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sábado, 7 de julio de 2012

Sueño de una noche de verano (III)

Julio ha comenzado y me siento más loco de lo habitual. Quizás sea la falta de dinero, la dieta de alcohol, levantarse, como en tiempos de la universidad, con un par de chupitos de vodka. Años perdidos, brindis corroyendo el cerebro. Tantos grandes escritores, con grandes premios y fama, todos borrachos, alcohólicos. Lo cual indica que escribir no debe de resultar tan difícil y que quizás su gran interés era solo limar el tiempo, buscar la desconexión. Odio julio. Demasiado calor. Pero no es solo por eso, ya he gastado medio año. Medio año siendo un animal, un animal que come, caga y eyacula en soledad. No ha habido fricción existencial en ningún momento. Para eso hace falta cojones y mis bolsas escrotales son meramente ornamentales.

Intento sublimar esta apestosa soledad escribiendo, pero no sé cómo continuar la historia. Miro la pantalla idiotizado y echo otro chorrito de vodka al vaso de vino. Es una grata combinación, aunque prefiero el tequila. Me imagino el físico de Shannen Doherty para mi protagonista, una especie de Bonnie insatisfecha que busca en el lugar inadecuado, con esa potencialidad chisporroteando en sus pupilas. Unas pupilas, como el resto su cuerpo, dilatadas por las drogas y el placer. Se pone a cuatro patas para excitarle. Piensa que lo suyo es diferente, como pensamos todos, es lo malo de vivir las cosas en primera persona, te haces excesivas ilusiones sobre el resultado. El amor la tira del pelo, la muerde, poso de culpabilidad, marioneta del sexo. La rebeldía, la libertad, la juventud. Y todo sigue su curso hasta que el orgasmo, como accidente existencial, acaba con la pantomima.

Esto no funciona. El texto fluye, o simplemente es mierda llenándolo todo, más basura aquí y allá. Me viene una arcada real y vomito sobre mi ordenador, esos de oficina que consigo de segunda mano. Una economía también decadente. El procesador hace un ruido extraño y el monitor se apaga. Bien

Cojo la botella de vino y salgo al exterior. Son las tres de la madrugada, todo está en calma, todo el mundo está en su casa, en la cama, han hecho los deberes. Duermen el sueño de los justos, acompañados, todos, sin excepción, después de haber masturbando el cuerpo de su pareja con más o menos gracia. Ahora tocaría la parte hostil, violenta, peligrosa, psicópata. Pero no, soy alguien tranquilo, me gusta observar el botón rojo de destrucción pero nada más. Muchas veces me veo obligado a socializar con ellos y sus sempiternas ofensas, pero veo a la mayoría como perros recién atropellados, desorientados, salpicando con su sangre y su dolor. Debería de responsabilizarme, sacrificarlos, pero me siento ajeno, un desahogo de ese tipo no me haría sentir vivo.

La gente sigue ahí arriba, en sus casas, con sus planes, su dinero, su trabajo. Y yo aquí abajo, caminando solo con mi botella de vino barato. Quizás tenga un problema con el alcohol, no sería el primero de mi familia. Mi familia. Empiezo a recordar ciertas cosas y con ellas a mi abuela, y en un gesto excesivo decido acercarme al cementerio. No tardo más de media hora. Es sencillo llegar, cementerio de pueblo, no demasiado grande y sí demasiado cerca. Tenemos status de ciudad por el número de habitantes, pero la chabacanería y las viejas costumbres son más difíciles de quitar. Cuando llego doy vueltas alrededor hasta que veo un árbol junto a la pared por el que puedo escalar fácilmente. Salto con la agilidad propia de un idiota y casi me desfondo la rodilla. En cualquier caso la botella está a salvo. Recuerdo cuando era niño que veníamos a menudo a limpiar la lápida de mi abuelo, cogía agua y paseaba por ahí. Nunca me he sentido melancólico o triste en un cementerio, más bien como un observador, un curioso, alguien a quien le llama la atención la fechas, los apellidos, la ostentación, el abandono de algunas lápidas. Tengo demasiado interiorizado el carácter absoluto de la muerte, el final de todo, por eso los cementerios siempre me han parecido de una excentricidad anacrónica.

De todas formas el ambiente provoca inquietud, quizás sea el silencio, estar ahí en medio de la nada, pisar una tumba de tierra sin darte cuenta. Tardo un rato en encontrar la lápida de mi abuela, me siento sobre ella y echo un trago. Pienso en las últimas palabras que intercambiamos en el hospital, en lo irreconocible que estaba en el tanatorio, en cómo me resistía a llorar el día que la enterramos.

