sábado, 31 de diciembre de 2011

Feliz 2012

¿Recuerdas ese momento en el que estas con una mujer, ella te hace una pregunta banal y tu tardas en responder…y ese silencio que se ha formado mientras tanto no es incómodo y sonreís? Hay parejas que matarían por esos silencios compartidos, y de pronto, unos desconocidos lo consiguen, en el trabajo, quizás en un restaurante con más gente ¡Bang! Sucede.
Y es casi como el tiempo tuviera banda sonora y sus ojos fueran un refugio donde bailar.

Es mi vecina. Está en una situación complicada. Yo también. La quiero. Nunca se lo he dicho. Ella tampoco a mí. Nos conformábamos con los silencios, con los paseos. Pequeñas confidencias, su libro, su película favorita. Su hijo. Es tan guapa, que muchas veces naufrago en sus ojos, siento como una mordaza en la garganta que me impide respirar. Ni siquiera se maquilla cuando sale conmigo, solo unos clips en el pelo. Sé cuándo le preocupa algo porque no busca mi mirada. No va a abandonar a su marido. Algo se quiebra. Ni siquiera nos hemos acostado. No son solo las endorfinas de mi cerebro, es sentirse vivo, deslumbrado, fascinado. Es sonreír sin motivo, como si todo tuviera más sustancia, más color. Te pilla totalmente desprevenido, te has acostumbrado a vivir con los sentidos aletargados que es casi como sufrir una intoxicación de vida.

Es la última vez que vamos a quedar, vamos al cine. Nos emocionamos con la escena del ascensor. Es absolutamente brillante. Trasciendo el momento y la beso, nuestro primer y único beso. Siento sus lágrimas saladas, lo demás me llega como amortiguado. Seguimos viendo la película. No puedo soltarle la mano. La película termina, nos acercamos al coche. Nos despedimos.

Es todo ficción claro.

Aunque podría decir que pasó hace años. Podría añadir que luego tienes más parejas, pruebas, hay buenas recomendaciones, incluso parece que van a tener un final feliz. Siempre te esfuerzas mucho al principio atrapado por el misterio. Pero son aburridas, bostezas, sabes lo que va a suceder a continuación. Muchas no tienen la culpa, solo actúan como se supone que tienen que actuar, como un treinta y uno de diciembre: con su cena perfecta, sus programas en la televisión, las llamadas a amigos, sin preocupaciones, simplemente un nuevo año ruidoso quemando el almanaque sin darnos tiempo a pensar en nada más. Sin silencios. Y todo se convierte en simple corporativismo, un Stand By hasta el siguiente colapso, hasta el siguiente pliegue de vida que nos permita escuchar el “tic tac” del reloj que nos deja llenos de canas y bolsillos vacíos.

Pero a veces la explicación es un error bien vestido. Por eso desde aquí os insto a buscar esa epifanía en el 2012, a buscar ese silencio o esa emoción, porque realmente hay pocas cosas más que merezcan la pena. Puede ser la escena de una película que os emociona -como emociona siempre el talento cuando te sorprende a bocajarro-, un libro, una canción, una mujer, un hombre, puede ser el sexo cuando hay un sentimiento intenso correspondido o simplemente cuando te dejas llevar por el instinto sin velas ni guiones de por medio, puede ser creando o recreando, puede ser cuando luchas por tus principios, tus sueños...hay mil maneras y cada uno es libre de escoger la suya propia.

Por ello, y porque ya estoy empezando a beber, os deseo a todos un feliz 2012. Incluso a los anónimos. Seré un alcohólico, pero tengo sentido del humor.

An Ending (Ascent) by Brian Eno on Grooveshark

miércoles, 28 de diciembre de 2011

¿Hacia dónde van esas escaleras? Hacía arriba.

No sé exactamente porque odio a las mujeres, supongo que todo empezó con ese test de inteligencia que me hicieron con nueve años en el colegio. Usaron un eufemismo pero cuando vi a mi madre llorar y mirarme con cierta aprensión entendí la elipsis, los puntos suspensivos, esa palabra impronunciable. Era Casi…casi….subnormal.

Ese vértigo, esa sensación de que había perdido antes de empezar nunca desapareció del todo. Me convertí en un mal estudiante. Intentaba hacer amigos, mostrar entusiasmo por los demás, pero había una negativa implícita en todas mis relaciones. Como si todo discurriera en un espejo de humo y solo yo chocase con él. El tiempo discurría sin ambición. Y todo, poco a poco, dejó de tener sentido para mí.

Luego vinieron las novias, o la ausencia de ellas, las risas, ese desprecio en su cara cuando eyaculaba demasiado rápido. Pero pude engañar a una, el truco fue simplemente desvirgarla, quitarla cualquier comparación posible. También ayudaba que no le gustase el sexo. Quizá no les gustase conmigo, pero no quitemos importancia a los pequeños infiernos de cada uno, no estamos aquí hablando de que todo tenga explicación, a Hitler no le violó de niño un judío, y aunque hubiera sido el caso, la gente elige, elige como reaccionar o que excusas tomar ante determinadas situaciones. Mi queridísima novia, desde hace casi ocho años, podría haber cambiado de pareja, podría haber intentado aprender a chupar una polla, a masturbarse y descubrir donde tiene el clítoris. Pero no, arquitecta, mujer de éxito, y su puto dios no la dejaba disfrutar del sexo, su novio, concretamente su pene, era pecado, incluso correrse debía de ser pecado. Debíamos vivir de acuerdo a las reglas, ella se dejaba hacer, no quedaba más remedio, era el precio por ese amor puro que me brindaba, pero siempre con el tiempo justo, con un “me duele”, un “acaba ya” trasluciendo el asco en su mirada, como si yo fuera un animal que la mancillaba por el simple deseo sexual.

Todo esto era una metáfora de mi vida de fracasado. No había terminado la carrera y concatenaba trabajos basura. Lo peor de ser un fracasado es sentirte como tal. A veces se trata de un agravio comparativo. Polidori era un buen escritor pero trabajando para Byron se vio sumido en una depresión y se suicidio, Thomas Bernhard habla de ello en “El malogrado” Si tu única consideración hacía la propia vida es obedecer, o ser ama de casa, o dejarte llevar por tus impulsos hedonistas, si vives durante casi toda la vida sin cuestionarte nada, al final eres feliz, aunque sea una felicidad gris, triste, apagada. Luego está lo de siempre: el fracaso. Haces camino al andar y resulta que ese camino es un pantano de mierda. Decía alguien que siempre hay que intentar las cosas aunque se fracase, porque del quietismo no puedes aprender nada. Pero no se habla de las secuelas que provoca. La gente se suicida o suicida a los demás.

El único momento en que me sentía inteligente, real, era cuando escribía, como si reivindicara mi propia existencia plasmándola sobre el papel, como si mi futuro y el de la literatura descansasen sobre la novela autobiográfica.
Pero, ¿Qué clase de experiencias tenía yo? Ninguna: la convivencia con las cucarachas, los gritos de mis vecinos, un trabajo basura, una novia frígida. Y una enorme y terrible pelota de angustia que no me dejaba dormir por las noches. Pensé en la cháchara, como hilo musical de ascensor, de un psicólogo, convenciéndome de que no era tonto, que mi vida era buena y podía cambiarla. O en prescripciones de Procaz. Al final opté por esconderme, por huir. Abandoné mi trabajo de vendedor de seguros de vida y empecé a buscar un trabajo con horario de noche, un trabajo silencioso donde quizás aprovechar las horas de soledad para leer o escribir algo, sin presiones, alejado de jefes directos, de la gente en general. Eché currículums para gasolineras, vigilante nocturno, teleoperador, control de alarmas. Cualquier cosa.
Pasaron dos meses y ya sin dinero, auspiciado por las presiones del hambre y la falta de techo, acepté lo primero que surgió: camarero de una discoteca, horario de doce a ocho de la mañana.

Cuando fui la primera noche no podía creérmelo: un after para turistas inglesas, un agujero infecto sucio y maloliente donde lo más importante era saber inglés y que el jefe, un cocainómano que se desmayaba ensangrentado todas las noches, no te pillara robando. Esas primeras semanas las recuerdo con cierta nostalgia cuando, ajeno a todo, me preocupaba porque me quedaba sin vodka o whisky en mitad de la noche o porque, de pronto, era el único camarero atendiendo la barra. Luego pude ver los flecos a esa entropía inexplicable, los baños eran los picaderos oficiales a cien metros a la redonda y todo el negocio funcionaba porque no se vendía solo alcohol…

Al principio era algo temporal, lo justo para ahorrar dinero y darme unos meses sabáticos, volver a mi horario normal, escribir. Pero ya llevo casi tres años.

