Bienvenidos a mi mente, soy Rorschach el Insaciable, el hombre de la Palabra Sucia y Dura. Siempre hay una canción repitiéndose una, y otra, y otra vez aquí dentro. Quizá esta sea mí última noche, o quizás la tuya, o la nuestra, aunque eso dependa más de ti que de mí. Ya he hecho los preparativos, he salido a raptar dos botellas de vino bajo la lluvia. Porque soledad es añoranza, ¿sientes ese cosquilleo bajo tu piel? Es mi necesidad de penetrarte, es mi ego disolviéndose cuando te llamo, es mi mano recitando una oración mientras acaricio mi memoria llena de ti. Nada tiene sentido si no podemos palpitar juntos.
Hay momentos, en medio de la locura, de la tragedia, en los que escapa de mi garganta una risa fúnebre, fría, ajena. La gente me mira de soslayo, se aparta silenciosamente, como si mi presunta locura fuera contagiosa. A veces pienso que solo es un grito de victoria mal entendido, como entrar en un bar justo cuando suenan The Doors, pedir una copa y luego, con paso tranquilo, ir al baño a vomitar. Ya no soy joven, no me queda tiempo para equivocarme, pero de madrugada, cuando estas paredes con idearios de escombros me escupen vulgaridad, siento su reverberación y, mientras la música se ralentiza y acelera a la vez, sonrío.
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La revolución no es un botellón concertado en las redes sociales mientras compartes vídeos, tampoco es dejar de trabajar un día mientras los sindicatos validan sus presupuestos. Pero entiendo a esos idealistas que se dan golpes de pecho, porque esa especie de fe ideológica les ayuda a superar el hecho de vivir en un país donde la esperanza de cambio ha desertado, donde es imposible hacer absolutamente nada para cambiar ese hecho. Es jodido ver cómo venden nuestro futuro, nuestros derechos sociales, y encima nos mienten, se ríen de nosotros. Pero nos dejan bailar, nos dejan hacer el ridículo un poco, que nos agotemos –poco cuesta- mientras señalan con condescendencia su siguiente movimiento. Antes de compraros una camisa de Che Guevara, leed alguna biografía objetiva "Something is rotten in…” No es decadencia o quietismo, es cuestionarse el porqué de tus acciones, si realmente buscáis algún tipo de ruptura o solo pequeñas píldoras de activismo que os quiten la ansiedad. Mirad a Grecia. Leed algún foro de economía. Observad lo que está sucediendo con Internet. ¿Qué ha pasado con el 15M? Salid del país o formad un partido político, pero dejad de bailar con una sonrisa de complacencia. Por favor.
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Flotamos lejos de toda posibilidad. Vida ectópica. Frio. Emblemas de vaho. Todo el mundo ama su celda llena de publicidad. Estamos sin Ser. Buscamos la fusión de almas practicando la soldadura. La lluvia sigue cayendo afuera, como una limosna, en una danza existencial delicada y ajena. Suena un tractor en la loma sur del cementerio, alguien enciende un fosforo y la luna, deslizándose en su lago de nubes, se vuelve verde absenta. Inconsistencia de imágenes. Como ahogarte en el pantano de colores de tu televisor, urdiendo planes flatulentos que se agotan antes siquiera de volver a la cama. Cuerpos, (en)seres sin amor, diluyéndose sin misterio.
No me quitéis la botella, es mi única amiga. Os juro que leo a Kant, aunque me veáis coger el libro al revés. “Necesitamos un mundo donde la gente se ame realmente”, te digo sirviéndome en tu plato. Tus cubiertos de empatía diseccionan mi pene –metáfora- mientras miras hacia otro lado. Tropiezo con tu aliento de mármol y me echo a llorar. Alguien se queja de que rompo el ambiente. Me echan a la calle. Nadie se ha fijado en mis zapatos nuevos.