En ese momento alguien enciende un cigarro con una cerilla, al estilo Marla Singer, y me da un susto del cojón.

Kierk: Joder, ¿quién coño eres?
Es una chica morena, media melena, con una borrachera considerable por la forma que tiene de acercarse a mí. No debe de medir más de 1.60, rellenita. Lleva una falda vaquera y un top negro. Tiene anillos en varios dedos y un colgante demasiado grande para mi gusto. No se puede decir que sea guapa, es más bien del montón, pero tiene unos ojos ámbar de medusa que me dejan noqueado durante unos segundos. Se sienta a mi lado, echa un trago a la cerveza que lleva y eructa con una sonrisa.
Mujer: No voy a follar contigo.
Kierk: Ja, ja, ja. Joder, no puedo negar que solo por el hecho de decirlo ya me has despertado las ganas. De todas formas soy muy gilipollas, alguien de extremos, o te respeto como a una hermana o te violo antes del alba. Deberían de sacrificarme, no estoy aprovechando el regalo de la vida.
Mujer: Te noto triste, desahuciado, perdido, si necesitas de alguien que te salve has venido al lugar equivocado. Los fines de semana me veo con un hombre casado, me saca más de quince años. Es divertido, pero a veces, después de follar, empieza a gimotear cuando se pone el anillo. A pesar de todo sigue llamándome, es parte del juego.
Kierk: Me siento intimidado, ¿Qué edad tienes, veinticinco?  ¿Qué cojones haces aquí?
Mujer: Vivo cerca, me gusta venir de vez en cuando a beber, a pensar. ¿Te llevabas bien con tu abuela?
Kierk: No. Pero me apetecía despedirme. Podría decirte que soy presa del Ennui, pero la verdad es que mis tendencias suicidas son motivadas por cosas más estúpidas.
Mujer: ¿Y antes de cortarte las venas con esa botella de vino barato, decidiste que la única cosa que tenías pendiente era despedirte de tu abuela muerta? Poético. Triste. Lamentable. Quizás haces bien, quizás sea lo más lógico. Ahora sí que me gustaría follar contigo. Creo que sería un final adecuado para esta noche.

Empieza a caminar y elige una lápida. Es una chica rellenita, poco atractiva, sin embargo, en esa breve conversación, en la forma de desnudarse, de quitarse la ropa interior y ponerla debajo, en como alarga el brazo y se ofrece, me subyuga. Hay algo dentro de ella que trasciende, que es real, sincero, sin imposturas, en la forma que adopta su boca cuando la penetro, en la forma desinhibida de moverse, en la lógica de sus orgasmos. Me corro dentro de ella. Había olvidado como era dejarse llevar completamente.

Ella espera unos minutos y luego se levanta. Hace un gesto con la mano y escucho como se aleja. Dejo caer la cabeza, busco con la mano la botella y pego el último trago. Ni siquiera le he preguntado su nombre. Me giro bruscamente y la busco con la mirada. Pero solo hay niebla y silencio.
Unos segundos de duda y ya ha dejado de existir.

Ostinato by Herbie Hancock & Chick Corea on Grooveshark

lunes, 14 de marzo de 2011

Mariposas Asesinas.

...enfadarse con el amor es como enfadarse por tener las muelas del juicio o apéndice. Un poco de solipsismo. La naturaleza simplemente ha buscado la mejor manera de empujarnos unos contra otros. Si nos disgusta esta mentira aprendida, este cortejo irreal, ¿Por qué seguimos escuchando las mismas canciones una y otra vez entre suspiros de nostalgia? 

Si, al final solo se trata de follar naturalmente, es una obviedad. Pero también creo que hay gente que con su sensibilidad puede convertir cualquier gesto vulgar en algo sublime, romántico, elegante, dotarlo de entidad propia. Se puede pensar que es una impostura, algo caduco, artificioso –como los modales en la mesa por otra parte, dado que solo se trata de alimentarnos-. O también conciliar que es una forma de sublimar el deseo sexual y adaptarlo a nuestra forma de sentir, a la empatía que nos produce nuestro entorno.
Naturalmente esto no está al alcance de todos, y no se puede hacer solo. Los dos tienen que haberse emocionado con Amelie -ejemplo personal-.

