domingo, 29 de septiembre de 2019

A veces somos réquiem de palabras, romanticismo roto por la humedad cruel de una casa que nunca fue nuestra.

Gestos de cariño, mirada de jardín, arquitectura de falda airada
Giraste tu belleza hacía mi boca y cubriste de escarcha el desierto de mi trinchera
Y al terminar el verano, con veleidad autista, me olvidaste en medio del camino
Entre unicornios decapitados y pájaros ahorcados

La melancolía es dejarse embriagar por el lenguaje de una sombra tartamuda
Por un amor tabernario vagabundo de poemas
Por el bosquejo de piel cicatrizada que nunca devuelve los besos que le mando

Si no fuera tan esdrújula la metáfora que nos quiso muertos
Sería más fácil para el alcohol destruir el escenario
Quizás por eso hay zonas del inconsciente vetadas al deseo de la voluntad
Tras ellas el campo magnético de la tristeza con su simbolismo insalubre y voraz
El tabú del dolor del superviviente
El ajenjo en la boca sucia que desnuda todos los pecados caníbales callados a gritos

El manicomio, la rosa, los alfileres entre la niebla, las pértigas de lluvia, los ojos verdes chispeantes…
Nada es suficiente para la gloria del crucificado

Pero permíteme regatear en el naufragio
Me conformo con ser
Tu inefable e indiscreto
Arañazo en la pared.

La creación de un mito literario y propagandístico.

El Mundo publica una foto y habla de un libro (AQUÍ) que demuestran que el famoso incidente entre Unamuno y Millan Astray en el paraninfo de Salamanca no fue para tanto y que el filósofo y el militar se despidieron amablemente después de su intercambio de palabras. Esto supone otro varapalo al anhelo de la izquierda por convertir a Unamuno en un héroe del antifranquismo.

"Luis Portillo construyó su relato literario sin haber estado ahí. Unamuno no contestó a Millán Astray, tomó la palabra para contestar un discurso previo del catedrático de Literatura Francisco Maldonado que había identificado a Cataluña y el País Vasco con la "antiespaña". Para Unamuno hablar de lo "antiespañol" o la "antiespaña" era algo inadmisible que había combatido toda su vida. Él tenía un concepto universal de lo español enlazado con el idioma. Y utilizó el ejemplo de lo ocurrido con José Rizal (fusilado injustamente por los españoles y posterior héroe de la independencia de Filipinas). Fue la referencia a José Rizal lo que hizo saltar a Millán Astray que lanzó el grito "Mueran los intelectuales traidores" porque él había combatido en la guerra de Filipinas contra los autoproclamados seguidores de Rizal".

El discurso que Luis Portillo puso en la boca de Unamuno es una invención literaria de arriba abajo. "Ni viva la muerte, ni gritos de rigor, ni venceréis pero no convenceréis, ni retratos de Franco... Nada de eso ocurrió. Unamuno tomó la palabra y de una manera muy didáctica intentó explicar el porqué vencer no era convencer y conquistar no podía ser convertir. Hace unos días se lo había explicado también a Franco, en el que siempre confió, primero apoyando la sublevación, y luego creyendo que era el único que podía poner fin a los desmanes de su propio bando".

La fabricación de la leyenda que ha llegado hasta nuestros días, incluso reproducida en el cine a través de la película de Amenábar Mientras dure la guerra, queda perfectamente documentada con la reproducción por parte de Severiano Delgado de un sinfín de documentación. Como prueba gráfica de que el incidente no pasó de ser más que un cruce de palabras duras entre ellos, está la reproducción de la fotografía que sirve de portada a la edición de este libro. En ella se puede comprobar como a la salida del acto en la universidad, una vez que Carmen Polo de Franco ya se ha subido al coche oficial, Millán Astray y Miguel de Unamuno se despiden amablemente en presencia del obispo Plà y Deniel.

La izquierda española oficial tiene un concepto de la literatura basada en ideas étnica e ideológica sectarias: los únicos escritores que les interesan tienen que ser de izquierdas, por una parte, y además españoles y mucho españoles. Y cuando les indicas que su adorado Antonio Machado era machista y antisemita; o que Lorca era un señorito andaluz que prohibía la asistencia de Miguel Hernández a sus lecturas porque su rusticidad le causaba repulsión física; cuando les dices que Rafael Alberti y Miguel Hernández eran unos estalinistas impresentables después de todo lo que ya se sabía (libros-denuncia de la represión soviética publicados, entre otros, por Emma Goldman en los años 20 o André Gide en los 30); la izquierda grita, moquea y te señala con el dedo, porque en su concepción de la literatura que-hay-que-leer no entra que los escritores propuestos puedan tener una mancha.