Pinchazos azules en el bulevar muerto, mujeres de primavera y cuerpos cimbreantes componen la escena. Prefiero la muñeca hinchable y mis ojos reventados resbalando por la pared mientras la noche, ese oscuro animal hambriento, trepa hacia mí. La náusea es irremediable, otra etapa más del horror. Y, aunque mi corazón está totalmente seco, el mar sigue gritando como un animal herido. Nunca consigo que el corte sea perfecto. Las venas estallan y brotan enjambres de gusanos brillantes bajo la luna, horribles, voraces. Dejan mi cuerpo vacío, como un puente roto y acartonado lleno de emociones escarificadas. Y aun así escuchas mis palabras, con esa mirada de orgasmo flotando entre nosotros. Siento que te conozco y, aun así, que nunca te conoceré.
La naturaleza sigue dictando órdenes mientras tus manos dibujan un espacio invisible donde te siento a la vez próxima e inaccesible. “Sí, claro que te quiero, ¿Cómo puedes dudarlo?” proclamas. Tus sentimientos son sutiles dédalos sin salida donde el Minotauro es tu voluntad desnuda, un arabesco trenzado con olas de mar.
El hombre sin parpados me señala con su dedo trémulo mientras borra las marcas de tiza del suelo. Le ignoro. A veces necesitamos algo en nuestro interior que se ría de los imponderables, que nos permita sobrevivir una noche más. Será un bonito accidente, como sucede con las veleidades que tienen forma de mujer, pero no importa. Y en un eterno retorno digno de Lynch, aprieto el acelerador y sonrío.
“Se la metí y
tampoco fue para tanto. Así es como la vida te demuestra su fracaso, anhelos deshilachándose
entre las nomenclaturas estériles de nuestros gemidos.”
Es una buena frase de servilleta. Me gusta este anzuelo para
ti, mi lector, creo que es básico intentar que sintáis algo, aunque sea asco,
desde la primera línea, es la única razón lógica que me impulsa a quitar la
música, abrir otra botella, y vertebrar toda mi locura sobre el teclado.
Buscando la metáfora del orgasmo en la sonoridad musical de las palabras,
buscando esa pausa de talento que rompa tu imperturbabilidad. El Marqués de
Sade escribía desde el manicomio por pura necesidad, lo único que le excitaba
eran sus textos, Bukowski para permanecer cuerdo. Una mezcla de esto, quizás
ahuyentar la diacronía, la soledad, el miedo.
Fundido en negro. Acción.
Estoy en un bar bebiendo de madrugada, cosa insólita,
porque no me gustan estos escenarios, no tolero la compañía. Pero aquí la gente viene a estar sola, huyendo del
asco, de esa cocina a oscuras donde bebes mientras escuchas el siseo del
quemador de gas abierto. Estaba pensando que el derecho al suicidio es más noble
que el derecho a amar, por perdurable, por el simple hecho de que de que solo
te puedes suicidar una vez, pero amar, eso es repetitivo, constante, te mutilas
para sobrevivir, pero sigues adelante. De todas formas muchos ya estamos
muertos, ostentamos un simulacro de vida, el hecho de no estar en un ataúd con
dos metros de tierra por encima es solo un detalle sin importancia. Los gusanos
empezaron primero con los sueños. Y tu inocencia. Lo sé, estuve ahí. Como hablar
sin que nadie te escuche. Cada vez más difícil la tarea de
inventarte/levantarte un día más, al absurdo de trabajar, de moverse, de respirar,
de tener planes que no sean el presente puro, imbuido en el Ennui. Pienso en mi
padre, ese ser intangible que no conozco, arrastrando su vida ajeno a mí. Es
difícil vivir sin una figura paterna, sin ningún ejemplo cerca de ti. No
sientes pertenencia, no sabes realmente cómo comportarte, imitas como hacen
todos, pero tú, sin embargo, te sientes un fraude, te cuestionas cada acto.
Eres como esas escenas eliminadas en las películas que aparecen como extras en
el dvd. Y entiendes esa decisión porque lastran, porque rompen la buena
continuidad de la trama, innecesarias. Un error. Mi madre debería de haber
abortado.
De pronto siento su mirada atravesándome al otro lado de
la barra. Es del tipo de mujer que provoca guerras, siglos y siglos de hombres
matando, muriendo por algo así. Labios entreabiertos, pechos perfectos para las
manos de un hombre, esbelta, bien proporcionada, elegante aunque deje ver un
muslo enloquecedor de forma casi casual. Zapatos de tacón alto que la encumbran
como una figura de mármol. La invito una copa. Se llama Helena. La conversación
fluye.
