martes, 10 de febrero de 2015

El amor es un incendio sostenido, unos labios afinados, un precipicio en medio de su sonrisa. Es un “¡adelante!” aunque sepas destruirte solo. Después de tres siglos decidiste abandonarme, a fin de cuentas los terremotos se alimentan de ciudades, nunca de pájaros sin alas.

Necesitamos épica y lo único que conseguimos es un terrible síndrome de abstinencia. El arte que nos rodea es una conjura de mediocres, mierda artificiosa. Ya no hay idealistas románticos. Y sin embargo seguimos buscando/anhelando algo que nos haga sentir vivos, que tenga sentido.

Ser decadente no tiene que ver con el significado que da el diccionario. A veces necesito el dolor para anclarme a una efímera transcendencia que escuece, hiede, hiere, cicatriza y por fin se desvela como un párrafo que me sonríe procaz y desleal. Soy el héroe de mi propia mierda. Me gusta el aislamiento, la soledad, no necesito demostrar nada ni mejorar mi escritura, solo necesito que siga teniendo sentido para mí. Solo necesito que mis palabras sigan manchando mis laberintos.

Una forma como otra cualquiera de medicar mis neurosis mientras hago muecas delante de un espejo opaco.


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Echas más azúcar al café como si así pudieras curar tu cuerpo, llenar de lluvia tus ojos, dejar de sentir tu sexo como una ventana rota. Tu vida yace entre contextos y te obsesiona atribuirles vocación de raíz, significado y transcendencia. Pero es inútil, solo somos fronteras de piel, huesos y heridas. Islas con frustración de emigrante naufragando a perpetuidad. No vale la pena huir o disimular, ya te está sucediendo. Ahora. Aquí. Ya no puedes elegir entre crimen y vicio. Ya no eres inocente. Intentas frenar esa verdad pero te pasa por encima. Se mete entre tus piernas. Se mezcla con tu sangre y altera tu saliva. La soledad es virulenta. La negación hartazgo. El peligro es una sombra condescendiente, un suspiro rebelde.  La repugnancia te salvará. La violencia te salvará. Cortes que agrandan la sonrisa de tu carne. Dejas de mentir. Se hace el silencio. Pero no sucede nada. Tantos años evitando el castigo y ahora, al sufrirlo, nada. El virus del miedo, el sueño viejo con legañas en los ojos, ya no tiene poder sobre ti. Tu carne sonríe. Sigues escribiendo la traducción de tus tristezas, ¿alguien escucha? Hay demasiadas fronteras.

viernes, 6 de febrero de 2015

La enfermedad imita al amor, por eso mis manos siguen manchadas.

Antidepresivos y cafeína. Te pido que juegues con mi enfermedad. Que me cures de mí misma. De estas noches frías y eternas en las que el mundo es mecido por la náusea de la lucidez. Quizás ya es demasiado tarde. Mi cuerpo no alberga banda sonora, ¿qué soy, qué he sido? ¿Ojos de escombros, guion aburrido? ¿En qué idioma está mi vacío para que nadie sepa comprenderlo?

Ajeno a todo tú sigues moviéndote sin éxito encima de mí. Y me aburro. Y te corres en silencio, casi con tristeza. Y yo finjo mi orgasmo. Como sino importara que todo se acabe y se seque más allá de mí. Como la risa demente de un Dios grecorromano. Como bajar de un tren en una ciudad extraña donde nadie te espera. La enfermedad se disfraza de besos. Somos kleenex usados empapados de sangre, lágrimas y semen. Intentando estrangular lo espantoso en una noche demasiado dilatada por la banalidad. El silencio huele a flor quebrada. Te vas dejándome con un hambre inconexa, infinita. Mi corazón se pudre.

La enfermedad imita al amor, por eso mis manos siguen manchadas.

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Siempre lo niego. Pero al final de la noche vuelvo al teclado, lo acaricio, intento salvar el día. Me gustaría tener otro hobby, volver a tocar el bajo, bajarme un par de juegos, cualquier cosa… Pero no, solo la escritura cumple su función, aunque no quiera, aunque resulte incómodo. Necesito ese momento de gloria imperfecta, estar a salvo envuelto en la risa de los dioses, volver a tener la sensación de tocar el piano con el teclado, de fluir como un rio. Pero esta noche no sucede nada. No hay titiritero. He fracasado. Sin reconciliación. Mis dedos giran sobre un eje podrido. Y los muertos me susurran, enfrían con su aliento los barrotes.

