Sólo era un número, una huella en la ventana en la planta decimoquinta de un rascacielos cualquiera, la mujer que empezó a escribir este día ya no existe. No te obsesiones con la báscula sino sabes chuparla. Siento la necesidad de una muerte sobrevivida cuando me siento patético, aunque no tenga la culpa de tener predisposición a contraer enfermedades afectivas.
El silencio en una canción puede ser más acogedor que las personas.
Sin alarmas ni sorpresas voy vaciando tu carpeta, la agenda vacía, sin imágenes, sin mensajes, sin recuerdos. El corazón puede ser un vertedero que lentamente te mata, por eso prefiero ser todos los días que elegiste ignorar.
Todo bien. Como siempre. Cuando las cosas van mal es cuando me esfuerzo en no ser fiel a mi propia pasividad, con lo fácil que es seguir siendo uno mismo y dejar los cambios para otros. Lección aprendida. El otro día hablaba con una chica que no le gustaba la música. Me pareció extraño. Lo normal es que no te guste la vida, no las cosas que la hacen soportable. Hasta Nietzsche estaba de acuerdo. Recordemos la anécdota del burdel: sus amigos le arrastran a uno y él espera abajo. Divisa un piano y comenta: "La única cosa con alma en la sala" y soporta la experiencia afinándolo y tocando alguna pieza. Sin embargo muchos de los síntomas de su precaria salud y posterior enfermedad concuerdan con una sífilis arraigada desde su juventud. Puede que la música no fuera tan importante a pesar de todo.
Salgo del trabajo a la una de la madrugada. Cansado. Voy a casa a ducharme. Mi plan es quedar con Andrés, antiguo compañero de trabajo, y visitar los antros que existen en este pueblo ajeno a la belleza. Recordar tiempos mejores y alejar los pensamientos suicidas recurrentes que me asolan como el eco de una casa vacía. A punto de salir me ponen el Skype, fiesta de Halloween, divertida, chicas guapas, con glamour y la sonrisa pintada en los labios. El efecto es inmediato: mi plan me parece tan lamentable que mis ganas de emborracharme se recrudecen. Llego al lugar indicado y no viene nadie. Le llamo y, ¿qué escucho? Gemidos. Y un golpeteo rítmico –verídico. Vuelvo a casa y sigo leyendo a Epicuro. Noto como la depresión empieza a romper las pocas sinapsis sanas. Un extraño canto de sirenas taconea el asfalto. Levanto la persiana y como en la más jodida teoría del caso veo a mi ex. Me saluda. Saldo al balcón y la invito a unas copas. Acepta. Situación surrealista, hace dos meses que ni hablamos. 01:45-02:30 Estamos hasta que cierran el local. Le acompaño a casa, vive en el mismo barrio que yo. No quiere salir más. 02:35 Andrés me llama. Lo siente, pero han surgido cosas que no le han permitido estar a la hora. Quedamos de nuevo. El frío aumenta. Entramos en un local de salsa. Un matrimonio está discutiendo acaloradamente. La mujer le está golpeando mientras le llama cornudo y marica. Intento que me sirvan una copa antes de que venga la policía. Fracaso. Siguiente local. Se me insinúa una mujer que usa el corpiño de su hija y que tiene una par de obscenidades escritas con roturador en los brazos. Mi amiga la botella me aconseja que no comparta mi copa con alguien así. Cierran a la media hora. Sobre las cuatro menos cuarto entramos en otro, con la persiana bajada y todo. Conseguimos convencer al dueño para que nos sirva la bebida en vasos de plástico. Nos encontramos con más gente, músicos sin banda que nos invitan a sus conciertos y me cuentan que siempre hay tiempo para todo. El tiempo sobre cuando tienes veinte años, en mi caso sólo es polvo en un estante vacío al que ya no puedo llegar. Mi risa es desagradable, pero Andrés les convence para que nos lleven en coche. Deben de ser las cuatro de la mañana cuando nos encontramos a Mauri. Está hablando solo por la calle haciendo eses y hablando de Jesús. Es la primera vez que le vemos pero le animo a que venga con nosotros. Andrés no está muy convencido, pero a mi los psicóticos que abusan de las drogas y el alcohol me parecen la mejor compañía. Pasa de las murgas cristianas cogiéndonos de la mano y recitando la Biblia a hablar de las mujeres como si fueran objetos a los que hace falta sacar brillo. Conseguimos llegar a la peor zona de bares de Madrid mientras compartimos drogas y alcohol por la calle