Otra vez sola. Sé que soy una dependiente emocional, no
soporto el rechazo, tiendo a convertirme en un personaje de Lucia Etxebarría con un terrible síndrome de Diógenes emocional.
Solo quiero echar un polvo, que me empotren, follar, vivir, huir hacia delante
dejando atrás su recuerdo como un pequeño bloque de cemento ahogándose en el
mar. Me gustaría no recordar el sabor de su semen, de su polla, de su risa, no
estar hundida en esta sima premenstrual. Las píldoras azules envuelven mi
cerebro en nubes de algodón con la textura del terciopelo, soy un feto rodeado
de líquido amniótico. A veces tengo la tentación de combinarlas con alcohol.
Escribir es una forma de retrasar eso, de combatir el autismo de la sonrisa
blanda que me provoca el Prozac. Porque sin ellas me siento un transbordo, un
túnel de placer provisional que sus manos han saqueado totalmente, un trozo de
carne con secuelas.
Cuando le sueño siempre está con otra, y despierto con
una sensación caustica en la boca provocada por los celos. Con lo fácil que
sería salir a la noche, a las muescas, a la competición de experiencias. Pero
aún no puedo. Y es una paradoja, porque mi cuerpo arde, soy compulsiva con el
sexo, con él me dejaba hacer cualquier cosa que se le ocurría, era su coño
nihilista, allí donde naufragaban todas las fantasías y hollaban la tierra
convertidas en experiencias. Reducía mi locura ciclotímica con su polla,
escanciando el premio garganta abajo. Recuerdo el trio que hicimos, como ella
sabía atar con delicadeza, como me penetraba sin permiso con su mano, esos
pechos pequeños llenos de anticlímax, la pasión trasgrediendo, profanando,
vaciándonos, columpiándose entre nuestros cuerpos, dejando unas marcas
indelebles.
Pero no puedo estar siempre suplicando a la guadaña.
Píldora azul. La música continúa, y me
abandono un poco más.