sábado, 24 de junio de 2017

02/30 - Las hormigas se precipitaban por el borde del mundo, como si la verdad estuviera en la ficción de un helecho de plástico.

El poeta buscando más allá de las líneas de su mano extendida
Sentirse perdido, arrullado por la intrascendencia
“Tienes demasiado tiempo para pensar”, me dicen por ahí
Cuál es la solución entonces, pregunto, ¿tener menos tiempo libre?
¿Hacer de la costumbre instinto?
¿De la belleza un círculo cerrado, un vicio oscuro, un remordimiento?
Observo la piel, la palabra, la carne rasurada en el espejo
Lo que puedo haber sido y no nos permitimos ser
Como un cuchillo frio y hermoso
Pero sin filo
El final de algo que no funciona

Un dios enano cruza las piernas exasperado
El mundo nos ha decepcionado a los dos
Las bombas no estallan nunca
Las putas adoran la oreja de Van Gogh después de mearse encima de sus cuadros
Nos dejamos dominar por el dinero, por el miedo, por el frío de olvidamos de nosotros mismos
Y luego solo quedan unos zapatos muertos debajo de la cama
Tres facturas
Y un par de orgasmos de saldo en noches de escarcha caliente

El embrutecimiento de las ratas paseando por mi cerebro
Devorando las ideas, los clichés y todos los amores falsos
Devorando el esplendor, la humanidad y la gloria

Para qué hacer preguntas a las ratas
Si solo están apuñalando vacíos
Para qué quejarse de la oscuridad del último peldaño
Si la puerta ya está cerrada

Mete el dedo en la grieta
Escava hasta donde cesan las imágenes
Hasta la ceguera, el desnacer y el silencio sonámbulo
Y arrasa con todo.

viernes, 23 de junio de 2017

01/30 - La literatura, como cualquier forma de arte, es la confesión de que la vida no basta, de que la conciencia siempre produce desperdicio, que el conocimiento muchas veces es decepción.

Miss Havisham es un fascinante personaje de Charles Dickens que aparece en su novela "Grandes esperanzas", publicada en 1861. Havisham, huérfana de madre desde niña, era una rica hacendada británica que había heredado una gran mansión de estilo inglés, "Satis House" al fallecer su progenitor. Ya de mayor, se enamora perdidamente de un caza-fortunas, de nombre Compeyson y pese a las advertencias de sus familiares más cercanos, decide comprometerse con él. La boda iba a celebrarse en la misma mansión de la novia un día por la mañana pero a última hora, Compeyson se arrepiente tras sufrir un ataque de remordimientos y deja plantada a su prometida a las puertas del altar enviando una nota en la que explica que nunca la había amado y que solo perseguía su dinero. Miss Havisham recibe la nota a las nueve menos veinte de la mañana, mientras las asistentas la estaban ayudando a ponerse el vestido de novia en el tocador de su habitación. El gran salón del piso de abajo estaba preparado ya para la celebración del banquete, con la mesa dispuesta para recibir a los comensales, presidida por un enorme pastel de bodas.
 
Havisham con el corazón roto y humillada, no solo ante sus parientes y amistades más cercanas, sino ante el resto de la sociedad cuando se hiciera eco del suceso, decide encerrarse en si misma de la forma más retorcida, deteniendo el tiempo en el momento exacto en el que había recibido la nota y convirtiéndose en un personaje gótico bastante siniestro. Havisham ordena a sus criados que detengan todos los relojes de la casa a las nueve menos veinte y que dejen la mansión tal cual, como estaba en aquel preciso instante sin tocar, ni limpiar o arreglar nada nunca más. El salón se queda con la mesa del banquete puesta, con los platos y cubiertos puestos esperando a los comensales que nunca llegaron cogiendo polvo y el gran pastel de bodas pudriéndose lentamente en lugar destacado, El tocador de su habitación tal cual como cuando la estaban vistiendo, con el ramo de flores de novia en una esquina, secándose poco a poco, Y el resto de la mansión deteriorándose con el paso del tiempo como si fuese un lugar abandonado.

