jueves, 11 de mayo de 2017

Murakami - De qué hablo cuando hablo de escribir.

Derramando pensamientos sobre los gritos del papel

Murakami me gusta por su tono pausado, por su lirismo aséptico, por la musicalidad en su estilo, por sus frases cortas y la forma zen con la que plasma la psique de sus personajes y su visión del mundo. Hace unas semanas me compré su nuevo libro: “De qué hablo cuando hablo de escribir”. Una interesante autobiografía como escritor y el arte de escribir. Su disciplina es levantarse temprano, termo de café y ponerse como reto escribir diez páginas todos los días, tarde lo que tarde. Indica que, por ejemplo, su primer borrador de Kafka en la orilla tenía mil ochocientas palabras, seis meses de trabajo. Cuando se termina la primera escritura Stephen King recomienda dejar reposar el borrador un par de meses, sin embargo Murakami apenas descansa una semana antes de empezar una de sus múltiples reescrituras. Creo que el motivo es que le resulta más divertido escribir sin una escaleta, sin saber muy bien hacia dónde van sus personajes, improvisando. El problema es que el texto se presta a muchas más contradicciones, a que haya capítulos que tenga que descartar porque no casan con el tono general de la historia y los personajes. Es como un pequeño rompecabezas al que vas dando forma pero que requiere una revisión completa cada vez que añades o quitas alguna parte.

Supongo que esa continua reescritura casa muy bien con la mentalidad de corredor de fondo de Murakami, pero a otras personas puede llegar a desesperar. Después de varias reescrituras y pulir detalles, descansa un mes. Pasado ese tiempo vuelve a reescribirlo por completo y cuando termina le da el manuscrito a su mujer para que opine, igual que hace Stephen King con su esposa Tabitha. Ella hace sus recomendaciones y aunque no esté de acuerdo reescribe siempre las partes que ella ha señalado. Una vez hecho esto vuelve a pedirle que lea esas partes, y sí a ella la nueva versión sigue sin convencerla vuelve a reescribirlas. Supongo que siempre hay un margen de mejora para todo, uno puede convencerse a sí mismo de haber escrito algo casi perfecto pero siempre es mejorable. Por eso sigue reescribiendo después de entregar el texto a la editorial y recibir las primeras galeradas. Aunque parezca una compulsión descontrolada, porque en este punto hasta él ha debido de perder la cuenta de las veces que ha reescrito el texto, no parece ser el único escritor que opina y trabaja de esa forma, Raymond Carver dijo en una entrevista: “Al fin he entendido que una novela se perfecciona después de releerla, de quitarle algunas comas y volver a leerla una vez más para poner las comas en el mismo sitio donde estaban”. Naturalmente es solo un punto de vista, cada escritor decide cuanto tiempo debe de dedicar a pulir su obra.

De todas formas lo que más me ha gustado es su humildad, como ha sido capaz de encontrar el equilibro entre su gran profesionalidad y su capacidad para divertirse. De mantener una disciplina espartana sin convertirse en un funcionario juntapalabras. Cada vez me resulta más tediosa la idea del escritor atormentado que escribe de pie, que sufre en cada párrafo para ahondar en la presunta honestidad de su herida existencial, del malditismo como carta de presentación, de los tópicos sobre la generación perdida, Kerouac y los beats o la saga de herederos bukowskianos y sus lugares comunes de sordidez alcohólica. La escritura, como cualquier acto de creación, tiene la capacidad de reconciliarnos con nuestras propias contradicciones, de desahogarnos sublimando nuestro caos en un orden comprensible, no solo para nosotros, sino también para el resto del mundo. Ningún lector va a entender completamente las horas de soledad y dedicación que encierran cada frase, cada párrafo, cada capítulo… por eso resulta absurdo renunciar a nuestra cuota de diversión por un afán estéril de rememorar ciertas biografías que deslumbran sobre el papel ajado del pasado pero que no resisten una mirada más cercana y realista. La clave es escribir todos los días, poco a poco, sin esperanza ni desesperanza, y llegar al final del proyecto.

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