Si en apariencia he escapado a la programación que me rodea no ha sido por rebeldía, o por capacidad para crear la mía propia. Ha sido porque no he podido ni he sabido seguirla. Y estaría encantado de hacerlo, pero no me excitan las cosas ni las rutinas normales. Aunque no sé si esto es una secuela o el motivo en sí. Encogimiento de hombros. Llevo intercalando días de alcoholismo nocturno y resaca desde el miércoles, sin un motivo concreto, aparte del molesto disgusto existencial crónico. Aspirando con ansia ese aliento masoquista donde fluctúas entre el estupor cómico, la otredad y la estática de la vida palpitando a tu alrededor. Para luego vomitar toda esa pasión y quedarte atrapado en un simple abotargamiento depresivo, indiferente al sucedáneo. Sin saber enfocar. Y sé que abandonarse no es vivir. Beber tampoco. Eso es lo que tiene de bueno. Por eso vuelvo a esas líneas impúdicas, que encontré de casualidad hace un año, buscando algo de redención, de vigor creativo. Dejémonos de monsergas, hay que llenar la cuota, un par de libros a la semana, un par de botellas, un par de entradas. Lo justo e ideal. Mi blog es un desastre melancólico, reconozco el oprobio, ¿de qué hablar entonces, cuando es San Valentín? Podría hablar del año pasado y esa extinta sesión de sexo telefónico. San Calentín lo llamaba ella. Reconozcamos su sentido del humor. Toda esa historia ya parece un fraude. Aunque siga eludiendo algunas canciones. Pero esperaba más vigencia, más resistencia. Y el tiempo, padre de la verdad, parece indicar que la literaturicé en exceso. Masturbar el teclado cuando ataca la soledad, pero sobrevalorando el contenido y el continente. Quizás sea un daño intrínseco del mismo acto de escribir –escarbar. O, para que quede poético, de sentir. Porque encapsular, homenajear ciertas circunstancias, es una simple excusa para seguir quitándote la costra de la herida, impidiendo que cicatrice. La literatura es una puta que finge los orgasmos y de la que sueles enamorarte. Recuerdo el caso de un amigo que sigue, desde hace años, enamorado de una chica con pareja estable. Ella se va a casar, no hay fisuras. Todos le decimos que la intente olvidar, que se aleje y conozca a otras personas, ¿para qué enfocarte en algo que sabes que es irrealizable? Él nos contesta que no puede controlar lo que siente, es un amor platónico, nadie está a su altura, un Werther moderno, Petrarca, Dante. Supongo que nos parece estúpido porque vemos las relaciones como un supermercado de carne, inversión, rendimiento. El tiempo es dinero. No sé, no quiero juzgar. La memoria lubrica el ideal, y eso requiere un esfuerzo, una disciplina. Llámalo amor, obsesión, falta de experiencia, abducción decimonónica, miedo. El miedo suele ser la causa principal de infelicidad. Hoy estaba leyendo la biografía de Bukowski y me acordé de mi ex. Supongo que la soledad retroalimenta cierta nostalgia bien entendida, sin confusiones sentimentales, a fin de cuentas la relación más larga que he tenido, con convivencia incluida, ha sido con Patricia. El caso es que tenía los pies en alto, y me fijé en mis zapatillas, totalmente destrozadas. Y recordé aquél gesto de ternura cuando me sorprendió un día regalándomelas. Son detalles, muchas veces no los sabes valorar porque estás acostumbrado. En ese sentido tuve suerte, era muy detallista. La verdad es que no suelo mostrar demasiada pasión por las cosas, estoy muerto por dentro, sólo pequeños chispazos, de eso hablaba antes con respecto a la bebida. También me pasa con relación al sexo. Puede resultar sorprendente porque supongo que doy la impresión de que estoy obsesionado con ello, pero simplemente lo utilizo como premisa, me permite desnudar las psiques de los protagonistas sin muchas introducciones, sin tener que recurrir a descripciones de escenarios, ropa o situaciones, simplemente diálogo interno, que es lo interesante, sin adjetivación, buscado la metáfora, ¿cómo se comporta en la cama, cómo es? ¿Es generoso, reprimido, con bagaje, seguro de sí mismo, atormentado? Patricia tenía energía para los dos. Nos lo pasábamos muy bien juntos, es una persona con la que es imposible aburrirte, con una conversación inteligente, espontanea, muy polivalente. El problema es que tenemos unos caracteres terriblemente incompatibles, conseguimos sacar lo peor de ambos. No he discutido tanto con nadie en mi vida. Fue un error empezar a vivir tan pronto juntos y encima trabajando en el mismo sitio. Aunque tengo un magnifico recuerdo de Barcelona. De hecho Sant Jordi me parecía una genialidad, con todos esos tenderetes de libros y la gente paseando por la noche con su rosa. Pero todo lo bueno se acaba. A los tres años volví a Madrid por problemas familiares. Y todo se fue estropeando desde entonces. No debí permitir que viniera a vivir a Madrid. Ella seguía enamorada de mí, pero yo no. Tenía que haber sido más sincero. Pero soy un inmaduro y un cobarde. Eso no ha cambiado. Pero lo que quería decir es que al final lo que más se echa de menos –y sucede cualquier día del año-, son esos pequeños gestos de ternura. Aunque sólo sea un simple correo electrónico, un detalle de afinidad, una cena improvisada… Pero dejemos las cosas aquí. Sólo quería desearos un feliz San Valentín. Espero que sepáis disfrutar con inteligencia de este día, aunque no estéis acompañados. Yo tengo un par de libros nuevos, os aseguro que en este momento son los mejores amantes que puedo imaginar. Y si encontráis un par de poemas abandonados en un bar, no paséis de largo: son el regalo de un idealista. Sonreíd.