A partir de esa fatídica mañana, Miss Havisham se viste con el mismo traje de novia todos los días durante el resto de su vida, No lleva el conjunto completo sino que solo utiliza las prendas que sus asistentas le habían puesto al recibir la nota de cancelación. En aquel momento llevaba solo un zapato por lo que el resto de su vida se pasea por la decrépita mansión con un solo zapato, arrastrando la cola del vestido, que se va volviendo de color gris a medida que va recogiendo la suciedad del suelo. Por otra parte, con el paso de los años, su aspecto físico se deteriora y adquiere una delgadez extrema, que junto a la piel de color blanco mortecino como resultado de permanecer siempre encerrada en casa sin ver la luz del sol y sumado al viejo vestido de novia que siempre lleva, le confiere una imagen completamente fantasmagórica.

Al investigar sobre este personaje literario di con esta web: http://col2.com/miss-havisham-de-charles-dickens-fue-un-personaje-real y me enteré de que Charles Dickens se basó en una historia real para crear a su personaje. En Nueva Gales del Sur, Australia, en 1841 una mujer había sido plantada el día de su boda y tras sufrir una crisis nerviosa, se había encerrado en su mansión de Camperdown Lodge, ordenando que no se retirasen ni los adornos del banquete ni el pastel de bodas, dejando la larga mesa del salón dispuesta, pudriéndose lentamente. Se trataba de Eliza Emily Donnithoine (1827-1886), de 21 años, perteneciente a una familia de la alta sociedad e hija de un juez retirado, James Donnithorne. Al igual que Miss Havisham, desde el día del fallido enlace se negó a vestirse con otra cosa que no fuera su traje de boda, esperando a que el novio, un tal George Cuthbertson llegase, en medio de tal colapso mental, que su padre accedió a no tocar nada temiendo que su estado pudiera empeorar todavía más.

Nadie lo sabía entonces pero Eliza había acudido al altar embarazada y cuando dio a luz, su padre decidió entregar al bebe en adopción para evitar un mayor escándalo. Al estar su hija auto-recluida, la noticia del embarazo no transcendió. Poco tiempo después su padre murió y Eliza decidió despedir a todo el servicio salvo a dos asistentas, ordenó tapiar todas las ventanas, convirtiendo la casa en su propio mausoleo, donde se encerró para no volver a salir jamás, hasta que falleció de enfermedad cardiaca 38 años después.

La tumba de Eliza Emily Donnithorne en el cementerio de St. Stephen's de Newtown, Sidney, es un centro de peregrinación para fans de Dickens que recibe cientos de visitas al año. En psiquiatría existe una patología conocida como "Efecto Miss Havisham" usada para describir una reacción similar al comportamiento del personaje.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Dime qué te despierta y te diré quién eres.

El psicólogo Walter Mischel de la Universidad de Colombia se hizo famoso a principios de los setenta por sus experimentos con los marshmallows: ponía a varios niños en una habitación con un plato de estas golosinas de azúcar y les daba a elegir entre dos opciones, comerse uno de inmediato o esperar un cuarto de hora y poder comerse dos. Alrededor de un tercio de los niños logró aguantar un cuarto de hora. Lo interesante es que aquí no acaba el experimento. Veinte años más tarde Mischel observó una correlación entre el tiempo que había resistido cada niño al marshmallows y lo bien que le iba en la vida. Cuanto más tiempo posponían la gratificación menos problemas de conducta padecían más tarde en el colegio y mejores resultados académicos sacaban. Desde entonces el autocontrol se ha convertido en uno  de los principales focos de interés de la psicología, y varios estudios lo presentan como algo más eficaz que el cociente intelectual para predecir el éxito en los estudios, y más adelante nuestra estabilidad económica, laboral, e incluso conyugal. Todo indica que el autocontrol es la clave de la fortaleza de carácter.