Llegamos a su casa. Parece que vive sola. Un piso
pequeño, dos habitaciones. Hay pocos detalles personales, ni siquiera una foto,
como si estuviera de paso. Aun así transmite cierta calidez, sensación de hogar.
Desaparece en el baño durante un rato. Tiene muchos libros, aunque todos
parecen nuevos, sin uso. Cuando sale lleva un albornoz y el pelo recogido. Se
sienta en el sillón junto a mí con las piernas cruzadas y pone música en su
portátil. Seguimos bebiendo, la conversación no languidece, simplemente
flotamos en los silencios, magnetizados por los pequeños gestos, es un baile
donde cada uno interpreta su papel. Ella actúa como un gato, perezoso,
impredecible, sin traslucir demasiado, manteniendo el misterio, hasta que finalmente
decida acabar con su presa. Yo me refugio en el adalid del caballero romántico
mantenido cierta distancia, pero realmente lo hago porque no creo que se me
vaya a poner dura. Estoy demasiado intimidado, agarrotado. El hueco que ha
dejado mi autoestima me hace creer en la magia cuando descruza las piernas y se
acomoda más cerca de mí. Cada vez bebo con más ansiedad.
El accidente se acerca cálido y sensual, su aliento me
cosquillea la oreja y el cinturón de seguridad de su albornoz cae al suelo. Nos
besamos, sus pechos caben perfectamente en la palma de mi mano como pensaba, le
deslizo parte del vino por la boca para envilecernos más. Está totalmente
desnuda, y empiezo a lamerla, tiro suavemente de los pelos de su pubis mientras
acaricio con la lengua sus labios. Me acerco a su clítoris, quizá sea demasiado
pronto pero necesito adorarlo, pongo la punta de la lengua dura y me enrosco a
él mientras uno o dos dedos entran en su coño sonrosado. Escucho sus gemidos,
aún conservo ciertas pinceladas del talento a lo Van Gogh aquí abajo, succiono
su clítoris bañándolo dentro de mi boca con saliva y juego con la lengua,
moviendo en espirar, de un lado a otro. Me aprieta la cabeza con las piernas,
no puedo escucharla, pero noto como tiembla, como acompasa los movimientos de
mis dedos con su cuerpo. Joder, estoy cachondo. Muy cachondo. Aumento el ritmo
y se corre en mi boca entre pequeños espasmos.
Quiero metérsela ya, pero no me deja, primero me la
quiere chupar: “Eres una zorra agradecida, así me gusta”
Ella asiente con placer, es de esas que le van el rollo
sucio y encima te la chupan mirándote a los ojos. Sigo bebiendo, empiezo a
sentirme algo descontrolado. La besuqueo un poco y fricciono mi polla contra sus
tetas. Tiene un cuerpo magnifico. Sigue dándole durante varios minutos, y se
toca mientras lo hace. Me hace un buen repaso en los bajos, me acaricia los testículos
con la fruición de puta de elite.
La pongo a cuatro patas, le cojo las manos por la espalda
y con la izquierda le empiezo a meter el pulgar por el culo. Dejo que mi polla
tantee y se vaya abriendo camino. Encuentra la abertura y entra. Un coño excelente,
prieto y húmedo. Dejo que mi polla se acomode sin moverme. Ella se contonea
pero sigo quieto. Un pequeño truco. Después, retiro la polla, espero, y vuelvo
a meter la punta y una pequeña parte del rabo lentamente.
Helena: “Venga, por favor, fóllame. Por Dios”
Sigo magreándole el reborde, sacando la punta y
volviéndosela a meter lentamente. Me grita, pero está más cachonda que nunca, a
punto de reventar. Al final empiezo a follármela duro. La trato como una
muñeca, sin sacarla la tumbo y nos ponemos de lado, luego la levanto y me la
coloco encima. La verdad es que sabe moverse, pero quiero alargarlo lo máximo
posible. Al final no puedo más, me pongo encima y la incrusto contra el
cabecero de la cama con diez o doce embestidas que nos dejan sin aliento.
