martes, 6 de diciembre de 2011

La chica del vaso de agua. Si parece ajena, quizá sea porque piensa en alguien.

“Hay días en los que todo parece irreal, ajeno, usual pero irreconocible, como una resaca que niebla tus sentidos. Días amables para mi alma de armadillo, protegido del ruido vital, mientras observo la enajenación en los demás, esa ficción compartida que, con su suave arrullo, nos viola con una sonrisa. Vivimos tiempos sin empatía, de arriba y abajo sin signos de admiración, intentando conservar flores en alcohol, mientras recorremos la cama sin sabernos encontrar ni una sola vez.”

Esta frase no es mía, es de Rorschach, forma parte de mi colección de ayer. Frases ajenas, citas, epitafios, epigramas, sentencias, axiomas, pedacitos ajenos de sabiduría que me gusta reunir, sin saber exactamente el porqué, solo lo hago, como podría dedicarme a ver la televisión durante media hora antes de acostarme. Quizá me recuerda a esos posters que tenía en la habitación, o las libretas en el instituto, donde todos ponían su firma, una huella de cariño, alguna frase o consejo. Puede que sea una forma de substraerme a la sensación de soledad, a esta copa vacía.

Hace demasiado frio en esta casa. Mañana madrugo. Martes, otro día sin sentido. Me hago un ovillo con la manta mientras tecleo sin convicción. Es curioso como las cosas que escribo borracha pierden coherencia al día siguiente, supongo que se sustentan de un estado mental concreto. Por eso las borro siempre, solo me quedo con lo ajeno, lo anónimo. Uno se mata porque un amor, cualquiera, nos revela nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada en suma. Llega, ilumina todo, y desaparece. Y en esa desnudez del alma que nos deja no cabe el conformismo de la vida anterior, nada puede evitar que enloquezcas cuando la primavera se convierte en otoño a su paso.

Y quizá por eso siento que es injusto -esa palabra inmadura, aniñada- que siga enamorada y no me correspondas con la misma intensidad.

Me esfuerzo, bebo de tus palabras, de tus anhelos, de tu desidia incluso, intento no provocar ninguna discusión aunque contigo sea inevitable. Perdono tu dejadez cuando me haces el amor, que nunca me busques, tu desaliento, tu falta de admiración, de interés, de emoción cuando me hablas, sé que ni siquiera me escuchas, te echo de menos teniéndote respirando al lado. Te vi hacer esa lista, buscando razones para seguir conmigo, en ningún momento escribiste “te quiero” solo razones prosaicas, pragmáticas. Estoy tan acostumbrada a que no me des nada, que cualquier cosa me llena de ilusión, si te hago reír repito la broma continuamente, si te gusta un tema intento sacarlo a menudo para que te explayes, me fijo en ti, en tus reacciones, estoy buscando siempre algo a lo que aferrarme. Pero es imposible, al revés: cada vez me valoras menos, como si el hecho de luchar por ti me disminuyera a tus ojos. Y cuando intento mostrarme distante pareces incluso aliviado. ¿Has estado alguna vez realmente enamorado de mí?

A veces tengo la sospecha de que al conquistarme –no te lo puse difícil- agotaste toda tu pasión. Quizás huías de un dolor anterior, quizá ni siquiera me veías a mí. Tal vez un día despertaste y ni siquiera sabías porque te importaba tanto antes todo esto. Solo sentiste hormigas de tedio y un poco de miedo a quedarte solo. Supongo que la mujer es un misterio y cuando lo perdemos, nos volvemos simples trofeos, parte de la decoración insípida de la habitación. Solo falta, me temo, una bronca más brusca y un portazo más calmado. Y luego semanas, meses hasta que el dolor desaparezca. 

Lo entiendo pero no sé aceptarlo, rendirme. Quizá la culpa sea de mis padres, pareja modélica desde hace más de treinta años. En mi adolescencia siempre he buscado ese ideal romántico, rellenando cartas con ñoñerías, esperando algo que nunca sucedía, sintiéndome cada vez más insegura, volcando las ilusiones en el siguiente, y luego en el siguiente, así una y otra vez. Es curioso porque en lo demás me puedo considerar una mujer de éxito: un buen trabajo que me permite cierta independencia, buenas amigas, una familia que me adora, sociable, alegre, polivalente, capaz de solucionar cualquier situación con aplomo. Y sin embargo totalmente abducida, insegura ante cualquier situación sentimental.

Claro que he intentado hablar contigo. Pero es imposible: eres un completo egoísta, y lo que es peor, no tienes miedo de perderme. Simplemente me hablas de libertad, que si soy infeliz puedo dejarlo, que nadie me obliga a permanecer a tu lado. Y añado mentalmente cada vez que escucho este discurso ya tonificado por la práctica “ni siquiera merezco tu esfuerzo”.

O puede que la culpa sea de mi reloj biológico, marcando con saña mis próximos treinta y un años. Tú, tan sincero con tus axiomas, no admites replica: no quieres hijos. Pero yo sí, en el futuro quiero tener mi propia familia, no me importa vivir sin lujos, pero eso lo considero esencial. Y aquí estoy, embarcada en una lucha por cambiarle, como si mi amor tuviera ese poder. Y no es cierto. Porque al final siempre cambio yo, soy yo quien se adapta, quien reprime sus anhelos y los posterga poniendo en el proceso su mejor cara.

Me encanta Amélie, ella recoge piedras para después hacerlas rebotar en el agua, Virginia Wolf lo hace para hundirse, para convertirse en Ofelia. El amor funciona en ambas direcciones: arrastrándote hacía abajo o elevándote por encima de las cosas. Sigo enamorada de la idea del amor, he creado demasiados círculos concéntricos en torno suyo para desposeerlo tan rápido de poder, de significado, aunque eso me convierta en su víctima.

A veces fantaseo con algún compañero de trabajo, con gente que me cruzo por la calle. Me pierdo entre mis dedos mientras sueño con su deseo, con sus celos, con un te quiero improvisado en un beso de portal, en una pared dura y fría que sirve para el sexo vertical.

Ya se ha cumplido la media hora, hoy no he encontrado ninguna voz ajena que rellene el hueco de las mía. Me encantaría encontrarme en alguna pared de esta inhóspita ciudad alguna frase de poeta de arrabal, de esas que, aun por pura vanidad, dedican a sus musas: “me gusta escuchar la lluvia cayendo lentamente, formando tu nombre, el único sonido amable de esta ciudad que nos retiene”

La banda sonora de Amélie me cubre esta noche de una fría nostalgia. Borro todo lo que he escrito y apago el ordenador. A oscuras enciendo un cigarrillo mientras las últimas notas de piano resquebrajan, un poco más, mi corazón de cristal.

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