Puedo decir sin duda que han sido los años más aprovechados de mis aborrecibles treinta y uno. Aquí me he dado cuenta de la verdadera naturaleza de las mujeres, seres despreciables, pozos de basura putrefactas, receptáculos de las peores enfermedades venéreas. Aquí es sencillo follar, casi lo difícil es no hacerlo. Entran dos turistas y puedes sentir el vaho de su necesidad en el círculo de miradas, quizás una hora más, una copa más y la tendrás tragándose tu semen, tiradas en el aparcamiento mientras te piden que te las folles antes de que llegue su novio. ¿El amor? El amor es un puto espejismo. La realidad es que todas las mujeres piensan con la polla porque también tienen una, en su interior, y una vez que la represión cultural o la visita a otro país les permite cierta desinhibición sin hipocresía, utilizan su coño como una estación de servicio donde todos podemos repostar. Es un puto edén. Aprendí a follar. Miraba a las gordas o a las mujeres de más de treinta años con repulsión, no eran mujeres, su coño era una anécdota.

Disfrutaba insultando a las inglesas en mi idioma mientras me las follaba, llamándolas putas, diciéndolas que solo servían para esto, que eran seres vacíos que solo podían intuir el milagro de la vida abriéndose de piernas. Alguna me decía entre llantos, antes de echarla de mi apartamento, que se había enamorado de mí, yo me reía, era cruel, “¿enamorarte? Solo te has enamorado de mi polla, hay muchas pollas, sigue arrodillándote”. Malditas putas sin hogar, sin cerebro, adictas al flirteo, a la posesión de cualquiera con abdominales que les mostrase algo de carácter, o violencia.
A muchas de ellas se la metía en su coño reseco sin preliminares, cuando estaban ya borrachas, idas. Me corría dentro, las usaba, eso me excitaba: cosificarlas, ¿acaso puedes sentir empatía por un agujero…? Algunas me juraban que eran diferentes. Luego, cuando las sodomizaba, gritaban de placer. En su mentira me odiaba y las odiaba.

Solo hay idealización en el abandono, en la negación del capricho.

La relación con mi novia tuvo el final perfecto. Llevaba ya meses trabajando allí cuando la invité a cenar. Seguí el itinerario habitual, es lo malo de las clasistas: son tremendamente aburridas. Restaurante de lujo, bien vestido, elegante. Una rosa en la entrada, sonrisa, buenos modales. La emborraché. Con un vino de cincuenta euros para variar.
En la cama los preliminares, besos dulces pero apasionados, palabras de amor, de esas que te hacen sentir única y especial. ¡Ja!…pobre imbécil, todos somos muescas en una enorme verga, remeros en galeras repitiendo una y otra vez los mismos gestos para crear una sensación de movimiento que nos adormezca los sentidos. Pues eso: la combinación de sutil romanticismo acelerado. Supongo que nuestra neurosis occidental se basa en la incapacidad de asumir que dos conceptos opuestos pueden fusionarse sin dicotomías, un lenguaje empobrecido que habla de querer y amar, de follar y hacer el amor diferenciando facetas de una única cosa.

Me la empecé a follar muy duro, con rabia, ella me pidió que parara, que por favor me pusiera condón. Ahí perdí los nervios, ¿Cómo era capaz de humillarme así, de joder la noche? ¿tan terrible era tener un hijo conmigo, tan superior se sentía con sus dos masters que la sola posibilidad de quedarse embarazada de un camarero le asustaba tanto?

Le di la vuelta y me la empecé a follar por detrás mientras le sujetaba los brazos. Ella intentaba soltarse, gritaba, lloraba, me suplicaba que parase y todo eso me excitaba cada vez más. Pensaba en todas las veces que lo había intentado, en cómo me hacía sentir, sucio, despreciable solo por mencionarlo. Y ahora aquí me tenías, preguntándola a gritos que pensaba su dios de esto mientras la sodomizaba con brutalidad, sin ningún cuidado. Notaba algo húmedo pero no podía parar, ella lloraba como si le estuvieran arrancando el alma. Supongo que era una venganza contra todos aquellos valores que ella representaba, quería romper ese espejo, ese vínculo que aún conservaba y que destrozaba mi ego.

No recuerdo cuánto duró. En algún momento me corrí, saque mi polla, me limpié la sangre en sus sabanas y me largué sin decirla nada.

No sé por qué ahora me vienen estos pensamientos. Es cierto que durante unos meses tuve miedo de su familia o de que me denunciase. Pero ya han pasado dos años y no he sabido nada de ella.

Salgo a la calle, solo veo moscas con formas de ser humano a mi alrededor. La Navidad, como elaborado chantaje emocional patrocinado por varias marcas comerciales, me da la bienvenida con sus luces, sus invitaciones a una felicidad que depende de un trozo de platico, de hasta donde soy capaz de hipotecar mi futuro. Pensamientos banales, claro. Pero hay que seguir viviendo, hay que destrozar más coños, volcar mi miseria en su miseria. Somos monstruos…

De pronto aparece ese hombre, alguien alto, vestido de negro, un gabán desahuciado. Lleva una recortada en la mano.
-"¿Qué cojon…?"
Dirige el arma hacia mí y de pronto ¡Bang! Tengo un enorme boquete sangriento en la entrepierna. Intento gritar pero solo sale un gorgoteo de sangre. Un segundo disparo me destroza la rodilla izquierda. Caigo como un fardo. Una violenta patada me destroza un par de costillas. Dolor inmenso. Miedo. Pensamientos inconexos. Intento girar la cabeza, algo cede. Voy a MORIR en mitad de esta calle, ¿por qué...?

Rorschach se acerca a su creación y le apunta a la cabeza:
-“El texto se alargaba demasiado y además... eres un jodido bastardo."

¡Bang!

Unforgettable (Duet With Nat King Cole) by Natalie Cole on Grooveshark

jueves, 22 de diciembre de 2011

Parcialmente te quiero, generalmente te amo.

No me ha tocado la lotería, es normal, nunca juego. La gente exuda felicidad en mi televisor. Aunque siempre he pensado que la felicidad real es ser capaz de mirar la misma baldosa durante horas, un estado mental parecido a un zombi después de eyacular.

Tengo tortícolis, podría insinuar que es debido a grandes proezas sexuales, pero hace tiempo que solo penetro el hueco de mi mano. Se ha estropeado mi PlayStation 3 y el calentador de gas el mismo día, no hace falta atar a la rata o pensar que La ruta nos aportó otro paso natural para darse cuenta del karma palindrómico que auspicia estas dos tragedias.

Un día de luto: Lucia Etxebarria nos deja. No se muere, simplemente deja de escribir. Me encantaban sus historias de lesbianitas drogadictas, pobre generación perdida que tiene que reivindicar a las mujeres sexualmente activas. También me gustó mucho las edades de Lulú. Ah no, perdón, que ese es de otra. Y mientras pasan todas estas cosas importantes recuerdo cuantas veces me ha sorprendido el aburrimiento este año en mitad de uno de estos libracos laureados por la crítica, y he pensado “Joder, he leído blogs que tienen más talento en un solo post” Y es así.

Y la gente luchando por (auto)editar sus libros, con ese éxito que se mide, según Machado, haciendo el camino al andar y no por las pueriles matemáticas de ventas (autoengaño). Nada más lejos de lo aquí se cuenta mis queridos contertulios, mi falta de ambición me salva de llorar por mi falta de talento. A lo sumo, mi ambición es la imagen de tu coño –ese abismo que todo lo resume- mientras cojo el impulso necesario para poder atravesar esta pared de realidad y poder perderme al otro lado.

Pero bueno, a lo que íbamos: hoy quería hablar de mi amigo Claudio. El señor Claudio nunca quiere quedar los sábados porque tiene una cita con su ex. Una metáfora digital claro, porque Nuria, que es como se llama la susodicha, hace dos años y medio que no tiene presencia en su vida. ¿Cuál es el misterio entonces? Nuestro querido protagonista me hizo caso. Había conocido a Nuria en nochevieja seis meses antes. De alguna forma inexplicable habíamos conseguido sacar su fofo cuerpo lejos de su Sancta Sanctorum, esa puta arcadia de ludopatía, y habíamos conseguido que bebiera algo. De pronto ella apareció. No recuerdo mucho más de esa noche, seguramente hubo drogas y el ponche era verde por razones ajenas a los ingredientes habituales. Y ahí teníamos el milagro ante nuestros ojos en forma de pareja disfuncional. Pero era cuestión de tiempo. Cuando Claudio, mi querido analfabeto sentimental, se deshizo en lágrimas confesándome que hacía un mes que no conseguía llevarla a la cama sonaron los clarines del fin. Era normal, claro, era un despropósito de persona, además de un simple dependiente y Nuria, esa niña pija, arquitecta ya graduada y con dos master, clasista hasta el aborrecimiento, no podía humedecerse al pensar en formar una familia con un mileurista con ojeras de parado.

