Millones de seres sin pudor hablando del frío en invierno, del calor en verano, sin ir más allá, con esa hermosa inercia de los muertos, muéstrate compasivo con ellos, son los que mandan. Televisión, Trepanación, Sodomización. ¿Cuántos anuncios han visto hoy?, ¿Más de un centenar? La publicidad no crea necesidades, pero sí deseos artificiales. Si alguien sabe la marca de su papel higiénico que se largue de aquí. Poseo el alma de una cucaracha apática, pero cuando el alcohol se solidifica en mi cerebro puedo incluso mirarme en los espejos, cantar tu nombre sin que sea veneno para hormigas, explicarte que es un día de lluvia sin ti. Ojalá siempre estuviera borracho. Pero es una victoria breve, luego se convierte en una cortina de vómito y un retrete que me mira con la expresión de una madre muerta.
Y sigo con este vaso simbólico en la mano lleno de cenizas
entrañables, entre lo cómico y lo fútil, consiguiendo huir de la ecuación
común, de la muerte antes de la muerte, fijando la palabra con neones de fraude,
protegiendo una piel muy fina, como una queda desesperación, como bostezar
cuando hay que gritar, buscando la eutanasia en tus bragas sucias bajo mi cama,
en tus besos sin pasión -¿o eran los
míos?-, basculando entre la nada y la nada, sin levantar la mirada del
suelo cuando salgo a la calle, sin expresar la necesidad de que me completen,
sin ideales. Sin embargo me afecta utilizar la palabra única para bajarte las bragas a
la altura de las rodillas, desnudarte, y que todo eso no signifique nada, solo un amago sobrevalorado. No eres tú.
Nunca lo has sido. Nunca podrás serlo. Yo solo soy un destello lírico en el
pliegue, como una mancha de sombra, de tu falda cuando te alejas. Y nada más.
Hay que vivir el presente, aunque a veces solo sea nostalgia
bien entendida, como escuchar de nuevo The
Wall, de Pink Floyd, recordando las letras. O releyendo un buen libro.
Quizá un clásico. El problema de empezar demasiados libros malos -basuras como Vive como puedas-, es que te hace
renunciar a buscar algo que te emocione realmente. Como descubrir que existe
una nueva biografía de Bukowski y tener solo dos segundos de duda. Me llegará precisamente el día de San
Valentín -sí, yo también creo que tengo un asunto sexual con él sin resolver. Integrarte
en ese presente puro que hace que el sufrimiento, el peligro de colapsar como
individuo debido a la explotación laboral u otros problemas, se vea un poco aplacado. Solo tienes que buscar algo en tu interior que te emocione, no tiene
que ser nada sexual -como convertir la cara de Irene Adler en lienzo improvisado
para mi orgasmo-, simplemente cualquier cosa a la que des un valor real o trascendente.
Hay un cuento de Stephen King -El Procesador de Palabras de los Dioses-, que trata de como a un
hombre le regalan un procesador de textos y todo lo que escribe en él se hace
realidad. Es una metáfora con talento del poder de la literatura, pero también
de cómo podemos transformar la realidad sin el contexto adecuado. Como la
imagen de un neumático rodando lenta y silenciosamente hacia abajo por una
pradera verde, un pequeño e inesperado milagro estético que observas extasiado
mientras comes un sándwich de pollo en armonía con la naturaleza. Como clavar
al puñetero Jesús en la cruz un día de tormenta. Como esa brisa que mueve su
melena azabache mientras transpiráis sexo y proximidad. Pero no hablamos de un
atentado terrorista con coche bomba que deja veinte muertos y proyecta partes
mutiladas por todas partes, incluida esa pradera, no hablamos de curas violando
niños mientras piden perdón con una sonrisa delante de una cruz de plata, del
olor a estiércol que trae consigo esa brisa…
En cualquier momento te puede dar un infarto cerebral, o
un día te despiertas, con la cara abotargada y surcada de arrugas, y apenas te
reconoces en el espejo del baño. Intentas desviar la mirada también del bote de
viagra que compraste anoche, cuando por fin asumiste que ya no se te levanta
normalmente. Y miras al jodido conejo enano cagando tranquilamente en su jaula,
todo parece normal, pero ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que oíste
un te quiero. Ahora, simplemente,
combates la soledad dejando dinero en una mesita de noche.
