miércoles, 29 de mayo de 2013

Lo más importante es querer atravesar el fuego de sus ojos azules...

Quizás podríamos excusarnos diciendo que las relaciones son incomprensibles, que escapan a nuestro control. Sin embargo preferimos seguir abrazando el cinismo, el juego, asegurando que ninguno quiere tener una relación real, sólo divertirse de vez en cuando. Supongo que es lo mejor. Hay demasiadas asincronías entre nosotros. Demasiados problemas. Yo soy un alcohólico impenitente. Tú arrastras un trastorno de alimentación desde hace más de una década, la mayor parte de tu energía mental, entusiasmo y juventud queda inútilmente lastrada en calcular calorías y odiar la báscula, en analizar tu cuerpo en el espejo buscando fisuras. En la cama te cuesta disfrutar, te desconcentras, incluso te hieren los halagos porque piensas que te mienten.

También me dices que no quiere arrastrar a nadie a tus cambios de humor, a tu locura, a esas noches etílicas llenas de lagunas donde acabas echando un mal polvo entre dos coches, no sólo por la necesidad de sentirse deseada, sino también por esa ansiedad por mezclar tu cuerpo, tu piel, tu olor… como si así consiguieras dejar de ser, olvidarte de ti misma perdiéndote en la otredad. Y huyes de los “buenos” chicos, de los planes de verano, de ese maldito invento llamado romanticismo. El conflicto mecido por la negación. De todas formas el miedo, que es en realidad lo que nos atenaza a los dos, también nos llena de respeto: no intentamos cambiarnos, tenemos claro que somos unos indigentes emocionales, que no sabemos comportarnos de otra manera.


Sin embargo esta noche parece distinta. Nos lo estamos tomando con calma, no hemos ido directamente a la cama, de hecho estamos en la cocina, preparando la cena, hablando de banalidades. Te has puesto un piercing en el pezón derecho. Me cuentas que el primer día fue un infierno, pero que ahora te alegras de haberlo hecho porque lo notas más sensible. Cosas de esas. Al rato pones un plato enorme de pasta en mi lado y una escueta ensalada en el tuyo. Ninguno de los dos parece tener mucho apetito. Sigues hablando, de vez en cuando me preguntas que pienso. Apuro la copa. Me sirvo otra. La botella de vodka se está consumiendo demasiado deprisa. Te respondo que pensaba en la palabra bucólico, en que parece que nadie sabe usarla correctamente, como si sólo fuera apreciada por la estética que otorga a la frase en vez de por su significado real. Pero no soy sincero, mi mente está llena de ideas extrañas, ahora nos veo a los dos en una bañera llena de agua caliente, con un par de cuchillas, haciéndonos cortes en los antebrazos. Un poco de dolor y muerte. No tiene mucho sentido todo lo demás: comer, cagar, trabajar, ir de un lado para otro; incluso follar está demasiado sobredimensionado, estamos atrapados por el instinto, como el salmón del Pacifico, nadando contracorriente para desovar y morir. El dolor también es una forma de placer, un diferente punto de vista, otra forma de duelo ante la falta de significado de la vida. Pero esos pensamientos son lugares comunes, papel mojado. Guijarros en la corriente de tiempo.

Nos quedamos en silencio. Thom Yorke de fondo. No es un silencio incómodo, hemos conseguido crear algo de intimidad. Te observo. Noto un calambre. Tengo ganas de lamerte. De quemarme. Quiero convertirme en tu piercing, atravesar tu carne y quedarme enquistado en ella, como un virus, una infección que hay que limpiar. O amputar. En otras palabras: estoy cachondo. Y es normal, a pesar de tus idioteces (oh, sí) tienes un cuerpo magnifico. Tengo treinta y cinco, nos separa más de una década, quizás por eso soy capaz de apreciar más tu juventud, tu coño prieto, esos pezones llenos de sadismo, tu culo virgen. La botella de vodka yace vacía en medio de la mesa. El último brindis es como un aullido, un gong golpeado por un mazo, sinapsis chisporroteando, colapsando en eléctrica excitación.