            Esa es la tendenciosa y maniquea forma en que abogan por la cultura: solo sirve y promueven la que puede fortalecer ideológicamente a su rebaño. Una de sus referencias, Almudena Grandes, lo explicaba así en un artículo “El cine de un país, como su literatura, su teatro o su música, resulta una herramienta esencial para consolidar una identidad nacional. Y si hace falta algo en España, ahora mismo, son esa clase de herramientas, si de algo estamos huérfanos los españoles del siglo XXI es de señas de identidad.” Naturalmente lo que no reconocía era cuáles eran las señas de identidad prioritarias para ella.

            Sigue vigente esta dura reflexión de Unamuno referida a España -auténtica, real, y quizás por eso menos recordada-: "¡Qué país, qué paisaje y qué paisanaje!".

viernes, 27 de septiembre de 2019

Reseña: ‘La vegetariana’, de Han Kang (2007)

"Antes de que mi mujer se hiciera vegetariana, nunca pensé que fuera una persona especial. Para ser franco, ni siquiera me atrajo cuando la vi por primera vez. Ni muy alta ni muy baja, con una melena que no era ni muy larga ni muy corta, tenía la piel descamada y amarillenta, ojos sin pliegues, pómulos ligeramente prominentes y vestía ropas sin color como si tuviera miedo de verse demasiado personal. Calzada con unos zapatos muy sencillos, se acercó a la mesa en que yo estaba sentado, con un paso que no era ni rápido ni lento ni enérgico ni débil."


Yeonghye es una mujer joven y anodina que pasa desapercibida incluso ante los ojos de su marido y familia. Tampoco su marido es un hombre que tenga algo especial, así que llevan una vida sosegada. Un día Yeonghye decide hacerse vegetariana, deshaciéndose de toda la carne que hay en casa y provocando una reacción de incomprensión en toda la familia. Su obsesión por mantenerse lejos de la carne y el insomnio que le provocan sus pesadillas serán ahora su rasgo más característico.

     La vegetariana es una novela escrita en tres partes que cuenta una historia de subversión utilizando el vegetarianismo para ello. En Corea del Sur casi toda la dieta gira en torno a la carne y los productos animales, así que es más complicado eludirlas en la dieta de lo que nos puede resultar a nosotros, sobre todo en 2007 -año de publicación-, donde todavía las hamburguesas de tofu no eran tan normales en los supermercados. Por eso y porque el papel de la mujer es diferente en otras culturas, la protagonista de esta historia recibe un rechazo y una extrañeza que se nos pueden antojar exagerados.

     Es además muy representativo que la persona que protagoniza el libro sea la única que no tiene voz en él. En la primera parte, La vegetariana, será el marido quien nos relate el comienzo de esta obsesión, un hombre que no muestra afecto ni pena, apenas un poco de sorpresa con el cambio. La mancha mongólica, segunda parte del libro, será contada por el cuñado de la protagonista, un artista que parece ser el único que ha encontrado la diferencia entre Yeonghye y el resto de las mujeres: una mancha en su piel. Y la tercera parte, Los árboles en llamas, está narrada desde el punto de vista de la hermana de Yeonghye, para mí, la más devastadora de las tres.

Aunque este planteamiento de narración a tres voces podría sugerir una repetición desde tres diferentes puntos de vista de la misma historia, en realidad está contada de una forma lineal, desde el inicio del proceso de cambio de Yeonghye hasta el punto final de la historia. Los acontecimientos son bastante duros en algunos puntos de la novela, abordando temas como la depresión, la violencia, las violaciones, las enfermedades mentales y, especialmente, la soledad.

Tal vez sea ese sentimiento de soledad e incomprensión que asola a los personajes lo que más fascine de la novela. No saben cómo ayudarse unos a otros, no se comprenden y tampoco parece que traten de hacerlo. Cada uno de los tres narradores busca regresar a su statu quo, a una comodidad asentada en sus vidas que les aportaba seguridad y estabilidad; quizás no fuera felicidad, pero hacía que la sensación de cotidianidad se pareciese mucho a ella.