Recuerdo que cuando tenía unos trece, catorce años,
estuve a punto de morir dos veces. Morir. Tal y como suena. Las dos situaciones
fueron muy patéticas. La primera vez fue en Alicante. Mi abuela vivía allí e
iba a verla un par de meses en verano y en algunas fiestas, tipo Semana Santa.
Tenía cierta libertad y, aunque resulte extraño, tenía amigos. Antes era muy
sociable. Formábamos un grupo bastante heterogéneo, cada uno con sus
singularidades, pero todos intentábamos mantener el contacto y acudir siempre en
verano como mínimo. Al tema. Era ya de noche, habíamos conseguido algo de
alcohol porque uno de ellos tenía ya dieciséis, yo, por aquel entonces, no
entendía porque la gente bebía (¿?) y ni siquiera quería probar la cerveza.
Debíamos de llevar allí un par de horas cuando alguno decidió que rodeásemos la cala nadando y fuéramos a la playa de al lado, también sugirió que podríamos tomarnos un descanso a la mitad y trepar por las rocas que rodeaban las dos playas para tirarnos -sí, seguro que producto de estas mamarrachadas alguno se quedó como Ramón Sampedro. Para no alargar mucho el tema ya os podéis imaginar lo que sucedió. Cuando iba por la mitad, bastante retrasado ya porque no sabía nadar muy bien, me dio un calambre. Les llamé a gritos, pero no me hicieron el menor caso. Intenté como mal menor acercarme a las rocas, pero como hay que tener cuidado con lo que deseas una ola me empujo con excesiva fuerza y me abrí una brecha en mitad de la frente. Son de esos momentos en los que dices “Joder, que ni siquiera he echado un polvo, no seamos tristes”
Debíamos de llevar allí un par de horas cuando alguno decidió que rodeásemos la cala nadando y fuéramos a la playa de al lado, también sugirió que podríamos tomarnos un descanso a la mitad y trepar por las rocas que rodeaban las dos playas para tirarnos -sí, seguro que producto de estas mamarrachadas alguno se quedó como Ramón Sampedro. Para no alargar mucho el tema ya os podéis imaginar lo que sucedió. Cuando iba por la mitad, bastante retrasado ya porque no sabía nadar muy bien, me dio un calambre. Les llamé a gritos, pero no me hicieron el menor caso. Intenté como mal menor acercarme a las rocas, pero como hay que tener cuidado con lo que deseas una ola me empujo con excesiva fuerza y me abrí una brecha en mitad de la frente. Son de esos momentos en los que dices “Joder, que ni siquiera he echado un polvo, no seamos tristes”
O sea que me hundí, tragándome medio océano en el
proceso. Lo siguiente que recuerdo es despertar vomitando en la playa rodeado
de gente, y no reconocer entre ellos a ninguno de mis muy, muy, queridos amigos.
La segunda vez fue mucho más triste. Como una vez
comenté, mi abuelo tuvo una trombosis y quedó reducido a un estado vegetativo.
Había que afeitarle, asearle, vestirle y darle de comer, ocuparse en definitiva
de sus necesidades más básicas. No hablaba y caminaba arrastrando los pies, no
tenía ni siquiera chispazos de conciencia, o al menos yo, quizá ya acostumbrado
a verle siempre así, no me percataba de ellos. El caso es, y todavía me río al
recordarlo, que estábamos solos una tarde. Mi abuela era frecuente que se
ausentara y me dejara a su cargo. No sé qué provocó la situación, supongo que
le irrité cuando le vestía, o cuando le cambié el pañal, ni idea, era un crío bastante
inaguantable. Le di un momento la espalda y me puse de rodillas
a recoger las cosas del suelo para dejarlas encima de la cama, y fue ahí cuando tuvo la ocurrencia de sentárseme encima.
