Último día del año, una
ocasión -o excusa- perfecta para escribir algo y compensar esas escasas once
entradas del blog de este 2020. Mi gata maúlla como una desquiciada por el
celo, hace un frío cortante en la calle, y yo llevo levantando desde las ocho
escribiendo mails y buscando una portada adecuada para mi poemario, debido,
entre otras cosas, a mi sempiterno insomnio. Parece un momento perfecto para
ello.
Entiendo
que hay mucha gente que lo está pasando fatal, primero porque ha sufrido la pérdida
de un familiar, porque ya no tiene trabajo o su negocio ha terminado en la ruina,
o porque la hipocondría y la ansiedad/depresión ha hecho mella en su salud. Luego
hay otros quejicosos que no se han sabido adaptarse a los cambios y se muestran
frustrados y enfadados porque este año no ha sido normal y no pueden quedar con
sus amigos o irse de fiesta todos los fines de semana. Pero para mí, aunque
suene políticamente incorrecto, no ha sido un mal año. Tuve unos primeros meses
en los que estaba obsesionado por informarme, en los que despotricaba contra el
Gobierno continuamente, en el que todos los temas de conversación giraban sobre
el coronavirus y sus consecuencias. Pero pronto entendí que era
contraproducente, que me estresaba demasiado, por eso preferí concentrarme en
las cosas que me importaban, es decir, mis proyectos literarios, y aislarme un
poco. Ya tenía claro en abril que esto iba para largo, y que no íbamos a
recuperar la normalidad en verano, ahora tocaba adoptar un perfil bajo,
adaptarse a la situación, incluso buscar su parte práctica. Naturalmente todo
eso ha sido gracias a que llevo años interiorizando la filosofía estoica, para
los estoicos los problemas son oportunidades para mejorar nuestra templanza y serenidad,
porque con la práctica se consigue relativizar todo, dominamos la emoción que
nos provoca los conflictos negativos, aprendemos a gestionar cómo nos afecta
-dado que no se puede cambiar el conflicto/problema exterior-. Si para algo
puede servir esta entrada es para aconsejaros que leíais a los maestros estoicos, os ayudará mucho.
Pero
como iba diciendo, también han sucedido cosas muy positivas que han estado lejos
de mi control, por ejemplo, como ya había comentado el año pasado, llevaba dos
años conociendo mujeres a través de Meetic y de Twitter. Relaciones que no me
llenaban porque se reducían a cosificación sexual -normalmente mía- y charlas
banales. No es que hubiera perdido la esperanza en encontrar pareja, pero ya no
lo tenía como prioridad, vienen bien las épocas puntuales de soledad y con el proyecto
de la novela -y de otras cosas- no lo echaba de menos. Pero a mediados de mayo
una mujer contactó conmigo, empezamos a hablar, como curiosidad resulta que
vivíamos prácticamente al lado, y así, poco a poco, nos fuimos conociendo. Llevamos
casi siete meses juntos, y la verdad es que ha resultado genial contar con su
compañía en esta época tan aciaga. Es una mujer maravillosa, y fue ella la que
me animó a maquetar la novela, y la que, en cierta medida, me ha inspirado con el proyecto del poemario. Aunque claro, llamándose Helena, un nombre tan
maravilloso, lo demás surge solo.
Con
el trabajo el cambio también ha sido a mejor, he pasado de pedir una excedencia
hace un año y desear que hicieran un ERE, al teletrabajo. Quizás para otras
personas este cambio haya sido estresante, pero para mí trabajar desde casa ha
sido una bendición: no pierdo tiempo en el transporte público y reconozco que
la mayor parte del tiempo me lo paso en plan multitarea, escribiendo, leyendo o
haciendo otras cosas mientras trabajo. No sé lo que va a durar -me refiero a
que mi subcontrata no pasa por su mejor momento-, pero lo que dure bienvenido
sea.
En
verano aproveché para irme de vacaciones, ir a la piscina, y hacer pequeños viajecitos,
como a Ávila, hasta que la cosa -sobre todo en Madrid-, empezó a ponerse peor.