Recuerdo aquel día que volvía en metro al amanecer, totalmente borracho. Aún tenía en mis ojos lisiados tu veneno, sabías que prohibir despertaba mi deseo; intentaba convencerte, mientras me acariciabas con tu sonrisa, que lo mejor no era llegar a la meta sino follar durante toda la carrera. Moría un poco en cada intento infructuoso. No quería ir al cine solo, no estaba preparado para construir una vida en soledad. Cerré los ojos. Era Elmer Battes dibujando tus pies con mi cámara, era el maestro, el flagelador en este enorme club de perdedores, esquivando la casquería humana con talento. Cuando los volví a abrir, inmerso en un viaje temporal, estaba de nuevo en tu parada y habían pasado dos horas. Pensé en bajar e intentarlo de nuevo.

Hay seres transparentes en todas partes, como ese carroza sin barbilla, con su cubata en la mano, apoyado en la pared de la discoteca, solo, sin amigos, esperando a la nada rodeado de gente que no repara en su presencia, con esa sonrisa de compromiso -la misma que usarías en un museo Kitsch-. Ver al adolescente bordeando el coma etílico, tirado en el suelo, mientras sus amigos hacían fotos y se reían resultó ser menos doloroso para mi sensibilidad.

Carmen me enseño su habitación, inmediatamente me di cuenta de que algo iba mal: un enorme crucifico presidía la habitación. Uno de esos enormes Cristos llenos de sangre y heridas hiperrealistas en su tortura. La cama tenía la apariencia de haber acogido las bajas pasiones, no ya de los padres, sino de los abuelos. Cuando empezamos el magreo solo tenía en la cabeza la imagen del Cristo cayendo sobre mí, castigándome por semejante afrenta, las posibilidades de que fuera mi sangre y no la del virgo de Carmen las que mancharan esas sabanas se centuplicaban en mi cabeza. Baste decir que no puede hacerlo y que tampoco volví a intentarlo: nunca me gustaron los tríos.

Desear es esencialmente sufrir, como vivir es deseo, la vida es en esencia dolor. Hacía girar el vino de mi copa, embarrado en estos pensamientos optimistas. Fuiste la no-historia más importante de mi nostalgia. Como una canción que nunca dejas terminar, porque solo te gusta el principio. Como esos créditos que esconden un final diferente pero que estropean toda la película. Como esa última llamada en la que sobra que contestes y me dejes hablar. Como la segunda parte de una novela donde te explican todo y los protagonistas acaban juntos. Como un mail donde eres sincera cuando a mí me mientes a la cara. Siempre entiendo mis motivos, lo triste siempre tiene más contenido que continente.

Lucha De Gigantes by Love Of Lesbian Y Zahara on Grooveshark

lunes, 24 de enero de 2011

No cambies de tema, puto cabrón. Es que esto es repugnante. No me respetas. No me quieres. No me comes el coño con la frecuencia debida.”

Claudia era la respuesta. Vestía totalmente de blanco, con esa melena azabache cayendo sobre sus hombros desnudos.
Esa mirada color miel que fijaba sus condiciones, esos labios entreabiertos, ese aire frágil pero también ajeno.
No me dijo nada, simplemente dejo la botella de vodka, ya empezada, sobre la mesa y se sentó en la cama. La habitación, único reducto de vida de la casa, era un desastre. Había que serpentear entre libros, ropa sucia y bolsas de plástico de contenido inconcluso.
Rorschach la miraba ciertamente preocupado mientras se encendía un cigarrillo. Pensaba que el sexo sobredimensionaba la relación, había demasiadas contradicciones entre ellos, no había futuro, ni siquiera un pasado que pudieran recordar. Solo existía este momento, que paseaba extraño entre ellos.

No hay demasiada metafísica en el polvo de dos personas tan dañadas, quizá un sentimiento indecoroso de libertad.
Para ella polla y coño eran poemas de la vida sin derecho de autor, que todos teníamos la obligación de disfrutar sin censura.
Recuerdo como busque con mis dedos tu placer, recuerdo abandonarme entre tus brazos aspirando tu olor, alimentándome con tu aliento. Recuerdo los sexos húmedos, ansiosos, perfectamente coordinados, mis labios abrasados por los tuyos. La alegría de ver transformado el ritmo monótono de la existencia en un éxtasis de pura sodomización. Recuerdo tu entrega, tú mirada fija, tu ansiedad, tu desasimiento, tus pequeñas nostalgias, tus pequeñas rendiciones, tu beso sincero cuando terminamos, tu mano recorriendo mi cara, tu mirada, ya mas calmada asumiendo poco a poco la realidad de nuestro encuentro. Por un instante me dio la impresión de que caía tu barrera, que ibas a hablarme, a derramar sobre mí tu necesidad de convertir este instante en algo nuevo, quizá la ocasión de arriesgarse, de hacer una apuesta, de darme una oportunidad.