Naturalmente le di mi mejor consejo: GRÁBALA FOLLANDO ahora que aun puedes. Ya está todo perdido, pero esa cinta te consolará el día de mañana, enfócalo como esa escena de American Psyco.
Claro que podría haberle animado a hacer cambios en su vida, un nuevo empleo de traje y corbata sería un buen comienzo. Pero quería conservar a mi amigo tal y como era, no quería verle sometido como un puto calzonazos.

Además yo también disponía de mi pequeña colección de ex digitales. Claro, antes eran meras instantáneas, un polvete en la oscuridad con sombras verdes. Pero, oh amigos, la tecnología avanza, y siempre es el sexo quien acucia el progreso. Internet es un buen ejemplo: tanto ancho de banda, tanta fluidez en el streaming y al final todo es gracias a esas páginas pornográficas pidiendo números de tarjeta. Cuantas videocámaras se han comprado con la ingenua idea femenina de inmortalizar unas vacaciones y se han convertido en un instrumento del porno amateur.
Tengo buen material, recuerdo brevemente a mi ex haciéndome una felación, algunas fotos, videos de Skype “Sí, tranquila, los he borrado” Siempre he dicho que los recuerdos son el idioma de los sentimientos, ¿y qué mejor recuerdo que tu cara recorrida por el latigazo caliente de mi semen, como una lluvia lenta e inmisericorde?

Pues eso, que después de estos argumentos Claudio, ese gran…

Mi compañero de piso vuelve a interrumpirme por tercera vez mientras maltrato esta página en blanco. No tengo más remedio que rebanarle el cuello y cortar, cortar, cortar. Tengo mucho trabajo, ojala tuviera perros para poder echar los restos. Pero no pasa nada, tengo práctica y muchas bolsas de basura. Maldito gordo cabrón.
Su teléfono suena en una de las bolsas. Debe de ser su nueva novia, cumple años mañana. Tendré que encargarme de ella más tarde.

Como iba diciendo le convencí para grabarla.

Fue un éxito. Naturalmente la idea era robarle la grabación y hacer una copia sin que se percatara. Hicimos el estreno en mi casa como si fuera la última de Tarantino.
Fue decepcionante. No sabría decir que era lo peor. Supongo que el problema de Claudio, aparte de su enorme culo, es que sucedía todo demasiado rápido, ¿Recordáis cuando vuestro novio perdió la virginidad con vosotras y aquello duró unos segundos? Pues algo así. Joder, no me extraña que la chica no lubricase, ¿para qué? Ese halo de frigidez que siempre la colapsaba el gesto era simple ineptitud de su partenaire. Huye dulce gacela, huye…

Todo siguió su curso. Ella le abandono por otro –no se suele abandonar por la soledad-, y él, dos años y medio después, sigue sin vida social los sábados, sacudiéndosela como un mono del zoo viendo esos cuatro minutos de cinta girar una y otra vez, en un bucle infinito, como el final de Rayuela.

El caso es que me sentí algo responsable, era ya demasiado tiempo. Fui a verle.

Rorschach: Joder, Claudio, tienes que olvidarla, tienes que romper esa cinta, todas las copias, coño, que te pones la grabación de audio para dormir. Tienes que parar.
Claudio: -Mutismo-
Rorschach: Es enfermizo, tiene algo de “Días Extraños” Hay que dejar las cosas irse… Joder, ¡ni siquiera la chupaba bien!
Claudio: ¿...eso como lo sabes?

Lo había intentado.

De todas formas Claudio nunca estuvo bien. Era algo gordito y la gente se acostumbró a meterse con él. Cada vez se fue encerrando más y más en sí mismo. Se convirtió en un mal estudiante, tenía miedo a las mujeres, pocos amigos. Repetía y repetía cursos. Faltaba a clase porque le daba vergüenza ir, cuando alguien le decía algo mentía diciendo que estaba en la universidad. Al final se sacó el bachillerato en un instituto nocturno pero, ¿Dónde volcó toda esa energía vital? En la masturbación compulsiva y los videojuegos.

Hay personas más inteligentes que saben sublimar ese sufrimiento adolescente de formas menos excluyentes, tardes de bibliotecas como Bukowski, una guitarra, un grupo, los típicos intelectuales gafapasta que sueñan con dominar el mundo, noches de alcohol donde a veces consigues aprehender algún minuto de gloria, leve pero cálido, pero que mesura la congoja de SER. Pero él, mediocre en todo, simplemente se encerró en casa a jugar. Un medio controlado donde pudiera ser el héroe, el triunfador, alcanzar la perfección con cada nuevo reto sin que la sombra del fracaso le amedrentase. Un objetivo, una victoria. Enfocó en esa pasión toda su supervivencia, midiendo el tiempo en juegos superados, en esa compulsiva adicción que, sin embargo, le hace feliz. Sin preguntas, sin responsabilidad, sin sentir la decrepitud física, sin sentirse al borde del abismo, sin dolor. Un drogadicto, un yonqui que mientras mantenga una higiene aparente y su trabajo nadie señalará con el dedo. Ha conseguido con esa capacidad de escapismo ser autosuficiente.

¿Quiénes somos los demás para juzgar como hay que usar la vida? Al final los anhelos te hacen sufrir. Tampoco somos grandes ejemplos, nuestro quietismo es estremecedor. Veo a mi alrededor gente que solo sabe trabajar, que vive odiando su vida. No hablemos de las parejas, culmen del maltrato psicológico. Todos sienten ese miedo agarrotándoles la existencia y se dejan absorber por sus rutinas. Sí, claro, viven otras experiencias, se enriquecen, se masturban en esa complacencia que es la autorrealización personal. Pero, ¿al final les sirve de algo?

Los sueños joder, eso es lo verdaderamente importante. Me es indiferente del tipo que sean. Pero para mí alguien perfectamente integrado en la sociedad, con su coche, su casa, su mujer almidonada, y sus dos niños, todo ese éxito, no me vale de nada si lo que realmente quiere hacer es…no sé, escribir un libro, subir al Everest, ser actor porno, romper un record Guinness. O simplemente estar solo.

Para mi subyace el mismo tipo de fracaso, porque Claudio es una víctima de sí mismo, alguien débil. Pero los demás integrados en su soberbia social no se dan cuenta que tampoco han luchado por su propia esencia, por su propia integridad personal. Se dejan llevar mecidos por el canto de sirenas de los centros comerciales a una vida sin vida.

Mierda, mierda negra que utilizo para escribir este párrafo. Tengo mucho miedo. Miedo al horizonte. Porque las crisis existenciales ni siquiera son una pregunta, es la muerte objetiva y real de las oportunidades, es la perdida de la inocencia en base a la repetición de una traición consumada, es la decrepitud que empieza con una arruga, la alopecia, unos kilos de más, un gatillazo, con un sentimiento de estar fuera de lugar, con un “da igual”, con una mentira el día de tu cumpleaños.

Y en esta carrera de relevos que es tu vida, tu yo más joven te mira aborrecido mientras tu yo más viejo te insta a seguir adelante, ya sin público en las gradas, pidiéndote con la mirada que acabes lo antes posible con todo.

¿Encontraría a Marla?

I Go to Sleep by Sia on Grooveshark

martes, 20 de diciembre de 2011

Feliz Navidad

Aunque no quede bien con mi impostura de decadente he de reconocer que la Navidad me encanta. Cuando era pequeño siempre había regalos, opíparas cenas familiares donde se notaban ciertos desencuentros, pero también la buena disposición y las ganas de pasarlo bien. Días de fiesta, incluso de nieve, días donde te emocionabas con James Stewart en “Que Bello Es Vivir”, en que veías a tus mayores escuchando la retransmisión del gordo de navidad por todo el barrio, entre risas de bar. Recuerdo aquel local de barrio que sacaba un altavoz a la calle y ponía los villancicos a todo volumen, las colas en la pescadería, en la tienda de juguetes. Para mí siempre fue la mejor época del año.

De acuerdo, ya no eres un niño te haces mayor, te sientes ridículo al darte cuenta de la mercadotecnia que te rodea, no envías cartas a los reyes magos, tus familiares te agobian, te hace más ilusión la fiesta de fin de año. Incluso trabajas, joder, trabajar en estas fechas es horrible, sobre todo de cara al público. Y te vuelves un poco cínico, un nihilista recalcitrante que ha matado a Dios con sus propias manos. A la mierda la Navidad, este humanismo de pacotilla, esos programas casposos, los villancicos y el turrón. A la mierda.

Supongo que todos hemos pasado por esta etapa de adolescente furioso buscando su lugar en el mundo.

Y aunque respeto a todos los que aun conservan ese punto de vista, prefiero ser más práctico, ¿Por qué solo ver lo negativo, lo artificioso? Prefiero quedarme con la predisposición que imanta estas fechas. Porque detrás de esa obligatoriedad de las cenas familiares, de empresa, del consumismo acelerado, también hay una oportunidad de acercamiento, de estrechar lazos, de divertirse, de caer en el ridículo o en la ingenuidad cantando algún villancico trasnochado, de invitar a una copa a ese compañero con el que solo cruzas unas palabras en el ascensor, de llamar a esa persona, y bueno, simplemente mostrarle que te acuerdas de ella. Sin suscitar hipocresías claro.

Sé que la soledad en esta época del año crea resentimiento, y que la acción requiere un esfuerzo, pero al menos desde mi palestra, con unos días de antelación, os deseo a todos una feliz Navidad. Espero que disfrutéis de ella y que algún ángel se gane a vuestra costa sus alas.

Brindo por ello.

White Christmas by Elvis Presley on Grooveshark

lunes, 19 de diciembre de 2011

En busca del tiempo perdido.

Y vuelvo a hablar con ella con la excusa de la Navidad. Y me cuenta sus planes. Después de cuatro meses sigo igual. Me enamoré de ella sin percatarme y aún sigo igual de jodido, a medio camino entre las lluvias inconexas y el masoquismo hilarante. Antes pensaba que caer en estos apocalipsis sentimentales era una cuestión de edad, de falta de experiencia, de vacíos existenciales, una falta de control, de lucidez, de madurez…un poquito de ridículo universal que me salpicaba y limpiaba con un gesto condescendiente.

Porque no tiene ningún sentido, solo es especial en mi cabeza, un paraíso perdido que jamás ha existido. Pero nada, la náusea no atiende a mis razonamientos. Nausea para dormir, comer, vivir.

Llego al trabajo desahuciado, no hay nada mejor que un trabajo basura a deshoras para hacerte sentir mejor con tu experiencia vital. Hablo con una compañera de trabajo, Kali, una cápsula de morbo asiático pequeña y simpática. De alguna forma le caigo bien a pesar de todo. Y en un arrebato le cuento lo que me pasa. Ella se me queda mirando, algo sorprendida quizá, y me empieza a hablar de Pablo...

"Cuando le conocí ni siquiera me fijé en él, no era mi tipo, alguien normal. Pero la segunda vez que coincidimos sucedió algo extraño, me quedé subyugada, como si todo a mí alrededor desapareciera. Pero él siempre estaba ocupado, viajaba mucho y parecía como si el destino nos impidiera quedar. Yo siempre le estaba llamando o enviando mensajes. Ahí fue cuando lo fastidié: le demostré abiertamente que le quería. Un error, porque si algo he aprendido de todo esto es que cuando eres tan sincera el interés que pudieran tener en ti desaparece. Así es como funcionamos. El caso es que siempre terminaba haciéndome desplantes. Nunca me he vuelto a rebajar tanto por alguien. Pero también es cierto que nadie, ni antes ni después, me ha besado como él, lo que sentía cuando me besaba era algo incomparable. Nunca tuvimos sexo. Increíble decir eso ahora. Toda esta situación duró unos dos años. Los últimos ocho meses estuve todos los días levantándome pensando en él y acostándome de la misma manera. Al final conseguimos quedar de nuevo, una hora, quizás hora y media, a su lado el tiempo perdía sentido. A pesar de los meses que habían pasado era como si hubiera sido ayer cuando nos habíamos visto. Nos despedimos y me fui a un cumpleaños. Pero me había olvidado el regalo en la cafetería. Le llamé y se ofreció a recogerlo y quedar para dármelo al día siguiente. No me llamó. El lunes fui allí. Nadie había ido a buscarlo. No le importaba nada, era una mierda para él. Me tiré llorando dos días seguidos, ni siquiera me daba cuenta, solo empezaba a sollozar y no paraba, daba igual que fuera en un autobús o en el trabajo. Tardé un año en olvidarle. O al menos en conseguir que no me importara tanto que no estuviera en mi vida."

Son las dos de la madrugada. Me invita a tomar una botella del lote de navidad en su coche y seguir conversando. Me parece bien, al final es más fácil hablar de las cosas tristes que de las alegres.

Descorchamos el cava tibio. Seguimos. Me habla de la náusea, del vacío horrible que sientes. De dolor. Y sonrío, porque aunque no tenemos mucho en común nadamos en el mismo río metafísico de empatía. Compramos tabaco. Hay un momento en que me dice que le recuerdo a Pablo, me pide que no le susurre porque la pongo cachonda. Y no puedo evitar echarme a reír, quizá por el cava, la situación o porque realmente los dos tenemos muy claro que solo podemos ser amigos.
Me cuenta otras historias sentimentales que ha tenido antes de ser madre. Le hablo de Domi. “Es una venganza” Joder: tiene sentido. Es acojonante lo clarividente que pueden llegar a ser los demás con cosas que para ti son nudos gordianos.

Son casi las cuatro de la mañana, me gusta esa extraña libertad que impulsa romper con la rutina, hacer cosas imprevistas. El cambio de color del semáforo que tengo enfrente es casi una nana a la vida. Kali habla de sus cuitas actuales. Esta jodida. Tiene dos niños, pero vivir con su pareja no le hace feliz. No se ve con él toda la vida, falta pasión, han cambiado demasiado y ya no quieren las mismas cosas. La comunicación en la cama se ha roto, o quizá nunca hubo demasiada. Pero tiene miedo, claro. Y siente esa necesidad de ser romántica, cariñosa. De tener otras experiencias. De libertad. Y ahora no puede, porque primero tiene que tomar una decisión y asumir las consecuencias. Y se reprime. Y eso le hace sentirse jodida. A pesar de todos sus planes y la ilusión con la que afronta la vida.

Intento llenar el silencio que se ha impuesto después de eso con algunas tonterías. Quizá más por mí que por ella. Pero es hora de irse. Nos abrazamos y me voy. Hace mucho frío.

No duermo bien. El masoquismo, claro: solo han pasado cuatro meses.

Jailhouse Rock by Elvis Presley on Grooveshark

martes, 13 de diciembre de 2011

Me encantaría masturbarte con mis palabras y educar a tu coño en la lectura de mi miembro.

Un golpe, un grito. Un golpe, un grito. Así funciona hoy mi trabajo. Tenía a este mierdecilla, un ejecutivo de los que suele dominar a su entorno femenino con su desmedida testosterona, atado a una argolla del techo, desnudo, con el culo rojo y dolorido por los golpes de mi fusta.
Le abofeteo el rostro y coloco la fusta entre sus dientes “Si lo dejas caer por hacer algún ruido, te aseguro que te arrepentirás”
Pobre, que lamentable aspecto con esas pinzas en los pezones. Taconeo a su alrededor. Es necesario cierto control de los tiempos. Me siento irritada.

Le descuelgo y le coloco una correa en el cuello. Le saco de la habitación como un perro y le llevo al dormitorio. Está inmerso en el juego y sin indicárselo empieza a lamerme las botas. Bien. Le ato a la cama y empiezo a derramar un poco de cera caliente por sus muslos, entre los huevos, por el pecho. Le pongo una mordaza de bola y tiro con rabia cuando está seca.

Grito ahogado, se empieza a poner rojo. Bien. Otro tira de cera. Otro grito. Estoy doblegándole, me paga para ello, para acabar con su importancia.
Está totalmente empalmado, hay algunos que se corren sin ni siquiera llegar a estimularles. Le amaso los testículos enrojecidos con mis guantes de cuero, le golpeo esa polla a punto de explotar. Tengo otros planes para este pequeño bastardo. Tengo ganas de herir. Le insulto, le golpeo, añado un par de pinzas más. Me mira asustado cuando saco el arnés. “Te voy a follar mi pequeña putita”. Le quito la mordaza y le hago que me chupe los dedos. Luego se los meto con brutalidad en el culo. Aguanta el grito mordiéndose los labios. “Bien, mi perrito, bien, vas aprendiendo” Me lo empiezo a follar lentamente, se nota que le gusta, vuelve a tener la polla endurecida. También me estoy poniendo cachonda yo, demasiado. Paro, me pongo encima de él y le aplasto la cara con mi coño “Lame perrito, lame” El cabrón no lo hace mal, le hago una paja para que se motive más, apretando la base para que no se corra demasiado pronto. Juego un poco con su cara hasta que le empiezo a asfixiar. Un minuto…dos minutos…tres…empieza a convulsionar. Algo chisporrotea en mi mente. Levanto mi coño. Por un momento me asusto. No, empieza a toser, vuelve el color a su cara.