El conocimiento sin aguante hace más daño que la ignorancia.
Vamos a hacer algo sensato: llorar con cebollas llenas de patas de araña. Tu
capacidad para vivir mejora tu capacidad para escribir. No hay otra manera.
Identificaros con vuestra Vagina, aunque sea con la ayuda de un espejo, es
vuestro único legado nemotécnico. Rachmaninov. Pensar es más peligroso que
follar sin condón. ¿Te preocupa la otredad, la alegría del idiota? Millones de
seres sin pudor hablando del frío en invierno, del calor en verano, sin ir más
allá, con esa hermosa inercia de los muertos, muéstrate compasivo con ellos, son
los que mandan. Televisión, Trepanación, Sodomización. ¿Cuántos anuncios han
visto hoy?, ¿Más de un centenar? La publicidad no crea necesidades, pero sí
deseos artificiales. Si alguien sabe la marca de su papel higiénico que se
largue de aquí. Poseo el alma de una cucaracha apática, pero cuando el alcohol
se solidifica en mi cerebro puedo incluso mirarme en los espejos, cantar tu
nombre sin que sea veneno para hormigas, explicarte que es un día de lluvia sin
ti. Ojalá siempre estuviera borracho. Pero es una victoria breve, luego se
convierte en una cortina de vómito y un retrete que me mira con la expresión de
una madre muerta.
Y sigo con este vaso simbólico en la mano lleno de cenizas
entrañables, entre lo cómico y lo fútil, consiguiendo huir de la ecuación
común, de la muerte antes de la muerte, fijando la palabra con neones de fraude,
protegiendo una piel muy fina, como una queda desesperación, como bostezar
cuando hay que gritar, buscando la eutanasia en tus bragas sucias bajo mi cama,
en tus besos sin pasión -¿o eran los
míos?-, basculando entre la nada y la nada, sin levantar la mirada del
suelo cuando salgo a la calle, sin expresar la necesidad de que me completen,
sin ideales. Sin embargo me afecta utilizar la palabra única para bajarte las bragas a
la altura de las rodillas, desnudarte, y que todo eso no signifique nada, solo un amago sobrevalorado. No eres tú.
Nunca lo has sido. Nunca podrás serlo. Yo solo soy un destello lírico en el
pliegue, como una mancha de sombra, de tu falda cuando te alejas. Y nada más.
Hay que vivir el presente, aunque a veces solo sea nostalgia
bien entendida, como escuchar de nuevo The
Wall, de Pink Floyd, recordando las letras. O releyendo un buen libro.
Quizá un clásico. El problema de empezar demasiados libros malos -basuras como Vive como puedas-, es que te hace
renunciar a buscar algo que te emocione realmente. Como descubrir que existe
una nueva biografía de Bukowski y tener solo dos segundos de duda. Me llegará precisamente el día de San
Valentín -sí, yo también creo que tengo un asunto sexual con él sin resolver. Integrarte
en ese presente puro que hace que el sufrimiento, el peligro de colapsar como
individuo debido a la explotación laboral u otros problemas, se vea un poco aplacado. Solo tienes que buscar algo en tu interior que te emocione, no tiene
que ser nada sexual -como convertir la cara de Irene Adler en lienzo improvisado
para mi orgasmo-, simplemente cualquier cosa a la que des un valor real o trascendente.
