Te gustaba Amélie, el cielo que se reflejaba en los charcos, las fotos
en blanco y negro, las canciones tristes,
los cigarros que morían lentamente entre los dedos, esa espera, esa
pequeña zozobra mirando al infinito.
Sin embargo no te gustaba pertenecer a nadie, no querías perderte en
esos laberintos emocionales que esconden un tú dentro de un yo.
Solo querías ser una piel efímera, habitada un rato a golpes de besos,
abrazos o tinta derramada.
Por eso, sin apenas conocerme, deseabas ya mi voz, mi polla, manchar
mis labios de tu amor caprichoso.
Y yo, sin poder evitarlo, te regalaba sempiternos, dibujaba con tus
flujos mi locura, tu placer,
me Inmolaba todas las noches en tu boca, tus labios, tus pestañas,
entre tus piernas
Y cuando me abandonaste, como una mentira aprendida, como se abandona un
final demasiado realista,
solo quedo nieve, nieve secándose en el cenicero, como una cicatriz de
hojarasca.
Los bares, se convirtieron entonces en mi única salida.
Y es curioso, porque a veces, al final de la copa, me encuentro el
amor desangrado. El amor.
Y todavía, con gesto cínico me susurra: “Es la muerte o yo, mejor herido que dormido”
Maldito cabrón. Díselo a su recuerdo, que nunca se va. Díselo a la
lluvia.