Me levanto y empiezo a manosear con cierto desprecio tus pechos. Tengo ganas de golpear nuestros cuerpos. Mi polla resurge entre la neblina del alcohol. Te llevo a la cama y te quito el sujetador. Sí, me gusta tu mirada preñada de ansiedad, esa indecencia en el fondo de tus ojos. Me siento a un lado de la cama y te hago una indicación. Te resistes. Me pone furioso. El presente bosteza: necesitas una lección. Te cojo del pelo y te tumbo sobre mí. Bajo con rudeza tus pantalones y te inmovilizo con una mano. Acaricio tu precioso culo. Ninguna palabra. La mano rígida desciende. Un azote. Gimes. El calor se extiende. Te acaricio. La mano aumenta el recorrido y vuelve a caer con fuerza. Dos veces. El sonido nos excita. Te muerdo el culo. Vuelves a gemir. Te ordeno silencio. Aparto el tanga, recorro con mis dedos tu coño: estás mojada. Tres azotes y ya estás entregada. Jodida enferma. Subo la mano, sigo azotándote. Uno. Dos. Tres. Cinco. Diez. El culo rojo. Lo acaricio. Un dedo resbala dentro de ti. Bien. Bien. Bien… Me suplicas que te meta otro. “¿Eres mía?”Sí, soy tuya” Palabras atávicas de posesividad mal vistas en una sociedad patriarcal de hipócritas y reprimidos.

Te quito el resto de la ropa. Te cubres con un gesto. Aparto tu mano y te miro con dureza. Separas las piernas. Buena chica. Me gusta tenerte así, me gusta mirarte, me excita esa mezcla de timidez y ansiedad. Mi cuerpo te acaricia con su peso, presiono y entro lentamente. Coño prieto. Este es el mejor momento. Avanzo lentamente. Poco a poco. Centímetro a centímetro. Mi polla palpita de emoción. Tu cuerpo reacciona, empieza a acogerme. Tus manos recorren mi espalda, empujan mi culo para que te penetre totalmente. Eso es lo que te gusta, no el típico vaivén dentro-fuera, lo que necesitas es sentirme dentro presionando contra ti, intentando atravesarte. Me empiezo a mover.
Podría preguntarte pero sería una torpeza, sé que lo quieres todo: el desasimiento, el te quiero mientras te follo fuerte y duro, la palabra sórdida… la ira la pones tú, atrapándome entre tus piernas, arañándome la espalda, mordiéndome el labio hasta que sangra.

Me gusta follarte con los tacones puestos. Te hago incorporarte y ponerte de espaldas contra la pared, arqueando tu culo frente a mí, abriéndote con los dedos. Te da vergüenza pero me obedeces. Separo más tus piernas, me gusta verte tan abierta. Coloco tus manos en la pared y te empiezo a masturbar. Pero no puedo resistir más. Empellón. Embestida. Mi polla abriéndose paso de nuevo, mis manos ebrias rodeando tus pechos, golpeando tu clítoris, desvirgando tu mente.

Estamos así cinco, diez minutos. Pero me canso. La saco y me tumbo en la cama. Tienes escrúpulos, tuerces el gesto, pero te cojo del largo pelo pelirrojo y te obligo a bajar la cabeza hasta mi polla. Y es ahí cuando el mundo para de girar: tu cabeza bombeando sobre mí, tu mano acariciando mis cojones… Bella imagen, hemos transformado la trampa mortal de la naturaleza en simple placer hedonista, en comunicación y arte en movimiento. Gimo con fuerza eyaculando la ponzoña blanca en tu boca. Sonríes, el semen huye por la comisura de tus labios. Aprietas mis huevos, mantienes la postura. Y luego, como una bella princesita, me das un beso profundo para compartirme.

Y pensando que quizás nuestra derrota nos haría invencibles -a pesar incluso de nosotros mismos-, me rendí a la belleza implícita de este réquiem de sentimientos y cerré los ojos.

Rebel Yell by Billy Idol on Grooveshark

lunes, 20 de mayo de 2013

Epílogo 2 - Cisternas de la memoria (Mario)

Ana lleva un mes conmigo. No ha funcionado. Quizás sea el punzón de hielo debajo de la almohada. La veleidad intrínseca. La falta de afinidad con la vida. ¿Por qué no me atraen las mujeres normales? Ana habla de Alicia. De su promiscuidad disociada de orgasmos. De Peter. Escucho su cascada de cenizas. Nos despedimos. Es doloroso. Vuelvo al ordenador y escribo.

Voy a ocultarme en el lenguaje, ¿por qué? Tengo miedo. Pregúntale al viento. Aquí sólo hay estatuas y muñecas rotas. Un jardín prohibido. Un instante de éxtasis. La noche con su excelsa sapiencia de la oscuro abriga las risas del interior de las paredes. Mis muñecas transfiguran la luz con un eco de sangre negra. El silencio del templo de papel que sólo sirve para preservar pensamientos de gente muerta.