 La narrativa de Hang Kan no posee alardes narrativos ni un vocabulario excesivamente culto o refinado, su manera de contar la historia es sencilla, aunque para nada simple; sin embargo esa sencillez esconde detrás un enorme poder de evocación emocional. En resumen, una novela fascinante y muy recomendable.

“Todo esto no tiene ningún sentido.
No puedo aguantar más.
No puedo seguir adelante.
No quiero seguir adelante.
Volvió a recorrer con la vista los objetos de la casa. Nada de lo que había allí era suyo.
Del mismo modo que su vida no había sido nunca su vida.”

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Reseña ‘El coleccionista’, de John Fowles.

La novela, un thriller psicológico, representa un tour de force entre dos personajes: Frederick y Miranda. Frederick es un joven psicótico, introvertido, de carácter débil, de clase social media-baja y con pocos recursos culturales, de físico no especialmente agraciado. Colecciona mariposas, le gusta pescar, y vive una vida solitaria incapaz de tener amigos o relacionarse con mujeres. Está obsesionado con una muchacha a la que sigue, vigila y desea en secreto durante años, hasta que llega un momento en que puede lanzar su red. Miranda, objeto del amor platónico y obsesivo de Frederick, pertenece a un nivel social alto, es muy guapa, culta, interesada en el arte, los movimientos pacifistas y humanitarios; a su vez está enamorada de un pintor que podría ser su padre, pero no acaba de decidirse.

La parte primera y el epílogo final, consiste en la narración de Frederick, su versión de los hechos. La suerte le depara una cantidad importante de dinero, envía a Australia a su tía y prima (con las que ha vivido hasta el momento), y abandona su oscuro trabajo de oficinista en el ayuntamiento de un pueblo del sur de Inglaterra. Ahora puede hacer realidad su sueño. Y, ¿en qué consiste este sueño? Tener a Miranda. Poseerla, pero no en el sentido sexual, (triunfa la represión) sino que necesita tenerla como un objeto más de su colección: una delicada mariposa viva, bellísima y frágil, pero reclusa. Frederick planea minuciosamente el secuestro y la mantiene oculta en un sótano de una casa perdida en la campiña inglesa, acondicionada para tal fin. Se establece entre ambos una tensa relación que va oscilando, desde la reacción violenta, pasando por un tanteo de posiciones, a todo tipo de intentos de huida incluyendo la seducción.

Miranda no acaba de comprender qué quiere de ella ese Calibán, como le llama en su diario, parafraseando a Shakespeare en La Tempestad. Frederick no es monstruoso, como Calibán, ni esclavo ―salvo de su pasión― sino que es él quien esclaviza a su objeto de deseo. Miranda no entiende ese deseo que no es físico, Frederick solo quiere mirar, saberla allí, saberla propia, poseer un objeto precioso que vive, respira, y que, en teoría, debería corresponderle amorosamente. Pero ella no es una muñeca sino una persona real e inteligente que no soporta la falta de libertad y sobre todo, no soporta la ausencia de una razón que explique las cosas.

La segunda parte, quizás un poco insulsa y repetitiva, vuelve a contarnos todo de nuevo desde el punto de vista de Miranda, cómo se refugia en sus recuerdos y su mundo interior ante el aislamiento y forzada reclusión. La cultura diferencia a ambos personajes los distancia irremediablemente, y ella se recrea, para goce de los lectores, en humillarlo siempre que puede. Frederick no se emociona ante el arte, ni ante la música ni frente a un cuadro, ni siquiera como reacción espontánea al tener tan cerca el objeto de su obsesión. En realidad, su motivación no es el amor, él solo es capaz de poseer, quizás como sublimación inconsciente de la frustración que le causa el complejo de clase e inferioridad. El final, quizás lo mejor de la novela, sobrecoge por su hosco realismo.

En cuanto a la adaptación al cine, es una de las últimas películas del gran William Wyler, con un joven y perturbador Terence Stamp y una tremendamente expresiva Samantha Eggar. Tuvo un enorme éxito y el tiempo la ha convertido en un título de culto.

Por poner alguna nota, algo a lo que no soy demasiado afín, le daría un 6.5/10. Os dejo un enlace a la novela en formato ePub, con una nueva y excelente traducción de Andrés Barba.