El amor es un concepto taimado que engendra más brusquedad que poesía
El deseo es violento por definición, ahogarse en la idiosincrasia
de unas fauces de acero
El vicio es sinónimo de amor por el fracaso
Los poemas son interiores
que aspiran a vencer a la nada persiguiendo la verdad
El talento es hermafrodita y te abandona en la encrucijada donde
discuten el genio y el loco
Un libro es un hogar, un amigo inmortal, un amante incansable
El decadente escucha la lluvia dentro de la palabra soledad mientras finge tener ansiedades
de cementerio.
Por las noches en vez de musa tengo a la Muerte rondando, invitándome
a la siguiente copa mientras acaricia mi nuca. Pero no sé escribir. Ni beber.
Ni pensar. Sólo soy un chimpancé cansado de los cacahuetes del zoo. Y ella
sigue susurrándome: “Estamos aquí pero
nadie nos salva. No mires al cielo, coge el cuchillo y busca en tu interior.
Ábrete sin metáforas. No importa el discurso empírico ni el bosque que repta, busca
ahí las respuestas, donde los ciegos pierden la razón y el coraje.”
Se refiere a la escritura inhóspita, sin epifanías falsas, donde los
cuervos saborean los huesos de los niños al final del cuento. A naufragar en
cuerpo ajeno, eterno retorno de un orgasmo sobrevalorado pero que al menos
subraya el nihilismo esencial que nos impulsa.
Ella asiente con su sonrisa desquiciada, me desnuda y me engulle
Nos convertimos en uroboros de sudor y saliva
Sí, querida Muerte, hazme mujer, préñame con tu paroxismo animal
Convierte mi cuerpo en el paisaje de de tu amor masoquista
Atraviésame con las agujas afiladas del reloj
Ábreme tu mente compleja y peligrosa
Haz huir con brusquedad a las sirenas
Pero recuerda dulce Parca: hay amaneceres que merecen una tregua
Por una vez, disparemos esperanza
Por una vez, intentemos ser felices.
Bienvenidos a mi mente, soy Rorschach el Insaciable, el hombre de la Palabra Sucia y Dura. Siempre hay una canción repitiéndose una, y otra, y otra vez aquí dentro. Quizá esta sea mí última noche, o quizás la tuya, o la nuestra, aunque eso dependa más de ti que de mí. Ya he hecho los preparativos, he salido a raptar dos botellas de vino bajo la lluvia. Porque soledad es añoranza, ¿sientes ese cosquilleo bajo tu piel? Es mi necesidad de penetrarte, es mi ego disolviéndose cuando te llamo, es mi mano recitando una oración mientras acaricio mi memoria llena de ti. Nada tiene sentido si no podemos palpitar juntos.
Hay momentos, en medio de la locura, de la tragedia, en los que escapa de mi garganta una risa fúnebre, fría, ajena. La gente me mira de soslayo, se aparta silenciosamente, como si mi presunta locura fuera contagiosa. A veces pienso que solo es un grito de victoria mal entendido, como entrar en un bar justo cuando suenan The Doors, pedir una copa y luego, con paso tranquilo, ir al baño a vomitar. Ya no soy joven, no me queda tiempo para equivocarme, pero de madrugada, cuando estas paredes con idearios de escombros me escupen vulgaridad, siento su reverberación y, mientras la música se ralentiza y acelera a la vez, sonrío.
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La revolución no es un botellón concertado en las redes sociales mientras compartes vídeos, tampoco es dejar de trabajar un día mientras los sindicatos validan sus presupuestos. Pero entiendo a esos idealistas que se dan golpes de pecho, porque esa especie de fe ideológica les ayuda a superar el hecho de vivir en un país donde la esperanza de cambio ha desertado, donde es imposible hacer absolutamente nada para cambiar ese hecho. Es jodido ver cómo venden nuestro futuro, nuestros derechos sociales, y encima nos mienten, se ríen de nosotros. Pero nos dejan bailar, nos dejan hacer el ridículo un poco, que nos agotemos –poco cuesta- mientras señalan con condescendencia su siguiente movimiento. Antes de compraros una camisa de Che Guevara, leed alguna biografía objetiva "Something is rotten in…” No es decadencia o quietismo, es cuestionarse el porqué de tus acciones, si realmente buscáis algún tipo de ruptura o solo pequeñas píldoras de activismo que os quiten la ansiedad. Mirad a Grecia. Leed algún foro de economía. Observad lo que está sucediendo con Internet. ¿Qué ha pasado con el 15M? Salid del país o formad un partido político, pero dejad de bailar con una sonrisa de complacencia. Por favor.