Hay un cuento de Stephen King -El Procesador de Palabras de los Dioses-, que trata de como a un
hombre le regalan un procesador de textos y todo lo que escribe en él se hace
realidad. Es una metáfora con talento del poder de la literatura, pero también
de cómo podemos transformar la realidad sin el contexto adecuado. Como la
imagen de un neumático rodando lenta y silenciosamente hacia abajo por una
pradera verde, un pequeño e inesperado milagro estético que observas extasiado
mientras comes un sándwich de pollo en armonía con la naturaleza. Como clavar
al puñetero Jesús en la cruz un día de tormenta. Como esa brisa que mueve su
melena azabache mientras transpiráis sexo y proximidad. Pero no hablamos de un
atentado terrorista con coche bomba que deja veinte muertos y proyecta partes
mutiladas por todas partes, incluida esa pradera, no hablamos de curas violando
niños mientras piden perdón con una sonrisa delante de una cruz de plata, del
olor a estiércol que trae consigo esa brisa…
En cualquier momento te puede dar un infarto cerebral, o
un día te despiertas, con la cara abotargada y surcada de arrugas, y apenas te
reconoces en el espejo del baño. Intentas desviar la mirada también del bote de
viagra que compraste anoche, cuando por fin asumiste que ya no se te levanta
normalmente. Y miras al jodido conejo enano cagando tranquilamente en su jaula,
todo parece normal, pero ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que oíste
un te quiero. Ahora, simplemente,
combates la soledad dejando dinero en una mesita de noche.
Recuerdo que cuando tenía unos trece, catorce años,
estuve a punto de morir dos veces. Morir. Tal y como suena. Las dos situaciones
fueron muy patéticas. La primera vez fue en Alicante. Mi abuela vivía allí e
iba a verla un par de meses en verano y en algunas fiestas, tipo Semana Santa.
Tenía cierta libertad y, aunque resulte extraño, tenía amigos. Antes era muy
sociable. Formábamos un grupo bastante heterogéneo, cada uno con sus
singularidades, pero todos intentábamos mantener el contacto y acudir siempre en
verano como mínimo. Al tema. Era ya de noche, habíamos conseguido algo de
alcohol porque uno de ellos tenía ya dieciséis, yo, por aquel entonces, no
entendía porque la gente bebía (¿?) y ni siquiera quería probar la cerveza. Debíamos
de llevar allí un par de horas cuando alguno decidió que rodeásemos la cala
nadando y fuéramos a la playa de al lado, también sugirió que podríamos
tomarnos un descanso a la mitad y trepar por las rocas que rodeaban las dos
playas para tirarnos -sí, seguro que producto de estas
mamarrachadas alguno se quedó como Ramón Sampedro. Para no alargar mucho el
tema ya os podéis imaginar lo que sucedió. Cuando iba por la mitad, bastante
retrasado ya porque no sabía nadar muy bien, me dio un calambre. Les llamé a gritos, pero
no me hicieron el menor caso. Intenté como mal menor acercarme a las rocas, pero como hay que
tener cuidado con lo que deseas una ola me empujo con excesiva fuerza y me abrí
una brecha en mitad de la frente. Son de esos momentos en los que dices “Joder,
que ni siquiera he echado un polvo, no seamos tristes”
O sea que me hundí, tragándome medio océano en el
proceso. Lo siguiente que recuerdo es despertar vomitando en la playa rodeado
de gente, y no reconocer entre ellos a ninguno de mis muy, muy, queridos amigos.
La segunda vez fue mucho más triste. Como una vez
comenté, mi abuelo tuvo una trombosis y quedó reducido a un estado vegetativo.
Había que afeitarle, asearle, vestirle y darle de comer, ocuparse en definitiva
de sus necesidades más básicas. No hablaba y caminaba arrastrando los pies, no
tenía ni siquiera chispazos de conciencia, o al menos yo, quizá ya acostumbrado
a verle siempre así, no me percataba de ellos. El caso es, y todavía me río al
recordarlo, que estábamos solos una tarde. Mi abuela era frecuente que se
ausentara y me dejara a su cargo. No sé qué provocó la situación, supongo que
le irrité cuando le vestía, o cuando le cambié el pañal, ni idea, era un crío bastante
inaguantable. Le di un momento la espalda y me puse de rodillas
a recoger las cosas del suelo para dejarlas encima de la cama, y fue ahí cuando tuvo la ocurrencia de sentárseme encima. Y dio la puta casualidad que dada la
posición me aplastó la cara contra la cama. Yo al principio me reía, le
increpaba. Luego claro, me lo imaginé ahí arriba con la mirada perdida e
intenté levantarme. Flexioné las rodillas e intenté encontrar algún punto de apoyo
con las manos. Mi abuelo pesaba más de ochenta kilos, y todo ese peso estaba sobre mi torso y mi cabeza. No conseguí moverme. Empecé a gritarle, a llamarle de todo,
a suplicarle. Nada. Me asusté, no podía apenas respirar, ¿podía sucederme algo
más ridículo? El colchón se abombaba por el peso y no podía ni siquiera girar
la cabeza. Intenté de nuevo, con las últimas fuerzas que me daba la
desesperación, moverme un poco, aunque solo fuera para coger algo de aire. Nada, casi juraría
que hacía más presión con su cuerpo sobre mí. Me iban a encontrar muerto en esa
cama. Iba a morir. Y ese pensamiento hizo que me echará a llorar. De miedo. De
impotencia. Por la forma absurda que tenía la vida de demostrarme el sinsentido
de todo. Y justo cuando empezaba a desmayarme, mi abuelo se movió, ¿quizá
sobresaltado por mi llanto continuado? Nunca lo sabré. Simplemente, sin salir
de su mutismo habitual, se levantó y se fue a otra habitación. Ni siquiera me
miró.
