autorrealización es respeto hacia ti mismo, no vender esa parcela de talento que ciertas circunstancias aleatorias te han otorgado.

Sigamos. Las mujeres. Como la publicista diciéndome este viernes, en un arranque de denostada sinceridad, que había sido mi falta de ambición lo que había propiciado que Laura estuviera con un inglés en vez de conmigo. Que majas son las mujeres, como esa compañera de trabajo que prefiere mi literatura a mi persona, ¿es esa ambición de la que hablan, la que consigue penetrar la vagina de la vida, entendiendo ese concepto como Welles, que llamaba Rosebud al coño de su amante mientras filmaba su película? ¿Qué elegimos, en caso de tener esa posibilidad? Supongo que mi pene arrastra su particular complejo de Asperger. Dentro de mi pequeña idiosincrasia literaria me gustan más los términos pene-vagina que coño-polla, pero acepto sugerencias.

Vaso vacío. Vaso lleno Mi gato vomita. Le tengo unos días mientras mi ex folla con su nueva pareja. Normalmente eso sucede en nuestra antigua cama. Sin acritud. Es divertido. La felicidad ajena digo. No suelo hablar de ella, ¿Qué decir? La única mujer con la que no me he aburrido después de meses de relación. Inteligente. Culta, Divertida. Alegre. Intensa. De carácter furibundo. Catalana, con estereotipos incluidos. Aún recuerdo un mensaje suyo, meses después de dejarlo, donde confesaba que no podía ver Up de nuevo, porque durante mucho tiempo ese había sido su sueño: envejecer juntos, canosos, con nuestras respectivas librerías, nuestras vidas unidas hasta el final ¿Qué falló? Supongo que no me esforcé lo suficiente. Y también, en algún momento, dejé de amarla. Y eso suele ser imprescindible con mujeres tan intensas. Con las demás puedes, simplemente, quererlas, cultivar el apego, el cariño, ser felices, sentarse uno al lado del otro, pero nunca de frente. A veces te casas, tienes hijos, y eres consecuentemente feliz.

Reconozco mi cinismo, a fin de cuentas soy hijo de padres separados y ausentes, he vivido la decadencia sentimental de mis vecinos filtrada por las indiscretas ventanas abiertas en verano, he conocido la historia del pájaro azul, la de la mujer que tiene una hija autista y un marido borracho, la enana que perdió la cabeza cuando murió su marido, pero que durante los años de matrimonio le insultaba y amenazaba continuamente con tirarle por la ventana, la adicta al bingo viviendo una segunda juventud fuera de su domicilio conyugal. Basta.

Vaso vacío. Vaso lleno. A veces la vida es como un enorme atasco. Si tienes suerte te quedas atrapado con alguien que resulta ser una buena compañía, con momentos de sexo apasionado que empañan los cristales. Quizás tengas un accidente o te quedes sin gasolina. O pierdas la paciencia al ver que no te mueves y todo desemboque en un Día de furia que te haga salir del coche con un bate de beisbol. Quizás la radio no funcione o no consigas que suene la música adecuada. Quizás haya un perro, o unos niños en el asiento de atrás, o tengas la oportunidad de hablar durante un rato con el conductor de algún coche que se pone a tu altura. O tal vez, en un gesto que muchos entenderán como una huida pero que supone el primer acto de libertad desde tu infancia, te bajes del puto coche y avances caminando por el arcén.

Este es un no-puente, formo parte de esa clase baja que ya no tiene derecho a sanidad, a educación, a quejarse reunidos en una zona pública, soy de esos que tienen que aguantar que Urdangarin quiera llegar a un acuerdo para no ir a la cárcel solo por devolver parte del dinero que ha robado, o que alguien como Carlos Fabra con su aeropuerto de personas llame inútiles a los que le critican. Qué asco de país. Por eso no veo el telediario. Porque damos pena, tendríamos que salir ahí afuera y matar. Así de simple: matar, destruir. Estamos en manos de ineptos, o peor aún, de escoria humana que se ríe de nosotros. Hasta a mí, que coqueteo con la idea del suicidio, me parece indignante lo que están haciendo, y encima a sabiendas de que sus recortes sociales no solucionan nada. Los mercados señalando al proletariado mientras los bancos siguen subvencionando las campañas políticas y Angela Merkel continua masturbándose el ombligo. Qué pena. Qué pena todas esas personas que tienen una familia. Qué pena todos esos jóvenes emprendedores saliendo de la universidad, gente normal, con sueños, con ambición, con ganas de comerse el mundo como corresponde a su edad. Qué pena que lo único que podamos ofrecerles sea mierda, mierda y más mierda. Y ni una sola esperanza de cambio. Solo el recetario común de aprender un idioma y huir, o quedarse anclados en el desánimo, en una mortaja existencial que solo les permita elegir una adicción para el fin de semana.

Copa vacía. Copa llena. Bah, dejemos el tema, soy alguien tranquilo. Podríamos hablar del sexo sin penetración, la excitación de la negación, “no te acerques, no me hables no me toques, no me invites a tu casa” mientras vuestras bragas se humedecen. El otro día vi, no sé exactamente en qué momento, ya sabéis, 2046. Aunque sigo prefiriendo Deseando Amar. Podría decir que me estimulan el escroto, pero no es cierto, son…bonitas, joder, sí, bonitas. Hermosas. Obras de arte. Mejor en pareja. Mejor enamorado. Verlas solo es como ser una chica de trece años y ver Dirty Dancing. Salvando las distancias menstruales.

Y poco más. Hay gente embutida en sí misma, una especie de costra de tópicos que seca primero el coño y luego el alma. Luchad. Masturbaros. Taladrad vuestras mesetas orgásmicas. Mandad esa carta. Haced ese viaje. Perdonad. Recordad.
No tendréis una nueva oportunidad.

Perquè he plorat (Mar i cel) by Dagoll Dagom on Grooveshark