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Flotamos lejos de toda posibilidad. Vida ectópica. Frio. Emblemas de vaho. Todo el mundo ama su celda llena de publicidad. Estamos sin Ser. Buscamos la fusión de almas practicando la soldadura. La lluvia sigue cayendo afuera, como una limosna, en una danza existencial delicada y ajena. Suena un tractor en la loma sur del cementerio, alguien enciende un fosforo y la luna, deslizándose en su lago de nubes, se vuelve verde absenta. Inconsistencia de imágenes. Como ahogarte en el pantano de colores de tu televisor, urdiendo planes flatulentos que se agotan antes siquiera de volver a la cama. Cuerpos, (en)seres sin amor, diluyéndose sin misterio.
No me quitéis la botella, es mi única amiga. Os juro que leo a Kant, aunque me veáis coger el libro al revés. “Necesitamos un mundo donde la gente se ame realmente”, te digo sirviéndome en tu plato. Tus cubiertos de empatía diseccionan mi pene –metáfora- mientras miras hacia otro lado. Tropiezo con tu aliento de mármol y me echo a llorar. Alguien se queja de que rompo el ambiente. Me echan a la calle. Nadie se ha fijado en mis zapatos nuevos.
Pinchazos azules en el bulevar muerto, mujeres de primavera y cuerpos cimbreantes componen la escena. Prefiero la muñeca hinchable y mis ojos reventados resbalando por la pared mientras la noche, ese oscuro animal hambriento, trepa hacia mí. La náusea es irremediable, otra etapa más del horror. Y, aunque mi corazón está totalmente seco, el mar sigue gritando como un animal herido. Nunca consigo que el corte sea perfecto. Las venas estallan y brotan enjambres de gusanos brillantes bajo la luna, horribles, voraces. Dejan mi cuerpo vacío, como un puente roto y acartonado lleno de emociones escarificadas. Y aun así escuchas mis palabras, con esa mirada de orgasmo flotando entre nosotros. Siento que te conozco y, aun así, que nunca te conoceré.
La naturaleza sigue dictando órdenes mientras tus manos dibujan un espacio invisible donde te siento a la vez próxima e inaccesible. “Sí, claro que te quiero, ¿Cómo puedes dudarlo?” proclamas. Tus sentimientos son sutiles dédalos sin salida donde el Minotauro es tu voluntad desnuda, un arabesco trenzado con olas de mar.
El hombre sin parpados me señala con su dedo trémulo mientras borra las marcas de tiza del suelo. Le ignoro. A veces necesitamos algo en nuestro interior que se ría de los imponderables, que nos permita sobrevivir una noche más. Será un bonito accidente, como sucede con las veleidades que tienen forma de mujer, pero no importa. Y en un eterno retorno digno de Lynch, aprieto el acelerador y sonrío.
Me gusta ser lesbiana, es lo único que tengo claro en mi
vida. Por lo demás me siento almabrada,
o quizá quise decir alambrada. Defenestrada por la soledad. Todo va bien. Todo
va mal. Estoy loca, siempre escribiendo cosas bellas, sentidas, reales, pero
ficticias a la vez, sombras que se pierden debajo de mi falda. Y borro todo. Y
me masturbo. Y luego por la noche, de día, me despierto, sigo escribiendo, leyendo,
borrando, masturbándome, sumergida en una catarsis ridícula. Como rejas que
parecen rayos de sol cuando abres las piernas. Solo quiero ahuyentar la
esquizofrenia sintiendo algo propio y compartiéndolo.
