domingo, 10 de marzo de 2013

Tres palabras desafían al poeta, se enfrenta a ellas con mucha cobardía, pero no sirve de mucho, todo queda en un sueño sin sueños.

Ahora, justo cuando ya te has ido, comprendo lo cerca que has estado de mí. Estoy de luto. La noche es madrugada inhóspita, la luna se encoge sin esperanza en la oscuridad. Todo gruñe, ladra, golpea. Los helicópteros de la policía, los borrachos ahí abajo, las estrellas muriendo milenios atrás pero titilando todavía sobre mí. Todo baila una danza macabra. Todo mi mundo te echa de menos. Tu cara, tu cuerpo, tus labios, tus ojos fulminantes, tus oquedades, incluso la crueldad de tus silencios y tus líneas de fuga.

Sí, aprovechamos nuestra oportunidad, hicimos explotar nuestro universo durante dos eternidades, pero el precio ha sido demasiado elevado, siento que nunca podré olvidar tus confidencias a media voz, la forma en que el perfume de tu cuerpo me atravesaba cuando empezabas a desnudarte, como gemías quedamente cuando te envolvía con mi cuerpo.

Recuerdo como te comía el coño, como pasaba mi lengua por tus labios y luego te besaba, tus flujos tenían un sabor delicioso cuando se mezclaban con tu saliva; te devoraba enfebrecido, ansioso, borracho, pero todavía capaz de ajustar palpitaciones y movimientos. Tu coño era perfecto, primero lo asediaba, acercándome lentamente, hasta que no podías más, me tirabas del pelo y me atrapabas entre tus piernas, era entonces cuando mi lengua te penetraba con dureza, cuando formaba un mar de saliva alrededor de tu clítoris. Pero sabía que eso no era suficiente, y mi pulgar se deslizaba por detrás y te sodomizaba con suavidad; no era necesario verbalizar, las respuestas las daba el cuerpo, el ballet no debía de ser interrumpido. Mis dedos eran poemas que te follaban, te inundaban, te completaban. Pero mi polla también quería algo de protagonismo, y entraba con dureza, lenta y profundamente, hasta que mis cojones golpeaban tu carne.

Golpes certeros, palabras más o menos inspiradas, todo se sumaba para buscar el orgasmo, para llegar a ese algo inaprensible que nos obligaba a abandonar la cornisa ficticia, a entrar de nuevo en el juego y resistir un poco más. Coreografía perfecta, respiraciones agitadas, entrando cada uno en el cuerpo del otro, desplazándonos por los límites más perturbadores, pero también más intrínsecamente placenteros. Sin pausas, solo tú y yo, no quedaban más victimas a nuestro alrededor. Sometimiento y dominación, liturgias atávicas olvidadas, intercambio de roles, sin ira o miedo, buscando que tu carne borrase la existencia de la mía, que todo se redujera a tu mirada penetrándome.

Pero todo eso sucedió hace ya demasiado tiempo -¿horas, semanas, meses?-, ahora estoy aquí, frente a esta pantalla aséptica, escribiendo -que en cierta forma es como llorar o gritar-, presa de un ataque de furia racional, pero también de melancolía. Escribo pensándote. Agonizando por lo que ha dejado de ser, invocándote desnudo, aterido, desde esta ciudad vulgar y sucia del extrarradio. Te escribo loco, borracho, homicida, con mis manos eyaculando tu recuerdo, ¿escuchas el eco que provoca al caer al suelo? No entiendo como has conseguido doblegar con tanta suavidad tu desvarío, como has podido arrebatarme ese pedazo de cariño que me habías regalado. ¿No lo entiendes todavía? Te quiero, mi querida y jodida puta, te necesito, te deseo. Aun subyaces en mí, con toda tu potencial trascendencia. Existíamos juntos. Ven. Bésame. Abrázame de nuevo. Vuelve con tus palabras. Trae de nuevo a mi vida tu soledad.

No envío el mail. Es demasiado impúdico. Absurdo. Incluso deshonesto. La quiero, ¿y? la poesía solo es real junto a la calidez de un abrazo. Estamos tan entusiasmados con las palabras que no nos percatamos que solo son pantallas, excusas; no importa el contexto o el escenario, si alguien te ama luchará contra sus miedos, no por una cuestión de carácter, sino por la inevitable manifestación de belleza química y locura estúpida que siempre provoca algo, aunque solo sea un mínimo gesto. Gestos. Lo demás son entelequias, fantasías, juegos sentimentales de segunda fila de personas que no saben o no quieren sentir, como predicadores que ensayan su proclama en una iglesia vacía.

Se escuchan sirenas, quizás sea una ambulancia, o la policía, Madrid es una ciudad domesticada, entregada de rodillas, llena de victimas. Cierro los ojos derrotado e intento dormir. Es demasiado tarde para todo lo demás.

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