viernes, 10 de agosto de 2018

La chica del puente (La fille sur le pont)


- Adelante Adèle, cuéntenos.

- Pues... tengo...

- Tiene 22 años...

- No, los cumpliré dentro de dos meses.

- Y dejó de estudiar muy joven porque quería empezar a trabajar. ¿Es así?

- Sí, pero no fue para trabajar, sino porque conocí a alguien. Me apetecía estar con él, por eso me fui de casa. Prefería vivir con éI que con mis padres, y al conocerle, aproveché... la oportunidad.

- ¿Era una necesidad de libertad?

- No sé. Lo hice para acostarme con él, porque cuando era más joven creía que la vida empezaba el día que hacías el amor, y que antes no eres nada. Era el primero que me... lo proponía y me marché con él para estar juntos y empezar mi vida. El problema fue que no tuve un buen comienzo.

- ¿No se Ilevaba bien con éI? ¿Por qué no tuvo un buen comienzo?

- Porque conmigo siempre es así, empieza mal y termina peor. Nunca acierto cuando elijo un número. ¿Ha visto esos papeles en espiral para atraer moscas? Yo soy igual. Atraigo las historias cutres que pasan a mi lado. Creo que hay gente así, que son como un imán para aliviar a los demás. Nunca acierto cuando elijo un número. Todo lo que intento o toco se convierte en una putada.

- ¿Cómo se lo explica, Adèle?

- La mala suerte no se explica... es igual que el oído musical, se tiene o no se tiene.

- ¿Qué pasó con ese chico?

- ¿Con cuál?

- El primero, con el que se fue. ¿Llegaron a hacerlo?

- Sí, lo hicimos.

- Pero le decepcionó.

- No. Y ahí está el problema, porque si no me hubiese gustado, no estaría... donde estoy. La primera vez no estábamos muy cómodos.

- La primera vez nunca es fácil. No estaba cómoda porque ambos eran... muy jóvenes. - No, porque eran los servicios de... una gasolinera y no es muy práctico. ¿Lo ha intentado usted?

- No.

- Es complicado. Sobre todo en las autopistas. Fue idea mía hacer dedo, porque creía que las historias de amor siempre ocurrían al lado del mar. Estaba equivocada, pero... es normal, porque nunca he tenido buenas ideas. Siempre me pasa igual, enseguida me embalo, no pienso, es un defecto. Menos mal que me recogieron, porque hubiese sido capaz de tirarme debajo de un camión.

- ¿Quién la recogió?

- No se lo puedo decir porque estaba casado, un psicólogo. Se dio cuenta enseguida de que tenía una "depre" de la leche. Hizo lo que pudo para levantarme la moral. Se desvivió tanto que creí que me había quedado embarazada. Por fortuna, sólo era apendicitis. Por fortuna, por decir algo, porque con el anestesista tampoco tuve mucha suerte.

- ¿Tuvo problemas con él?

- No, era encantador, y parecía tan enamorado que le hubiera seguido hasta el fin del mundo, pero sólo fuimos hasta Limoges. Es curioso, ¿no? Cómo la gente puede parecer colada por ti... cuando no lo está. Debe de ser fácil fingirlo. Me decía que le hacía el mismo efecto que un Cointreau. Pero se cansó rápido del cointreau y se fue a llamar por teléfono.

- ¿A quién?

- No lo supe porque desapareció.

- Estábamos en un restaurante, y yo no sabía que había otra salida, y me quedé esperando hasta que cerraron. El dueño vivía encima. Olía un poco a fritura, pero tenía las manos delicadas y suaves. Las manos engañan, te hacen creer cualquier cosa. Así es como empecé a trabajar. Me contrató de relaciones públicas en su restaurante.

- ¿En qué consistía su trabajo?

- Al principio, tenía que recibir y sonreír a todo el mundo... No me daría un infarto con ese trabajo pero una sonríe y la gente se equivoca, y en Limoges hay tantos hombres que se sienten solos... Desde fuera no te das cuenta. El juez me dijo que era una de las zonas de Francia con más personas deprimidas.

- ¿Qué juez, Adèle?

- El que se encargó de mi caso cuando cerró el restaurante, por el tema de las relaciones públicas. Él también era depresivo. Pero fue igual, tampoco se ocupó de mí mucho tiempo. Ni 15 minutos. En una habitación de hotel, sin almohada, sin tele, sin cortinas... Creo que no era mala persona. Al verme los ojos rojos de tanto llorar, me ofreció su pañuelo y se marchó. Quizá no me merezca nada mejor. Debe de estar escrito en algún sitio. Hay gente que ha nacido para ser feliz, y a mí todos los días de mi vida me han engañado. Todo lo que me prometieron me lo creí, pero nunca conseguí nada. No sé hacer nada, no le importo a nadie, no soy feliz, ni realmente desgraciada, porque seguro que lo eres cuando has perdido algo. Pero nunca he tenido nada mío, sólo mi mala suerte.

- ¿Cómo se imagina el futuro, Adèle? 


- No lo he pensado. Cuando era pequeña, sólo deseaba crecer. Quería que sucediera deprisa. Pero ahora no sé para qué ha servido todo esto, no lo sé. Hacerme mayor... El futuro es como una sala de espera, como una gran estación con bancos y corrientes de aire, y tras los cristales gente que pasa corriendo. Sin verme, tienen prisa. Cogen trenes o taxis. Tienen un sitio adonde ir, alguien con quien encontrarse... Y yo me quedo sentada, esperando.


- ¿Qué espera, Adèle?


- Que me ocurra algo.

1 comentario:

  1. Un vejestorio desdentado se me acerca sigilosamente. Va tan mamado que apenas puede enfocar la vista. Su sexto sentido le dice que soy del sexo femenino. Eso es todo lo que necesita saber. Me pregunta cortés, tímida y patéticamente si me gustaría bailar. Por pura perversidad, le digo que sí. Me pone una mano peluda y sudorosa en la cadera. Pongo una mano, casi sin tocarlo, sobre su hombro. Esta´ empapado de residuos tóxicos. Se pone a tararear en voz baja la canción mientras unas lágrimas mudas le riegan la sucia cara, surcando profundas grietas, pústulas hundidas que infestan sus mejillas. Me imagino que es Bukowski. No andaba muy lejos. Por lo que sé, también él tiene una extensa recopilación de reflexiones de viejo amargado, que guarda en una carpeta ajada en el hotel de paso que posiblemente llamaba su hogar, al otro lado de la calle, cerca del puesto de perritos calientes Nathan’s Famous. Huele a años de comer mal, a alcohol y a sexo solitario. Siento cierta perversa compasión por él. Me doy cuenta de que la única diferencia entre él y yo esta´ en un mal paso de más. Un pago de alquiler menos. Quedarse sin trabajo demasiado pronto. Un desengaño amoroso de más. Y demasiada priva. Casi me entran ganas de acompañarlo a casa. Invitarme yo misma. Limpiar su viejo cuerpo estropeado. Cortarle el pelo, darle un afeitado. Hacerle la manicura. Prepararle el desayuno. Masajear sus pies llenos de agujeros. Se termina la canción. Desisto de mi demente fantasía, me disculpo y me meto en los lavabos de señoras. El revulsivo que necesitaba para acabar de disipar los últimos vestigios de mis ilusiones de ser la Madre Teresa: el único retrete que hay en aquel tugurio esta´ todo embadurnado de vómitos y mierda resecos.

    Lydia Lunch.

    Paradoxia. Diario de una depredadora

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