Pruebo con la pintura y me golpeo la cabeza contra la
pared una y otra vez, una cadencia de dolor. La sangre se desliza creando
dibujos inteligibles. La bombilla, ese cielo blanco y hermoso, se tiñe de rojo,
se pudre entre mis dedos como hilillos de semen reseco con olor a carne quemada.
Una pequeña nube de cristales sin lazo. Todo es frágil.
Batas blancas me recetaron felicidad, pastillas que se
encargaban de abotargar el alma y la angustia a partes iguales. Las comisuras ascendían
formando una mueca de payaso desquiciado. Intenté disolverlas en mi coño, también
quería sonreír ahí abajo. Utilizaba los flujos Pavlovianos para escribir en las
paredes que te odiaba porque seguía amándote.
Me destrozo los bolsillos intentando derramar los últimos
minutos. Apunto dos dedos llenos de pelusas a mi sien, miro al espejo y la
memoria se fragmenta. Empiezo a morder las fotografías, rasgarlas, intentando salivarlas
con mi bilis para poder tragar ese pasado donde salgo sonriendo a la nada, con
alguien al lado que ya no existe. Gente muerta, atardeceres etílicos sin color,
casas, animales, cosas, todo ajeno. Todo ese pasado aglutinándose por mi
garganta. Intento no vomitar. El espejo sigue ahí, reflejándome, un camisón,
locura, dedos agarrotados. Tijeras. Emociones. Todo por... Suena la radio del
vecino. Mahler. Alguien ríe. El silencio no existe en esta ciudad. Suena un
golpe. Dos. El cabecero contra la pared. Un grito, un suspiro, un lamento, un…
¿orgasmo? NO. Mahler sigue de fondo. Las tijeras ya no están en mi mano. Pongo
mi propia música. Y empiezo a pensar. Pensar. Pensar. Pensar. Pensar. Pensar…
Un recuerdo. De pequeña arrancando las cabezas a todas mis muñecas, formando una pirámide, sacando la gomaespuma a mis peluches, quemando mis cintas de colores, los pósters, todo lo que represente inocencia, un acto de odio
hacía mí misma...
Recuerdo su aliento en la cara, sus manos de trapo
recorriendo todo mí cuerpo, esa pequeña salchicha introduciéndose en lugares…quiero quemar mi piel, mí propia identidad. No hay camas equivocadas, solo un quirófano
donde se declara la hora de la muerte y nada termina de cicatrizar.
Saco la llave. Abro un armario. Ahí, en un tarro, están
sus gónadas, sus testículos sanguinolentos conservados en formol. Una urna
funeraria grotesca pero también adecuada. Todavía recuerdo los ojos de mi padre, como un chiste
gastado, cuando se los cercené. Cierro el armario. Vuelvo a la cama. Intento
dormir, dormir, dormir…
Me incorporo. Enciendo el ordenador. Sigo escribiendo.
Juego a intentar encontrar en la palabra agujero
la palabra luz. Juego a columpiarme
en la telaraña, en el nadir, sin mirar al cielo. Juego a intentar destilar lo
eterno de esta embrutecedora soledad. Solo encuentro versos perfectos para una
carta de suicidio, lástima que la muerte sea analfabeta.
No puedo evitarlo y, a pesar de la distancia desnuda que
nos separa, vuelvo a pensar en ti. Pienso en que follar contigo era como caer
lentamente en la hojarasca, era como el otoño quemando la nervadura de mis
sentidos por el placer. Pienso en tus ojos, en tus muslos, en tus rasgos
afilados, pienso en cada uno de los lunares que tenías en la espalda, en tu
beso de buenos días, en cómo te movías cuando estabas enfadada, o excitada, en
como sonreías cuando querías pedirme perdón… en cada pequeño detalle de tu
cuerpo. Pienso en la última vez que hicimos el amor, en la lencería que llevabas,
en cómo me miraste antes de salir por la puerta.
Me siento tan miserable sin ti. Eras mi tregua, mi
oxitocina permanente. Ya no hay orgullo. Vuelve conmigo. Ama mis manos azules.
Ama esta cascara vacía. Ama de nuevo la parte de mí que solo tú conoces…