¿Acaso ya no recuerdas el perfume del coño de una
desconocida? O las damas, ¿no recuerdan como su cuerpo se abre ante una pasión
real, la emoción al final de la ecuación, los nudos en las sabanas? Antes había noches de auténtica libertad, de subirse a una mesa y proclamar
el reinado del Rey Lagarto, de chupitos de absenta con los besos más largos
del mundo, llenos de humo y cocaína, y las venas rebosando música. Con los secretos
del museo de la soledad sobre cómo vivir o amar a nuestro alcance, pero siempre barridos de la memoria como un
remolino de hojas secas al que no dábamos importancia. Y en ese presente puro las
estrellas reían contigo, esa persona merecía los riesgos, las marcas, la llamada
indecente, ebria, de madrugada.
Pero al día siguiente seguimos teniendo miedo. Y ni
siquiera es a la muerte, es a la vida, como si se nos representara como un padecimiento
continuo. Y nos escondemos detrás de rutinas, de gestos repetidos mil veces, de
escapismos idiotas e impostados. No somos naturales, no sentimos, no miramos,
reprimimos nuestros sentimientos cuando nos tocan “por si acaso”, vivimos a medias por miedo a ese dolor. Miramos con
desprecio al idiota que se sienta en el portal de su casa mirando la vida pasar y, sin embargo, nosotros hacemos lo mismo en nuestro teatro de sobriedad, ayudando
a que la rueda gire y gire.
¿Acaso te alegras cuando ese conocido consigue trabajo en
Dublín o Londres, o cuando su empresa familiar sobrevive? ¿Quizás en tu fuero
interno preferirías que todo el mundo aceptase la purga con resignación? ¿Cuándo fue
la última vez que te sentiste realmente viva y aceleraste ante un supuesto callejón
sin salida intentando atravesarlo?
Qué fácil es decir que la culpa la tiene Rajoy, o
Zapatero, o la Banca. Demagogia pura para ganar un par de comentarios en este
vertedero de palabras donde realmente el talento no existe, donde solo nos masturbamos
unos a otros, ganando una notoriedad irreal, virtual, porque no soportamos la
verdad, la realidad de nuestra culpa. El poder es relativo, los pusilánimes somos
nosotros, por eso ellos nos tratan
sin respeto. Por eso habrá un segundo rescate, un tercero. Por eso estamos perdiendo
esta guerra económica y seremos responsables de que dos generaciones estén
abocadas al fracaso. Pero no por culpa de los políticos, de los banqueros, de
Merkel. NOSOTROS somos los verdaderos culpables. El país es un charco sucio de
quietismo lleno de siluetas de escupitajo.
Y de pronto, el Fútbol: una tautología de idioteces llena
de coros de simios. Todo reducido a un resultado como forma de supervivencia. Hay
imágenes que estorban, pero que al tapar el mundo lo muestran en su indecorosa
desnudez.
Agota la copa de láudano y mira fijamente la luz del
faro. Es un final más estético.