El idiota bastardo me da propina. Emociones fuertes. No sabe lo cerca que ha estado.
Hoy cumplo treinta y cuatro años.

**
Se hace de noche. Saco de nuevo la cinta que mi terapeuta grabó en la sesión de hipnosis. Como me reí cuando me lo propuso, yo, que por puro cinismo acudía a su consulta como una forma de escandalizar a un extraño con mis vivencias. Enciendo un cigarro. Cojo el mando a distancia y enciendo la cadena de música. Mi voz, extraña, en tercera persona, vuelve a inundar la estancia…

Un cuarto con poca luz, las paredes forradas de terciopelo rojizo, espejos en el techo. Un lavabo con luz blanca de hospital abandonado, y una cama enorme en el medio.
Estaba tumbada en ella, semidesnuda, retozándose con aquel chico al que llamaba “novio”.

Estaba excitada, nerviosa y llena de curiosidad El chico le quito la ropa suavemente, y cuando estuvo desnuda, él se irguió de rodillas en la cama, se bajó los calzoncillos y permitió que su pene erecto la apuntara amenazante, su actitud era chulesca, como si quisiera que ella admirara su falo... se enfundó el condón mientras la miraba lascivamente.

Fue en ese momento, cuando ella le pudo ver la cara, que toda su excitación se esfumó, toda la curiosidad y las ganas dieron paso al miedo. Él se colocó sobre ella, apretándola con su pecho contra la cama, jadeándole en la cara, soltándole obscenidades... ¿quieres que te la meta putita, tienes ganas de sentirla zorra?, deja que te la clave, abre las piernas...

Ella balbuceó, quería decirle que fuera más despacio, que no fuera tan bruto, pero él no le hizo caso, le abrió las piernas e intentó encajarse entre ellas. Gritó de dolor, él siguió empujando, intentando penetrarla... tienes que relajarte, le decía mientras seguía empujando... te voy a follar, ¿no es lo que querías? te va a gustar, relájate...

Ella trató de relajarse, pero alzo la mirada, se vio reflejada en el espejo en el techo, abierta de piernas, con un hombre sobre ella... se sintió sucia, le dijo que parara, que no quería seguir... él dejó de empujar... la miró, la besó dulcemente y le dijo al oído... relaja tu coñito, quiero follármelo, ¿notas lo dura que tengo la polla? Pues la única manera de que se ponga blanda otra vez es metiéndotela, así que, cariño, relájate...

Ella le dijo que no, trató de salir de debajo de él pero se lo impidió, la cogió del cuello y le inmovilizó una mano... y empujó su pene entre sus piernas con fuerza, apretó hasta que su vagina cedió a la presión entre gritos de dolor y sollozos...

En cuanto estuvo dentro de ella, se quedó inmóvil, saboreando el placer de esa primera penetración, “que apretadita...” haciendo caso omiso a sus suplicas, empezó a penetrarla con más rudeza, sin contemplación, su cara de placer se mezclaba con su expresión de deleite viéndola llorar mientras la desgarraba, mientras la sujetaba los brazos con brutalidad.

Ella dejó de gritar... dejó de hacer fuerza en cuanto ese dolor agudo y desgarrador se extendió desde su vagina hasta su pecho... le dejó hacer, dejó que las embestidas la empujaran violentamente contra el cabezal de la cama, dejó que le lamiera la cara como un animal que lame el pelaje de su presa antes de empezar a devorarla, dejó que le mordiera los pezones, la azotara, y la sodomizara...

Cuando hubo acabado, él se dejó caer a un lado de la cama... ella trató de levantarse pero el dolor en el bajo vientre fue tan intenso que la hizo caerse de lado... el rió y le acarició la cabeza...
“Ha estado muy bien, lo has hecho fenomenal... para ser tu primera vez, te has dejado follar como a una puta...”

Se vistieron, él la llevó a su casa, arrancó el coche antes de que ella hubiera cerrado la puerta. Cuando entró en el piso en el que vivía con sus padres, la vergüenza, el dolor y el miedo la hicieron correr hacia su cuarto, deseando no volver a salir de allí nunca más... nadie debía saber lo que había ocurrido... nadie…

***
Quizá ocurrió, quizá no. Sé que el cerebro tiene mecanismos de defensa que nos hacen borrar episodios traumáticos, gente que de pronto cambia su comportamiento drásticamente, se vuelven frígidas o promiscuas sin que nadie sepa exactamente el motivo. Pero eso es buscar respuestas simples. Yo soy alguien complejo. Puede ser un recuerdo prestado, algo que oí y que interiorice cuando era niña. En cualquier caso mi confianza viene por Ella. Ella fue la única persona de mi adolescencia cuyo recuerdo todavía hierve mi piel.

Nunca había sido penetrada por nadie, era un punto de suspensión en la nada. Ella fue la primera que me abrió con esas embestidas rítmicas, rígidas, con los dedos algo curvados y haciendo fuerza hacía el pubis mientras su lengua me trabajaba el clítoris. Nunca he tenido orgasmos más brutales. El sexo no tenía punto medio, era brutalmente tierno o brutalmente duro. Pero siempre con esa conexión extremadamente intensa entre las dos. Es algo que no he vuelto a sentir, quizá nunca lo haga.

Recuerdo aquella vez que la esposé a la cama y estuve jugando lentamente con ella, recorriendo su cuerpo sin tocarla, sólo oliendo el aroma de cada uno de sus rincones, disfrutando de su cuello, sus brazos, sus axilas, sus pechos, el pliegue bajo sus pechos... sus costados, su vientre, sus ingles, su coño, sus piernas... repentinamente un sutil roce con mis labios, y poco a poco, muy de vez en cuando, fui dejando suaves besos allá por donde pasaba, siempre con los ojos cerrados, recorriéndola entera cada vez con besos un poco más intensos, pero sin prisa, acariciándola, primero con la yema de mis dedos, un ligero cosquilleo que dibujaba figuras sobre su piel, luego más intensamente, masajeando su carne a veces hasta ese punto que en frío duele pero que en caliente resucita, mientras la iba besando allá por donde pasara.

Me drogué con su cuello, besándolo abiertamente y luego mordiéndolo, apretándola entera contra mí, me deleité con sus pechos dirigiéndome poco a poco hacia sus pezones donde naufragaba, duros, erguidos, como un par de caramelos calientes, los besé, los chupé, mientras le arañaba la espalda y el abdomen. En este punto si dejaba de tocarla gemía y se retorcía. Hasta que no me suplicó a gritos no bajé en besos hasta su coño. Y cuando fui a darle el primer beso, se corrió. Fue increíble. Yo estaba encendidísima de verla tan fuera de sí, así que esperé con besos en sus muslos a que se desensibilizase un poco y luego me cobré lo mío comiéndole el coño que se desbordaba por mí, sin buscar su clítoris para no molestarla, sólo lamiendo entre los recovecos de sus labios, besándolos, absorbiéndolos, rozándolos levemente con mi boca, paseando la punta de mi lengua, calentándolo con ésta extendida del todo pero con la punta siempre endurecida. Dejándolo limpio.

Podría contar también que conmigo descubrió el placer de que te besen los pies, como mis dedos se salpicaron con su eyaculación por primera vez, como con ella tuve el mejor orgasmo de mi vida el día que más duro me follo, dejándome temblando, con la cara contraída y hormigueándome durante un largo rato. Siempre con su música de fondo, desde el Metallica más rabioso a Portishead o Massive Attack.

Fue una época dulce, tormentosa, pero real, no ajada por recuerdos reprimidos. El sexo es perfecto cuando te sientes realmente libre, cuando se deja de pensar, incluso de sentir y se empieza a ser, a ser junto a otra persona.

Quemo la cinta.

***
Les conocí en un local de intercambio. Merche me sedujo en primera instancia y por eso cedi a compartirme con su marido. Tenía veintidós años y solo quería olvidarme de Ella. Fuimos a su piso y directamente empecé a chuparle, a lamerle la polla, me sentía muy puta, muy traviesa. Merche se acercó por detrás se arrodillo, me levanto la falda y metió la lengua en mi coño agarrándome por los muslos mientras me violaba con sus dedos. Sentía una sensación de vértigo, de desasimiento, como si fuéramos actores de una película…de una mala película.