Madrid hiede. Es una ciudad de nadie, una puta sifilítica que te lo hace gratis si cierras los ojos. En Madrid no hay primavera, solo manchas de sangre, lodo y zapatos viejos. Madrid es un corazón que late de mentira, una flor cubierta de hollín, una anciana tocando el violín en la boca de metro apartada a empujones, un grito eterno que nadie escucha. Madrid es la sombra del ahorcado, unos ojos de serrucho, dientes manchados de carmín, un osario de almas grises sin tiempo.

Me gustaría construir una estación de tren en el párrafo, no puedo, por ello, rozar con sutileza el teclado: debo desnudarme, emborracharme, vomitar mis vísceras en el silencio, empalarme buscando ese hogar, esa patria, ese sentido que se aleja de mí junto al segundero.


Hay palabras con manos que acechan tu corazón, hay palabras de todo tipo, con ecos de cárcel o vetusta ternura, palabras que se escriben como si el silencio fuera una pared y estuvieran ahí para golpearla hasta el derribo. Hay palabras que buscan tus ojos, que son huecos llenos de gritos, palabras que resuenan en un callejón peligroso. Hay palabras que bailan en la boca del mudo, palabras que se alimentan de relojes, que bailan en el alfeizar con mi locura, palabras que se escriben como si fueras una vela a punto de apagarse, que recrean un corazón con forma de jardín de escombros y arboles de vidrio, que evocan el juguete favorito de un niño desdichado. Las palabras son un interior, cisternas de la memoria, rastros de paraíso perdido.

Escalo tu recuerdo, como madreselva en el muro de la doncella. Tu desnudez iluminándome, tus huesos arqueándose como flores en la oscuridad ardiente. Nuestros cuerpos buscando placer ocultaban el vuelo de los cuervos.

Mis ojos de herrumbre, como barcos en un mar de piedra, tatuando el aire de imberbe tristeza. Grieta en el techo de la almohada. Peonías rompiéndose bajo el yugo de la clepsidra, ese amargo reloj de agua que digiere nuestras emociones como el borracho que mira el ojo negro de la botella. El cuervo grazna impaciente. La hormiga se come el feto del escorpión. Estoy solo. De nuevo.

Kirk maúlla demasiado fuerte. Elijo el lugar de la herida. Y voy muriendo. Liturgia pura. Aurora de dedos negros que quieren beber de mi cadáver. La muerte me llama con su corazón de espejos. No hablamos de lapidas, solo de lluvia. La sangre en círculos de sumidero. Un último brindis mientras se desliga de mí.

El resto es silencio.

Fin Epílogo 2. 

The Death of Arthur by Trevor Jones on Grooveshark

sábado, 18 de mayo de 2013

Epílogo 1 - Obituario. (Mario)

Ese punto de fuga donde el mundo se detiene, la mente se abre y nos evadimos; el arrebato cuando descubres una canción, una obra de arte de tres minutos y medio, y quedas extasiado, sin poder respirar, con agonía absorta y expectativa. En la niñez ocurre con nostálgica simpleza. Por eso el paso del tiempo es un enemigo para todos aquellos buscadores constantes de ese punto de fuga, de esa emoción.


Sentado en el sofá, la televisión de fondo, tu cabeza silueteada por su luz de ruido blanco, el carmín rojo alzándose ante mí, envolviéndolo todo. Carmín color pasión, violación, penetración, fascinación, perversión. Huellas de vida en la copa de vino. Da igual donde mire: el mundo se ha transformado en unos ojos cobrizos incendiados por el deseo, en un infierno carmesí, en una herida abierta que supura ausencia y lo ahoga todo. ¿Virgo granate, rubor escarlata? El mar es violado por un atardecer de cuervos.



Habitemos lo evitable. Podríamos bailar, nunca estarías sola, vigilo tus sueños a la sombra de tus pestañas. Mariposas de saliva brotan de tu coño y se posan en mis dedos antes de morir. La poesía es una habitación que huele a sexo y sudor. Sombras chinescas de placer. Charcos. Templos con forma de manos. Canicas. Fulares. Insomnio. Laberintos emocionales que llenan la boca y despellejan rodillas. Piel Demolida. Cigarros llenos de cipreses que lloran al viento. Como un revolver cargado sin determinación. Tinta derramada. Corpiños de silencio. La conjetura. El pasillo embrujado sin retorno que oculta un tú dentro de un yo.

