Mi coño te imagina en la estación esperándome, vestido ya de otoño, con
un libro en la mano, observando a ratos el andén vacío con displicencia,
despreocupado, con el móvil en silencio. Siempre desaliñado, con la ropa
arrugada, sin afeitar. Pero la voz, tu voz. Es tu voz lo que me altera, lo que
me consume, lo que me provoca la impresión de llegar tarde, media vida tarde, a
nuestra primera cita.
Mi coño sigue imaginándote, como me besas y me metes mano, como desgarras
mi ropa interior y entras en mi, me follas, azotas mis pechos, mi culo, como me
tiras del pelo, me pellizcas los pezones con tu aliento de vino mientras suena
nuestra música. Te imagino empotrándome contra la pared mientras te muerdo, te
muerdo, te muerdo. Y tú te corres, me
dejas embarazada. Y todo da igual, porque vengo a eso, a sentir pasión, a que
te vacíes, me puebles, a empeñar una y otra vez tu sudor, tu ansia, hasta que
me ames, hasta que tu polla se endurezca con solo pensar mi nombre. Soy una
tabula rasa sin bragas que necesita tus palabras.
Él
Ya estamos en mi casa. Enciendo la cámara de vídeo, nuestra relación
hasta ahora ha sido a través de una webcam, estás acostumbrada. Me gusta
grabarte en estos momentos en los que eres tú misma, pasional, desatada.
No necesitas preliminares, te quitas el vestido y empiezas a chuparme la
polla mientras me acaricias los cojones. Me gusta acunar tus pechos,
apretarlos. Te arqueo la boca, me gusta verte de rodillas mientras te deslizas
abajo, más abajo, hasta que cubres mi polla completamente. Siento tu garganta,
el calor, la saliva rodeándome completamente. La sacas brillante mientras sonríes
como una mantis religiosa. Ya me tienes. Soy tuyo.
Me cabalgas abriéndote una y otra vez, subiendo hasta el límite para
luego empalarte decididamente con un gemido. Gimes como si llevaras años reprimida,
como si cada vez que te penetraras fuera la primera.
Creo que te corres, aun no distingo tus orgasmos. Me pides, me suplicas,
que te folle el culo. Me gustaría estar dentro de tu cabeza ahora mismo. Los flujos
descienden lubricándolo pero prefiero follarlo primero con la lengua. La cámara
sigue grabando, ¿sientes romanticismo en el sonido de mis cojones golpeándote,
en ese dolor placentero cuando aumento el ritmo sin avisar?
Tiro con suavidad del vello de tu pubis mientras te agarro la cintura
con la otra mano; me gritas que me amas, el escenario alzándose sobre el mundo,
altar hedonista de carne; y solo puedo intentar, embestida tras embestida,
buscar ese amor en el fondo de tu culo. Y cuando los tambores de tus
contracciones anuncian un nuevo orgasmo, por fin el amor fluye de mis cojones
directo hacía ti, golpeándote como un poema, como un enorme océano de amor que
derrumba sus olas sobre ti y deja tus agujeros encharcados de espuma.
**
Todo nace del deseo, de una urna funeraria que me hace brindar por la
vida, nace de la animalidad besando el teclado, de estar cachondo, solo y loco,
de tu extraña nostalgia que avanza de noche y me mortifica.
Porque al final, lo más importante, la pregunta esencial siempre es:
“¿quieres follarme?”
Mi casera es una puta,
pero no ayuda a nuestra precaria relación que pague siempre el alquiler con
retraso. Pensará en ello cuando dentro de un par de meses tenga que renovarme.
Pero de todas formas no es un problema inmediato, no tanto como mi polla roja y
pantagruélica reflejada sobre las imágenes de índole sexual que se muestran en
mi nuevo monitor de veintitrés pulgadas. Kafka hubiera sido feliz gracias a
internet, con todas esas miles de páginas llenas de filias fermentando la
excentricidad sexual, librándole de su represión. Kleenex limpiando los rastros
de conciencia, sin charla post coital, todo tan cercano y lejano a la vez, confinando
la experiencia a un mando de distancia que baje el volumen de los gemidos.
Esta noche no es
suficiente, tengo ganas de algo real, caliente. Podría irme de putas, pero no
me gusta esa comedia rancia, falsa, gastada, orquestada. No me importa tanto el
cuerpo como la cadencia, esas pequeñas singularidades en cada orgasmo, la
delectación en la forma de mover los dedos, las caderas, de morderse el labio;
me gusta esa sensación de inocencia mancillada tras una pequeña humillación o
provocación, la lucha, el baile de mascaras. En el BDSM han entendido que la
única manera de mantener la pasión es la esclavitud del Amo, porque la sumisa
exige su atención, sus azotes, todo su tiempo, y el sexo difumina las jornadas
de trabajo en mensajes eróticos, en fotos con los pantalones bajados en los
baños de la empresa, en peticiones escandalosas que ella niega con la cabeza
mientras se encharca inevitablemente. El Amo se obsesiona con su poder “Tócate” “Espérame de rodillas con la boca abierta”, pero para la sumisa todo
es un atrezzo a su servicio.
No todo son filias, pero
no confundas romanticismo con estupidez, demuestra tu amor con orgasmos. No te
escandalices si tu novia aparece con un arnés y un pequeño consolador, o si tu
novio aparece con una mascara de gas y quiere grabar como te viola el culo, o
si ella quiere tener una pequeña vivencia lésbica fisting. Necesitamos sentirnos
deseados, mantener la tensión sexual, seguir jugando, el amor no te hace el
coño más sensible, es el deseo, someter y dejarte someter, la experiencia, dibujar
arabescos con tus flujos, ¿de verdad es posible estar media vida con un simple y
aburrido mete-saca? Pero tranquilos, tenemos muchas excusas que, poco a poco, nos
someterán al adocenamiento, a una rutina sin cambios de postura, elige la tuya:
religión, mojigatería, familia, niños, responsabilidades, convencionalismo
social. Todo.
De todas formas hay
demasiada neurótica frígida enamorada del concepto del amor, como un virus
estomacal estancado en un ascensor que ni sube ni baja. Luego, irónicamente, entregan
su cuerpo a cualquier vertedero de palabras y exudan nostalgia hasta de un
desgarro anal.
Divago. Como iba diciendo
esta noche estoy poseído por la necesidad extemporánea de follar con alguien de
cierta afinidad; quizás sea producto de la sensación sempiterna de suicidio que
se produce en septiembre, equinoccio de otoño, a dos meses exactos de mi
cumpleaños que marcará esa horrible cifra de treinta y cinco. Me observo y, descontando
la monstruosidad que ensancha mis calzoncillos en este momento, conservo
todavía algún detalle encantador, soy alto y delgado, de sonrisa perfecta y
mandíbula de macho alfa. Con ropa limpia, un buen afeitado y el coche que no
tengo, quizás podría tener alguna oportunidad con alguna borracha a partir de
las cinco de la mañana.
Pienso en Lenore. Es
alguien especial, una especialista en
coger tu corazón, acunarlo con palabras bonitas, y luego, cuando menos te lo
esperas, estrellarlo contra la pared. Mi último recuerdo es verla haciendo
fotos del destrozo, ofrendando la situación al arte. Es de Madrid. También la
asocio a una conversación sobre su padre. Había fallecido cuando solo tenía
diez años. Ella le adoraba de forma patológica. Quizás fuera por su lejanía,
siempre serio, adusto, hierático. Dos meses después entró en su despacho y
encendió su portátil, su madre quería formatearlo porque nadie sabía la
contraseña, pero Lenore había conseguido un programa y pudo desencriptarla.
Realmente no quería espiarlo, solo quería conocerle, concretarle. Y sus deseos
se hicieron realidad. Ahí, en una carpeta privada con el nombre “Fuente Santa” encontró vídeos de su
admirado padre vestido con unas diminutas braguitas rojas –sospechosamente
familiares-, siendo follado por un transexual.
La llamo. Breve
conversación. Esta sola, ha disecado al último en su habitual taxidermia de
sentimientos. Le digo que voy a verla, que estoy borracho, cachondo y suicida.
Me pide que lleve papel higiénico.
Llego a su piso. Zona alta.
Dúplex. Cámara de seguridad en la puerta. Pitido. Entro. Jardín. Salón. Ahí
está, tumbada en un sillón, bebiendo cerveza, solo lleva unas bragas negras. Ni
siquiera me saluda. Me siento a su lado. Está viendo un vídeo suyo. Una suspensión, veo las
marcas de los ganchos en su espalda desnuda y tatuada. Sigue siendo oscura como
un cuervo, hermosa en la inmolación de su carne. La elevan al ritmo de la
música. Cronemberg estaría orgulloso. Diez minutos después el vídeo termina. Se
gira y me observa por primera vez.
Lenore: “Pégame una hostia. Sí, no me mires así puta
nenaza, es la única forma de mojarme, ¿no has venido a eso?”
Asco y morbo en su voz.
Le doy un par de bofetadas.
Sonríe, una sonrisa llena de paz y amor. Así funcionamos los seres humanos, buscando
la energía en cualquier parte, en algo transcendente, épico o enfermizo, cualquier cosa que
nos permita elevarnos un poco por encima de la mierda mientras la sociedad nos
dilata el culo con el puño.