Al cabo de un rato Carlos decidió empezar en serio. Esnifó un par de rayas directamente de mis pechos y empezó a follarme la boca de forma violenta. Una de mis fantasías era que me violasen, el forcejeo, esa sutil amenaza que alienta el sometimiento total. Me deje hacer ahogándome con su verga mientras ella me ataba las manos con una cuerda. Merche se reía pidiendo su turno, me sujeto la cabeza con las dos manos, moviéndomela arriba y abajo, para que la comiera el coño como ella exigía. Carlos me cogió de la cadera y me empezó a follar como una perra, mi culo arriba y en pompa, las rodillas bien separadas, sometida como una puta esclava sexual.

Empezó a follarme el culo, me la metía hasta los huevos, notaba toda su polla dentro y como me daba azotes, duros y fuertes, o me metía media mano en el coño. Volví a correrme de nuevo. Merche también se corría en mi boca, incansable, haciéndome chupar tanto culo como coño, a juguetear con su clítoris mientras me tiraba del pelo y me insultaba dulcemente. Y seguía chupando como una perra hambrienta, y me seguían follando como una perra sin dueño. Carlos saco un doble dildo para que nos pudiéramos empalar mutuamente mientras frotábamos nuestros clítoris y le chupábamos la polla a dúo. Creo que me grabó limpiando con la lengua todo el semen que cayó en el suelo en vez de en mi cara. Estaba tan mojada que los flujos se me deslizaban hasta las rodillas.

Unas horas más tarde me despidieron con un buen montón de dinero. Me habían confundido con una puta, y en el fondo, no estaban tan equivocados.

***
Tantas ideas y tan poco espacio. Esta noche me siento frágil, sola, quizás algo desalentada. Pienso en la inocencia de mi juventud, como todo ha perdido intensidad en su repetición. A veces creo que ser puta de lujo es una forma de sublimar mis ansias de amor. ¿No soy capaz de entregarme? A veces, en sueños, pienso en ti, en tu boca, en tus labios, en nuestras lenguas perdidas en laberintos de saliva. Los mejores besos son aquellos en los que el tiempo parece detenerse, donde lo demás desaparece. Besos violentos y desgarradores, al mismo tiempo que dulces y tiernos, seda sobre piel provocando escalofríos.

Todo es contradictorio, porque cuando algo es importante, por naturaleza, es contradictorio, así rige el caos. Así es el universo. Pero aunque ardo por gemir a tu lado y tatuar mis pechos contar tu piel, tú me susurras una negativa, porque solo eres una mitad rota que aún piensa en el pasado, en otra que no soy yo.

Prefiero los sueños de ninfómana, sueños llenos de pollas, enormes, tiesas, duras, rojas, mostrándose como un ejército invasor, en una guerra donde destrozan mis bragas, mis medias, toda la ropa en un largo fusilamiento hasta que se cobran su botín. En hombres maduros, atractivos bajo la tenue luz de un local de cócteles que me observan fijamente hasta que una punzada despierta mi sexo. Soñar con llevarlos a casa parando el ascensor para comprobar la mercancía, en correrme entre el octavo y el noveno piso. En beber lambrusco y echarlo sobre mi cuerpo abierto encima de la mesa, cayendo en cascada junto a mis flujos sobre sus bocas ansiosas, adictas.

Pero a pesar de todo cedo, y me pierdo entre mis dedos buscando ese orgasmo sincero que siempre me hace llorar.

Fuego artificial by Gatonieve on Grooveshark

domingo, 11 de diciembre de 2011

Error 404

Estoy excesivamente borracho. Podría justificarlo arguyendo que es un homenaje al nacimiento de Morrison, pero la verdad es que ni lo recordaba, además fue el jueves. Puta cena de empresa, rodeado de mujeres, de ti, de bebida, de comida, de charla insustancial, planes, anécdotas sin gracia. Luego el antro con música vomitiva, donde todo el mundo baila y se emociona. Más bebida, más interacción. No contigo claro. Y al final acabo a las siete de la mañana bebiendo vino directamente de la botella y enrollándome con una tía que no me interesa.

Me cuenta que desde que ha tenido el niño tiene más ganas de follar y se siente frustrada e infeliz. Me quedo en silencio. No estoy en condiciones de follar. Me largo con su vino, sólo quería un poco de cariño, prefiero el frío de la calle a su coche.

Escribo porque sé que nunca vas a leerme, es algo morboso, cobarde, estúpido, pero espero que tenga ese efecto masturbatorio catártico, como un buen opiáceo, que me relaje de esta obsesión que conspira por las noches. No me conoces aunque compartamos espacio en el trabajo, mi nombre, mi voz, mi imagen viajó por tus sinapsis sin dejar huella, algo que suele suceder, no soy alguien que puedas catalogar de follable, tus hormonas esquivan mi genética con la crueldad aséptica de una nota a pie de página hablando de un escritor muerto.

No creo que mis sentimientos validen nada, y aunque sé que la belleza no es sinónimo de verdad y aunque hay cosas importantes que no conozco –como tu cara de orgasmo-, no puedo evitar idealizarte, sacarte de la vulgaridad del resto de vaginas que se hacinan a tu alrededor. Observándote de lejos te he averiguado: eres inteligente, idealista, responsable, coqueta, odias perder el tiempo, tienes temple social, miras a los ojos cuando hablas, realmente escuchas. No sueles beber, pero resplandeces cuando estas achispada, no te gusta maquillarte en exceso, eres intensa cuando ves una injusticia…

Aunque en el fondo somos retazos de ADN condicionados, alineados por las circunstancias, con poco margen de libertad, tienes muchas facetas, cada una con un matiz que vislumbro en diferentes ocasiones, como sino hubieras querido venderte. Por eso sé que buscas las mariposas en el estómago, la película, el beso pasional y romántico bajo la lluvia, la épica. La buscas con tenacidad y me gusta que lo hagas, porque también la mereces, sabes perfectamente como abducirme –a mí y a todos- con esa mirada que desarma, con ese leve y elegante coqueteo.

Sueño con arrancarte las bragas, cogerte por detrás y agarrarte con saña los pechos, sentir tus pezones duros a través de la lencería. Te apretaría mi polla para que sintieras como deseo penetrarte hasta que sangremos, mi lengua bailaría por tu nunca, tu cuello, recorriendo tu espalda, te mordería ese culo perfecto y luego te echaría en la cama. Te abriría de piernas para poder acariciar con las yemas de los dedos, ligeramente, ese coño húmedo vibrante que me pide carne, riesgo, locura. Notaría como cambia tu respiración cuando mi lengua se abre paso, como arqueas tu espalda y te pegas a mí. Y ahí, justo cuando no puedes más, cuando gritas pidiéndome –casi suplicante- que te la meta hasta el fondo, empezaría a follarme tu inalcanzable imperfección, te horadaría hasta el apocalipsis y seguiría más allá, hasta que nuestras carnes se fundieran y mezclaran en una masa indistinguible.

Es la soledad la que apuntala mi obsesión, sé que no me harías feliz, eres jodidamente inestable, egoísta, manipuladora, con esa intensidad que te da excusa para todo. Pero de alguna forma enferma estas dando sentido a mi vida estos tres últimos meses. Divago, ni siquiera es culpa del alcohol. El rebaño es coherente, lo que no compartes no existe. En “Carta de una desconocida” de Stefan Zweig la protagonista pasa toda su vida enamorada del mismo hombre y antes de morir envía una carta contándole todo. Pero él, después de leerla, no recuerda ninguno de esos breves encuentros que tuvieron y que significaron todo para ella. Ni siquiera recuerda su cara. El final de la película difiere, él pensaba huir de un duelo de honor que tiene esa misma noche, pero al terminar la carta decide ir. Hay una cierta condescendencia en ese final, sólo nuestro ego agradece ese amor no correspondido. Tú eres una romántica, necesitas que Él te saque a bailar mientras los músicos del Titanic siguen tocando. Sí mi pase de baile sigue vacío no es algo que tenga importancia para ti.

Ya vislumbro la resaca idiotizante. Te confieso que ahora, después de escribir todo esto, me he puesto cachondo, tengo la tentación de sacarme la polla, esa polla roja, rotunda, hermosa -como solo puede ser una polla cuando da placer y no tedio-, y gozar de la maravillosa base de datos de monstruosidades que alberga internet. Alejarme un poco de tu nicho rosa y embrutecerme con imágenes de sádicos con máscaras de cuero que perforan con sus pollas descomunales a pequeñísimas nínfulas, BDSM sin control, con sangre, heridas, marcas, cicatrices…escenarios de mazmorra del medievo, donde violan con instrumentos de tortura. Embarazadas con animales, enormes cantidades de carne confundiéndose, degradación, sordidez, empañando el alma mientras pequeñas ondas de placer ascienden desde mi mano.

