A veces cuando escucho hablar con rencor de estas fechas, acusándolas
de hipocresía, de esa feliz falsedad que provoca incomodidad y soledad, me da
la impresión que son imposturas nacidas de una necesidad de reafirmación
adolescente, como si el hecho de negar la inercia de la mayoría enfatizase la
propia singularidad. Hablo de actitudes que por exageradas, caen en el
ridículo, no de aquellas opiniones que nacen de la reflexión y de los azares de
la biografía personal.
No sé, yo siempre estoy solo, no creo que el hecho de que existan
adornos navideños por las calles vaya a provocarme una mayor depresión o
decadencia. Tengo familia, naturalmente, pero solo voy a cenar con mi madre en
nochebuena, no me veo en la necesidad de seguir convencionalismos sociales, ni
ahora, ni el resto del año. Si voy a la cena de empresa no es por obligación, ahora
cualquiera puede argüir la crisis para escaquearse, lo hago porque me apetece,
porque sé que voy a pasármelo bien con mis compañeros.
La liturgia religiosa se ha perdido, simplemente queremos disfrutar de
una cena especial, de la preparación, llenar la mesa con canapés de ahumados,
queso, langostinos, quizás un consomé o gulas de primero y luego cordero o un
buen pescado; de postre turrón, mazapanes, polvorones. Además en estás fechas
todos nos comportamos como unos alcohólicos irredentos, lo cual hace que me
encuentre más cómodo.
También he de añadir que me gusta poner la televisión, la única vez en
todo el año, y ver alguna película del estilo “Que bello es vivir” o “Los
Fantasmas atacan al jefe”. Suelen ser películas “tramposas” pero forman parte
de mi adolescencia.
Tampoco creo que sea nada malo, y lo dice un asocial, echar un vistazo
a la agenda, o quizás –para quien lo tenga- al muro del facebook, y dejar algún
mensaje; hay amistades que simplemente mueren por desuso, aquí en Madrid, por
ejemplo, puedes tardar una hora en atravesar la ciudad para ir a casa de un
amigo, da pereza, el tiempo se consume entre obligaciones, el trabajo o la
pareja, me gusta que estás fechas den una excusa para dar señales de vida. Creo
que ese gesto vale más que cualquier regalo, al igual que prefiero un mail
personal que un sms cadena. Pero claro, solemos masificar hasta la forma de
recordar a los demás.
¿Puede resultar hipócrita que, por ejemplo, una persona que no suele
tener demasiada relación conmigo en el trabajo, tenga ganas de pararse un rato
en mi puesto, me salude y me desee feliz Navidad? Quizás, pero veo las mismas posibilidades
de que, simplemente, infravaloramos la incapacidad de intimar, el efecto
alienante de la ciudad, como esta nos “empuja” a forjar relaciones insípidas y
carentes de comunicación real. Solo nos tenemos que fijar en Japón, la sociedad
más avanzada, para darnos cuenta de cual puede ser el futuro. A veces pienso
que es más fácil echar un polvo que dar un abrazo real.
Me repito en ello, y seguramente es un alarde de extrema candidez,
pero creo que la Navidad es una buena coartada para acercarnos un poco a los
demás.
Pero bueno, ya es tarde y estoy divagando como siempre. Este post
solo es una excusa para desearos a todos feliz Navidad, espero que sepáis entresacar los mejor de estas fechas, al final, el punto de vista, la
perspectiva, siempre depende de nosotros.
Un abrazo a todos.
Un abrazo a todos.
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