Lenore se transforma en
una boca que me rodea, me engulle, una enorme mantis religiosa que succiona mis
últimas reservas de vida. Es un buen orgasmo, mezcla de asfixia, placer y
arcada. Recuerdo una carta que me mandó; era un barrizal patológico de amor
exacerbado, goce sexual como negación de identidad, instrumentalización del sacrificio.
Me ama en su inacción, en su miedo, en su incapacidad, en su mano extendida
hacía mí, en las tormentas que supuran de sus silencios. Y aun así, no es
bastante, la vida nunca es bastante, no puedes gritar al viento, todo requiere
un esfuerzo excesivo si se ven siempre las costuras. Quizás por eso la abandono
dando un portazo. Grandilocuencia. Vacío. Espesor. Muerte.
Paso por el puente de los
suicidas. Un chino me vende un par de botes de cerveza.
La
noche sigue, tu imagen me acompaña; te envío fotos de nubes para que sueñes con
la libertad, como si pudieras sentir el mar en una caracola y no entre tus
piernas; ya es septiembre, nos reímos de nuestra tristeza, excitados pero
impotentes. La gente duerme a estás horas, ventanas heladas, irisadas en
rutinas, voces amortiguadas por una almohada y un consolador sin pilas. Beber
como forma de suicidio y desprecio. Nabokov requiere esfuerzo, y también lamerse
las costuras, o ver como las manos se besan sentadas al borde de tu piel de
astillas.
Estoy loco; me debato
entre la misoginia y la adoración. Entre la puta pidiendo fuego en la esquina y
el vodka frío mezclándose con zumo de naranja; entre una erección que apunta a
la nada y esa extraña necesidad patología de soledad y muerte. Doce mil
neuronas mueren diariamente mientras busco palabras que te encharquen, te
inflamen, te exciten y provoquen tus contracciones
Nada tiene sentido. Me gustaría
llorar, me gustaría que me acunaras entre tus brazos, que me mintieras, que me
dieras amor, cordura, una razón, me gustaría matar a todos y disfrutar de la
soledad de nuestros cuerpos a la pútrida luz de esta noche eterna. Estoy cachondo.
Ejecutamos el baile. Vibro en un extraño gatillazo ad eternum mientras te como
el coño, bebo tus flujos horadando tus emociones con mis dedos. Me hablas de tu
vida, de tu matrimonio, me dices que solo disfrutas sola, que a veces nos
destruimos en relaciones insatisfactorias porque no pedimos nada a la vida,
sobreviviendo simplemente, que a veces me leías y no sabías porque daba tanta
importancia al sexo, no sabías que era sentir varios orgasmos con una polla, no
sabías que las palabras podían arquearte sobre la mesa y mojarte sin tocarte,
no sabías que todo eso era posible, dejarse llevar, una noche sin horario, mi
polla en tu boca, arcada, sentirte como una puta y disfrutarlo; se me pone dura
cuando gimes, casi sin querer, cuando dices “joder, joder” como si tu cuerpo,
tu piel, supiera más del lenguaje, como si todavía estuvieras buscando la
manera de decir que quieres sentirme dentro, muy adentro. Te gusta, te asusta; y
me dices que tu culo es mio, que te sodomice, y es tu entrega lo que me la pone
dura, por eso empujo mis palabras dentro de ti, las mismas que te ponen
cachonda, que hacen que fluyan sentimientos, como un terremoto hormonal. Geosminas,
el petricor de tu coño, sudor, almizcle, besos que atarán este recuerdo a tu
nostalgia.
Intento desconectar, me
excito ante la idea de correrme dentro de ti, de ser el siguiente, de que me pidas
que te enseñe, de jugar con nuestros cuerpos, de aceptarnos, autoestima
reverberando en los ojos, en las manos, en el deseo del otro, como si empezáramos
a existir a partir del tacto. Y en la literatura tu pelo cosquillea por mi espalda,
me montas, me chupas, me lames, nos corremos, me abrazas, te atrapo bajo mi
cuerpo y sigo penetrándote. Y percibimos eso que tú has sentido una vez,
también en Madrid, y que yo quizás no he sentido nunca: el desasimiento total,
el placer llenando el cuerpo, fluyendo, ahogando al propio yo, un sentimiento
atávico que nos une al menos durante una noche.
Pero prefiero la
decadencia; me abro las venas y dejo fluir la sangre, mejor así, un dolor suave
pero conocido, sin culpa, sin esperanza, solo una nota a pie de página en otra
noche sin sentido.