Me deslicé hasta el suelo boqueando como un pez, con un
intenso dolor detrás de los ojos. Al rato me giré y miré al techo, este mismo
techo que ahora me mira a mí mientras escribo. Nada había cambiado, nada
hubiera cambiado tampoco si no se hubiera levantado. Todo tenía su propio ritmo, y en ese momento me sentí totalmente ajeno a el.
Al final es cuestión de soledad, como siempre, de basura psíquica, como siempre, de morir o querer ser salvado, como siempre.
Me acerco al famoso puente de los suicidas de Madrid, más
como propósito de enmienda que como una decisión guiada por la lógica. Me he
traído unas pastillas y una pinta de vodka, por si al final me animo. Asumo que
si calculase bien me harían efecto en media hora y sentiría la caída y
posterior reconfiguración de mi cuerpo como algo ajeno. Les pido a unos borrachos
que me ayuden a pasar las barreras de plástico que ha instalado el ayuntamiento.
Gente amable, me sonríen y me guiñan un ojo al despedirse. Estoy ahí, apoyado en la balaustrada, sin pensar en nada concreto, quizás en lo que comí ayer o en chorradas semejantes sin ningún vigor metafísico, cuando suena el móvil. Un buen momento para reconsiderar la
paranoia del Show De Truman, espero
que al menos la audiencia sea buena.
Es un número desconocido. Mil cábalas, ¿Quién me puede
llamar a las dos de la madrugada entre semana? ¿Será ella? Quizá se le estropeó el
teléfono, perdió mi número, quizás haya reconsiderado todo y se ha dado cuenta
de que soy el hombre de su vida, quizás…quizás debería de coger el teléfono y
dejar de actuar como un gilipollas.
R: “¿Hola?”
Voz chunga distorsionada: “Hola, soy el representante de
los anónimos de Blogger, que sepas que vamos a por ti, has moderado los comentarios
pero eso no nos va a detener, tenemos enfocado toda nuestra no-vida y toda
nuestra incapacidad para escribir algo decente en bilis radiactiva, esto ya es
personal maldito bastardo, la censura es delito”
Cuelga.
Joder... Irene Adler no me ama -cosa normal, sino ella no sería quien es, una paradoja estilo Cortázar- y encima represento la némesis de la única forma de vida inferior a las
cucarachas. Mierda. Ahora sí que tengo deseos de tirarme...
De pronto el destello de una bofetada. Un gañán de
gimnasio que no llega al metro y medio –creo que debería de haber un estudio
entre la relación entre complejos físicos y daños morales a tu pareja- está
abofeteando con saña a una mujer al otro lado del puente.
Pigmeo Gañán: “Eres una puta, no voy a esperar a llegar a casa
para darte tu merecido”
La agarra del cuello y la tira contra suelo.
No entiendo nada, es surrealista.
R: “Oye tú, hijo de perra sifilítica, si vuelves a tocar
a esa mujer, salgo de aquí y te machaco”
El tipo hace caso omiso de mi advertencia, forcejea con ella en el suelo e intenta darle una patada en la cabeza. Mierda. Me agarro a los paneles y salto con la mayor de las torpezas cayendo de culo. Intento recordar mientras me incorporo mi entrenamiento Jedi y activar mis midiclorianos. Un par de escenas de Way of the Dragon de Bruce acuden en mi ayuda para darme confianza. Estoy preparado para luchar con el pigmeo.
Cruzamos un par de ganchos, pero es una lucha ridícula,
yo solo consigo golpearle en su cabeza con forma de yunque y él parece que solo
tiene intención, excusándose en nuestra diferencia de altura, de golpearme en los testículos.
