Isabel me había llamado,
estaba en la ciudad y quería, casi me había suplicado, que nos viéramos en
persona. No me agradaba la idea, no era ese el acuerdo tácito que habíamos
dispuesto cuando empezamos a intimar a través de correos y llamadas
intempestivas. Me gustaba el platonismo de la distancia física, no había creado
un blog para conquistar féminas con la pose de poeta romántico desgarrado. Solo
quería escribir, un poco de notoriedad aséptica, volcar ciertas locuras
indefinibles, o indefendibles, en el teclado. A fin de cuentas para forzar
cuerpos y esculpir carne tenía los métodos sociales habituales. Había mujeres
que valoraban mi aire desgarbado de impenitente intelectual, el conjunto de
sobriedad negra, extrema delgadez y gafas de miope. Mis manos de pianista,
frías y esbeltas, escondidas en el gabán, solían provocar un gesto de ternura.
No, no había complicaciones en eso. El blog, por otra parte, empezaba a darme
problemas, quizás lo mejor sería desaparecer, The End, sin demasiadas explicaciones, incineración virtual, sin
decepciones, con honestidad.
Me pareció por lo tanto adecuado
acudir, como último gesto, antes de finiquitar mi vida virtual.
Cuando llegué a la cita ya
se encontraba ahí, delante del café, casi enfurruñada. Un par de besos tímidos,
casi protocolarios, manifestaron nuestro nerviosismo. Pedí la sempiterna copa
de vino. Sonreímos a la vez, nuestras cicatrices estaban ahí, no había tanta
diferencia con la webcam. Empezamos a hablar como si retomáramos una conversación
interrumpida cinco minutos antes.
Rorschach: Tienes unos ojos verdes maravillosos, pero has
errado en los colores, el abrigo tiene que ser rojo y los guantes negros, no al
revés.
Isabel: Has tenido demasiadas mujeres con un abrigo rojo y
nunca ha funcionado. Por cierto, me emocionó Pink Moon, el álbum que me recomendaste de Nick Drake, ha sido todo
un descubrimiento.
Rorschach: Es de una sensibilidad infinita, lo escuché en
Paris, en el Père-Lachaise, para compensar la decepción del café des Deux Moulins.
Isabel: ¿De verdad?
Rorschach: No, es broma. Fue en mi casa, después de leer un artículo.
Recuerdo que era Navidad y sentía una melancolía extraña, un desasimiento de mi
entorno, y cuando comencé a escucharlo, de pronto, dejé de sentirme solo.
Hablando de otras cosas, ¿qué tal llevas tu ruptura?
Isabel: Está siendo desgarradora, ¿y tú la tuya?
Rorschach: Un agujero negro en el pecho, ¿cuándo fue la última
vez que te masturbaste?
Rorschach: Con delicada misoginia, te arrancaría la ropa, abriría
tus piernas, te empujaría la cabeza contra el sofá y te follaría por detrás,
sin preliminares, no sería bonito ni tierno, solo el golpeteo rítmico del sexo.
Pero antes te obligaría a masturbarte aquí, delante de toda esta gente,
pondrías el abrigo encima de tus piernas y deslizarías tu mano hacía abajo. No
me lo dirías, pero antes de tocarte ya estarías muy mojada. ¿Sigo?
Isabel: Sí…
Rorschach: Te tiraría del pelo y susurraría palabras que te
harían sentir como una puta, te resistirías, pero tu cuerpo no, tu cuerpo sería
más honesto, se encharcaría, se abriría más a mí. Te sentirías violada, pero
tus gemidos me darían las gracias. Ah, mírate, respirando entrecortadamente,
como una niña, ¿te gusta como follan mis palabras?
Se levanta, se pone
lentamente su abrigo, me acaricia la cara con su mano, ligeramente húmeda, y me
sonríe.
Isabel: No te levantes, dejémoslo aquí, ha sido perfecto, no
conviene forzar demasiado el platonismo. Gracias.
Me quedo paralizado, veo a
cámara lenta como se aleja poco a poco, sale de la cafetería y desaparece como un
sueño de bruma.
Reacciono, salgo corriendo
de la cafetería. No la veo, imposible, ¿dónde está?
No quería estar ahí, hubiera preferido quedarme en casa y desfondar mi
alma con alcohol barato en soledad, sin testigos, no en la puta cena de
empresa. Pero ya era demasiado tarde, llenaba mi copa compulsivamente y
brindaba por Baco el conquistador
mientras los demás me rodeaban con sus anécdotas del trabajo, compitiendo por
ser el protagonista que llenara con su única y peculiar estulticia, con sus fotos
de miseria, el hueco degradante de la conversación.
Pero eso no fue todo, después fuimos trastabillando hacia nuestro
particular Gólgota, una discoteca del extrarradio. Nos hicieron descuento por
grupo, pero las camareras nos sonreían mientras nos servían garrafón, conscientes
de su venganza prospectiva. Me dejé llevar por la inercia estúpida del entorno
e intenté provocar la elipsis con tres copas.
Había pasado una hora cuando me tumbé en uno de los sillones del
reservado, observaba a uno de nosotros, cuarentón, tripita cervecera, bailando alegre
mientras intentaba el acercamiento a las féminas veinteañeras que nos rodeaban.
Éramos un zoo de monos, estaba seguro de que a la mayoría no le gustaba ese
ruido/música, tenían la garganta entumecida de gritarse tonterías al oído, de
reírse de esas mismas tonterías, ¿había algo más tedioso que esforzarse por
divertirse? Me señalaban con el dedo pensando que la bebida me empezaba a
afectar, pero simplemente odiaba este circo, esa imposición de diversión, era
como una gran broma, todo el mundo sabía que era ridículo, pero nadie se
atrevía a romper la norma, era lo que tocaba hacer, porque sí, la normalidad,
podíamos desinhibirnos pero en un entorno controlado y preparado para entumecer
los sentidos. Música estridente, alcohol adulterado, compañía descerebrada. El
premio, naturalmente, era mostrar un baile de cortejo adecuado y, por fin,
aparearse al final de la noche. El motivo ulterior.
Sentado ahí, observando todo con ojos de basura humana, me entraron,
poco a poco, ganas de morir. Y en la quietud de esa vorágine de carne, alargué
mi mano hacía el mosaico de bellos colores, bebidas ajenas, que me hablaba
desde la mesa, e introduje el variado veneno en mi cuerpo, con la afinidad de
un castigo vulgar.
El local cerró, hubo muchas despedidas, y quizás dije cosas duras y
cortantes que fueron acogidas con risas incomodas, un par de insultos y un
conato de violencia; es divertido observar como se rompe en pedazos esa pátina
de civismo que suele sodomizar nuestros espíritus. Pero no pasó nada
importante.
Había niebla, pero de algún modo conseguí llegar a casa. Me arrojé sobre
la cama, el pitido inmisericorde en mi cabeza, la mano hinchada palpitando.
Acaricié las venas de mi muñeca: estar vivo no era la mejor forma de terminar
la noche. Todo era tan erróneo. Además, el veneno, la descomposición
espiritual, pugnaba por salir. Intenté resistir, pero la sangre era más fría
que de costumbre, carámbanos de hielo recorriendo el antebrazo, congelando mi
cuerpo de ovillo; y como en tantas otras cosas, fracasé, y terminé vomitando
hasta las entrañas.
Y adoré durante unos minutos de rodillas mi decrepitud y luego me
incorporé temblando de vida a pesar mío.
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