Me palpita la polla, desde luego la chica sabe apretar. Va
un momento al baño y casi me quedo dormido, no siento esa necesidad de huida o dejadez.
Cuando vuelve me da un leve beso y se acuesta dándome la espalda. No se ha
puesto las bragas y cuando escucho su respiración relajarse me aprieto contra
ella, la tengo medio dura. Follo bien, pero me dejo llevar por la emociones. No
tengo término medio. Quiero volver a entrar en ella pero no me atrevo a
despertarla. Me levanto, sigo bebiendo una hora más. Al final me quedo dormido
en el sofá.
Cuando despierto ha dejado una nota, deja clara la necesidad
de mi ausencia cuando vuelva del trabajo. Mierda, tendría que haber intentado
ese segundo polvo.
Estoy horriblemente cachondo, a pesar de mis treinta y
cuatro hay ocasiones en las que tras una borrachera me despierto con una
erección dolorosa, molesta, inaudita. Como si volviera a ser un adolescente con
poluciones nocturnas. Veo esta enorme verga y me asusto a mí mismo, joder, que
potencial, que enorme masa de carne desperdiciada frustrada por las veleidades
femeninas. Un milagro palpitando con vida propia, ¿Qué puedo hacer?
De pronto veo su zapato rojo de tacón, increíblemente
erótico. Soy un hombre de pechos, pero reconozco que un buen culo realzado por unos
tacones es irresistible. Meto mi polla en él y empecé a frotarme, me lo empiezo
a follar, quiero que disfrute, que se corra conmigo. Lo giro, me fricciono con
la tela del empeine. Sigo así un buen rato hasta que vislumbro un fogonazo de
color debajo de su cama: sus braguitas. Dios existe y soy su elegido. Las
recojo y me tumbo en la cama. Primero las huelo, y ya embriagado empiezo a
masturbarme con ellas. Resulta glorioso, nunca había eyaculado tanto en mi
vida. Joder. Estoy totalmente vacío, mis pelotas has descargado toda su funcionabilidad
por semanas. No hay nada más hermoso como regalo de despedida, como prenda de
amor, que unas bragas empapadas, encharcadas de semen.
Pero me sobrecoge la tristeza. El orgasmo masculino te
convierte en un nihilista físico, las mujeres siempre quieren más y más pero a
nosotros nos sobrecoge la necesidad de huir. Supongo que ahora ya solo queda
volver al viejo placer del cinco contra uno mientras escucho los lamentos
espartanos cayendo por el precipicio de la soledad. Mierda.
De pronto Noemi abre la puerta. Joder. Nos ahorraremos
los gestos de sorpresa y los diálogos estúpidos, esto se ha convertido sin mi
permiso en un post erótico. Es la hermana de Helena y representa ciertas
fantasías con mujeres pseudo intelectuales.
Se empieza a desnudar y en los matices se nota lo desaprovechada que esta. Esto le sucede a muchas, no
hay mujeres excepcionalmente feas, simplemente no se sienten deseadas, nadie se
las ha follado con la intensidad adecuada y se abandonan al desaliño estético,
subliman toda su libido reprimida volcándose en su carrera profesional, sus dos
gatos y en desarrollar un nulo sentido del humor los domingos por la tarde. Un
mal endémico. El caso es que la tengo desnuda ante mí, desgraciadamente no sabe
chupar una polla, aunque lo considero una torpeza normal. Pero tiene un
clítoris enorme y no se queja cuando la introduzco tres dedos por el culo.
Porque seamos sinceros, después de la pequeña epopeya con la ropa interior de
su hermana lo único que me pone cachondo es saber que la voy a sodomizar. Y
ella supongo que está harta de escuchar a su hermana follar al otro lado del
tabique y se va a mostrar complaciente.
