De pronto alguien llama por teléfono. Es ella. Sonrisa. Su voz es el
perfume de los pájaros en celo
Musa: Eres
el escroto más triste que he conocido en mi vida, un alma desfondada. A mi no
me engañas con tu voz de distopía romántica, con esa risa mutilada, eres otro
poeta de dados trucados, pones una marcha fúnebre para soltar tu mierda
personal intentado parecer trascendente, pero solo buscas un coño. ¿Y para qué? Ni
siquiera sabes follar.
Rorschach: Tienes razón, solo folláis bien vosotras, sobre
todo con otros, pero ten cuidado, me
estoy cansado de ser el papel higiénico de perturbadas emocionales, ya no me enamoro de antiguas marcas de muerte en la piel. Además, para ser la segunda vez que hablamos, utilizas un tono demasiado íntimo conmigo.
Musa: Te llevo observando desde
hace tiempo, querido decadente, no eres un solipsista, tus textos necesitan
público, al igual que tu polla de excéntrica impostura mi coño inmortal. Tu vida giraba, sin
darte cuenta, paralela al amor reminiscente que invocaba en cada orgasmo que me
provocabas. Soy la ciclotímica protagonista de todos tus relatos, de cada una de tus ponzoñas de pornografía y sadismo.
Rorschach: Todo
es magnifico cuando se mezcla el alcohol con las malas decisiones. Ven, ven a
verme. Demuestra que eres la sinrazón hecha costumbre, carne y anhelo.
Y vino a mí, acompañada de los tambores del fin del mundo. Y mereció la pena.
Oh, sí.