Me distraigo. Te miro, otra víctima despistada en este lupanar sin sombras. Escúchame, joven nínfula, rompe tus costillas, intenta salvar tu corazón, deja de implorar amor de rodillas.
No me escuchas
Es demasiado tarde
Buscas sentirte viva
Tragas
Tragas
Tragas
Pero no sirve de nada, has fracasado, no tenías opciones
Yo tampoco
Por eso cuelgo el teléfono
Antes de que tu soledad
Nos hiera de muerte a los dos.

martes, 3 de febrero de 2015

El amor es una anomalía que hay que vivir. El suicida lo sabe: solo dejando de respirar se irá la sensación de ahogo.

El decadente es adicto a las metáforas afiladas
Que culminan en asfixia erótica
Habla solo mientras llena copas y párrafos
Con susurros de musas infinitivas
Lee mucho, le gusta la soledad y odia las aglomeraciones
Tiene redes sociales pero no sabe usarlas

El decadente es el único monoteísta del amor que folla bien
Alcohólico inepto, sigue sufriendo inercias de autolesión adolescente
Tiene los huesos saturados de ternuras que se han vuelto heridas

El decadente es ateo y considera que la única iglesia que ilumina
Es la que arde
Se le acusa de ser un puto derrumbe en equilibrio
Pero su amor siempre mancha
Mira al abismo directamente a los ojos
Y se siente triste si los monstruos se ausentan por la noche
Sabe decir “te quiero” en ochenta y seis idiomas diferentes
Pero solo lo dice cuando ella ya tiene nombre de portazo

El decadente, en definitiva, es un enfermo pájaro azul
Que tiene abierta la ventana del suicidio
A solo dos pasos de distancia
De una tristeza lucida y responsable.
Que siempre le tutea
Cuando la madrugada amenaza
Con la extinción.

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La vida es azar en movimiento. El sufrimiento una partícula a la deriva. Mejor justificarse que lamentarse. La fatalidad es tan natural como la belleza y un millón de veces más justa. Alud carnal. Radiohead. Los porqués son solo migas de afán falsas. Lo único real es el accidente de los cuerpos destinados a chocar, sangrar y convertirse en luz. El amor a intervalos. Algún orgasmo puntual. Lo ajeno callando nuestra voz interior y el vacío que causa el fundido en negro. Desasimiento. Y dos años después reflexiono sobre nosotros, ¿no crees que fue una lástima cómo terminó? Nos devoró la vida real. La felicidad se convirtió en una fórmula vieja y estéril que moría sin hijos. Nuestro orgasmo huérfano y con sabor a sal. Nos dio miedo envejecer cerca. Qué jodido es hacerse mayor y comprobar como todo se convierte en escombro. Qué jodido es darse cuenta que da igual si huyes o te quedas: el resultado siempre es el mismo.

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El ruido de la sangre al traspasar nuestros pecados. Mortaja. Ficción alegre. Respuestas. Himen roto. Muescas. Ablación. Grito. Caricia. Trinchera. Guerra. Té negro. Abrazo. Aeropuerto. La hermosa inercia de la caída. Vocación de pasillo. ¿Temblor o certeza? Extremoduro. La libertad no siempre significa felicidad. Mi cuerpo parece una batalla perdida al final del día, ¿y qué? Mira mis errores. Cuéntalos hasta que tu madurez resplandezca. No los voy a limpiar. Yo necesito tachar para vivir. Necesito que crujan mis huesos y convertir el fracaso en un hogar sin barrotes, ¿causo interferencias en tu tanatorio mental? Te jodes.

domingo, 1 de febrero de 2015

¿Crees en el amor, eres feliz?

Mi querido anónimo, ¿por qué me interrumpes con tus silencios?
¿Hay demasiada miseria neuronal ahí afuera?
Me hablas de amor, cuando el amor es agua y la sed se sacia rápido
Y a pesar de eso sigo siendo un decadente
Un monoteísta romántico
Que prefiere un gran daño con forma de mujer
A esos pequeños placeres
Que viven de rodillas

Quizás las personas que hablan solas están enamoradas
De su propia demencia
Quizás no estaría tan fascinado con el mar
Si los naufragios de ego fueran imposibles

Pero aunque mis miedos salpican el suelo
Y oxidan mi pequeña jaula de carne
Prefiero seguir insistiendo en la vida
Y no en su sentido.

Respondo a tu pregunta: nunca lograré ser feliz
Mis cicatrices
Tienen
Buena memoria.