Al final consigo engancharle un par de veces y, cuando pierde el equilibrio, culmino con una serie elegante de patadas en las costillas. La música de la
Naranja Mecánica resuena en mi cabeza. Una…dos…tres… Soy Charles Bronson. Soy
Clint Eastwood. Soy Gene Ke…
De pronto alguien me da con una piedra en la cabeza.
R: “¿Pero qué cojones…?
Mujer anteriormente abofeteada, ojos del color del cielo
después de una tormenta: “¡Tú, maldito imbécil! Quién te has creído que eres
para pegar a ¡¡MI HOMBRE?!!”
Todo es absurdo, ella me sigue insultando a gritos, intenta
golpearme con otra piedra. Luego ayuda a levantarse a su amor, saca el
móvil y llama a la policía.
Salgo corriendo de allí, aturdido aún por la herida en la cabeza. Supongo que para algunos no hay tanta diferencia entre
follar y los malos tratos, simplemente la cadencia del amor a veces la produce
el cabecero de la cama y otras la cabeza de ella golpeando la pared.
Una mala noche para suicidarse, habrá que volver a casa. IPod.
Pienso en el final censurado de First Blood -la primera de Rambo. Después del dialogo donde recuerda a su amigo en aquél bar, coge su arma, se la mete en la boca, y se pega un tiro delante del coronel Trautman. Sé que no es una buena reflexión para
finalizar, pero si has llegado hasta aquí, ¿Qué importa? Echemos la culpa a las
dos botellas de vino, pensad en mi resaca de mañana, en mi musa escupiendo partes
cada vez más grandes de mi cerebro sobre el teclado, convirtiéndome poco a poco
en alguien normal. (¿De qué queréis que
escriba el próximo lunes? Acepto sugerencias…) En cualquier caso, como decía Kurt Vonnegut "La vida no es forma de tratar a un animal"
“Se la metí y
tampoco fue para tanto. Así es como la vida te demuestra su fracaso, anhelos deshilachándose
entre las nomenclaturas estériles de nuestros gemidos.”
Es una buena frase de servilleta. Me gusta este anzuelo para
ti, mi lector, creo que es básico intentar que sintáis algo, aunque sea asco,
desde la primera línea, es la única razón lógica que me impulsa a quitar la
música, abrir otra botella, y vertebrar toda mi locura sobre el teclado.
Buscando la metáfora del orgasmo en la sonoridad musical de las palabras,
buscando esa pausa de talento que rompa tu imperturbabilidad. El Marqués de
Sade escribía desde el manicomio por pura necesidad, lo único que le excitaba
eran sus textos, Bukowski para permanecer cuerdo. Una mezcla de esto, quizás
ahuyentar la diacronía, la soledad, el miedo.
Fundido en negro. Acción.
Estoy en un bar bebiendo de madrugada, cosa insólita,
porque no me gustan estos escenarios, no tolero la compañía. Pero aquí la gente viene a estar sola, huyendo del
asco, de esa cocina a oscuras donde bebes mientras escuchas el siseo del
quemador de gas abierto. Estaba pensando que el derecho al suicidio es más noble
que el derecho a amar, por perdurable, por el simple hecho de que de que solo
te puedes suicidar una vez, pero amar, eso es repetitivo, constante, te mutilas
para sobrevivir, pero sigues adelante. De todas formas muchos ya estamos
muertos, ostentamos un simulacro de vida, el hecho de no estar en un ataúd con
dos metros de tierra por encima es solo un detalle sin importancia. Los gusanos
empezaron primero con los sueños. Y tu inocencia. Lo sé, estuve ahí. Como hablar
sin que nadie te escuche. Cada vez más difícil la tarea de
inventarte/levantarte un día más, al absurdo de trabajar, de moverse, de respirar,
de tener planes que no sean el presente puro, imbuido en el Ennui. Pienso en mi
padre, ese ser intangible que no conozco, arrastrando su vida ajeno a mí. Es
difícil vivir sin una figura paterna, sin ningún ejemplo cerca de ti. No
sientes pertenencia, no sabes realmente cómo comportarte, imitas como hacen
todos, pero tú, sin embargo, te sientes un fraude, te cuestionas cada acto.
Eres como esas escenas eliminadas en las películas que aparecen como extras en
el dvd. Y entiendes esa decisión porque lastran, porque rompen la buena
continuidad de la trama, innecesarias. Un error. Mi madre debería de haber
abortado.
De pronto siento su mirada atravesándome al otro lado de
la barra. Es del tipo de mujer que provoca guerras, siglos y siglos de hombres
matando, muriendo por algo así. Labios entreabiertos, pechos perfectos para las
manos de un hombre, esbelta, bien proporcionada, elegante aunque deje ver un
muslo enloquecedor de forma casi casual. Zapatos de tacón alto que la encumbran
como una figura de mármol. La invito una copa. Se llama Helena. La conversación
fluye.
