Hay muchos tipos de talento. Follar con convicción es uno de ellos, los mejores polvos suceden cuando la tía te importa una mierda, así no te bloqueas y no te quedas agarrotado entre palabras y una almohada de cemento. Al final el mediocre se conforma con que se le piense en un recuerdo, como un poema que te turba por la noche y al día siguiente no le encuentras ningún interés.
La soledad también puede ser una llama, pero para mí es la forma azulada del no-ser. Considero, y no me llaméis pedante, que la poesía de la existencia esta en la digresión, vamos, que no tengo porque fabular si puedo simplemente divagar con empeño y una mano ocupada en mi polla. Me decía Agelasta –otro de mis amigos imaginarios- que no cuestionarse las ideas preconcebidas era la mejor manera de integrarse en la vida, de vivir. Mejor herido que dormido le contestaría un poeta. Mi respuesta fue beberme su copa, la mía y seguir mirando al techo, ¿aquí de que hablamos?, ¿De volar juntos, de mujeres etéreas? ¿De racionalizar? Pero racionalizar el qué ¿el fracaso? Es como si por ser gracioso creyeran que soy feliz, como ser irregularmente inteligente, como intentar intentar suicidarse.
Me dicen que escriba un libro, ¿de que podría ir exactamente, de lágrimas de semen? ¿de un futuro sin amor?, ¿de la relación de amistad entre un paraguas rojo y una lámpara llena de polvo? Quizás haya que resignarse. O esperar a la madrugada que suelo escribir mejor, dentro de las limitaciones ya conocidas claro...
Hay que escribir algo breve para que la última entrada pase desapercibida. Y al despertar, si lo hemos olvidado, quizás no habrá final. Pero sigo recordando, aunque haya una botella a mano y el teclado, como un ano sudoroso, me sonría indecoroso. Lloraba mi cabeza las pequeñas traiciones de la vida real. Recordaba a esa puta que había visitado hoy. Si, las putas molan, tienen incluso orgasmos y las puedes besar en la boca, bueno, para eso las pagas, algunas con una cena escanciada en buen vino y a otras directamente después de correrte en su boca.
Como acariciar la soledad esperando que el universo conspire arreglándolo todo, y con esa misma inacción –que es acción- provocar una historia de amor que empieza en los títulos de crédito, unos escalones de carne a la nada, a la soledad mas desairada.
Hay que alegrarse por tanto y esperar a la siguiente, sin pánico escénico, practicando el mismo soneto, las mismas palabras, los mismos gestos en un ensayo y error perpetuo. Ella, tu único público, espera ansiosa que subas el telón para poder darte la replica...pero todo llega demasiado tarde.
Pero hablábamos de orgasmos, orgasmos sumisos, orgasmos fingidos porque no puedes creer que el sentimiento no venza a la carne, a la realidad, cuando descompuesto giras la cabeza sin aliento y no encuentras lo que buscabas, palabras sincopadas que se recuestan sobre un ideal vencido, contra una sonrisa de desaliento, no hay oportunidades, ni un reset, solo hay hedor a descomposición, a sangre, a error. Como parásitos con una vida demasiado larga.
Hay muchas formas de contar una historia. Puedes coger una base real, verbalizarla, acosarla hasta exprimir cada sensación. También puedes dejarte llevar por los sentimientos, ¿Qué es más fidedigno? Al final la realidad es simplemente tu punto de vista macerado por una memoria imperfecta secuestrada por sicarios emocionales. También puedes inventarla desde el principio, ni siquiera conocemos al autor, ¿Cómo fiarnos de él, quien es Rorschach, realmente es alguien de Madrid, es importante para disfrutar de la historia?
El viaje era un suicidio emocional, las cosas estaban claras: ella estaba con otro y yo había llegado tarde a todo, aunque realmente esta solo fuera una razón entre otras. Pero recordaba como nos habíamos encontrado, casi de casualidad, en medio de un párrafo de desamor, como habíamos empatizado con esa fragilidad, esa locura y como, durante meses, habíamos ido creando una burbuja romántica que nos protegía de todo y de todos. Cada vez que uno se sentía inseguro se acercaba a ese jardín privado y se apoyaba en el otro: era allí donde se querían, escuchaban música, hacían el amor. Todo bajo control, sin arriesgarse, sin ir demasiado lejos.
Pero al final ella, la que parecía más dependiente, salió al exterior y marcó los tiempos. La burbuja ya no le servía, le atrapaba y le impedía continuar. Y me quedé ahí, sin saber como continuar, más solo que antes.
Por eso necesitaba hacer ese viaje: tenía que confrontar la realidad, tocar el ideal, reconocerme en los ojos de ella, validar todas las palabras, todos los gestos fuera de esa burbuja, realidad contra ficción, comprobar que no era una locura lo que había sentido.
Cuando te vi me pareciste preciosa. Naturalmente no era la primera vez que nos veíamos. Pero habían pasado dos meses. Venías con un vestido blanco –como sabía que harías- y un maquillaje perfecto. Estuvimos andando ese primer día durante horas, haciendo la ruta de tus palabras, haciéndome partícipe de ellas, de tu vida, sintiendo como volvía la vieja afinidad, los matices de tu voz, como la risa se desbordaba hasta que, casi sin creerlo, me besaste junto a la playa. Y no me atrevía a dar un paso en falso porque no sabía exactamente cual era el camino que debía tomar.
Y seguimos jugando a este juego varios días, primero me hablabas de él y luego me besabas. Nada salía natural entre nosotros, solo a ratos, en suspiros de canciones que canturreábamos cuando nos mirábamos casi a escondidas, cuando nos abrazábamos y nos deseábamos un futuro feliz en un balcón, cuando subimos a aquel árbol, cuando gritaste en Arc del Triomf que se jodiera el destino y empezaste a espolvorear Chanel No.5, cuando te empotré contra una pared, cuando me dijiste que te besaba como a una hermana, cuando asegurabas que lo nuestro no podría funcionar nunca y luego, acto seguido, confesabas que estabas cachonda, cuando te llamé pidiéndote perdón y estabas sentada en un banco delante mío, cuando me tumbe en tu cama y me echaste una bronca como si fuera tu exmarido, cuando me hablaste de tu colegio de monjas, cuando me enviabas mensajes de reconciliación de madrugada, cuando nos bañamos de noche en la playa, cuando te pedí que te quedaras y cogiste un autobús diciendo que no era el día adecuado, cuando me llamaste y te hice llorar, cuando me besaste y luego me diste una bofetada, cuando me metí en la cama contigo y tu amiga, cuando me pediste que tocara la guitarra cuando solo sabía tocar el bajo, cuando me decías que lo tuyo con él no tenía futuro y luego te sentías mal por estar conmigo, cuando íbamos por la tercera cerveza y sonó Persiana Americana, cuando hablamos de mamuts, cuando nos besamos ajenos a todos y Ricardo puso Amelie rompiendo la magia, cuando...
Al final nos acostamos en el peor escenario posible: cansados, heridos, en un colchón en el suelo, en una habitación insalubre por el calor. Y sin embargo en cuanto nos tumbamos empezamos a magrearnos casi sin darnos cuenta. Empecé a besarte por todo el cuerpo, ese cuerpo que había deseado antes, esos pechos, ese redescubrimiento, los lunares de tu espalda, tu piercing, la forma perfecta de tus labios, tu cuello, tus ojos…
Enseguida tuviste un orgasmo entre gemidos acompasados por mis palabras. Porque sentía que eras deliciosa, que te quería, que tu nombre era mío como tu cuerpo esa noche, las palabras surgían y te acariciaba como si aun estuviéramos juntos en la burbuja.
Pero en algún momento la conexión se rompió: no sé si fuiste tú, o yo, el calor de la habitación, el dolor menstrual...pero sentimos la verdad: ya no era eso épico, maravilloso, acuciante que nos había poseído antes. Terminamos como lo harían los demás.
Me diste las gracias por ese momento y te abracé, intentando dormir así, sabiendo que era la última noche, aunque eso me lo confirmarías al día siguiente.
Nuestro último encuentro es en el aeropuerto. Te regalo un libro que luego me confirmas que te resulta deprimente. Hablamos de lo mismo una y otra vez. “Las cosas suceden por algún motivo -me dices-, juntos seríamos infelices, me odiarías, es mejor que no me haya enamorado de ti”
Me despido antes de embarcar. Me aparto un momento y no puedo reprimir un “Eres increíble” Bajas la cabeza y te abrazo con fuerza. Me dices que me quieres. Nos separamos. Te pido que te vayas, no me gusta alargar las despedidas, no quiero ver como te alejas. Naturalmente miro hacía atrás, y ahí sigues tú, observándome...hasta que finalmente te pierdo entre la gente. Ibas muy guapa.
Ahora cojo mi fetiche, ese lápiz que usaste para hacerte un moño, y pienso en ti, géminis con ascendiente piscis, añorándote terriblemente aunque a veces quiera matarte y otras simplemente dejarme caer al suelo para que recojas mis pedazos. Me despido de ti hasta que sea capaz de hablarte como amigo, sin pensar en esos labios perfectos que anudan mi alma, mi niña caprichosa, a tu rostro.
Programa de televisión. Cualquier hora de la tarde. Presentador. Primer payaso del circo.
Rorschach: Hola, soy Rorschach. Hay recuerdos enquistados en canciones. A veces escribir transforma la ficción en partículas de realidad que se adhieren a tu psique, no es la vida real, sólo un punto de vista, pero la repetición contumaz puede convertirse en amor, la autoestima en un paredón donde hay un redoble de tambores. El destino puede ser muy cabrón si permites que siga decorando de mierda tus paredes.
Pero aunque lo sé, no puedo evitar seguir moviendo las palabras, en este juego en el que me has dejado solo, recreando historias indecorosas que lubriquen corazones o coños, quizá corazoños. Y es que todavía me dueles a pesar de mi mismo.
Celos. Eso es lo que siento. Celos… Celos que aturden, que desligan rechazo, que transpiran ansiedad cuando entre bromas cuelgo tu llamada y sigo escribiendo. El accidente ha ocurrido ya.
Sin embargo -tú lo sabes- si alguien te hace daño solo tienes que silbar y acudiré a tu lado, como amigo, como siempre. Aunque tu ciudad me aborrezca y solo te masturbes pensando en él…en mí nunca…
Aparece un subnormal con traje de presentador y echa al tonto de Rorschach del escenario con brusquedad. No ha tenido mucho éxito. El público mira hacia los lados sintiendo vergüenza ajena…
Presentador: Después de este exabrupto pseudo romántico, que ha provocado –y disculpen por la información- ganas de cagar en casi todos nuestros contertulios, pasemos a cosas mas importantes no sin antes aconsejar a este cabrón sin talento que deje de perder el tiempo escribiendo semejante bazofia y que se folle algún coño de una puta vez. O que hable con alguna mujer real porque da la impresión de que le sacaron de la incubadora demasiado pronto.
Ahora con todos ustedes Braulio el Gañan…un fuerte aplauso.
Braulio el Gañan: Hola, soy Braulio el Gañán, y he encontrado la clave de todo: El Coño. No en si mismo, sino su ausencia. Yo no tengo. Una tragedia. La aportación más importante en una relación no depende de mí. Solo poseo un pene, un pene pequeño que subordinado por fluctuaciones del riego sanguíneo me deja a merced de las propietarias de El Coño.
He tenido malas experiencias, pero siempre intento ser paciente, si ellas me dicen que ya me llamaran, espero, llevo haciéndolo cuatro años con Andrea, y solo dos con Anita. A veces he hecho guardia delante de sus puertas hasta que finalmente he podido hablar con alguna de ellas, pero frases como “el mensaje no me llego” o “he estado enferma y luego se me olvido” han terminado desanimándome. Puede que solo haya tenido éxito en dar esquinazo a mi inteligencia porque sigo esperando noticias de Andrea…que buena estaba…
La única vez que intenté tomar la iniciativa, aquella chica pelirroja de la discoteca Moebius me roció con un spray de pimienta mientras balbuceaba que todavía no estaba tan borracha. Son cosas que te hacen pensar. Crees que mañana será otro día, pero no, mañana será el día después de que una mujer te gaseara como una cucaracha por intentar besarla.
Otra estrategia es escucharlas, siempre me he encontrado con mujeres que son capaces de hablar durante horas, grandes monólogos sobre si mismas y El Coño con la única aportación de un “aha” o “sí, claro, tienes razón” encajados cada diez minutos por mi parte. Desgraciadamente son las que finalmente te sueltan “eres demasiado bueno para mi” o terminan la amistad de pagafantas por cualquier tontería sin importancia, mientras permiten que el macho alfa de turno les doblegue a base de latigazos de semen sobre su cara.
Cuando había perdido toda esperanza de encontrar el amor verdadero y vagaba por calles desconocidas sumido en la desesperación, me cruce con Lola, que con gran desparpajo me agarro el paquete con fuerza y me dijo: “Cariño, 30€ y te daré todo el amor del mundo”.
Esa frase me llego al corazón y de pronto todas las piezas encajaron: supe que tenía una oportunidad de ser feliz, feliz junto a ella.
Sé que muchas pensaréis que es triste y un fraude pagar por El Coño cuando follar es comunicación, un ejercicio de naturalidad instintiva mezclado con la capacidad para obviar toda educación social. Actuar como putos animales descontrolados en un ring de carne. Utilizad la metáfora que más os lubrique.
Pero yo, Braulio el Gañán, demasiado jodido ya por el insomnio, las resacas depresivas, los pulsos ansiolíticos del alcohol, por las drogas –que son alegría y autentico bienestar solo los primeros cinco años-, prefiero caer en esa violenta honestidad del trueque para salvar un poquito de dignidad –inalienable dicen- que vosotras esnifáis como si fuera soma liquido, como putas dosis de vanidad a mitad de precio que El Coño necesita para sobrevivir en perfectas condiciones.
Sé que en ese solaz de media hora semanal que, como único capricho, mi trabajo basura me permite, estoy poco a poco entrando en Lola, en su alma, en su corazón. Sé que debería follármela con la intensidad adecuada pero aun sigo en conflicto con las limitaciones de mi cuerpo. De todas formas esos veinticuatro minutos que sobran están sirviendo para comunicarnos más, ella me ha pedido dinero prestado para traer poco a poco a sus siete hijos y cuatro nietos a España. Y sé que a partir de ahí podré ser feliz junto a mi amor y su familia porque…
Presentador mirando el reloj.
Presentador: Gracias Braulio por la generosidad de tu testimonio. Hombres así es lo que necesita este país violado por las agencias de calificación externas. Hombres que no se derrumben ante la adversidad, que luchen por su felicidad, con pundonor, con ganas, con esencia a casta, a toro de Osborne, a carajillo, a casquería de matadero. Gracias Braulio, creo que todos hemos aprendido algo muy valioso hoy.