Pero la cosa no funciona, supongo que necesitaría tus mentiras, mentiras de Diosa que me hagan especial, que desplieguen mis inseguridades sobre el tamiz de sabanas sudadas y las evaporen con esa mezcla de flujos y gemidos que hacen a una mujer perder el control y entregarse brevemente a ti…o a la nada que perfilas con tu cuerpo.

Pero como decía antes todo es estéril –yermo-, cuando no hay bilateralidad, te conviertes en el personaje de una obra de Lorca, sumergido en su destino fatalista, arrinconado entre cuatro paredes donde la felicidad no es una opción.

Lo más lógico sería intentar venderme: me gusta comer coños, disfruto enormemente naufragando entre vuestras humedades. A veces creo que mi lengua es más sabia que mi polla. El desequilibrio es necesario.

Hay momentos mediocres que el tiempo hace indispensables, como hacer reír a esa chica que te interesa, aunque luego se abra de piernas con el hombre equivocado, es decir, no contigo. Hay gente que esquiva el dolor sin darse cuenta de que es la forma más sencilla de sentirse vivo, somos, con perspectiva, productores de basura, parásitos. Habla de tu legado a la muerte, haznos reír. Me tumbo en mi encrucijada, pataleando en las arenas movedizas de mi propia inanidad, dando el mejor ejemplo, como un libro malo, de lo que NO se debe hacer. No sé si eres una puta o la dueña del burdel pero usabas subordinadas en las conversaciones y eso me ponía cachondo…o quizá el reloj se paró cuando Radiohead sonaba de fondo y tu boca se atragantaba con la nada mientras el vino resbalaba por tu coño, cálido y hermoso como un amanecer sonrosado.

Ese último párrafo ha sido una excusa para ganar tiempo a la raya vertical que parpadea inmisericorde pidiendo un final que no soy capaz de encontrar. Y aunque no dejo de pensar en ti, mi querida y atractiva lectora, jugando con tus dedos mientras me lees, no tengo más remedio que huir sin darte lo que necesitas. Mi cabeza sigue gruñendo en un idioma desconocido…quizás después de mil trescientas palabras el amor deje de tener sentido, quizá el vino tenga un extraño sabor metálico, quizá lo apocalíptico se vuelve normal, quizá focalizar el orgasmo solo en Ella es tan estúpido como golpear esta pared, destrozándote los nudillos en sangre, futilidad y dolor, quizá estas noches que devoran cerebro e hígado, donde las ventanas no son salida sino solución, donde recargas el arma listo para la revancha, lo único que puedes hacer es follar hasta que tu alma se seque de cansancio, aunque solo sea una virginal página en blanco.

Florence+ the Machine-Drumming Song by Florence and The Machine on Grooveshark

jueves, 8 de diciembre de 2011

No necesito que me abras el cielo, solo mis piernas todas las noches. ¡Un poco de épica, coño!

Me encontraba el domingo en mi trabajo, ese lugar en el que entras con la luz del sol, el canto de los pájaros, niños jugando en el parque, todo hermoso, brillante y feliz… y a las dos horas estás odiando a la humanidad con intensidad hercúlea. También depende de cuando salte la llamada que te crispará los nervios el resto de la jornada. Soy experto en reconocerlas por el tono insidioso del interlocutor, por su mala leche y falta de educación. Son los mismos clientes que al día siguiente, de forma misteriosa, tienen la línea bloqueada o borrada su cuenta bancaria. Pero eso es otro tema. Estaba pensando en dieciocho formas diferentes de volar el edificio con todos dentro cuando el cliente que tengo en espera desde hace cinco minutos cuelga y me salta la siguiente, como solo cojo las impares sucede lo siguiente:

Rorschach: Hola, soy Rorschach, ¿quién eres? (increíble pero cierto, nos obligan a esa entradilla)
Carmen: Soy Carmen.
Rorschach: Hola Carmen, dime, ¿cuál es tu consulta?
Carmen: Te doy los datos del móvil, ¿de acuerdo? (Numero, nombre del titular, dirección, DNI) Verás, este número, como ya has podido comprobar, no está a mi nombre, está a nombre de mi pareja. Necesito, es muy importante, que me digas cual es el número al que ha llamado hoy a las siete y media de la tarde.
Rorschach: (Mierda) Discúlpeme pero me temo que aunque fuera la titular no podría facilitarle esa información.
Carmen: Comprendo, pero es que esto es realmente muy importante.
(Tres minutos de circunloquios hablando de advertencias legales, mi despido y su necesidad)

Carmen: (Silencio) ¿Tienes pareja…? Bueno, no importa, mira, sospecho que él me engaña. Llevamos juntos desde hace años, las cosas últimamente no van muy bien. Yo le quiero. Pero, no puedo explicarlo… detalles, son detalles como cambiar de colonia, cuidarse más. Es un cobarde, nunca me reconocerá nada, me tachará de loca. Ahora dice que se ha ido con unos amigos, su reunión de los miércoles. Su puta reunión de los miércoles de machos. Pero si solo pudieras darme ese número podría comprobarlo. Y si me ha mentido en esto… me ha mentido en todo. Ya podría tomar una decisión, ¿me comprendes?
Rorschach: Sí, si entiendo todo esto. Pero no puedo facilitarte ningún número de teléfono, ya te he explicado el motivo.
Carmen: ¿Eres una persona o una maquina?
Rorschach: Una maquina.
Carmen: Bien, tienes sentido del humor. Por favor, solo te pido que me comprendas. A esa hora le ha sonado el teléfono y le he visto a hurtadillas devolver la llamada. Cuando se ha ido le he llamado y ya lo tenía apagado. Podría llamar a sus amigos, pero son SUS amigos. Tú… ¿nunca has necesitado saber la verdad, tener una prueba? Sólo te pido un número, una solución elegante. Solo quiero seguir adelante con mi vida…
Rorschach: Joder, te estas poniendo demasiado melodramática.
Carmen: Llevo cuatro años con él.
Rorschach: Que sepas que como escuchen esta conversación me echan. El número es: 622****** Vaya, parece de Yoigo...
Carmen: Espera que apunte, ¿dices que es de Yoigo?
Rorschach: Sí, y tiene bastantes llamadas, sobre todo a la hora de la comida y a partir de las nueve…
Carmen: (Pausa) Sé que es mucho pedir pero, ¿me podrías decir a quién pertenece?
Rorschach: (Silencio) Bah, total, vayamos hasta el final. A ver, un momento. Pertenece a una mujer… Susana *** *** ¿Te suena de algo?
Carmen: (Empieza a llorar) Hijo de puta… hijo de puta…
Me cuelga.

Otro cliente satisfecho.

*****
Un día más de oportunidades perdidas, solo quiero llegar a casa. Cojo el autobús y entonces la veo. Es ese tipo de sonrisa de ceniza, de ilusiones de sal, de niña mala, perversa, como esperándote a ti para retar a la vida -y te aseguro que te llevará hasta el final aunque sea por encima de vuestras posibilidades. Una sonrisa para otro claro. Se bajan y me espero a la siguiente. Un poco de tregua.

Hoy es mi último día solo en casa. Al buscar una copia de las llaves me he encontrado un regalo de cumpleaños de mi ex. El de las tarjetitas. Me ha hecho ilusión recordarlo. Luego he mirado el calendario, hoy día ocho es su cumpleaños. Y aunque iba a enviarle un sms, como hizo ella conmigo, he preferido llamarla. Joder, son muchos años, a pesar de nuestras mezquindades nos merecemos algo de cordialidad.
Felicidades sinceras desde mi decadencia, espero que seas muy feliz.

Dejando aparte el truco de la portabilidad para conseguir nuevo móvil y descuentos en la tarifa –mierda, sí, la próxima semana tendré Whatsapp- los pedidos de libros a través de internet, los conciertos y las salidas nocturnas están agotando mi dinero. No es fácil vivir con un sueldo de teleoperador, y menos en España. Por ello hacía unos meses que me estaba planteado seriamente compartir piso. Hace un par de meses una amiga del trabajo se ofreció, pero a pesar de la desesperación que traslucen mis textos y la oferta de sexo implícita, tuve que negarme. He sabido valorar la paz de mi hogar, la antítesis de la convivencia con una mujer.