Llegamos a su casa. Parece que vive sola. Un piso
pequeño, dos habitaciones. Hay pocos detalles personales, ni siquiera una foto,
como si estuviera de paso. Aun así transmite cierta calidez, sensación de hogar.
Desaparece en el baño durante un rato. Tiene muchos libros, aunque todos
parecen nuevos, sin uso. Cuando sale lleva un albornoz y el pelo recogido. Se
sienta en el sillón junto a mí con las piernas cruzadas y pone música en su
portátil. Seguimos bebiendo, la conversación no languidece, simplemente
flotamos en los silencios, magnetizados por los pequeños gestos, es un baile
donde cada uno interpreta su papel. Ella actúa como un gato, perezoso,
impredecible, sin traslucir demasiado, manteniendo el misterio, hasta que finalmente
decida acabar con su presa. Yo me refugio en el adalid del caballero romántico
mantenido cierta distancia, pero realmente lo hago porque no creo que se me
vaya a poner dura. Estoy demasiado intimidado, agarrotado. El hueco que ha
dejado mi autoestima me hace creer en la magia cuando descruza las piernas y se
acomoda más cerca de mí. Cada vez bebo con más ansiedad.
El accidente se acerca cálido y sensual, su aliento me
cosquillea la oreja y el cinturón de seguridad de su albornoz cae al suelo. Nos
besamos, sus pechos caben perfectamente en la palma de mi mano como pensaba, le
deslizo parte del vino por la boca para envilecernos más. Está totalmente
desnuda, y empiezo a lamerla, tiro suavemente de los pelos de su pubis mientras
acaricio con la lengua sus labios. Me acerco a su clítoris, quizá sea demasiado
pronto pero necesito adorarlo, pongo la punta de la lengua dura y me enrosco a
él mientras uno o dos dedos entran en su coño sonrosado. Escucho sus gemidos,
aún conservo ciertas pinceladas del talento a lo Van Gogh aquí abajo, succiono
su clítoris bañándolo dentro de mi boca con saliva y juego con la lengua,
moviendo en espirar, de un lado a otro. Me aprieta la cabeza con las piernas,
no puedo escucharla, pero noto como tiembla, como acompasa los movimientos de
mis dedos con su cuerpo. Joder, estoy cachondo. Muy cachondo. Aumento el ritmo
y se corre en mi boca entre pequeños espasmos.
Quiero metérsela ya, pero no me deja, primero me la
quiere chupar: “Eres una zorra agradecida, así me gusta”
Ella asiente con placer, es de esas que le van el rollo
sucio y encima te la chupan mirándote a los ojos. Sigo bebiendo, empiezo a
sentirme algo descontrolado. La besuqueo un poco y fricciono mi polla contra sus
tetas. Tiene un cuerpo magnifico. Sigue dándole durante varios minutos, y se
toca mientras lo hace. Me hace un buen repaso en los bajos, me acaricia los testículos
con la fruición de puta de elite.
La pongo a cuatro patas, le cojo las manos por la espalda
y con la izquierda le empiezo a meter el pulgar por el culo. Dejo que mi polla
tantee y se vaya abriendo camino. Encuentra la abertura y entra. Un coño excelente,
prieto y húmedo. Dejo que mi polla se acomode sin moverme. Ella se contonea
pero sigo quieto. Un pequeño truco. Después, retiro la polla, espero, y vuelvo
a meter la punta y una pequeña parte del rabo lentamente.
Helena: “Venga, por favor, fóllame. Por Dios”
Sigo magreándole el reborde, sacando la punta y
volviéndosela a meter lentamente. Me grita, pero está más cachonda que nunca, a
punto de reventar. Al final empiezo a follármela duro. La trato como una
muñeca, sin sacarla la tumbo y nos ponemos de lado, luego la levanto y me la
coloco encima. La verdad es que sabe moverse, pero quiero alargarlo lo máximo
posible. Al final no puedo más, me pongo encima y la incrusto contra el
cabecero de la cama con diez o doce embestidas que nos dejan sin aliento.
Me palpita la polla, desde luego la chica sabe apretar. Va
un momento al baño y casi me quedo dormido, no siento esa necesidad de huida o dejadez.
Cuando vuelve me da un leve beso y se acuesta dándome la espalda. No se ha
puesto las bragas y cuando escucho su respiración relajarse me aprieto contra
ella, la tengo medio dura. Follo bien, pero me dejo llevar por la emociones. No
tengo término medio. Quiero volver a entrar en ella pero no me atrevo a
despertarla. Me levanto, sigo bebiendo una hora más. Al final me quedo dormido
en el sofá.
