sábado, 22 de septiembre de 2018

Reflexión sobre Kierkegaard y reseña de la novela “El fin de la soledad” de Benedict Wells (22/30)

He leído una frase de Kierkegaard que me ha llamado la atención: “el ego debe romperse para convertirse en verdadero ego” Creo que lo que quiere decir es que al nacer quedamos determinados por los que nos rodea: nuestros padres, la educación, nuestras buenas y malas experiencias, la gente con la que intimamos… Damos por sentado cómo somos, pero al decir “yo soy así” solo nos referimos a una inherencia superficial que percibimos de nosotros mismos permeada por la inercia de nuestras costumbres y circunstancias. Para comprender realmente nuestro verdadero yo es imprescindible cuestionarnos todo lo que hemos aprendido desde nuestro nacimiento, incluso perder algunas cosas. De hecho a menudo la única forma de hacerlo es a través del sufrimiento, porque son esos los únicos momentos en los que uno se reconoce de verdad.

Desde esa perspectiva el sufrimiento de nuestras vidas, aunque nos pueda parecer injusto y gratuito, no lo es porque nos aporta una clarividencia sobre nosotros mismos que los demás no tienen. ¿qué hacer con esa lucidez tan expeditiva? Quizás los artistas subliman las secuelas de sus traumas con el arte, un arte cuyo público es un (d)efecto colateral de su necesidad vital de desahogo.



Y después de esta reflexión, una pequeña reseña del libro que acabo de terminar de leer:

Jules es un niño feliz, seguro, el menor de los tres hijos de un matrimonio que pierde la vida en un accidente de tráfico, acontecimiento que determinará la vida de él y sus hermanos. Los tres se trasladan a vivir a un internado y cada uno gestionará la soledad a su manera. Jules empieza a retraerse cada vez más, a vivir hacia dentro, sintiéndose desprotegido por unos hermanos que, aunque mayores, no pueden ocuparse de él porque tampoco son capaces de manejar su propio abandono y dolor. La historia nos narra la vida de ellos (y algún personaje más que ayuda en el tono romántico) en un período de treinta años con una estructura bien equilibrada: no se excede, ni se queda corto en el relato ni en el tratamiento de las distintas partes. Aunque comienza con un flashforward, es un relato cronológico de lectura fluida en la que las complejidades de sus personajes se desarrollan con bastante talento.

Benedict Wells escribe bien, y es destacable la madurez con la que trata temas tan duros. Resultan muy interesantes sus reflexiones sobre la inconsistencia de la vida, sobre cómo paraliza el miedo a esa falta de seguridad, sobre cuál es la verdadera identidad, si aquella que se levanta sobre lo que hemos tenido o aquella otra que se desvela tras lo que vamos perdiendo. Quizás, como único escollo, la sempiterna melancolía de un personaje, Jules, que nos habla desde una primera persona dura, intimista, sincera y, por fin, resiliente al final.

En resumen, el autor no me ha impresionado demasiado, a pesar de su fama y de que haya ganado el Premio de Literatura de la Unión Europea obtenido en 2016, pero la lectura ha sido entretenida, me gusta esa pátina de tristeza que sabe evocar en muchas partes de su libro. De hecho me ha recordado, salvando las distancias, a Murakami: la primera persona melancólica y reflexiva de su personaje principal, su quietismo a pesar de albergar un mundo interior inmenso, la relación romántica, a veces tóxica, otras excesivamente misteriosa y absurda, la falta de descripción de los escenarios y lugares en su prosa, cierta filosofía suave en sus reflexiones… Dejo algunos fragmentos para que podáis haceros un idea y, naturalmente, un enlace al ePub.

«La vida no es un juego que tiene que acabar en cero. La vida no tiene que ajustar cuentas, las cosas suceden, sin más. A veces es justa y todo tiene sentido. Y a veces es tan injusta que uno duda de todo. Yo le quité la careta al destino y vi que no era más que pura casualidad».

«Y entonces pensé en la muerte y en cómo la había imaginado antes: como una explanada de nieve infinita sobre la que todos flotamos, y en los lugares en los que la rozamos, la nada se confunde con los recuerdos y con las imágenes que arrastramos y adquiere un rostro. Y a veces es tan precioso que el alma quiere saber más de la nada y la sigue en su camino hacia la desaparición».
«A veces creo que hay gente que no sabe que va a morir».

«Tengo claro que todas estas ideas son de lo más infantiles, pero aun así estoy seguro de que en este universo existe un lugar en el que ambos mundos pueden observarse a la vez y adquieren el mismo grado de realidad. Lo vivido y lo soñado. Porque cuando todo se acabe y se olvide, cuando, dentro de millones de años, todo haya desaparecido y no nos quede ninguna prueba de la existencia de nada, será absolutamente indiferente que algo haya existido o haya sido soñado. Y las historias que ahora solo suceden en mi interior adquirirán quizá la consistencia de aquello a lo que algunos se refieren como realidad».

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