Pero me equivoque. Te levantaste, te pusiste la ropa, frente al espejo retocaste tu maquillaje, tragaste tu pequeña dosis de litio o antidepresivos…y finalmente, sin ni siquiera comprobar si te observaba, me abandonaste.

Un pitido en mi móvil, un sms: “¿no sabes lo que siento por ti? No puedo contestarte a eso, ahora no puedo”

Even Flow by Pearl Jam on Grooveshark

viernes, 21 de enero de 2011

Nuestra mente es cómoda, débil. Siempre intentando obviar las consecuencias de nuestros actos a largo plazo. Y lo más fácil, no siempre es lo mejor.

Miserables babosas que os arrastráis por la fangosa mucosidad que dejáis como única muestra de vuestra miserable y vacía existencia, tan yerma, tan mediocre, tan idéntica a todas las demás, llena de odio, envidia, insatisfacción, frustración, lujuria y resentimiento, que asco me dais, cuanto os desprecio.

Veo el final de ese proceso de formación y sólo me revela lo ya sabido, la putrefacción, un desarrollo constante que se manifiesta desde los primeros días de lactancia, una característica biológica que deja su marca fétida en la personalidad. Amor, cariño, humanidad, sentimientos, solidaridad, fraternidad…memeces, somos demasiado cobardes para aceptar lo que en realidad somos, necesitamos elevarnos a las alturas para poder afrontar nuestra imagen en el espejo todas las mañanas.

Mirar vuestras extremidades superiores con sus cinco dedos, vez como se retuercen y envilecen, como se agarrotan con el paso del tiempo, y preguntar que es lo que han hecho y que es lo que debieron hacer. Miremos por encima del hombro sin molestarnos en ver lo que estamos pisando, rodeemos el ombligo de la creación con nuestro dedo serpenteante. Me gusta dar porque he recibido, me gusta contemplar porque he padecido y me gusta reír porque no es un camino unidireccional, joderos, saboreare ese momento con increíble delicia y aunque no seré causa de tal instante, ni podré estar ahí para presenciarlo, llegará, tan cierto como que tenemos que morir.

Pero pase lo que pase siempre puedes dirigir la visión a los cielos y despotricar contra él, Dios cuanto odio mi parálisis. No quiero ser una parte, pero tampoco quiero ser un conjunto, no siento nada y eso es lo que soy. Lo demás es desconcertante, un camino que empieza en la nada y termina en la nada, ¿pura inutilidad? Quien sabe, a quien le importa; A mí, soy un desgraciado, un infeliz, un masoquista, y me importa. La ignorancia es bendita, la ignorancia es opio, la ignorancia es fe, pero yo no la quiero, no quiero edulcorantes ni días soleados donde los pajaritos canten, soy un adicto de la autocompasión. Infinitud, tiempo, cuanto se parecen, cuanto me asustan, una simple variable en una gráfica dimensional.

Dicen que algún día me arrepentiré, que en algún momento me pesará el haber malgastado ese bien tan preciado en esta época de capitalismo. Pero se equivocan, porque no hay segundo perdido del que no me arrepienta, porque cada gota que cae en ese mar de horizonte es de un dolor insoportable. Creía ser un pagano y soy el más ferviente creyente, es una lastima que haya seguido los pasos del ángel caído. Ahora sólo me toca corromper aquello que una vez tuve y me negaron, pero me gustaría saber el porqué.

Sí, Quiero conocer, quiero saber, aunque esa misma verdad me queme como el fuego de la creación. Y lo quiero porque no es justo, porque yo no soy como el ángel caído, no he pecado de sus mismos errores, siempre he mantenido mi adoración e idolatría. Dónde esta esa virtud humana de la que nos jactamos, ¿acaso es una invención del hombre que utilizamos a nuestra conveniencia? Tonto de mí que me he dejado engañar.

Somos mierda que nadamos en mierda, estamos rodeados de mierda y nos gusta su contacto, la buscamos sin remisión.