Me la follo un poco con la lengua, y ella empieza a poner
en marcha mis improvisadas lecciones de garganta profunda. Podríamos
enamorarnos sin llegar a mirarnos a la cara, solo intercambiando placer. Pero
lo cierto es que me encantan sus pechos, grandes, enormes, increíbles, los
chupo, los froto contra mi polla, me masturbo con ellos, los muerdo…sus pezones
se convierten en dos nuevos clítoris. Joder, ya no es una mujer, son dos pechos
que llenan toda la habitación con su carne. Pero todo lo bonito acaba y Noemi
coge mi pene y se lo mete. Aquí ya no entran técnicas, da igual, no voy a
conseguir correrme, me limito a alargar la mano hacía la botella y a esperar.
En el fondo todo esto tiene algo de vulgar, de ingenuo, de ridículo. Un
trámite, ¿Qué somos? Simples animales que se masturban ante los espejos que
crea la naturaleza, solo hemos cambiamos el nombre del juego. Pero ya sabes cómo
son las mujeres, tienen ego, se percatan de todo. Noemi se posiciona arriba,
balanceando con deleite sus tetas, sube hasta dejar aparecer el glande y luego
¡Pam! baja con fuerza. Prácticas peligrosas para la integridad de mi pene. Pero
mira, que cojones, la chica merece toda mi implicación, que encienda la luz
–metáfora- y me deje llevar. A los cinco minutos ya estoy corriéndome con tanta
intensidad que casi me ahogo dentro de ella. En el fondo es un ejemplo claro de
lo pequeños que somos en comparación con las mujeres. Son tan superiores que
solo es cuestión de tiempo que la esclavitud se imponga, y por mi parte genial:
me vendo por un par de orgasmos.
Me descabalga y pregunta por el condón mientras se pone las
bragas. Ahí asumo que el romanticismo ha acabado. Bueno, así son las cosas. Me duele
la polla, tengo el vientre empapado por sus flujos, este es sin duda el olor
de la victoria, no el napalm. Me levanto, y nos despedimos. No le doy ningún
beso, no sé por qué. Supongo que me hubiera gustado ser ese alguien especial
que la ame, la orgasme durante medio siglo, no quiero terminar en una
habitación fría y desahuciada convertido en comida para perros. Pero quiero el
pack completo, quiero, al menos al principio, estar “hasta las trancas”,
enamorado. O como queráis llamarlo. O
sea que me visto mientras ella se ducha. Cojo el IPod, busco la impostura, le
robo un cigarrillo aunque no fume y le dejo en una servilleta un par de
estrofas de Nick Drake como despedida, a fin de cuentas ella me ha dejado
entrever parte de su misterio. Salgo por la puerta en busca de algún bar, como
una estúpida epanadiplosis, pero me rindo ante el frio siberiano y cojo un
taxi.
Madrid es una puta, eso lo sabemos todos, insensible,
sifilítica, una vagina demasiado grande y reseca en la que es imposible
disfrutar. Barcelona me agrada más. Y las catalanas. A pesar de las malas
experiencias. La vuelta a casa es mortal, estúpida, irreal. Llego a casa y cojo
la botella de vino, sé que la resaca va a ser brutal pero no puedo evitarlo.
Pongo a Beethoven de fondo e intento follarme al suicidio. Como decía Bukowski:
el aguante es más importante que la
verdad. Solo es un poco de soledad intrascendente, estupidez trasnochada
que busca algo en el contexto
equivocado. Os utilizo en mi error.
Divago sobre mis muñecas y pienso ¿Por qué no? Y aunque no me gusta el dolor me corto. Un poco. El
antebrazo. Nada serio. Y es divertido. Me quita el aturdimiento. Dolor físico
mejor que emocional. Estoy loco. Estoy solo. Es lo mismo. El silencio es
tóxico. Pongo Radiohead. Y pienso en Laura, Patricia. Domi, María, Alba.... En todas ellas. O quizás en ninguna, y sólo me masturbe con
el concepto de su posibilidad porque su realidad me terminó aburriendo en el
pasado. Todo es un hermoso y estúpido fiasco, como tú, buscando cariño mientras utilizan sin piedad tu romántico
coño como un kleenex usado. No puedo ayudarte en eso tampoco. Soy alguien
confuso, quizás enfermo, que levanta su mano derecha adoptando la forma de un
arma y apunta a la luz de tu sonrisa.
Me voy a la cama. Hoy no existo. Aún hay demasiada luz.