Y dio la puta casualidad que dada la posición me aplastó la cara contra la cama. Yo al principio me reía, le increpaba. Luego claro, me lo imaginé ahí arriba con la mirada perdida e intenté levantarme. Flexioné las rodillas e intenté encontrar algún punto de apoyo con las manos. Mi abuelo pesaba más de ochenta kilos, y todo ese peso estaba sobre mi torso y mi cabeza. No conseguí moverme. Empecé a gritarle, a llamarle de todo, a suplicarle. Nada. Me asusté, no podía apenas respirar, ¿podía sucederme algo más ridículo? El colchón se abombaba por el peso y no podía ni siquiera girar la cabeza. Intenté de nuevo, con las últimas fuerzas que me daba la desesperación, moverme un poco, aunque solo fuera para coger algo de aire. Nada, casi juraría que hacía más presión con su cuerpo sobre mí. Me iban a encontrar muerto en esa cama. Iba a morir. Y ese pensamiento hizo que me echará a llorar. De miedo. De impotencia. Por la forma absurda que tenía la vida de demostrarme el sinsentido de todo. Y justo cuando empezaba a desmayarme, mi abuelo se movió, ¿quizá sobresaltado por mi llanto continuado? Nunca lo sabré. Simplemente, sin salir de su mutismo habitual, se levantó y se fue a otra habitación. Ni siquiera me miró.
Y dio la puta casualidad que dada la posición me aplastó la cara contra la cama. Yo al principio me reía, le increpaba. Luego claro, me lo imaginé ahí arriba con la mirada perdida e intenté levantarme. Flexioné las rodillas e intenté encontrar algún punto de apoyo con las manos. Mi abuelo pesaba más de ochenta kilos, y todo ese peso estaba sobre mi torso y mi cabeza. No conseguí moverme. Empecé a gritarle, a llamarle de todo, a suplicarle. Nada. Me asusté, no podía apenas respirar, ¿podía sucederme algo más ridículo? El colchón se abombaba por el peso y no podía ni siquiera girar la cabeza. Intenté de nuevo, con las últimas fuerzas que me daba la desesperación, moverme un poco, aunque solo fuera para coger algo de aire. Nada, casi juraría que hacía más presión con su cuerpo sobre mí. Me iban a encontrar muerto en esa cama. Iba a morir. Y ese pensamiento hizo que me echará a llorar. De miedo. De impotencia. Por la forma absurda que tenía la vida de demostrarme el sinsentido de todo. Y justo cuando empezaba a desmayarme, mi abuelo se movió, ¿quizá sobresaltado por mi llanto continuado? Nunca lo sabré. Simplemente, sin salir de su mutismo habitual, se levantó y se fue a otra habitación. Ni siquiera me miró.
Me deslicé hasta el suelo boqueando como un pez, con un
intenso dolor detrás de los ojos. Al rato me giré y miré al techo, este mismo
techo que ahora me mira a mí mientras escribo. Nada había cambiado, nada
hubiera cambiado tampoco si no se hubiera levantado. Todo tenía su propio ritmo, y en ese momento me sentí totalmente ajeno a el.
Al final es cuestión de soledad, como siempre, de basura psíquica, como siempre, de morir o querer ser salvado, como siempre.
Me acerco al famoso puente de los suicidas de Madrid, más
como propósito de enmienda que como una decisión guiada por la lógica. Me he
traído unas pastillas y una pinta de vodka, por si al final me animo. Asumo que
si calculase bien me harían efecto en media hora y sentiría la caída y
posterior reconfiguración de mi cuerpo como algo ajeno. Les pido a unos borrachos
que me ayuden a pasar las barreras de plástico que ha instalado el ayuntamiento.
Gente amable, me sonríen y me guiñan un ojo al despedirse. Estoy ahí, apoyado en la balaustrada, sin pensar en nada concreto, quizás en lo que comí ayer o en chorradas semejantes sin ningún vigor metafísico, cuando suena el móvil. Un buen momento para reconsiderar la
paranoia del Show De Truman, espero
que al menos la audiencia sea buena.