Learning To Fly by Pink Floyd. on Grooveshark

sábado, 8 de enero de 2011

Rorschach Quiere Vivir

En el fondo es de ilusos dar una explicación a los sentimientos. Una persona, llamémosle X se levanta un día y se siente enamorado. Quizá se empuja a ello, se enamora del concepto del amor, de la sensación, necesita ser salvado. Porque el amor salva. Durante un tiempo da sentido a la vida, te empuja a levantarte por las mañanas con la sensación de saber donde esta tu lugar: junto a ella.
Muchas veces he escuchado la conversación, ¿Qué diferencia hay entre hacer el amor y follar? Como si fuera algo que pudieras captar en un video, como si hacer el amor fuera follar mas despacio o con unos preliminares que demuestren un ápice de generosidad.
X enfoca las diferencias no en el acto en si, sino al final. Cuando el hombre tiene su orgasmo le abruma una sensación de desasimiento. La brusca perdida del deseo hace que pierda el interés por todo lo que le rodea, un cansancio tosco se apodera de él. Tiene ganas de estar solo.
Sin embargo el hombre enamorado no le importa perderse en esa unión que es el sexo para él. Posee y se deja poseer. Por eso cuando culmina se resiste a abandonarse, quiere mantenerse junto a ella, no quiere estar solo.

Cuando X conoció a Z sintió que algo se le agarraba al estomago. X no le gustaba estar solo, aunque fuera un solitario, y eso le provocaba cierta desesperación. Eso unido a una ferviente imaginación hacia que cualquier contacto femenino se convirtiera en una fantasía para él. En su descargo podríamos decir que aunque X no lo reconociera era un romántico empedernido. Por eso soñaba despierto con encontrar a alguien que le salvara, una alma gemela, alguien que le hiciera vibrar y transformara su vida. Porque desgraciadamente X estaba dañado y ya fuera por lucidez o una melancolía congénita se veía incapaz de ilusionarse por nada. Sin objetivos la vida de X era un erial sin convicciones. ¿Que mujer podría acercarse a él en esta coyuntura? Buscar la redención en el amor era una utopía. Y como X lo sabía porque para él la fe era un defecto de carácter, languidecía desperdiciando su tiempo sin cambios pero también sin errores.

Pero como decíamos de pronto apareció Z. Y decimos de pronto, porque un día no existía y al día siguiente existía en cada minuto de la vida de X. Sabia que no había ninguna posibilidad de hacerla feliz a medio plazo, pero no podía dejar de pensar en ella. Era perfecta. Era esa mezcla de fragilidad pero enorme pasión por la vida. Veleidosa, fascinante, enigmática.

(…)

Os encontrabais en su casa, solos. Dos copas de vino, música ligera, ella te contaba algo, no podías concentrarte en sus palabras, veías esos labios sonrosados plasmar algún mohín, alguna sonrisa e intentabas registrar todo en tu mente para luego poder recordarlo. La estabas moldeando en tu interior, era tu musa y tu modelo.
En un momento, ella se quedo seria y dejó la copa en la mesa.- ¿me escuchas?  Me preguntó.
Y de pronto esas palabras salieron de mis labios sin yo siquiera pensarlas conscientemente: No, solo te amo.

(…)

Había tanta ternura en sus besos, no se sentía intimidado, solo quería saborear el momento, disfrutarlo, era la primera vez que la sentía tan cerca. Recorría su cuerpo, despojándolo poco a poco de la ropa, la lencería exquisita le provocaba, todo en ella era licencioso. Estaban en la cama, descubriendo sus cuerpos, y cada nuevo rincón inexplorado era un nuevo placer, la lengua, los labios, los dedos, eran gestos repetidos pero en ella eran sacramentos del placer que explotaban cortándole la respiración. Te quiero, se atrevió a decirla de nuevo. Ella le miro, con esa mirada suya, esa mirada azul glacial pero a la vez prendida en todo y le beso, como si las palabras no fueran suficientes para expresar lo que sentía. Como si llevaran esperándose años, cada uno en su camino mirándose de lejos pero sin poder tocarse. Pasaban del roce mas atrevido a la caricia mas tímida, A veces se sentía cohibido en estos preliminares, y entonces ella le guiaba la mano o le rodeaba con sus labios.

