la Vida, ovillo que cae al suelo y se esparce en silencio sin que pueda
hacer nada para recuperarlo
un niño grita desde un balcón, como un herpes genital que agita su
humanidad en el aire.
Somos como pestañas suicidas cayendo avergonzadas ante el empujón sórdido
pequeñas dosis de litio floreciendo en el estiércol de un sexo
sobredimensionado
suicidas sin Suicidio en un espacio que nunca es inocente.
Las paredes resbalan intoxicadas
las pelusas se creen reinas pero sólo son marionetas que suspiran
fuegos fatuos, pavesas que mueren en esta copa con sabor a lluvia
y ahí afuera los arboles cantan, acunan el estertor del niño
humillan la lucidez dibujando notas sobre el Poema.
La autodestrucción me guiña un ojo
se sube la falda y desliza las bragas hasta dejarlas retozando en su
tobillo izquierdo
siempre es ella quien consigue romper el himen de mi indiferencia.
La Hiena me critica:
“Qué aburrido hablar de amor
–ese deber de Manicomio. De los laberintos se escapa por arriba”
Y le respondo con sarcasmo que no me decido, ¿se refiere a sus piernas
o a sus labios?
porque Ella es una mujer de
puntos suspensivos
capaz de abismarte con uno solo de sus paisajes
los tacones manchados de semen pero con unicornios entre los muslos.
Y la Hiena me replica:
“No conoces el secreto de la
Nada, el Amor es un fuego que desfigura, ven conmigo, violemos a la Belleza”
Pero me resisto, porque sé que detrás de esa mascara, de esos ojos, sólo
existe el Miedo
y aunque mi corazón es de madera me arrodillo ante el Poema
y el Orgasmo –hijo bastardo de la Muerte- besa mi cicatriz de gasolina
con los labios fosforo de la Musa.
La explosión acaba en el acto
con el laberinto de tijeras hambrientas.
Y al abrir los ojos vuelve a eclipsarme su mirada azul
pero esta vez si me atrevo a decirle:
“Disculpa, no quiero
interrumpirte, pero estás apoyada en mi abrazo…”