Esquilmamos a Mauri para que nos invite a todo. Esta totalmente descontrolado y entra a cualquier cosa con falda, incluido un tío. Casi nos pegan en dos ocasiones. Sobre las cinco y media ya estamos en zona discoteca. Paso por todas las sensaciones. Seamos francos: me siento un carroza. La bebida hace efecto a ratos, noto mi afonía. Me encuentro con un par de conocidos, pero huyo de ellos como de un espejo desenfocado. Mis compañeros más que ligar molestan. Todo es tan mundano, vulgar, triste, lamentable. Ahora se dedican a hacerse fotos con las chicas que les agradan. Es ese momento de la noche en que no puedes seguir fingiendo que lo pasas bien, las visitas al baño ya no funcionan y el cubata es una excusa para no meterte las manos en los bolsillos y tumbarte en el suelo. La noche finaliza, son cerca de las seis y media y empiezan a cerrar. Las mujeres son pedazos de carne incapaces de coordinar bien su salivación. Una chica empieza a rondarme. No hay visto Amelie, no conoce a ningún grupo decente, no entiende mis bromas. Se me echa encima. Magreo. Fricción. Encienden las luces. No sé como actuar. Intercambio de teléfonos. No quiere que la acompañe a casa. Está claro que con la luz encendida he fracasado. A Mauri le hemos perdido. O está follando o le han metido una paliza. Su noche era de extremos. Nos vamos a casa en taxi. Cuando llego a mi habitación todo me da vueltas. Malas noticias: he sobrevivido.
La memoria juega malas pasadas a veces. Comprendo que las drogas de mi adultescencia han creado una brecha entre ciertos recuerdos infantiles y el presente, pero al igual que las cicatrices en la piel y los recuerdos de la niñez afloran con virulencia en la vejez, hay momentos de exaltación melancólica en los cuales, sin tener derecho, mi conciencia filtra sin rigor recuerdos sumergidos bajo capas de nostalgia inactiva.
Estamos hablando, que yo entiendo que no estáis ahora mismo en mi cabeza- de aquella época gloriosa en la que no había Blockbuster y miles de videoclubs cohabitaban en cada barrio, lugares mágicos y entrañables donde podías pasarte horas y horas viendo carátulas de vhs intentando adivinar si lo que prometían esas sinopsis iba a convertirse en realidad –luego finalmente daba igual, es lo bueno de ser joven, todo es nuevo y hasta la basura mas repetitiva tiene un encanto especial-. En esta experiencia coincido con mi mejor amigo y con mi ex, que es ex porque antes era novia y eso implica que teníamos cosas en común. El caso es que yo por aquel entonces idolatraba a Sherlock Holmes, no he admirado nunca a ningún artista, músico o adulto, pero si que me he quedado prendado de personajes de libros o cómics. Me decía a mi mismo que lo mas importante en la vida era la inteligencia y quizá malentendiendo las cosas, ser un poco prepotente y tener siempre razón,. La parte referida a su misoginia, que fuera heroinómano, huraño, condescendiente, quizá un poco ajeno a todo, sin familia excepto su hermano Mycroft Holmes que tenia un talento superior pero que no quería salir del club privado, permanecía en alguna zona muerta de mi idolatría.
Como iba diciendo, estaba una de aquellas tardes que perdia merodeando en aquel enorme videoclub –ahora convertido en una copistería sin mas ápice de magia que blanquear el dinero de sus ilustres propietarios-, disfrutando de toda aquella imagineria que conformaba el mundo interior de mis tiernos nueve años cuando cayo en mis manos la película “El secreto de la pirámide”
Es una precuela que narra las aventuras de nuestro querido protagonista y de Watson. La vi dos veces seguidas incapaz de contener mi asombro. Una de las cosas que me llamo la atención, y es que antes si que era enamoradizo, no como ahora, que soy mas bien tirando a dependiente obsesivo, es una escena en la que –escenario colegio mayor ingles, donde irán los futuros lideres de la nación- están discutiendo durante una comida cual es el trabajo o el futuro con mayores posibilidades económicas o de prestigio: abogados, políticos, ejército son las respuestas mas repetidas; cuando llega el turno a Holmes ve pasar a Sofía Ward –sin mucho diélogo pero guapísima en mi recuerdo- y contesta: “No quiero vivir solo...” Todos le miran estupefactos sin entender la profundidad de su respuesta.