            Autocontrol, ahí está la clave. Pero dónde está el autocontrol en una sociedad que nos educa con sueños fabricados en un bombardeo incesante de publicidad, con consignas de emancipación taradas, donde siempre hay un examen, una entrevista de trabajo, una fecha límite, una amenaza de fracaso, un despertador anunciando la futilidad de un día más. La sociedad nos tiene como hámsters anfetamínicos corriendo de un lado a otro comprando en los centros comerciales mientras suena de fondo una canción pop que nos promete felicidad. Nos levantamos ateridos de pasado, aprensivos con nuestro futuro mientras nos hacen tomar como certezas unas cuantas mentiras aprendidas, engalanando la mediocridad con unos laureles de plástico mientras nos consolamos pensando en el siguiente puente, en las vacaciones de verano, en la lotería de Navidad. España se ha convertido en el parque de atracciones más barato para el turista extranjero, un país que pretende salir del fraude de la crisis con más ladrillo mientras anima a sus jóvenes a estar pluriempleados o a que se vayan de aquí. Tres millones de casas vacías y el precio del alquiler sube cada vez más. Un impuesto al sol para mantener el oligopolio de las eléctricas. Es el mundo de la posverdad, lo importante son las apelaciones a las emociones sin preocuparse de si son ciertas, dejando la verdad como algo secundario. Manipulación, propaganda, el periodismo actual sin principios éticos, sometidos a las bulas de la publicidad estatal o de las grandes empresas. Incluso cuando piden dimisiones es porque el tablero de poder se ha comido a su pez más pequeño y hay que mantener limpio el cortijo. La suspensión de incredulidad, la pasividad, el hooligan partidista, el activista de Facebook (como yo), etcétera, etcétera.

            Estoy escuchando a Steve Vai, For the Love of God, el arte me relaja, una olvidada virtud de los sabios. La mitad de la gente no sabe qué hacer, la otra mitad es idiota. Me he comprado un nuevo ordenador. Consumismo. Infamia. Estaré más tiempo por aquí a partir de ahora.

PD: Ya ha salido la quinta temporada de House Of Cards, Corred insensatos.

martes, 23 de mayo de 2017

Si albergas cierto respeto por el arte nunca cambies la honestidad por el reconocimiento.

Toda forma de posesión es causa de muerte espiritual. Los dos mayores sabios de las postrimerías de la Antigüedad: Epicteto y Marco Aurelio, un esclavo y un emperador.

Muchas personas consideran que confortablemente instalados en el sofá de su salón y a través del televisor pueden informarse seriamente. Es un error mayúsculo por tres razones: primero porque el telediario está estructurado como una ficción, no está realizado para informar, sino para distraer. A continuación porque la sucesión rápida de noticias breves y fragmentadas producen un doble efecto negativo de sobreinformación y desinformación. Y tercero porque querer informarse sin esfuerzo es una ilusión. Informarse cansa, y a este precio cada uno de nosotros adquiere el derecho de participar inteligentemente en la vida democrática.

Agotados por el trabajo, horrorizados por el paro, angustiados por el porvenir, hechizados por la televisión, aturdidos por los tranquilizantes, los ciudadanos sufren un adoctrinamiento constante, invisible, y clandestino.

Cualquier anuncio es una puesta en escena, una mitología incluso, de gente muy guapa comiendo, consumiendo, comprando mientras ostenta una felicidad de éxtasis. No se hacen afirmaciones directas, son los espectadores quienes proyectan o deducen. Un anuncio puede gustar o no gustar, no se puede refutar.

Somos tan frágiles como un pájaro al que sacan de la jaula y no sabe qué hacer. La idea es el torniquete de las palabras. Sangra. Sangra. Sangra. La escueta urgencia del reloj, el sordo crepitar del tiempo, como un haiku, como una irremediable pérdida de tiempo, como un autobús perdido.

Sócrates afirma que una vida sin cuestionamientos, sin hacerse preguntas, no merece la pena vivirse. La sabiduría es la máxima felicidad dentro de la máxima lucidez. No es tanto un absoluto como un proceso.

Simone de Beauvoir tras la muerte de Sartre: “Su muerte nos separa. Mi muerte no nos unirá. Así es; ya fue hermoso que nuestras vidas hayan podido estar de acuerdo durante tanto tiempo“.

La existencia se compone en un tanto por ciento muy alto de fracasados que se disfrazan de personas felices y de perdedores que con sus harapos ponen un punto de realismo en la ceguera.

La vida oscila como un péndulo entre el dolor y el hastío. Sufrimiento porque deseo lo que no tengo y sufro esa carencia; aburrimiento porque tengo lo que desde ese instante ya no deseo. Frustración o decepción. Sufrimiento o aburrimiento. Inanición o inanidad.

El Leteo amniótico de un vaso de vino, a oscuras, sentado al borde mí mismo junto a mi tristeza rutinaria, mientras brotan, ahí afuera, las rosas que adornarán mi tumba. Resuena la claqueta, ya no hay focos; ¿dónde están las vidas que perdí?

Masturbarse mecánicamente, como quien suelta el hilo de un sentimiento que se eleva cadencioso, como un viejo y turbio poema de Baudelaire.