Pero me he permitido ir al cine a ver Tenet o comer fuera, etcétera, no he sido
nada hipocondriaco, lo que no está reñido con ser prudente. En general, he
intentado adaptarme a las circunstancias, hacer ejercicio, implicarme en
proyectos, hacer cosas -dentro de las limitaciones-, nunca he visto como opción
dejar mi vida en pausa hasta que todo vuelva a la normalidad. No creo en esa
normalidad, creo que 2021 será un año de mierda, y aunque la vacuna sea efectiva
al 100% a largo plazo, el virus no mute demasiado y la logística de este país funcione
bien, las matemáticas no engañan: en verano no estará vacunado ni el 30% de la población,
muy lejos de ese 70% necesario para la inmunidad de rebaño, ergo, otro año
perdido. Además, este es un problema global, ¿y los demás países, y el turismo
en un país que no ha podido comprar vacunas al nivel de la UE?. Y aunque todo
fuera bien, luego está la crisis económica. Los fondos europeos ya se han
rebajado de esos 144.000 millones que prometía Pablo Iglesias, hasta los 47.500
(37.000 a partir del 1 de febrero), pero nadie sabe con qué condiciones. En Madrid
se habla de ampliar el metro, y tengo la sospecha de que todo ese dinero se irá
a infraestructuras y proyectos urbanísticos opacos. A la gente que ha perdido
su trabajo le esperan tiempos duros.
En
cuanto a los proyectos literarios que he ido mencionando, ya he terminado mi
poemario, ochenta páginas, una mezcla entre romanticismo intensito y sátira
social, con toques de autobiografía decadente. Ya ha sido revisado por mis
lectores cero, y toca el último tramo: maquetación, elección de portada y
gestión por Amazon. En una semanas publicaré el enlace por aquí. También he
estado liado con un ensayo sobre videojuegos; ya sé que suena muy atípico para
lo que suelo publicar por aquí, pero fue algo que nació de forma casual, primero
como una recopilación de reseñas de mis juegos favoritos que había publicado en
mi otro blog, y poco a poco ha
ido creciendo hasta alcanzar las casi trescientas treinta páginas; y todavía no
lo he terminado. Tengo que revisarlo y buscar imágenes para acompañar cada
reseña, pero al ritmo que voy en un par de meses estará terminado. Luego no sé
qué tocara. Como he dicho implicarme en este tipo de proyectos es lo que me ha
permitido pasar este año bastante relajado y ajeno -dentro de lo normal-, a
toda la debacle que estamos viviendo. O sea que tocará embarcarme en otra
novela. También me gustaría usar más este blog, le tengo cariño, aunque las
redes sociales, hay que reconocerlo, son mucho más cómodas para los pequeños
altercados con la página en blanco.
Y supongo que nada más. Mis propósitos para
este 2021 se podrían resumir en mantener un perfil bajo. Tener salud, leer más,
este
año solo he leído 71 libros, escribir mucho, amar mucho, mantener mi
trabajo el tiempo que sea posible, ahorrar algo de dinero para atemperar las calamidades
que se avecinan, escapismo vulgar en forma de cine de Marvel -y series-, la Nintendo
Switch y redes sociales. Y alguna escapada en verano, si es posible a algún
lugar con playa. El futuro se presenta calamitoso, y por eso mis anhelos van en
una dirección más bien conformista, prudente, limitada por unas circunstancias
que creo que van a ir a peor. O quizás no, y todo sea maravilloso, tampoco os
dejéis convencer por mi estulticia decadente.
En
cualquier caso, si algún lector descarriado sigue por ahí, os ofrezco mis
mejores deseos. Espero que en este 2021 tengáis buena salud -qué curioso cómo
han cambiado las prioridades-, y que logréis la sabiduría para mantener cierta templanza
de ánimo, y lograr con algún pequeño proyecto personal que vuestra singularidad
brille por encima de la alienación y el desconsuelo. Un abrazo a todos. Y alcoholizaros con convicción esta noche, brindad por vosotros mismos, este año ha sido duro, pero lo hemos conseguido.