A mi también me llevo una vida entenderlo…
Al final ser hijo único provoca que parte de tu infancia se funda en escenas de películas. James Stewart dando un discurso en “Caballero sin espada”, Gremlins cerca de una ducha, Han Solo respondiendo a una declaración de amor con un “Lo se” antes de quedar congelado en carbonita, Leonard Cohen haciendo la entrada en una emisora ilegal, Madoka Ayukawa dando la doceava bofetada –injusta como casi todas- en el rostro a Kyosuke, Rocky perdiendo, Jack Nicholson volando sobre el nido del cuco, Ennio Morricone sonando una y otra vez, Conan buscando su venganza, Paul Newman comiendo cincuenta huevos, Elizabeth Taylor mostrándose como una gata sobre un tejado caliente, Ava Gardner bailando, Humphrey fumando, Katherine Hepburn echando a Cary Grant de su casa, el baile de los vampiros y su "Noche de miedo"…y tantas otras…
Años mas tarde -te has hecho mayor y sin darte cuenta tú corazón se ha ido muriendo-, vuelves a visionar las mismas películas, esta vez en formato dvd, y no puedes impedir que una mueca deforme tu rostro. A pesar de que hemos comprado el mejor cable y la pantalla más grande no es posible digitalizar la nostalgia para que nos emocione como antaño. El problema no es de las películas me temo, ellas no han cambiado nada.
Por eso me gusta mas el amor en el cine, es más puro en el concepto porque los personajes están congelados en su belleza utópica. No vuelven a la mesa de juego como en “Veinticuatro horas en la vida de una mujer” de Stefan Zweig, no hay desesperanza, no hay decepción, no hay realidad en suma. Y más para alguien que pensaba que Sherlock Holmes estaba vivo resolviendo casos en Baker Street.
Me encantaba Scott Summers. Hasta él ha cambiado. Dios mío…hubiera sido mejor morir a los veintisiete. Lo que sé, arruina lo que deseo.
Abrirse a alguien es la cosa más complicada que existe. Si, a todos nos acompaña esa verborrea robótica del alma, esa adulteración de lugares comunes, esas trincheras donde nos refugiamos sin cuestionarnos nada, vomitando opiniones aprendidas de memoria primero en casa, luego en el colegio y finalmente, cuando creemos tener un criterio ajeno, –que creemos propio por pura repetición sistemática- juntándonos con gente que ha llegado a la misma casilla que nosotros.
Pero de lo que estamos hablando es algo mas profundo, hablamos del susurro, de la infancia. De secretos, de infamias, del germen de las cosas que provocan tus incoherencias, tus misterios, tus desencantos, todas esas cosas que te cuesta asumir pero que, sin embargo, exiges que los demás acepten sin llegar a darles siquiera la oportunidad de entender.
Es comprensible esta actitud, es arriesgado mostrarte tan vulnerable, porque es un salvoconducto a tu autoestima, es mostrar los hilos –pocos y finos- que mueven nuestra psique. Al final nos rendimos, hay mucho daño acumulado, hay rencor, decepción, desconfianza. Creamos un muro de lamentaciones donde van nuestras frustraciones y las ajenas. “Yo soy así, y no puedo cambiar, acéptame o vete” esgrimirás como muletilla ante cualquier discusión. Y puede que me vaya. Y puede que haya lagrimas en mis ojos que tu no podrás valorar porque también lloras, desconsolada, en esa habitación de hotel, mientras te balanceas acunada por una nana que tarareas sin saber muy bien porque, quizá porque era lo mismo que hacías cuando tus padres, ajenos a ti, discutían en el cuarto de al lado de esa casa tan escasa de amor que fue el hogar de tu infancia.
Enhebro calientes agujas de esperma mientras... guardas mi desgarbado amor en tu bolso, me quedo solo con el reloj contando muertos con su tic-tac, gradas llenas de zombies que buscan un vencedor, números que merecen la fosa común, polvo de esperanza en jaulas de cemento, ojos oliendo a cruz quemada sin resurrección, ese surco de sangre que deja la tos de mis palabras, muletas de espaldas con forma de adiós, corona de vino secándose al fin en esta ensoñación de frenopático, con las paredes resbalando como orugas en cuchillas afiladas, el perro despedazando esa vieja muñeca de trapo que es mi alma. Las palabras bonitas, como las mujeres, se arrugan y mueren al fin.
***
Tú, si tú, el corazón
apenas me molesta pero tu lascivia esta dañando otra parte. Soy un ser lleno de
sentimientos -todos referidos a ti. Llámame cuando quieras darme un beso de
amiga y hablar… sólo hablar. Suelen ser los mejores preliminares.
Ahora estoy practicando delante
del espejo como decirte que no. Resultará difícil que lo consiga, eres
irresistible. Un beso.
Y escribe algo, lo que
sea, que me siento culpable... hay muchas formas de decir las cosas, no lo
olvides querida Gretel...-espero que te guste la canción.