domingo, 30 de enero de 2011

Soy como un leproso mudo y sin campanilla al que le gusta dar abrazos.

Estaba inmerso en mi último desahucio sentimental cuando recibí la visita de mi amigo Manolo. Como buen anfitrión le llevé a una discoteca gótica, esos antros de perdición que albergaban en mi adolescencia mis más lúbricas fantasías. Llevaba ya una hora dedicado a lo único que se me da bien –beber para los que no me lean con asiduidad-, cuando victima del bajón alcohólico y los recuerdos busqué a mi compañero de fatigas para la típica charla trasnochada. Y es que, como decía Bukowski, no hay nada más lamentable y fútil que un alcohólico melancólico. Pero cual fue mi sorpresa cuando encontré a Manolo besándose con una mujer en medio de la pista. Sin embargo ella intimidaba: doblaba en corpulencia y altura a su jilguero sevillano. Era una enorme vikinga alemana que sometía a su retoño a extremas intromisiones bucales. Pero ahí, de puntillas, él no se achantó y me dio una lección de pundonor que aún perdura en mi memoria.

No podía acabar así la velada. Sometido a las leyes tácitas de camaradería, pagué un taxi y nos fuimos a mi casa. Me senté al lado del conductor y observaba trastornado por el retrovisor lo más parecido a la copula de una mantis religiosa, ¿debería de llamar a sus padres o a una ambulancia? El taxista también miraba con el rictus contraído entre la repulsión y el morbo.

Tuvimos suerte y llegamos a casa. Les indique con un gesto su habitación y me encerré en la mía con innecesaria discreción. Había bebido más que suficiente para alejar el ignominioso insomnio, cerré los ojos con el anhelo de paz inmediata. Llevaba un par de minutos así cuando unos alaridos demenciales me sobresaltaron. Joder, la puñetera alemana estaba soltando una especie de discurso nazi a voz en grito. Quiero decir: la casa era de renta antigua, bastante grande, si yo les escuchaba con tanta claridad y nos separaban varios tabiques, ¿qué sería de los vecinos? Ellos estaban acostumbrados a muchas cosas, pero eran las cuatro de la mañana y no podía permitirme tener más visitas de la policía.

Fui a la habitación y abrí la puerta. Pero nada me tenía preparado para semejante espectáculo: la valkiria cabalgaba con violencia a Manolo, riadas de carne subiendo y bajando a un ritmo atronador. Le intuía más que verle. Era un asesinato. Una violación. Le estaban destrozando, consumiéndole. Era una epopeya de sumisión y réditos de guerra. Las ventanas de mis vecinos se abrían iluminando sus caras asustadas. Tenía que interrumpirles, pero estaba bloqueado, paralizado, como si mi cerebro no pudiera procesar las imágenes. La cama se rindió y cayeron al suelo. Manolo no tenía escapatoria. Era una puta carnicería, la tragedia le aplastaba y yo era incapaz de reaccionar. Le había fallado.

Pero justo cuando una lágrima de cemento amenazaba con arrasar mi mejilla, la giganta gritó. Cristales rotos. Las cornetas del apocalipsis anunciaron la nueva era del anticristo, eclipses, maremotos, terremotos,  toda la naturaleza se reveló ante tan terrible acontecimiento. Estábamos condenados. Pero aún no lo sabíamos. El extraño gorgoteo precedió la caída de esa enorme mole. Así se debió sentir David contra Goliat. Flotó en el aire un sonido indefinible procedente de nuestro pequeño casanova, ¿era un estertor? No, era el sutil movimiento de la vida volviendo a sus pulmones. No sabía si alegrarme o no, pero había que prevenir nuevas crisis, cogí la caja de condones estriados y volví a mi habitación.

Al día siguiente acompañé a nuestro héroe a la estación de autobuses. El dolor de su entrepierna le duró varios días, de lo demás apenas le queda un recuerdo difuso. Supongo que el cerebro es sabio y debe combatir los traumas. Sin embargo hay noches en las que el subconsciente revela sus secuelas y me despierto asustado creyendo escuchar a nuestra führer exigiendo derecho de pernada…

Fear by mind.in.a.box on Grooveshark

1 comentario:

  1. Pobre Manolo, ( o no tan pobre) , seguro que no se olvidará de la "giganta alemana" ..

    mm - casi veo una metáfora- pero deja, a veces se me va la pinza

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