Es un número desconocido. Mil cábalas, ¿Quién me puede
llamar a las dos de la madrugada entre semana? ¿Será ella? Quizá se le estropeó el
teléfono, perdió mi número, quizás haya reconsiderado todo y se ha dado cuenta
de que soy el hombre de su vida, quizás…quizás debería de coger el teléfono y
dejar de actuar como un gilipollas.
R: “¿Hola?”
Voz chunga distorsionada: “Hola, soy el representante de
los anónimos de Blogger, que sepas que vamos a por ti, has moderado los comentarios
pero eso no nos va a detener, tenemos enfocado toda nuestra no-vida y toda
nuestra incapacidad para escribir algo decente en bilis radiactiva, esto ya es
personal maldito bastardo, la censura es delito”
Cuelga.
Joder... Irene Adler no me ama -cosa normal, sino ella no sería quien es, una paradoja estilo Cortázar- y encima represento la némesis de la única forma de vida inferior a las
cucarachas. Mierda. Ahora sí que tengo deseos de tirarme...
De pronto el destello de una bofetada. Un gañán de
gimnasio que no llega al metro y medio –creo que debería de haber un estudio
entre la relación entre complejos físicos y daños morales a tu pareja- está
abofeteando con saña a una mujer al otro lado del puente.
Pigmeo Gañán: “Eres una puta, no voy a esperar a llegar a casa
para darte tu merecido”
La agarra del cuello y la tira contra suelo.
No entiendo nada, es surrealista.
R: “Oye tú, hijo de perra sifilítica, si vuelves a tocar
a esa mujer, salgo de aquí y te machaco”
El tipo hace caso omiso de mi advertencia, forcejea con ella en el suelo e intenta darle una patada en la cabeza. Mierda. Me agarro a los paneles y salto con la mayor de las torpezas cayendo de culo. Intento recordar mientras me incorporo mi entrenamiento Jedi y activar mis midiclorianos. Un par de escenas de Way of the Dragon de Bruce acuden en mi ayuda para darme confianza. Estoy preparado para luchar con el pigmeo.
Cruzamos un par de ganchos, pero es una lucha ridícula,
yo solo consigo golpearle en su cabeza con forma de yunque y él parece que solo
tiene intención, excusándose en nuestra diferencia de altura, de golpearme en los testículos.
Al final consigo engancharle un par de veces y, cuando pierde el equilibrio, culmino con una serie elegante de patadas en las costillas. La música de la
Naranja Mecánica resuena en mi cabeza. Una…dos…tres… Soy Charles Bronson. Soy
Clint Eastwood. Soy Gene Ke…
De pronto alguien me da con una piedra en la cabeza.
R: “¿Pero qué cojones…?
Mujer anteriormente abofeteada, ojos del color del cielo
después de una tormenta: “¡Tú, maldito imbécil! Quién te has creído que eres
para pegar a ¡¡MI HOMBRE?!!”
Todo es absurdo, ella me sigue insultando a gritos, intenta
golpearme con otra piedra. Luego ayuda a levantarse a su amor, saca el
móvil y llama a la policía.
Salgo corriendo de allí, aturdido aún por la herida en la cabeza. Supongo que para algunos no hay tanta diferencia entre
follar y los malos tratos, simplemente la cadencia del amor a veces la produce
el cabecero de la cama y otras la cabeza de ella golpeando la pared.
Una mala noche para suicidarse, habrá que volver a casa. IPod.
Pienso en el final censurado de First Blood -la primera de Rambo. Después del dialogo donde recuerda a su amigo en aquél bar, coge su arma, se la mete en la boca, y se pega un tiro delante del coronel Trautman. Sé que no es una buena reflexión para
finalizar, pero si has llegado hasta aquí, ¿Qué importa? Echemos la culpa a las
dos botellas de vino, pensad en mi resaca de mañana, en mi musa escupiendo partes
cada vez más grandes de mi cerebro sobre el teclado, convirtiéndome poco a poco
en alguien normal. (¿De qué queréis que
escriba el próximo lunes? Acepto sugerencias…)
En cualquier caso, como decía Kurt Vonnegut "La vida no es forma de tratar a un animal"
En cualquier caso, como decía Kurt Vonnegut "La vida no es forma de tratar a un animal"
