¿Cuál era el secreto?
Y yo le contestaba
que no había secreto
era cuestión de leer dos o tres libros por semana
escribir todos los días
todos
y la soledad
donde a veces conectabas con algo
que solo tú comprendías
y que te susurraba al oído si le invitabas a una copa.
Pero la respuesta no le gustaba
era demasiado prosaica.
Me hablaba de terminar una carrera
de concursos
de esos famosos talleres literarios y círculos intelectuales
donde diseccionaban
todos juntos
en corrillo
el puñetero secreto.
Le interrumpí y le dije que sí, que eso también era útil
pero que seguramente todo lo era
todo ayudaba
incluso no hacer nada
y quedarse observando la vida
en las grietas del sueño.
¿Y el talento?
Bueno…
También es importante
pero no hace el trabajo sucio
no impide que te mueras de hambre
o que tu mujer te abandone
o que al final no sepas decirlo como ellos quieren
y los aplausos sean paletadas de tierra sobre tu cadáver.
Normalmente la vida y el talento siempre llevaban ritmos diferentes.
Entonces se puso nervioso, movió mucho los brazos y salió dando un
portazo.
Pero, ¿qué esperaba?
yo era un decadente
no me embargaba la comezón o la ansiedad por las palabras o la
literatura
era más bien un vínculo parasitario
una forma de evasión, de supervivencia
de convertirme en alguien distinto
mejor
quizás alguien con respuestas
o capaz de explicar que cada uno tenía su propia y única respuesta.
Para mí desde luego era un buen trato
las palabras solo exigían un pequeño tributo de tiempo
y un extraño
y sincero
heroísmo.
heroísmo.
