Esta noche no es
suficiente, tengo ganas de algo real, caliente. Podría irme de putas, pero no
me gusta esa comedia rancia, falsa, gastada, orquestada. No me importa tanto el
cuerpo como la cadencia, esas pequeñas singularidades en cada orgasmo, la
delectación en la forma de mover los dedos, las caderas, de morderse el labio;
me gusta esa sensación de inocencia mancillada tras una pequeña humillación o
provocación, la lucha, el baile de mascaras. En el BDSM han entendido que la
única manera de mantener la pasión es la esclavitud del Amo, porque la sumisa
exige su atención, sus azotes, todo su tiempo, y el sexo difumina las jornadas
de trabajo en mensajes eróticos, en fotos con los pantalones bajados en los
baños de la empresa, en peticiones escandalosas que ella niega con la cabeza
mientras se encharca inevitablemente. El Amo se obsesiona con su poder “Tócate” “Espérame de rodillas con la boca abierta”, pero para la sumisa todo
es un atrezzo a su servicio.
No todo son filias, pero
no confundas romanticismo con estupidez, demuestra tu amor con orgasmos. No te
escandalices si tu novia aparece con un arnés y un pequeño consolador, o si tu
novio aparece con una mascara de gas y quiere grabar como te viola el culo, o
si ella quiere tener una pequeña vivencia lésbica fisting. Necesitamos sentirnos
deseados, mantener la tensión sexual, seguir jugando, el amor no te hace el
coño más sensible, es el deseo, someter y dejarte someter, la experiencia, dibujar
arabescos con tus flujos, ¿de verdad es posible estar media vida con un simple y
aburrido mete-saca? Pero tranquilos, tenemos muchas excusas que, poco a poco, nos
someterán al adocenamiento, a una rutina sin cambios de postura, elige la tuya:
religión, mojigatería, familia, niños, responsabilidades, convencionalismo
social. Todo.
De todas formas hay
demasiada neurótica frígida enamorada del concepto del amor, como un virus
estomacal estancado en un ascensor que ni sube ni baja. Luego, irónicamente, entregan
su cuerpo a cualquier vertedero de palabras y exudan nostalgia hasta de un
desgarro anal.
Divago. Como iba diciendo
esta noche estoy poseído por la necesidad extemporánea de follar con alguien de
cierta afinidad; quizás sea producto de la sensación sempiterna de suicidio que
se produce en septiembre, equinoccio de otoño, a dos meses exactos de mi
cumpleaños que marcará esa horrible cifra de treinta y cinco. Me observo y, descontando
la monstruosidad que ensancha mis calzoncillos en este momento, conservo
todavía algún detalle encantador, soy alto y delgado, de sonrisa perfecta y
mandíbula de macho alfa. Con ropa limpia, un buen afeitado y el coche que no
tengo, quizás podría tener alguna oportunidad con alguna borracha a partir de
las cinco de la mañana.
Pienso en Lenore. Es
alguien especial, una especialista en
coger tu corazón, acunarlo con palabras bonitas, y luego, cuando menos te lo
esperas, estrellarlo contra la pared. Mi último recuerdo es verla haciendo
fotos del destrozo, ofrendando la situación al arte. Es de Madrid. También la
asocio a una conversación sobre su padre. Había fallecido cuando solo tenía
diez años. Ella le adoraba de forma patológica. Quizás fuera por su lejanía,
siempre serio, adusto, hierático. Dos meses después entró en su despacho y
encendió su portátil, su madre quería formatearlo porque nadie sabía la
contraseña, pero Lenore había conseguido un programa y pudo desencriptarla.
Realmente no quería espiarlo, solo quería conocerle, concretarle. Y sus deseos
se hicieron realidad. Ahí, en una carpeta privada con el nombre “Fuente Santa” encontró vídeos de su
admirado padre vestido con unas diminutas braguitas rojas –sospechosamente
familiares-, siendo follado por un transexual.
La llamo. Breve
conversación. Esta sola, ha disecado al último en su habitual taxidermia de
sentimientos. Le digo que voy a verla, que estoy borracho, cachondo y suicida.
Me pide que lleve papel higiénico.
Llego a su piso. Zona alta.
Dúplex. Cámara de seguridad en la puerta. Pitido. Entro. Jardín. Salón. Ahí
está, tumbada en un sillón, bebiendo cerveza, solo lleva unas bragas negras. Ni
siquiera me saluda. Me siento a su lado. Está viendo un vídeo suyo. Una suspensión, veo las
marcas de los ganchos en su espalda desnuda y tatuada. Sigue siendo oscura como
un cuervo, hermosa en la inmolación de su carne. La elevan al ritmo de la
música. Cronemberg estaría orgulloso. Diez minutos después el vídeo termina. Se
gira y me observa por primera vez.
Lenore: “Pégame una hostia. Sí, no me mires así puta
nenaza, es la única forma de mojarme, ¿no has venido a eso?”
Asco y morbo en su voz.
Le doy un par de bofetadas.
Sonríe, una sonrisa llena de paz y amor. Así funcionamos los seres humanos, buscando
la energía en cualquier parte, en algo transcendente, épico o enfermizo, cualquier cosa que
nos permita elevarnos un poco por encima de la mierda mientras la sociedad nos
dilata el culo con el puño.
Lenore se transforma en
una boca que me rodea, me engulle, una enorme mantis religiosa que succiona mis
últimas reservas de vida. Es un buen orgasmo, mezcla de asfixia, placer y
arcada. Recuerdo una carta que me mandó; era un barrizal patológico de amor
exacerbado, goce sexual como negación de identidad, instrumentalización del sacrificio.
Me ama en su inacción, en su miedo, en su incapacidad, en su mano extendida
hacía mí, en las tormentas que supuran de sus silencios. Y aun así, no es
bastante, la vida nunca es bastante, no puedes gritar al viento, todo requiere
un esfuerzo excesivo si se ven siempre las costuras. Quizás por eso la abandono
dando un portazo. Grandilocuencia. Vacío. Espesor. Muerte.
Paso por el puente de los
suicidas. Un chino me vende un par de botes de cerveza.
No hay redención.