Cuando despierto ha dejado una nota, deja clara la necesidad
de mi ausencia cuando vuelva del trabajo. Mierda, tendría que haber intentado
ese segundo polvo.
Estoy horriblemente cachondo, a pesar de mis treinta y
cuatro hay ocasiones en las que tras una borrachera me despierto con una
erección dolorosa, molesta, inaudita. Como si volviera a ser un adolescente con
poluciones nocturnas. Veo esta enorme verga y me asusto a mí mismo, joder, que
potencial, que enorme masa de carne desperdiciada frustrada por las veleidades
femeninas. Un milagro palpitando con vida propia, ¿Qué puedo hacer?
De pronto veo su zapato rojo de tacón, increíblemente
erótico. Soy un hombre de pechos, pero reconozco que un buen culo realzado por unos
tacones es irresistible. Meto mi polla en él y empecé a frotarme, me lo empiezo
a follar, quiero que disfrute, que se corra conmigo. Lo giro, me fricciono con
la tela del empeine. Sigo así un buen rato hasta que vislumbro un fogonazo de
color debajo de su cama: sus braguitas. Dios existe y soy su elegido. Las
recojo y me tumbo en la cama. Primero las huelo, y ya embriagado empiezo a
masturbarme con ellas. Resulta glorioso, nunca había eyaculado tanto en mi
vida. Joder. Estoy totalmente vacío, mis pelotas has descargado toda su funcionabilidad
por semanas. No hay nada más hermoso como regalo de despedida, como prenda de
amor, que unas bragas empapadas, encharcadas de semen.
Pero me sobrecoge la tristeza. El orgasmo masculino te
convierte en un nihilista físico, las mujeres siempre quieren más y más pero a
nosotros nos sobrecoge la necesidad de huir. Supongo que ahora ya solo queda
volver al viejo placer del cinco contra uno mientras escucho los lamentos
espartanos cayendo por el precipicio de la soledad. Mierda.
De pronto Noemi abre la puerta. Joder. Nos ahorraremos
los gestos de sorpresa y los diálogos estúpidos, esto se ha convertido sin mi
permiso en un post erótico. Es la hermana de Helena y representa ciertas
fantasías con mujeres pseudo intelectuales.
Se empieza a desnudar y en los matices se nota lo desaprovechada que esta. Esto le sucede a muchas, no
hay mujeres excepcionalmente feas, simplemente no se sienten deseadas, nadie se
las ha follado con la intensidad adecuada y se abandonan al desaliño estético,
subliman toda su libido reprimida volcándose en su carrera profesional, sus dos
gatos y en desarrollar un nulo sentido del humor los domingos por la tarde. Un
mal endémico. El caso es que la tengo desnuda ante mí, desgraciadamente no sabe
chupar una polla, aunque lo considero una torpeza normal. Pero tiene un
clítoris enorme y no se queja cuando la introduzco tres dedos por el culo.
Porque seamos sinceros, después de la pequeña epopeya con la ropa interior de
su hermana lo único que me pone cachondo es saber que la voy a sodomizar. Y
ella supongo que está harta de escuchar a su hermana follar al otro lado del
tabique y se va a mostrar complaciente.
Me la follo un poco con la lengua, y ella empieza a poner
en marcha mis improvisadas lecciones de garganta profunda. Podríamos
enamorarnos sin llegar a mirarnos a la cara, solo intercambiando placer. Pero
lo cierto es que me encantan sus pechos, grandes, enormes, increíbles, los
chupo, los froto contra mi polla, me masturbo con ellos, los muerdo…sus pezones
se convierten en dos nuevos clítoris. Joder, ya no es una mujer, son dos pechos
que llenan toda la habitación con su carne. Pero todo lo bonito acaba y Noemi
coge mi pene y se lo mete. Aquí ya no entran técnicas, da igual, no voy a
conseguir correrme, me limito a alargar la mano hacía la botella y a esperar.
En el fondo todo esto tiene algo de vulgar, de ingenuo, de ridículo. Un
trámite, ¿Qué somos? Simples animales que se masturban ante los espejos que
crea la naturaleza, solo hemos cambiamos el nombre del juego. Pero ya sabes cómo
son las mujeres, tienen ego, se percatan de todo. Noemi se posiciona arriba,
balanceando con deleite sus tetas, sube hasta dejar aparecer el glande y luego
¡Pam! baja con fuerza. Prácticas peligrosas para la integridad de mi pene. Pero
mira, que cojones, la chica merece toda mi implicación, que encienda la luz
–metáfora- y me deje llevar. A los cinco minutos ya estoy corriéndome con tanta
intensidad que casi me ahogo dentro de ella. En el fondo es un ejemplo claro de
lo pequeños que somos en comparación con las mujeres. Son tan superiores que
solo es cuestión de tiempo que la esclavitud se imponga, y por mi parte genial:
me vendo por un par de orgasmos.