De pronto -el lunes para más señas-, un viejo conocido me llama desesperado. Su pareja, con la que lleva ocho años, se ha vuelto loca: le ha echado de casa y ha cambiado la cerradura, Necesita un sitio para quedarse y que le ayude a recuperar sus cosas. Bueno, no suena mal, pobrecito ¿no? Tampoco entiendo porque me considera un experto en mujeres desequilibradas, pero de acuerdo, me ofrezco a ayudarle.

Pero las cosas no son tan sencillas. Tampoco voy a contar como fueron las tensas, horribles, incomodas cuatro horas que tardamos en recoger todas sus cosas empaquetarlas o tirarlas directamente al contenedor. Saltemos las partes violentas, los gritos, los llantos, las pullas terribles de intimidad desbordante. Ella pidiéndole explicaciones, pidiéndole que le devolviera su Vida y él tirando los regalos que ella le había hecho por la ventana, mostrando brutalmente que le importa una mierda y que solo desea borrarla. Joder, fue la puta desintegración de una pareja.

En este punto me acorde de la conversación del trabajo antes mencionada -todo es tan parecido que casi da miedo-, porque mi futuro compañero de piso es un bastardo, un mentiroso compulsivo. En vez de dejarlo con ella, decirle que no es feliz, se lía con una compañera de trabajo a la que le cuenta una milonga y sigue así, varios meses con las dos, hasta que le pillan. Y es entonces cuando saca el orgullo y decide irse ÉL de casa porque quiere vivir su historia de amor sin engaños. Menudo cabrón. Cuando me di cuenta de todo estuve a punto de mandarle a tomar por culo y dejarle con sus cosas en la calle.
Pero como le dije a ella en privado: en el fondo te ha hecho un favor.

O sea que ahora soy un decadente de pacotilla, tengo cena de empresa, compañero de piso provisional e incluso alguna cita social y musical este mes.
Un fraude.

Menos mal que nos queda la ficción...

"Heroes" by David Bowie on Grooveshark

martes, 6 de diciembre de 2011

La chica del vaso de agua. Si parece ajena, quizá sea porque piensa en alguien.

“Hay días en los que todo parece irreal, ajeno, usual pero irreconocible, como una resaca que niebla tus sentidos. Días amables para mi alma de armadillo, protegido del ruido vital, mientras observo la enajenación en los demás, esa ficción compartida que, con su suave arrullo, nos viola con una sonrisa. Vivimos tiempos sin empatía, de arriba y abajo sin signos de admiración, intentando conservar flores en alcohol, mientras recorremos la cama sin sabernos encontrar ni una sola vez.”

Esta frase no es mía, es de Rorschach, forma parte de mi colección de ayer. Frases ajenas, citas, epitafios, epigramas, sentencias, axiomas, pedacitos ajenos de sabiduría que me gusta reunir, sin saber exactamente el porqué, solo lo hago, como podría dedicarme a ver la televisión durante media hora antes de acostarme. Quizá me recuerda a esos posters que tenía en la habitación, o las libretas en el instituto, donde todos ponían su firma, una huella de cariño, alguna frase o consejo. Puede que sea una forma de substraerme a la sensación de soledad, a esta copa vacía.

Hace demasiado frio en esta casa. Mañana madrugo. Martes, otro día sin sentido. Me hago un ovillo con la manta mientras tecleo sin convicción. Es curioso como las cosas que escribo borracha pierden coherencia al día siguiente, supongo que se sustentan de un estado mental concreto. Por eso las borro siempre, solo me quedo con lo ajeno, lo anónimo. Uno se mata porque un amor, cualquiera, nos revela nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada en suma. Llega, ilumina todo, y desaparece. Y en esa desnudez del alma que nos deja no cabe el conformismo de la vida anterior, nada puede evitar que enloquezcas cuando la primavera se convierte en otoño a su paso.

Y quizá por eso siento que es injusto -esa palabra inmadura, aniñada- que siga enamorada y no me correspondas con la misma intensidad.

Me esfuerzo, bebo de tus palabras, de tus anhelos, de tu desidia incluso, intento no provocar ninguna discusión aunque contigo sea inevitable. Perdono tu dejadez cuando me haces el amor, que nunca me busques, tu desaliento, tu falta de admiración, de interés, de emoción cuando me hablas, sé que ni siquiera me escuchas, te echo de menos teniéndote respirando al lado. Te vi hacer esa lista, buscando razones para seguir conmigo, en ningún momento escribiste “te quiero” solo razones prosaicas, pragmáticas. Estoy tan acostumbrada a que no me des nada, que cualquier cosa me llena de ilusión, si te hago reír repito la broma continuamente, si te gusta un tema intento sacarlo a menudo para que te explayes, me fijo en ti, en tus reacciones, estoy buscando siempre algo a lo que aferrarme. Pero es imposible, al revés: cada vez me valoras menos, como si el hecho de luchar por ti me disminuyera a tus ojos. Y cuando intento mostrarme distante pareces incluso aliviado. ¿Has estado alguna vez realmente enamorado de mí?

A veces tengo la sospecha de que al conquistarme –no te lo puse difícil- agotaste toda tu pasión. Quizás huías de un dolor anterior, quizá ni siquiera me veías a mí. Tal vez un día despertaste y ni siquiera sabías porque te importaba tanto antes todo esto. Solo sentiste hormigas de tedio y un poco de miedo a quedarte solo. Supongo que la mujer es un misterio y cuando lo perdemos, nos volvemos simples trofeos, parte de la decoración insípida de la habitación. Solo falta, me temo, una bronca más brusca y un portazo más calmado. Y luego semanas, meses hasta que el dolor desaparezca. 

Lo entiendo pero no sé aceptarlo, rendirme. Quizá la culpa sea de mis padres, pareja modélica desde hace más de treinta años. En mi adolescencia siempre he buscado ese ideal romántico, rellenando cartas con ñoñerías, esperando algo que nunca sucedía, sintiéndome cada vez más insegura, volcando las ilusiones en el siguiente, y luego en el siguiente, así una y otra vez. Es curioso porque en lo demás me puedo considerar una mujer de éxito: un buen trabajo que me permite cierta independencia, buenas amigas, una familia que me adora, sociable, alegre, polivalente, capaz de solucionar cualquier situación con aplomo. Y sin embargo totalmente abducida, insegura ante cualquier situación sentimental.

Claro que he intentado hablar contigo. Pero es imposible: eres un completo egoísta, y lo que es peor, no tienes miedo de perderme. Simplemente me hablas de libertad, que si soy infeliz puedo dejarlo, que nadie me obliga a permanecer a tu lado. Y añado mentalmente cada vez que escucho este discurso ya tonificado por la práctica “ni siquiera merezco tu esfuerzo”.

O puede que la culpa sea de mi reloj biológico, marcando con saña mis próximos treinta y un años. Tú, tan sincero con tus axiomas, no admites replica: no quieres hijos. Pero yo sí, en el futuro quiero tener mi propia familia, no me importa vivir sin lujos, pero eso lo considero esencial. Y aquí estoy, embarcada en una lucha por cambiarle, como si mi amor tuviera ese poder. Y no es cierto. Porque al final siempre cambio yo, soy yo quien se adapta, quien reprime sus anhelos y los posterga poniendo en el proceso su mejor cara.

Me encanta Amélie, ella recoge piedras para después hacerlas rebotar en el agua, Virginia Wolf lo hace para hundirse, para convertirse en Ofelia. El amor funciona en ambas direcciones: arrastrándote hacía abajo o elevándote por encima de las cosas. Sigo enamorada de la idea del amor, he creado demasiados círculos concéntricos en torno suyo para desposeerlo tan rápido de poder, de significado, aunque eso me convierta en su víctima.

A veces fantaseo con algún compañero de trabajo, con gente que me cruzo por la calle. Me pierdo entre mis dedos mientras sueño con su deseo, con sus celos, con un te quiero improvisado en un beso de portal, en una pared dura y fría que sirve para el sexo vertical.

Ya se ha cumplido la media hora, hoy no he encontrado ninguna voz ajena que rellene el hueco de las mía. Me encantaría encontrarme en alguna pared de esta inhóspita ciudad alguna frase de poeta de arrabal, de esas que, aun por pura vanidad, dedican a sus musas: “me gusta escuchar la lluvia cayendo lentamente, formando tu nombre, el único sonido amable de esta ciudad que nos retiene”

La banda sonora de Amélie me cubre esta noche de una fría nostalgia. Borro todo lo que he escrito y apago el ordenador. A oscuras enciendo un cigarrillo mientras las últimas notas de piano resquebrajan, un poco más, mi corazón de cristal.

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