No pudo resistirlo mas, se colocó encima y la penetró, sentía sus contracciones, su humedad, su voz como eco repitiendo su nombre, su mano en su pelo agarrándolo con fuerza, sus piernas, todo su cuerpo rodeando, haciéndolo moverse, cambiando de postura, poseyéndole. Y la veía, la contemplaba, como gemía, desinhibida, libre, entregada…y no podía creer que fuera suya, que le hubiera elegido. Se contagiaba de esa febril entrega y no podía dejar de besarla por todo el cuerpo. Se separaba bruscamente y luego volvía con fuerza a penetrarla, como si sus cuerpos estuvieran esculpiendo el poema de la última noche en la Tierra. Cuando Z volvió a tener otro orgasmo no pudo resistirlo más. Se mantuvo dentro de ella, no quería separarse, acompasaban sus respiraciones y la abrazaba como si quisiera fundir sus cuerpos.


-“Te amo y no puedo huir de ello” me decía ella -“aunque sé que me harás daño, aunque sé que no tiene sentido, te amo”.
El sintió como recuperaba su erección. Z se puso encima. Quería verla disfrutar, quería ver esos pechos subir y bajar al ritmo de su placer, quería sentir las gotas de sudor cayendo de sus cabellos, quería adorarla en el altar de su carne. No supo cuanto duro. Nunca se había creído un buen amante. Pero esa noche descubrió la libertad, las risas, ¡cuanto se rieron aquella noche!...conociendo sus cuerpos…sus cavidades…redescubriendo ese lenguaje de los cuerpos desnudos. Y supo que lo que había sentido esa noche se le clavaría como una maldición, la vida nunca tendría de nuevo esa luminosidad, esa sensación de felicidad y libertad imperecederas.

(…)
.
Luego se marchó, como quien se aleja de un sueño no porque lo prefiera, sino con el fatalismo asumido de quien no puede elegir.

Olor a mandarinas by Zahara on Grooveshark

martes, 4 de enero de 2011

Hay seres sin pene, la amenaza, entonces, es real.

Rorschach se aburre. Rorschach lee: “Bajo la angustia de castración el niño acepta la ley de interdicción y elige salvar su pene a costa de renunciar a la madre como partenaire sexual“

Rorschach no entiende nada, solo sabe que adora a su pene y no conoce a su madre.

Rorschach apaga la música y escucha con atención. Sus nuevos vecinos están follando con insólita energía. En estos edificios las paredes son un escupitajo a la cara de un onanista como él. La mujer, descriptiva como pocas, gime con tal violencia que Rorschach sufre una dolorosa erección. Esos pequeños grititos de placer, esos suspiros roncos, esas instrucciones apremiantes… no hay nada más excitante que esa victoria acústica mientras sientes las involuntarias contracciones del coño devorando tu entrepierna. Y de esta forma la mujer insustancial y carente de atractivo que Rorschach vio subiendo las cajas de la mudanza esta mañana se transforma en una musa fascinante que da placer con generosidad y desapego, como si su misma existencia dependiera de ello.

Rorschach traza el plan. Naturalmente tiene que ser suya. Ha nacido para complacerle. Hay que deshacerse de su compañero. Eso no será difícil. No es la primera vez que lo hace. Luego acudirá como un buen vecino en su auxilio y transformará sus lágrimas en lirios blancos de semen que anidarán con estético deleite en la comisura de una boca, una boca que violará mil veces hasta que sólo se adapte a él y su monstruo purpura.

Las imágenes naufragan en su mente. Tiene que mantener la calma, serenarse. Irá a su domicilio para presentarse y así enfrentarse a su enemigo.

Sube las escaleras nervioso y hace una pausa antes de llamar al timbre. Es un momento crucial en su vida: dejar la masturbación compulsiva y volver al paraíso de la carne ajena, a los coños, esas oquedades llenas de misterio y locura. Rorschach sabe que se enfrenta a un enemigo poderoso, su rival ha provocado unos gritos dignos de elogio. La inseguridad le atenaza: va a ser una batalla dura. Pero Rorschach se crece ante la adversidad. Rorschach aún no lo sabe, pero está enamorado y la magia del amor está de su lado.

La puerta se abre interrumpiendo el hilo de sus pensamientos. Aparecen dos chicas visiblemente turbadas en albornoz riéndose:
-“Ay cariño perdona, eres el vecino de abajo, ¿verdad? Disculpa si hacemos mucho ruido, nos acabamos de casar y con el lio de la mundana todavía estamos celebrándolo…”