Me descabalga y pregunta por el condón mientras se pone las
bragas. Ahí asumo que el romanticismo ha acabado. Bueno, así son las cosas. Me duele
la polla, tengo el vientre empapado por sus flujos, este es sin duda el olor
de la victoria, no el napalm. Me levanto, y nos despedimos. No le doy ningún
beso, no sé por qué. Supongo que me hubiera gustado ser ese alguien especial
que la ame, la orgasme durante medio siglo, no quiero terminar en una
habitación fría y desahuciada convertido en comida para perros. Pero quiero el
pack completo, quiero, al menos al principio, estar “hasta las trancas”,
enamorado. O como queráis llamarlo. O
sea que me visto mientras ella se ducha. Cojo el IPod, busco la impostura, le
robo un cigarrillo aunque no fume y le dejo en una servilleta un par de
estrofas de Nick Drake como despedida, a fin de cuentas ella me ha dejado
entrever parte de su misterio. Salgo por la puerta en busca de algún bar, como
una estúpida epanadiplosis, pero me rindo ante el frio siberiano y cojo un
taxi.
Madrid es una puta, eso lo sabemos todos, insensible,
sifilítica, una vagina demasiado grande y reseca en la que es imposible
disfrutar. Barcelona me agrada más. Y las catalanas. A pesar de las malas
experiencias. La vuelta a casa es mortal, estúpida, irreal. Llego a casa y cojo
la botella de vino, sé que la resaca va a ser brutal pero no puedo evitarlo.
Pongo a Beethoven de fondo e intento follarme al suicidio. Como decía Bukowski:
el aguante es más importante que la
verdad. Solo es un poco de soledad intrascendente, estupidez trasnochada
que busca algo en el contexto
equivocado. Os utilizo en mi error.
Divago sobre mis muñecas y pienso ¿Por qué no? Y aunque no me gusta el dolor me corto. Un poco. El
antebrazo. Nada serio. Y es divertido. Me quita el aturdimiento. Dolor físico
mejor que emocional. Estoy loco. Estoy solo. Es lo mismo. El silencio es
tóxico. Pongo Radiohead. Y pienso en Laura, Patricia. Domi, María, Alba.... En todas ellas. O quizás en ninguna, y sólo me masturbe con
el concepto de su posibilidad porque su realidad me terminó aburriendo en el
pasado. Todo es un hermoso y estúpido fiasco, como tú, buscando cariño mientras utilizan sin piedad tu romántico
coño como un kleenex usado. No puedo ayudarte en eso tampoco. Soy alguien
confuso, quizás enfermo, que levanta su mano derecha adoptando la forma de un
arma y apunta a la luz de tu sonrisa.
Me voy a la cama. Hoy no existo. Aún hay demasiada luz.
Mierda. Enero casi sin avisar,
después de una sucesión de vulgares fracasos entre el quietismo y la idiotez,
ha tomado la lúcida decisión de suicidarse y dejar paso a febrero, como si la
huida no fuera la solución sino la causa. El tiempo es un alma desquiciada,
despiadada. Vienen los años, los meses, los minutos. Y mientras Madrid, esa
puta sucia y fría, vaciándote los bolsillos, haciéndote una paja mientras mira
su reloj. Que felicidad. Que honor compartir estos momentos de horror, de
hambre existencial. El olvido atrapado entre tus recuerdos, como un ciego intentando capturar los colores a
golpes de bastón.
He de confesar que las agujas siguen
clavadas en las paredes de mi deseo, solo hay un desierto palpitando en mi
interior, dejo a los cenobitas masacrar mi carne contra estos párrafos mientras
estrangulo los pensamientos que provoca el vacío reseco de tu ausente vagina. Son
solo gestos de fracaso que se derrumban sin demasiado ruido, ¿acaso no has intentando
nunca encapsular la vida en jodidas metáforas sin sentido, buscar el orden
exacto en el caos?
Los seres humanos se dividen en
tres preguntas compulsivas: ¿Cuál es el precio de esto? ¿Cuál
el último resultado deportivo? Eunucos felices estafándose a sí mismos en defensa
propia, esa mirada de zombies que transforma las marcas en héroes. Luego están los
del final de la fila, gritando más que preguntando: ¿Qué hagoaquí?
¿Qué cojones has hecho tú
últimamente para recuperar el control, para sentir algo que merezca la pena?