Blogger lleva sobreviviendo a su propio estertor más de diez años. Es cierto que todavía hay blogs con mucha movimiento de visitas y comentarios, pero no es lo habitual. Uno de los motivos es la falta de savia nueva, cuando alguien quiere escribir se abre una cuenta en Twitter, o un canal de YouTube para grabarse contando sus cuitas. Aún recuerdo cuando comencé en 2011 a escribir las primeras entradas, lo emocionante que resultó recibir mi primer comentario anónimo. Eso de interaccionar con alguien que no conocías, soltar mis parrafadas sabiendo que había gente allá fuera que tenía curiosidad por leerlas… con Twitter todo eso ha quedado anticuado, a fin de cuentas ahora puedes escribir cualquier cosa y tienes veinte interacciones inmediatas, sin esperas, dosis de dopamina casi al segundo.
Sin embargo me sigue gustado esto del blog. Es un desierto de palabras, un lugar donde puedes desarrollar tus soliloquios sin limitaciones de espacio, ¿tiene sentido? Bueno, si tenemos en cuenta nuestra propia mortalidad nada tiene sentido. Desde un punto de vista más pequeño para mí le da un cierto alarde de trascendencia a mi tiempo. Los blogs outsiders, los que tienen pocas visitas y el autor se desmelena y no pone filtros a sus opiniones, siempre me han recordado a la película Rebelión en las ondas. La vi hace miles de años, pero me trae buenos recuerdos: trata de un adolescente neoyorquino (Christian Slater) que al trasladarse su familia de su ciudad natal a Arizona no logra adaptarse y decide montar sin que lo sepa nadie una radio nocturna pirata en el sótano. Desde allí habla sin tapujos de todo lo que se le pasa por su mente, y además pone música fantástica (por ejemplo Leonard Cohen). Empieza a tener oyentes, y a difundirse cintas con sus programas en el instituto, pero él sigue con sus monólogos nocturnos, porque en el fondo son un intento de comprenderse, de buscar un sentido a la miseria y desconcierto que conlleva siempre la adolescencia. Lo interesante de la película es que también habla transversalmente de la libertad de expresión, de como todos tenemos algo que decir, algo que compartir con los demás, y que no podemos permitir que nos censuren por ello.
Quizás por eso sigue sin convencerme el microblogging de Twitter o Facebook. En las redes sociales hay poco respeto por la diversidad de opiniones. Todo tiene que estar compartimentando, polarizado, si tienes una opinión diferente te van a linchar. A veces da la impresión de que pretenden reducir a todas las personas a cinco o seis etiquetas, simplificarlos lo máximo posible. Lo peor es que la mayoría, en su ansia de aceptación y notoriedad, colabora con esa pulsión, defendiendo sus etiquetas con visceralidad, como si no fuera posible cierta escala de grises, contradicción o duda. La interacción en las redes sociales es como una distopia a pequeña escala donde se pretende imponer el pensamiento único. Tanta virulencia encierra cierta paradoja, ¿si tan seguro estás de tu verdad, por qué te sientes amenazado por quienes no opinan como tú, de qué tienes miedo? Y me da igual que se hable de feminismo, veganismo o cualquiera de las ideas progres que estén ahora de moda. Todos tenemos derecho a cometer nuestros propios errores retóricos, a cuestionar y criticar desde el respeto cualquier dogma de fe que, desde fuera, nos parezca ridículo. El problema es que la propia minusvalía reduccionista de Twitter de sus doscientos ochenta caracteres impide un debate complejo, lo que ayuda a contagiar mucho más rápido la mediocridad mayoritaria. Al final solo queda la propia censura, intentar no crear polémicas ni meterse en líos.
Os dejo un vídeo de Juan Soto Ivars sobre la poscensura, que complementa muy bien el tema de la entrada:


