lunes, 11 de marzo de 2019

Reseña: Mi año de descanso y relajación, de Ottessa Moshfegh

Ottessa Moshfegh, escritora norteamericana de ascendencia croata e iraní, irrumpió en el panorama editorial gracias a Mi nombre era Eileen una obra deslumbrante y subversiva que alcanzó cierta notoriedad al quedar finalista del Man Booker Prize en 2016. En ‘Mi año de descanso y relajación’, tercera novela, su narrativa existencialista alcanza su máxima expresión a la hora de diseccionar el atípico universo femenino de sus protagonistas. La excusa argumental se centra en una joven neoyorquina de veintiséis años que abrumada por un permanente estado de apatía decide emprender un radical proceso de hibernación consistente en atrincherarse en su exclusivo apartamento del Upper East Side y atiborrarse de pastillas para dormir.

A través de este inusual tratamiento contra la realidad pretende alcanzar una regeneración tanto física como espiritual que le permita seguir adelante en un mundo que cada vez tiene menos sentido para ella. Sin embargo, lejos de la ansiada purificación, lo que provoca es un aparatoso declive físico y mental. Dotada de un irreverente sentido del humor en el que no cabe lugar para la corrección ni la compostura, la novela de Moshfegh funciona como una especie de diario en el que la protagonista relata todo tipo de experiencias: hilarantes episodios de sonambulismo, surrealistas sesiones de terapia con una doctora que le administra fármacos de forma indiscriminada, breves encontronazos dialécticos con su amiga Reva, uno de los pocos personajes secundarios cuyas taras son también muy notorias y, por último, un repaso a los recuerdos más tóxicos y traumáticos de su existencia que explican en parte porqué ha tomado esa decisión.

Moshfegh revolotea entorno a las necesidades afectivas y las contradicciones de la soledad mientras satiriza la vida moderna de una urbe como Manhattan y vierte bilis sobre los artistas iluminados y amantes del arte snobs, los locales de moda, las galerías y los gurús de la opinión y las tendencias. Reclama para sí la desgana y apatía vital que los millennials hípsters habían acabado adoptado como simple pose, elevándola al lugar romántico en el que debe estar: el del malditismo de una vida y un futuro demasiado inaceptables como para no pretender huir de ellos. Es una novela sobre la fragilidad de la vida, lo fútil y lo que nunca termina de irse, la vanidad contra la mediocridad.

No es una novela para todo el mundo, a la mayoría le resultará aburrida, sin embargo a mí me ha enganchado el tono tragicómico, ese fatuo intento de sobrevivir a la depresión, de soportar la pérdida, de dejar de sentir para poder volverse “inmune a los recuerdos dolorosos”, que culmina al final de la novela chocando sin remedio contra la cruel y dolorosa realidad. Es una de las pocas lecciones que siempre se suelen aprender con la edad: no hay atajos.

Dejo enlaces a los libros en formato ePub en el primer párrafo.


domingo, 10 de marzo de 2019

Escribir es encender un fuego con la leña de tu memoria.

Esta noche escribo para erradicar la palabra miedo, para intentar enmudecer la bala en el estómago. Ya es demasiado tarde para el motín y la cruz, solo soy un espantapájaros que se ha destruido solo, un Peter Punk que busca en vano el secreto de la nada. Maté demasiadas horas, vendí mi orgullo a la intrascendencia y la vida real me masticó hasta devorar todo atisbo de arrebato. Ahora me desconozco de cerca y decepciono de lejos, ¿escuchas eso? es la compensación estética de un memento mori, es un error de incalculable belleza perdido entre los escombros.

            Esta noche tu recuerdo revolotea por mi cabeza como un mirlo enloquecido, no soy capaz de ordenar tu frío, quizás porque tu ausencia es el territorio de la herida. Te recuerdo arrodillada ante mi metástasis vital, tu cuerpo convertido en un ajuar de peonías, en un virus misericordioso, en un hambre que traspasaba los huesos. La mujer selva que celebraba el suicidio menstrual de nuestros hijos no-natos mezclando sonrisas con antidepresivos. La que prefería estar sola a formar parte de este mundo negligente, cruel y roto. La del sentimiento agorafóbico, ingrato y triste.

            Esta noche miles de árboles bailan desnudos ante mis ojos pidiendo mi cabeza. Y así, preñado de desiertos, levanto las manos del teclado y me rindo. Solo soy una mosca alimentándose del grito del cadáver, de un amor que no existe, de una ruina que no se atreve a preguntar al espejo dónde quedó la idolatría de la musa. La cámara se nubla, quizás la única solución sea arder ante el alféizar clitoriano. Arder mientras la inmortalidad se muestra tuberculosa ante la mancha de un insecto aplastado contra la pared. Arder ante la obligación moral de unas bragas manchadas de sangre.

domingo, 3 de marzo de 2019

Reseña de la serie “Crónicas Vampíricas”.

Durante los últimos cuatro meses que he estado viendo la serie me rondaba por la cabeza escribir algún tipo de reseña, lo primero que haría sería justificarme diciendo que siempre me han encantado los vampiros, sobre todo la saga literaria de Anne Rice, y que descubrir la serie coincidió con un periodo en que mi máxima aspiración era vegetar tumbado en el sofá. También añadiría que el rollo romántico Young Adult me tira de vez en cuando (ahí está mi obsesión del año pasado con la escritora Alice Kellen, me leí todos sus libros), y que el personaje de Damon Salvatore es una auténtica maravilla, el mejor Lestat posible. Pero por otro me parecía injusto reducir la serie a un pecado venial sin importancia, como si ver ocho temporadas, 171 capítulos, fuera solo producto del aburrimiento. Y no ha sido así, la serie, bajo mi criterio personal, es fantástica y muy recomendable.

Tengo por el blog pululando esta entrada sobre películas y series donde dejo patente mi fascinación los vampiros, de hecho aunque True Blood tuvo una primera temporada soporífera no desistí y seguí viéndola. Pero con CV sucedió algo extraño, cuando en 2011 sacaron la primera temporada recuerdo ver el primer capítulo y descartarla inmediatamente: Stefan, su protagonista, me parecía anodino y sin carisma, y supongo que no tenía ganas de ver un remake de Crepúsculo en formato serie. Es cierto que algunas personas a lo largo de estos años me hablaron de ella, del personaje de Damon, y me recomendaron verla, pero tenía mis prejuicios perfectamente engrasados y pasé del asunto. Hasta que, en noviembre del año pasado, aburrido y apático, me bajé algunos capítulos de Legacies sin saber qué era (un spin-off de The Originals, que a su vez es una serie derivada de CV) y me hicieron gracia. Una amiga me sugirió entonces que viera The Originals porque tenía una temática más adulta y, además de dejarme sus cinco temporadas, me deslizó la primera de CV en plan: “Oye, tú dale una oportunidad, total, lo que te sobra ahora es tiempo”. Y fue así como volví a verme el primer capítulo, y aunque las sensaciones fueron las mismas que la primera vez decidí ver algunos más. Recuerdo que fue justo cuando llegué al sexto cuando la serie me sorprendió por primera vez. Ya se vislumbraba el carisma de Damon en los anteriores, pero fue en este dónde Ian Somerhalder empieza a explotar a su personaje, convirtiéndole en un Lestat retorcido, romántico, cruel y carismático. La escena del baile con Vicky con “Enjoy The Silence” de Anberlin de fondo, en la que termina matándola para convertirla en vampiro por puro aburrimiento es genial. Ahí empieza a alternarse la historia cursi y almibarada con pinceladas de sadismo, gore, cliffhanger casi en cada capítulo, y esa urgencia característica de la serie por abrir y cerrar tramas llevándose por delante a unos cuantos personajes secundarios (y principales) en el proceso. Lo que terminó de engancharme fue otra sorpresa que dejó en evidencia mi ingenuidad: en el episodio 19, Damon baila con Elena, una escena romántica con Within Temptation de fondo (se cuida mucho la banda sonora) y es ahí cuando te das cuenta de que existe un triángulo amoroso que será el leitmotiv de las siguientes temporadas. A partir de la segunda temporada la serie va a más, se hace mucho más oscura y violenta, se amplía su mitología, conocemos a la familia Original de vampiros (de ahí nace el spin-off), hay brujas, hombres lobos, fantasmas, mediums… todo un universo coral lleno de misterios, con villanos carismáticos y llenos de matices que se presentan al principio y final de cada temporada, como Klaus y Katherine (uno de mis personajes favoritos).

Naturalmente en ocho temporadas hay espacio para altibajos. Yo diría que las segunda y la tercera son las mejores, la cuarta ya presentaba problemas y subtramas cansinas, pero también algunos de los mejores arcos argumentales. La quinta es la más floja, con tramas sin sentido (¡¿científicos experimentado con vampiros?!) pero Katherine tiene un mayor protagonismo, con algunos de los mejores episodios de la serie, y los problemas de Damon-Elena salvan la temporada. La sexta empieza muy floja pero poco a poco mejora. Kai es uno de los mejores villanos que ha dado la serie, y las nuevas sinergias que se crean entre los personajes (además de las subramas como los Herejes) mejoran el cómputo global. Me advirtieron de que la séptima era el principio de la decadencia, entre otras cosas por la ausencia de uno de los protagonistas, sin embargo, los guionistas supieron dar un paso adelante, se atrevieron a cambiar el status quo, la dinámica de serie, y mostrar las consecuencias en dos líneas temporales diferentes; hay ideas estrafalarias, pero es un reset que llenó de frescura la serie cuando más lo necesitaba. En contrapartida la octava es basura, y aunque quedé muy satisfecho con el final, el último capítulo no logra salvar una temporada repetitiva y nada interesante. Es extraño el terrible bajón de calidad que tuvo teniendo en cuenta que los guionistas ya sabían que iba a ser la última, pero, ¿deberíamos de perder el buen recuerdo de una serie de 171 capítulos por sus últimos dieciséis? No, eso sería absurdo y estúpido.

Cuando algo me gusta soy obsesivo y por eso me leí los libros en los que, teóricamente, se basa. Como curiosidad salieron bastante antes que los de Crepúsculo, entre 1991 y 1992. Esta primera tetralogía se deja leer porque es la introducción de personajes y toda la trama de Katherine Pierce, y son muy, muy cortitos, menos de doscientas páginas, pero lo gracioso es que los personajes no tienen mucha relación con la serie: Elena es rubia, y su personalidad es más parecida a Caroline que a la tímida y apocada Elena de la serie, además en la serie le añaden un hermano adolescente que no existe en los libros; Damon apenas aparece en los dos primeros y la trama se reduce a abrir la tumba donde yace Katherine, y a un Klaus plano y sin personalidad que aparece en las dos últimas páginas del tercer libro. Resulta evidente que los guionistas de la serie metieron los libros en una bolsa de basura y los tiraron al contenedor sin prestarles demasiada atención. El problema para los jóvenes e ingenuos lectores es que L. J. Smith ha querido aprovecharse del auge de la serie para seguir publicando más libros y, por desgracia, en veinte años no ha mejorado su estilo, de hecho se podría afirmar que ha empeorado. Me leí su primera trilogía sobre Damon (2009-2011), pero era tan insustancial, aburrida y lamentable que la terminé solo por pura cabezonería, fascinado por tener en mis manos mil quinientas páginas de absoluta mediocridad, fraude literario, descontrol de tramas y una ausencia flagrante de talento. Resulta sorprendente que después de pergeñar semejante despropósito haya escrito dos trilogías más, además de una versión de los diarios de Stefan que va ya por su sexto volumen. Ah, los misterios de la novela juvenil y sus sagas infinitas.

            Creo que una buena forma de medir la calidad de un producto audiovisual es su capacidad para emocionar. Crónicas Vampíricas puede que no sea la mejor serie del mundo, de hecho, si no te gustan los vampiros ni la cursilería romántica adolescente es posible que te parezca atroz y aburrida. Pero a mí me ha emocionado en muchos, muchos momentos, y creo que en conjunto es una serie fabulosa, vibrante, valiente en sus giros de guión, con esa generosa urgencia por terminar tramas, empezar nuevas y crear un universo expandido a través de más y más personajes secundarios, con sus continuos cliffhanger y con unos guionistas que, sobre todo en la 2 y 3 temporada, alcanzaron cuotas de creatividad muy altas. Por tanto, mi más sentido homenaje y gratitud bloguera a Julie Plec (directora y productora), Nina Dobrev (Elena Gilbert y Katherine Pierce), Ian Somerhalder (un maravilloso Damon Salvatore), Paul Wesley (Stefan Salvatore), Katerina Graham (Bonnie Bennett) y Matthew Davis (Alaric Saltzman) por acompañarme durante estos últimos cuatro meses y ayudarme a lidiar con mi sempiterna apatía.

sábado, 2 de marzo de 2019

Sobremorir.

Una de las cosas que mas me gusta de escribir es que te sientes vivo. Sé que soy muy pesado a veces con el tema, pero siempre he pensando que allá afuera hay demasiada gente que se ha conformado con sobrevivir, con la zona de confort, con no correr demasiados riesgos, con bajar las expectativas y relativizar las pérdidas. Y no hablo a un nivel metafórico, me refiero a convertir tu vida en algo mecanizado: hedonismo, consumismo, trabajo, fornicio, familia y muerte. A veces subestimamos la creación artística como si solo fuera el ego del autor intentando monetizar un hobby, pero para mí siempre ha sido una forma de trascendencia, un seguro contra el embrutecimiento, contra ese olvido de ti mismo que sucede con el paso de los años. Se desea a veces la inmortalidad, pero conozco a gente de cuarenta años cuyo leitmotiv es, simplemente, mantener el trabajo de mierda, ver un par de partidos de fútbol y que la convivencia con la pareja no sea demasiado irritante.

Escribir te mantiene lúcido, refiriéndome a que aumentas tu capacidad de observación, de análisis; el artista no te descubre cosas nuevas, solo te obliga a pararte, a mirar con más detenimiento lo que sucede a tu alrededor, tus sentimientos, la gente que te rodea. Vivimos con una aversión patológica al aburrimiento, a “perder el tiempo” y por eso nos mantenemos obsesivamente ocupados, sin permitirnos una pausa para reestructurar toda esa información, para evaluarla, ordenarla, aprender de ella; somos víctimas de la saturación audiovisual, la publicidad, el microblogging, la falta de complejidad, la polarización sin matices. Por eso escribir cuesta tanto: tenemos que pararnos, sentir, pensar, buscar ideas y estructurarlas. Y es tan difícil porque ya no estamos acostumbrados. Incluso cuando hablamos con nuestros amigos soltamos muchas veces nuestras opiniones y proclamas sin apenas pausas para pensar, todo está tan interiorizado que solo reaccionamos cuando alguien nos cuestiona. Y lo hacemos irritados porque no queremos que nadie nos obligue a esforzarnos en pensar una réplica distinta a la habitual. Nos comportamos como robots sonámbulos.

Pondré un ejemplo. Bajo el prisma utilitario actual después de una ruptura sentimental el luto es un absurdo, hay que aprovechar el tiempo, hay que ser dinámico, práctico, racionalista: hay millones de personas allá afuera, el amor es una entelequia, si tu ex no te quiere, no sucede nada, estamos en el supermercado de carne, pasa a la siguiente. El escritor, sin embargo, parece un masoquista deleitándose en idealizar y singularizar a esa persona, se resiste al intercambio, da un valor desproporcionado y posesivo a todos los momentos compartidos. ¿sufre innecesariamente? Es posible, no reprimir tu sensibilidad conlleva sufrimiento, buscar cierta épica en tu biografía conlleva desilusiones. Pero a pesar de todas las modas e ingenierías sociales que sufrimos, lo cierto es que estamos inmersos en el anhelo constante de la pareja perfecta, de la épica, de la emoción vital de lo imprevisto, de algo que nos haga trascender. Por eso sigue existiendo el romanticismo, un ideal imposible, y por eso nos sigue emocionando la poesía y toda la cultura pop que inunda series, libros y canciones.

Escribir te despierta. Te emociona. Luego está el talento, las expectativas y el público inexistente. Luego están las inseguridades, la dificultad de transmitir algo profundo rodeado de grises y monotonía. Luego está la necesidad de contar una historia como atajo a esa encrucijada donde te has desplomado porque eres incapaz de tomar decisiones en la vida real. Pero sigo pensando que la vida es peor si no escribes, si no tienes ninguna forma de expresión artística. Quizás tú, querido lector, pienses que exagero, quizás incluso hayas intentado escribir durante un tiempo, lo hayas dejado por pereza y no entiendes que le de tanta importancia. Por eso la próxima vez que te emociones con la muerte de un personaje de una serie o una película, o cuando te sorprenda la melancolía cuando terminas un libro, o los recuerdos asociados a una canción te pillen con la guardia baja, recuerda lo siguiente: tú también tienes esa capacidad, solo hace falta un teclado y una habitación. Es difícil, duro e ingrato, pero cuando la musa se siente generosa y la lírica fluye surge un destello de vida. Dios murió hace un par de siglos y tenemos la potencialidad de ocupar su lugar desde un altar más intelectual. Somos hormigas yendo al matadero, eso es inapelable, pero deja por un momento de moverte, ¿qué huella quieres dejar en este universo de bolsillo? O más importante aún, ¿quieres vivir o solo sobremorir?