I've been waiting for a guide to come and take me by the hand
Could these sensations make me feel the pleasures of a normal man?
New sensations bear the innocence, leave them for another day
I've got the spirit, lose the feeling, take the shock away

Disorder by Joy Division on Grooveshark

jueves, 16 de mayo de 2013

Capítulo 32 - No hay pasión sin cierta crueldad. (Mario)

Llaman a la puerta. Antes de abrir ya sé quien es: Ana. Hago un gesto de invitación. Ella ni siquiera me saluda, mira al interior, hace una pausa y al final se decide a entrar. Se sienta en el sillón del salón y enciende un cigarro. Me acomodo a su lado mientras espero a que se enfríe mi té verde. La miro. Está preciosa, estilo gótico sin estridencias, maquillaje suave, falda corta, blusa gris escotada que permite vislumbrar un tatuaje cerca de la clavícula. Y sus ojos de subyugante y sempiterna tristeza, dos pozos de cristal sucio celeste. Suspiro. Joder, ¿por qué me siento tan nervioso? Tengo que tomar la iniciativa.

Mario: Ya sé que tú asesinaste a Peter. De hecho Alicia ha descubierto que la mujer que te sirve de coartada fue amante tuya. Lo tenías todo calculado desde el principio…
Ana: ¿Quieres un cigarro? (Niego con la cabeza) Quizás. O tal vez no. ¿Es importante para ti? (pausa) Yo… he venido a disculparme por mi comportamiento…
Mario: Ah, es cierto, he de reconocer que pensaba que pagarías mis dotes de anfitrión de otra manera, fuera de un contexto de cuerdas y drogas. La resaca, debo añadir, no fue demasiado agradable.
Ana: Me sorprende verte tan calmado. Pensé que me odiarías, que no me dejarías ni siquiera entrar en tu casa.
Mario: Pequeñas afinidades, la química de mi cerebro también falla de vez en cuando. Además, tengo curiosidad, ¿cómo conseguiste desaparecer en tu performance? Fue algo increíble.
Ana: Si fueras un niño me pedirías que lo repitiera, ellos todavía creen en la magia, no buscan el truco.
Mario: Cuando era un niño estaba obsesionado con Sherlock Holmes, siempre he buscado la lógica en todo. Responde al menos a una pregunta, ¿por qué volviste a mi casa?
Ana: (Sonrisa maliciosa, da una última calada y aplasta el cigarrillo en el cenicero) Podría justificarlo diciendo que tenía que recoger algo incriminatorio. Pero no sería cierto: ya tenía coartada. De hecho hubiera sido perfecto que descubrieran el cadáver cuando estábamos en Valencia. (Pausa) Simplemente quería volver a verte. Desde que te vi en Londres estaba…
Mario: (Extrañado) Disculpa, ¿Londres?

Ana: La realidad no es decepcionante, sólo desangelada, gris. No me reconociste, lo noté en cuanto te vi en el portal. Por eso no hablé contigo, había pensando tantas veces en ese momento que al darme cuenta de tu tibieza comprendí que todo había estado –de nuevo- sólo en mi cabeza. No, no me mires así, deja que me explique. Fue hace unos meses. A pesar de todo lo que me hacía estaba totalmente enganchada a Peter. Había miedo, pero también otras cosas. Esa noche me había dejado en la calle. Sin llaves, documentación o dinero. Estaba desesperada. Y de pronto te vi, ahí, en un banco, discutiendo con esa chica.
Mario: Joder. Sí, Laura, hace tres meses. Una ex. Fui a verla. Masoquismo sentimental.
Ana: No sabía los detalles de vuestra historia, pero era como tantas otras. Y cuando te alejaste y ella se echó a llorar pensé que todo había acabado ahí. Por lo que pude entender ella ya estaba con otro. Todo se reducía a un recambio. Sin embargo tú no te fuiste, sacaste el móvil y la llamaste.
Mario: Seguía enamorado, no quería que todo se redujera a esa despedida, quería tener un buen recuerdo. No podía dejar que todo acabase así.
Ana: Estabais a cinco metros hablando por el móvil. Escuché lo que decías, como la prometiste que la recordarías siempre porque era especial, magnifica…
Mario: Los decadentes somos así, nos terminamos creyendo nuestra propia impostura. Somos unos necios amantes de la nostalgia.
Ana: Quizás. Pero me gustó tu forma de perder. Tus palabras. Los dados a veces se equivocan, es difícil respirar cuando intentas escapar a través de los sueños.
Mario: O tal vez la sensación de impotencia debilita hasta el grado de denigrarte. Es lo que tiene tener poca autoestima. Y algún trauma.
Ana: Todos tenemos algún trauma, ¿sabes por qué seguía con Peter a pesar de todo? Llevaba años sin tener un orgasmo. Desde los diecisiete años. Y de pronto, casi sin esperarlo, tuve uno con él. Con dolor. Imagina lo trastornada que me dejó esa idea. Desde la universidad he estado con muchos hombres. He idealizado. He usado. Y al final, cuando ya me conformaba, de pronto sucedió con un hombre que me pegaba.

Mario: Joder, la sexualidad de las mujeres es… un momento… ¡ya te recuerdo! Pero es normal que no te reconociera, estás muy cambiada, en aquel momento parecías enferma, demasiado delgada, tus ojeras, tu ropa…
Ana: (Sonríe) Me salvaste y ni siquiera te diste cuenta. Te seguí después hasta aquel bar. Vi como bebías solo. Quería entrar, hablar contigo. Pero no me atrevía. No sabía como abordarte. Era la una de la madrugada cuando saliste tambaleándote. Y me quedé en blanco, estaba ahí, en medio de la calle, tú acercándote y no sabía que decirte. Entonces, justo cuando estabas a mi altura te pregunté: “¿Dónde está la salida?” Me sentí estúpida, dudaba incluso que me hubieras escuchado. Pero tú te paraste, me miraste fijamente durante unos segundos, y no sé cómo, pero comprendiste lo que quería decir. Y me diste un abrazo. Un largo y cálido abrazo. Había pasado tanto tiempo desde que la última vez que alguien me había abrazado... Luego me sonreíste y seguiste tu camino. Pero de alguna forma… me despertaste. No hay otra palabra para expresarlo. Dejé a Peter. Volví a Madrid. Y de pronto, justo tres meses después, volví a encontrarte en aquel portal sin ni siquiera pretenderlo…

***

Es tímida y viciosa, como si hubiera dos mujeres en su interior empujando en direcciones opuestas. Acaricia y luego muerde hasta hacerme sangrar. Mis dedos de pianista recorren el vórtice de sus caderas, desbrozando su ropa interior. Lujuria. Desesperación. Poesía gastada, como un gesto de galantería en la primera cita. Me araña la espalda. Intenso someterla. Desollamos nuestros labios. Calor. Sudor. Flujos mezclándose, descendiendo por sus muslos. Salvaje penetración de violador. Caricias llenas de cínico romanticismo.

La anorgasmia sobrevuela sobre nosotros, pero me siento ajeno a los retos. Los detesto. Me separo de ella, deslizo los dedos por su cuerpo recorriéndolo, penetrándola. Gime. Se arquea. Reacciona a los estímulos, todo sigue adelante, in crescendo. Pero justo antes de llegar, una puerta en su cabeza se cierra, la frustración empaña sus ojos. Oh, mi pequeña y jodida muñeca rota.

Empieza a chuparme la polla. Alargo la mano, abro un cajón de la mesita de noche y saco la petaca. Bebo con rabia. Todo ese pelo encrespado subiendo y bajando, como una maldición griega sobre mi cuerpo, devorando con avidez al monstruo purpura, quedándose sin resuello. Su coño lubrica siguiendo el guión establecido, pero ella no lo conseguirá. El dolor y el placer indisociables. Sigo bebiendo.

La pongo a cuatro patas. Separo sus labios y se la meto sin contemplaciones. La cojo del pelo con saña, enredándolo en mi muñeca, y aumento el ritmo. Su culo se mueve con lucidez. Afilo la petaca. Sigo insistiendo sobre su cuerpo, me dejo llevar, sus pezones son punzones de hielo, me agarro a ellos en una caída de siglos. Muerdo su cuello, largo y elegante. Ahoga un gemido. La saco totalmente, acaricio la entrada de su coño y luego brutalmente se la hundo con fuerza. Abducir su boca con mi lengua, todo el peso de mi cuerpo inmovilizándola. Mis manos rodeando su cabeza, lubricando una mezcla espuria de lenguaje obsceno y frases de amor. Me rodea con sus piernas, usa las uñas. Intento sujetar su violencia. La cama hace demasiado ruido. Todo gira. La sed continúa. Mi polla es un hierro al rojo vivo que nos convulsiona. Las sinapsis crepitan, pavesas de lujuria cegando nuestros ojos. Quiero llenarla pero es un océano ilimitado.

Todo sigue, y sigue, y sigue. Una hora. Quizás dos. Sudor. Oscuridad. Calor. Amor. Odio. Dolor. Colisión. Abismo inescrutable. Cierta lucidez ilumina la escena justo antes del orgasmo, ese fugaz y turbador sosiego. Movimiento espasmódico de amor blanco que vierte encrucijadas genéticas en su interior. Nos separamos. Ana suspira débilmente. Al rato me acoge en un abrazo lleno de posdatas. Fingimos y cerramos los ojos.

Horas después el cuchillo atraviesa mi costado. No importa. El fracaso siempre fue mucho más doloroso.

Fin capítulo 32. 

We Ask You to Ride by Wooden Shjips on Grooveshark